miércoles, 29 de junio de 2016

Reflexiones sobre la Psiquiatría a partir de "Tecnologías del yo y otros textos afines", de Michel Foucault


El principal texto del libro "Tecnologías del yo y otros textos afines", de Michel Foucault, es la transcripción de una serie de seminarios que Foucault impartió en la Universidad de Vermont en 1982. Tecnologías del yoes la traducción de “technologies of the self”, o también “tecnologías de uno mismo”, como aquellas técnicas que permiten a los individuos efectuar operaciones en sus propios cuerpos, en sus almas, pensamientos, conductas, de un modo que los transforme a sí mismos, que los modifique, con el fin de alcanzar un cierto estado de perfección, o de felicidad, o pureza, o poder sobrenatural, etc. Ese “yo” traduce “self”. No es el sujeto sino el interlocutor interior de ese sujeto: “uno mismo”. Otra definición de estas “tecnologías del yo” sería “la reflexión acerca de los modos de vida, las elecciones de existencia, el modo de regular su conducta y de fijarse uno mismo fines y medios”.

Todo el ensayo está atravesado por la diferencia y a la vez estrecha interrelación entre dos rasgos característicos del poder moderno: el nacimiento de la forma Estado y “el desarrollo de unas técnicas de poder orientadas a los individuos e interesadas en dirigirlos en una dirección continua y permanente”. He aquí las llamadas tecnologías del yo.

Como dice Foucault, su objetivo ha sido trazar una historia de las diferentes maneras en que los hombres han desarrollado un saber acerca de sí mismos (economía, psiquiatría, medicina...). Estas ciencias son “juegos de verdad” específicos relacionados con técnicas específicas que utilizan los hombres para entenderse: tecnologías de producción, tecnologías de sistemas de signos, tecnologías de poder (que determinan la conducta de los individuos, objetivando al sujeto) y las mencionadas tecnologías del yo. Foucault elabora una historia de la organización del saber respecto a la dominación y al sujeto.

Nos interesa especialmente el estudio foucaltiano de la locura. Foucault afirma haberla estudiado no con los términos del criterio de las ciencias formales, sino para mostrar cómo, mediante ese extraño discurso, era posible un cierto tipo de control de los individuos dentro y fuera de los asilos. Nuestro autor abordó este tema en “La historia de la locura en la época clásica” y, posteriormente, en “El poder psiquiátrico”. Como señala en “Tecnologías del yo”, nos parece que se centró especialmente en esas dos obras en la tecnología de la dominación y el poder, pero ahora se detiene en la gran importancia de las tecnologías de la dominación individual, la historia del modo en que un individuo actúa sobre sí mismo, es decir, la tecnología del yo. El contacto entre las tecnologías de dominación de los demás y las referidas a uno mismo es lo que Foucault denomina gobernabilidad.

En nuestra opinión, el dispositivo psiquiátrico tal y como existe en nuestra sociedad, se ampara en un supuesto saber, una ciencia que no deja de ser un cierto “juego de verdad” mucho más cercano a la subjetividad de las ciencias del espíritu que a la mayor certeza y replicabilidad de las ciencias naturales. A partir de dicho saber se desarrollan unas tecnologías de poder y unas tecnologías del yo. La psiquiatría plantea una cierta relación entre psiquiatra y paciente que, cayendo en inevitable generalización, es básicamente de dos tipos: el paciente es un “loco” sobre el que se ejerce un dominio buscando controlar su conducta (ya sea con el encierro en el asilo clásico o con el tratamiento tranquilizador dispensado en las consultas modernas), o bien el paciente es un “cuerdo” preso de malestares, ansiedades y depresiones diversas, sobre el que se ejerce un dominio diferente, buscando su consuelo, su anestesia, su resignación (por diversas terapias o tratamientos), evitando que dolores muchas veces de causa social sean vistos como tales, centrando por el contrario el objetivo en los aspectos individuales, aplacando con gran eficacia un malestar social que se queda en expresiones exclusivamente individuales. Desde mi punto de vista, la tecnología de poder clásica de “control del loco” que con tan gran acierto describió Foucault se ha visto en las últimas décadas acompañada de la tecnología de poder de “consuelo del triste y el ansioso”, desviando todo un caudal de malestar social a cauces de tranquilización individuales (ya sea con psicoterapias o fármacos de diversos tipos).

En cuanto al aspecto concreto de las tecnologías del yo, el llamado “paciente”, sobre todo cuando se cataloga como “crónico” y emprende un camino de años de consultas y tratamientos (conste que para nada excluimos la existencia de las enfermedades mentales como síndromes que afectan realmente a algunas personas, pero eso no cambia el hecho de que hay todo un dispositivo psiquiátrico que funciona alrededor de estas situaciones), va efectuando toda una serie de cambios en su forma de pensarse a sí mismo, acabando en no pocas ocasiones asumiendo plenamente un rol de enfermo, pasivo, desrresponsabilizado y reconociendo lo que al principio negaba con el mayor énfasis: que está enfermo, que sus ideas eran delirios, adquiriendo lo que los psiquiatras llamamos “conciencia de enfermedad” y que muchas veces no es sino la triste ironía de que acaba siendo el loco el que le da la razón al psiquiatra para que le deje en paz. O bien, el otro tipo general de paciente que hemos descrito, el triste, desarrolla su propia tecnología del yo: una serie de cambios en su self, en su mismo persona, para constituirse como un enfermo, también desrresponsabilizado, sin reconocerse autor de impulsos, decisiones o perezas, cada vez más lejos de lo que es un ser humano libre y dueño de sí.

Pero estas dos formas de tecnologías del yo que vemos en estos dos tipos generales de pacientes descritos no son las únicas que aparecen en el dispositivo psiquiátrico. El psiquiatra también, a lo largo sobre todo de su período de entrenamiento inicial, lleva a cabo toda una tecnología del yo por la cual se transforma. A partir de una persona con grandes conocimientos teóricos y tal vez prácticos de medicina, se va instaurando un cambio en pensamientos, actitudes y conductas por el cual se convierte uno en psiquiatra: se cree con capacidad para decidir qué pensamientos coinciden con la realidad y cuáles no, qué conductas son “normales” y cuáles “anormales”, qué personas deben ser encerradas contra su voluntad en un momento dado y cuáles no... Como el propio Foucault comentó alguna vez, parece mucho poder para sustentarse en un saber tan escaso. Y para ejercer ese poder sin dudas (o con ellas, según los casos) se requieren toda una serie de operaciones en uno mismo, que van desde la forma de hablar con otras personas, a la inherente sospecha que acompaña a toda escucha del otro, o la adopción de una cierta atmósfera de superioridad intelectual que oculta grandes inseguridades sobre lo que uno hace, etc. En nuestro caso, llevamos casi quince años trabajando en Psiquiatría y estas ideas que ya hacía tiempo teníamos esbozadas se han concretado ante el concepto foucaltiano que ocupa el presente ensayo: las tecnologías del yo. En el dispositivo psiquiátrico, y sin duda de parecida manera en otros, no se ejerce sólo la dominación externa, sino también la que ejerce uno sobre sí mismo. Pero no sólo sufren este proceso los oprimidos, sino de parecida manera los opresores.

Ahora, que el sistema funcione de esta manera, para nada exime de responsabilidad al individuo concreto que ejerce su función de psiquiatra, de médico o de carcelero... Uno no deja de conservar su libertad a la hora de ejercer su trabajo o, llegado el caso, de decidir dejar de hacerlo. La tecnología del yo, de nuevo desde nuestro punto de vista, no es un imperativo que determine la conducta de unos u otros. Precisamente, Foucault señaló, en la primera conferencia de las recogidas en el libro, que somos más libres de lo que creemos, y no porque estemos menos determinados, sino porque hay muchas cosas con las que aún podemos romper, para hacer de la libertad un problema estratégico, para crear libertad. Para liberarnos de nosotros mismos.

Foucault habla en este libro de tres técnicas estoicas del yo, una de la cuales es la “askesis”, no una revelación del secreto del yo sino un recordar. La askesis incluye ejercicios que ponen a prueba la preparación del individuo, con dos polos, que serían “melete” (meditación: imaginar la articulación de posibles acontecimientos para examinar cómo reaccionaría uno) y “gymnasia” (entrenamiento en una situación real, aunque haya sido inducida artificialmente). Entre ambos extremos, es Epícteto quien proporciona el mejor ejemplo de caso intermedio: quiere vigilar continuamente la representaciones (metáforas del vigía y el cambista), técnica que culmina con Freud. Aquí encontramos una primera referencia a técnicas que culminarán, en mi opinión, en las modernas psicoterapias. Volveré luego sobre esta cuestión.

Foucault describe también en otra parte del libro una de las técnicas del yo propias del cristianismo primitivo: la “exomologesis” (ritual de reconocimiento de sí mismo como pecador y penitente), señalando la importante paradoja de que tal técnica borra el pecado y a la vez revela el pecador. De nuevo se nos aparece aquí una clara relación con las técnicas psicoterapéuticas que nacen con el psicoanálisis (aunque luego tomen los derroteros más diversos): la resolución del síntoma, su “borrado”, pasa por la revelación del conflicto a través de la terapia (que no deja de ser una suerte de confesión).

Foucault señala cómo, a lo largo del cristianismo, hay una correlación entre la revelación del yo y la renuncia al yo. Dicha revelación puede ser dramática (en la exomologesis) o verbal (en la exagoreusis). Foucault afirma que la verbalización se va volviendo más importante y que desde el siglo XVIII hasta el presente (finales del XX, cuando se pronuncian las conferencias), las técnicas de verbalización son reinsertadas en un contexto diferente por las ciencias humanas para ser utilizadas sin que haya renuncia al yo, pero para constituir positivamente un nuevo yo. No puedo evitar ver de nuevo aquí una posible relación entre el pensamiento foucaltiano respecto a estas tecnologías del yo que describe y la psiquiatría como dispositivo: esta verbalización recuerda poderosamente a las llamadas terapias morales o modernamente psicoterapias. El paciente, el sujeto afecto de malestar, que a través de la revelación de sus intimidades a un profesional con el que establece un diálogo de determinadas características acaba logrando (en el mejor de los casos) no una renuncia a su yo sino un conocimiento más profundo del mismo o un cambio en su forma de funcionamiento. Un nuevo yo, en cierto sentido.

Desde este punto de vista, la psicoterapia sería una cierta tecnología del yo por la cual el sujeto lleva a cabo toda una serie de cambios en sus pensamientos, afectos o conductas, aunque no sin la ayuda de un terapeuta (en una cierta función pastoral, podría decirse, de cuidado y ayuda a la vida de otro). Existe en nuestra cultura la idea extendidísima y aceptada casi de forma acrítica de que “expresar / confesar / no guardarse los problemas / preocupaciones / traumas es bueno / necesario / imprescindible para estar bien / ser feliz / realizarse uno mismo”. Tal vez pueda leerse esta idea como una tecnología del yo, heredera de los análisis foucaltianos del cristianismo primitivo, y que lleva aparejada una función de dominación individual.

En estrecha relación con las tecnologías de dominación que tienen en el Estado la forma más centralizada y global (con el tipo de racionalización enlazada inherentemente al abuso de poder), estas tecnologías del yo -en lo referente al mencionado dispositivo psiquiátrico- ejercen, según mi hipótesis, toda una forma de dominación individual (y como tales tecnologías de “uno mismo”, autoimpuestas) cuyo resultado acaba siendo la colaboración al mantenimiento del status quo sociopolítico. Aunque esta descripción de la psiquiatría no deja de ser, evidentemente, una generalización, nos plantea la pregunta de si, con un dispositivo semejante, hubiera habido manera de tomar la Bastilla o asaltar el Palacio de Invierno, en busca de un mundo mejor (con éxito o sin él, que ésa es otra cuestión).




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