domingo, 19 de febrero de 2012

Estamos hartos de mentiras


No sabíamos muy bien cómo titular la entrada, pero hemos optado, como habrán visto, por poner las cartas encima de la mesa desde el principio. De verdad que estamos muy hartos de mentiras y más mentiras sobre la eficacia y seguridad de los fármacos genéricos. Porque lo que es falso, sea consciente o inconsciente, queriendo o sin querer, es mentira. Y a quien dice mentiras, ya se imaginan ustedes cómo hay que llamarle...

El penúltimo ataque a la credibilidad de los fármacos genéricos vino nada menos que de los máximos representantes de los Colegios de Médicos de Canarias, como pueden leer aquí. Dichos médicos, erigiéndose en representantes de los médicos canarios (lo que nos molesta especialmente, dado que todavía estamos obligados a colegiarnos en su organización si queremos poder prescribir con un recetario del sistema nacional de salud), mezclan de forma lamentable la problemática de la confusión ante el cambio de aspecto de los fármacos (lo que se arreglaría con una ley de isoapariencia, como se ha recalcado desde diversos ámbitos) con, nada menos, que el escándalo de las prótesis de mama defectuosas, cuestión que no tiene la menor relación con el asunto de fármaco de marca / fármaco genérico, pero se deja caer, y si cuela, cuela... Además, deciden nombrar a los fármacos de marca "originales" y a los demás "imitaciones". Como siempre decimos, el lenguaje no es inocente nunca, pero si además se usa mal, la confusión, interesada o no, está garantizada. Según el Diccionario de la Real Academia Española, una imitación es "un objeto que imita o copia a otro, normalmente más valioso". Con lo cual, los supuestos representantes de los médicos canarios ya afirman implícitamente que el fármaco genérico (de imitación, según ellos), es inferior al de marca. Pero un genérico no es una imitación, es una copia (según el diccionario: "reproducción exacta de un objeto por medios mecánicos"). Un fármaco genérico no es una imitación sino una copia, de la misma manera que un CD o un DVD no es una imitación del original, sino una copia, idéntica al mismo.

En fin, qué quieren que les digamos. No teníamos intención de volver a entrar a este trapo, y menos cuando ya había sido respondido con mayor acierto del que nosotros somos capaces por Vicente Baos en el blog El Supositorio, por Jesús Villar en el diario La Provincia y, no se lo pierdan, por la propia Organización Médica Colegial... Pero resulta que, no recuperados todavía de la comparación entre medicamentos genéricos y prótesis de mama defectuosas, nos encontramos con otro artículo, dirigido a la opinión pública, denigrando de nuevo las presentaciones genéricas y escrito por un psiquiatra que, además, trabaja en el Servicio Canario de Salud como nosotros. Y otra vez que no nos hemos podido contener.

En el periódico La Opinión de Tenerife y en el Canarias 7 de Las Palmas se publicó hace unos días un artículo firmado por Braulio Dorta Jiménez, psiquiatra. Lo pueden leer en los enlaces y nosotros lo vamos a analizar a continuación.

Comienza con la triste historia de un paciente psicótico que está muy bien gracias a sus tratamientos pero que, al empezar a cambiar estos por culpa de la malvada prescripción por principio activo, se equivoca continuamente con las pastillas. Aunque insistimos en la necesidad de la isoapariencia, la verdad es que en nuestra experiencia cotidiana no nos resulta tan complicado explicar al paciente, a veces con el apoyo de la familia, que lo importante es el nombre del principio activo y que se despreocupe de la marca, pero se ve que el señor Dorta nota más problemas. El desenlace de la historia es desgarrador: no sólo el paciente sufre una recaída sino que encima nunca se recupera al nivel previo. Parece que el señor Dorta da por hecho que cada brote implica un mayor deterioro, dato no demostrado (y que, además, en nuestros ya bastantes años de experiencia en unidades de agudos no hemos sido capaces de apreciar). Por si todo ello fuera poca cosa, además el desgraciado paciente acaba en una residencia y sin ver a su familia... Y pensar que todo se podría haber arreglado si no le hubieran cambiado el fármaco de marca... Lo gracioso es que muchos, no sabemos si el señor Dorta entre ellos, de los compañeros que se asustan por la confusión que supone para el paciente quitarle el fármaco de marca que toma, en cambio no ven problema en quitarle la marca risperdal consta para ponerle xeplion, o quitar zyprexa para poner sycrest... Se ve que no todas las confusiones son igual de confusas... O que, cuando queremos, bien que nos ponemos a explicar al paciente por qué es mejor el fármaco nuevo, (de buena marca, claro), recién presentado por un simpático comercial, y que hay que quitar el antiguo, aunque el hombre esté bien compensado... 

Tras la lacrimógena historia que nos ha puesto los pelos de punta ante la maldad inherente a las medicaciones genéricas, el seños Dorta pasa a exponer los motivos para rechazar la prescripción por principio activo:


  • El primer punto insiste en la cuestión del cambio de aspecto de las distintas medicaciones. De acuerdo en que debería asegurarse la isopariencia por ley. Pero nos vuelve a llamar la atención cómo ahora nos preocupamos tanto y, en cambio, cuando quitábamos por ejemplo risperidona para poner paliperidona (tras caducar la patente del primero, qué casualidad)  no nos preocupaba tanto que el paciente se nos confundiera...

  • El punto segundo cae también en denominar imitación a lo que es copia (aquí no parece importar provocar confusión en los pacientes, lo que tanto nos preocupaba antes). Y luego sigue con una especie de discurso acerca de biodisponibilidad y excipientes que recuerda a las explicaciones pseudocientíficas propias de las pelis de ciencia-ficción donde muestran cómo funcionan las máquinas del tiempo o los viajes hiperespaciales... Referencias (otra vez confusas) a biodisponibilidades en sangre que no llegan a tejidos y excipientes malignos... Todo para concluir que los genéricos no son de fiar. Lo que nos parece llamativo es que el señor Dorta no ve la necesidad de citar ningún estudio farmacológico o clínico para apoyar sus críticas. Ni una referencia bibliográfica en todo el artículo. Nosotros, en cambio, sí vamos a dar algunas:

    • Boletín de uso racional del medicamento del Servicio Cántabro de Salud, escrito por la Sociedad Española de Farmacéuticos de Atención Primaria: "En la práctica clínica, los genéricos son intercambiables con las especialidades de referencia, no existiendo problemas en su sustitución". El trabajo incluye 12 referencias bibliográficas (es decir, 12 más de las que cita el señor Dorta). Lo pueden consultar aquí.

    • Nota informativa farmacoterapéutica del Servicio Canario de la Salud, editado por la Dirección General de Farmacia de dicho Servicio: "La calidad de los medicamentos genéricos no es cuestionable, ya que se someten a la misma normativa y controles de calidad de los principios activos y del proceso de fabricación que los medicamentos de referencia". El trabajo incluye 5 referencias bibliográficas (es decir, 5 más de las cita el señor Dorta). Lo pueden consultar aquí.

    • Actualidad del Medicamento, publicación del Servicio de Farmacia del Hospital Universitario 12 de Octubre, trabajo coordinado por el Centro de Información de Medicamentos de dicho Hospital: "La experiencia en países con un importante mercado de genéricos (EEUU, Reino Unido, Alemania) demuestra que en la práctica clínica, los genéricos son plenamente intercambiables con los medicamentos de marca. Hay incluso estudios publicados, como el de Pearce y cols. que, analizando más de 5.000 medicamentos genéricos, no encontró ningún caso de falta de eficacia o de toxicidad que pudiera atribuirse a diferencias de bioequivalencia respecto al original". El trabajo incluye 3 referencias bibliográficas (es decir, 3 más de las que cita el señor Dorta). Lo pueden consultar aquí.

    • Boletín Terapéutico Extremeño del Servicio Extremeño de Salud, publicación Medicamentos de marca vs. genéricos: Resultados clínicos, escrita por la Oficina de Evaluación del Medicamento: "En los ensayos aleatorizados con grupo control (ECA) y metaanálisis de ECA no se encuentran diferencias estadísticamente significativas en resultados clínicos entre los medicamentos de marca y sus genéricos". El trabajo incluye 41 referencias bibliográficas (es decir, 41 más de las que cita el señor Dorta). Lo pueden consultar aquí.

    • Infac, información farmacoterapéutica de la comarca, Osakidetza (Servicio Vasco de Salud): "Los genéricos no tienen diferencias con los medicamentos de marca en composición, ni en eficacia y seguridad". El trabajo incluye 13 referencias bibliográficas (es decir, 13 más de las que cita el señor Dorta). Lo pueden consultar aquí.

  • El punto tres incide en lo malas que son las empresas de genéricos, que se han metido en esto sin experiencia previa y para ganar dinero. Pasando por alto que gran parte de las medicaciones genéricas son fabricadas por los mismos laboratorios que producen los fármacos de marca, diremos que, mientras el fármaco cumpla con los estrictos controles de bioequivalencia que debe cumplir (y que luego llevan a que, en los ensayos clínicos que hemos citado, y que el señor Dorta no citó, los resultados sean iguales para marcas y genéricos), no nos parece importante quién lo fabrique o dónde. ¿O es que le genérico que viene de China es malo pero el iPhone que viene de allí es bueno?.  En cuanto a que las empresas de fármacos de marca invierten en innovación y las de genéricos no, es una media verdad, que son las peores mentiras. Es cierto que las empresas de genéricos no invierten especialmente en innovación. ¿Pero creen ustedes que inventar el palmitato de paliperidona o la asenapina supone una innovación en términos no de beneficios empresariales sino de resultados clínicos? Si alguien lo cree, es cuestión de fe  y nada decimos. Y si alguien lo sabe porque tiene pruebas demostrables de que tales fármacos suponen una ventaja frente a los que ya teníamos, que corra a publicarlo, porque hasta ahora nadie ha sido capaz de documentar tal ventaja científicamente, y sería un bombazo... Además, si lo que queremos es que las empresas innoven, el mayor impulso para ello sería saber que, tras la caducidad de las patentes se acabaron los beneficios, y que hay que investigar algo realmente novedoso... Si una empresa sigue sacando beneficios de algo, ¿para qué buscar otra cosa realmente mejor?

  • El cuarto punto es espectacular. Asegura el señor Dorta que la prescripción por principio activo aumenta el gasto sanitario porque empeora la salud de la población, por la confusión, en la que insiste, y por "la mala calidad de muchos medicamentos genéricos". La cita es textual y nos deja casi sin palabras. Casi. Por supuesto, ni una referencia bibliográfica ni un dato que nos indique cómo el señor Dorta llega a semejante convicción. Y nos preguntamos si ya habrá denunciado ante el Ministerio de Sanidad cuáles son concretamente esos "muchos medicamentos genéricos" que son de "mala calidad". Porque o sabe cuáles son y no lo denuncia, lo cual sería gravísimo, o no sabe cuáles son pero sabe de su existencia, lo que nos llevaría a la necesidad de peritaje psicopatológico para determinar cómo encuadrar esa convicción firme carente de pruebas... En fin, bromas aparte, nos parece de extrema gravedad la alarma social que se crea con comentarios de esta calaña, publicados además en un medio de comunicación de masas. Se llega a decir que una medicación genérica para la HTA puede acabar provocando la aparición de un infarto cerebral. No podemos decir lo que pensamos tal cual porque entonces, la denuncia que nos cae encima no nos la quita nadie, pero nos parece una vergüenza. Desconocemos si el señor Dorta (y los que como él van diciendo cosas semejantes en prensa valiéndose de sus títulos o cargos más o menos llamativos) conoce lo que es el efecto nocebo, pero por si acaso, se lo vamos a explicar: así como el efecto placebo provoca que, por sugestión, una sustancia inerte provoque un beneficio terapéutico (o una sustancia terapéutica un beneficio mayor del que le correspondería), el efecto nocebo es su contrario, es decir, una sustancia inerte, o terapéutica, no provoca su efecto beneficioso, o no lo hace todo lo que debería, porque quien lo toma está sugestionado a pensar que no le hará bien...

  • El quinto y último punto nos encanta. Citamos textualmente: "las personas que ejercemos la medicina no tenemos ningún interés, más que el interés por nuestros pacientes, en que se prescriban las marcas originarias frente a las marcas genéricas, o de fantasía". Aparte de que el señor Dorta (o si es error del periódico debería pedir que se corrigiera lo antes posible) parece no saber que "de fantasía" es como se denominan los nombres de los medicamentos de marca y no los de los genéricos, que no tienen otro nombre que el principio activo, nos emociona la descripción de la profesión médica que se hace. Venga, vamos a estar de acuerdo, que la mitad de los autores de este blog somos médicos y la otra mitad vivimos con médicos. Que sí, que los médicos son / somos almas puras sin ningún interés en al prescripción de los medicamento de marca más que el bienestar de nuestros pacientes. Por supuesto. Y somos tan, tan puros, que el hecho de que el representante comercial del laboratorio de marca nos lleve a comer o cenar al mejor restaurante de la ciudad una vez al mes, gratis total, a dos o tres congresos nacionales y uno al extranjero al año, inscripción pagada, avión pagado, hoteles de cuatro estrellas pagados, comidas y cenas en gran parte pagadas... no nos influye nada de nada da nada. Si alguien piensa que nosotros, en postPsiquiatría, tenemos conflicto de intereses con algún laboratorio de genéricos (porque cosas más ridículas se han dicho de nosotros), les comentaremos que no tenemos, en los dos últimos años, ningún conflicto de intereses con ninguna empresa farmacéutica, ni de ningún tipo. No hemos aceptado en este tiempo ni viajes, ni material, ni bibliografía, ni comidas, ni pagos, ni siquiera un triste bolígrafo... Nos preguntamos si el señor Dorta podría decir lo mismo o, a lo mejor, igual que ha olvidado poner en su artículo las referencias bibliográficas de donde saca sus datos, también ha olvidado declarar sus conflictos de intereses... Le sugeriríamos también al señor Dorta que se echara un vistazo a la Ley del Medicamento y que leyera el artículo 101, b), 29, sobre infracciones graves, que prohíbe cualquier incentivo a los prescriptores por parte de empresas interesadas en la prescripción de determinados productos...Y no dice nada de excepciones formativas (¿que te inviten a una copa en un congreso a las dos de la mañana es formativo? A nosotros nos invitaron a varias -hace más de dos años, afortunadamente ha prescrito- y bien que nos avergonzamos ahora de ello...).

Y miren que nosotros lo que realmente hubiéramos querido era recomendar un artículo tan interesante como éste, que conocimos gracias al más que recomendable blog Tertulias con Platón, pero no hemos podido evitar entrar otra vez al trapo, porque estamos muy hartos de muchas cosas...




sábado, 11 de febrero de 2012

Los fenómenos elementales


Nos acercaremos al estudio de esta cuestión siguiendo a Francisco Estévez en su excelente trabajo sobre el tema: El fenómeno elemental, publicado como capítulo del imprescindible libro Psicopatología de los síntomas psicóticos, de Díez Patricio y Luque Luque. Estévez se ocupa del fenómeno elemental como modelo formal del momento de desencadenamiento de la psicosis, es decir, como paradigma de la operación en la que en el sujeto psicótico la estructura se manifiesta en su despliegue de enfermedad. Este momento sería el periodo primitivo de la psicosis. En esta entrada resumiremos el texto de Estévez, cuya lectura íntegra recomendamos en cualquier caso.

Como señala Estévez, Lacan designa el fenómeno elemental como el elemento central que da cuenta del desencadenamiento de una psicosis, en tanto que momento preciso de ruptura del equilibrio del sujeto y en tanto que operación estructural que determinará la evolución subjetiva posterior. El fenómeno elemental es un efecto del significante que se produce en un momento determinado de la vida del psicótico, cuando éste se encuentra con el significante del Nombre-del-Padre. Ante la ausencia de significación que conlleva la irrupción de tal significante que le falta (primer momento del fenómeno: vacío de significación), el sujeto reacciona produciendo una significación nueva, que consideramos extraña (segundo momento del fenómeno: creación de una significación bizarra). Lacan considera, a diferencia de Clérambault, que en el propio fenómeno elemental se encuentra ya la estructura del delirio.

Clérambault, por su parte, concede también una gran importancia a los fenómenos elementales de la psicosis, agrupándolos bajo la denominación de automatismo mental. A diferencia de Lacan, los distingue del resto de los fenómenos psicóticos y, especialmente, del delirio. Siguiendo a Estévez, para Clérambault, el síndrome de automatismo mental, o Síndrome S, constituiría una reacción de tipo funcional debida en última instancia a una perturbación basal orgánica causante de la psicosis. El síndrome tiene tres características: es una perturbación primitiva, neutra, es decir, sin tonalidad afectiva, y atemática. Las modalidades más destacables de automatismo son el verbal, el sensitivo y el motor. Desde este punto de vista, el delirio es una reacción secundaria, sin ninguna relación con el automatismo mental, vinculada a la personalidad previa y a las aptitudes imaginativas e interpretativas del sujeto.

La emergencia de la enfermedad psicótica en cuanto psicosis desencadenada, es efecto de una ruptura en el equilibrio psíquico del sujeto, pero no es el desarrollo progresivo de una situación biográfica anterior: supone una discontinuidad. Se denomina fenómeno elemental la primera evidencia clínica de esa discontinuidad. Su relación con el momento anterior es de no dialectización. Por el contrario, y siempre siguiendo a Estévez, la posterior construcción delirante, sea cual sea su variedad temática, guarda relación directa con ese momento de ruptura y con su causa significante. Su relación es de estructura.

Por lo tanto, como venimos viendo, para Clérambault, el delirio, en tanto que superestructura explicativa, así como las alucinaciones, no son más que una construcción secundaria. Establece también que las alucinaciones son tan sólo una parte del automatismo mental, que tiene, además, otras múltiples formas de manifestación, entre ellas, eco del pensamiento, enunciación de actos, diálogos interiores y alucinaciones motrices variadas. La alucinación puede alcanzar una dimensión de entidad clínica propia sólo cuando se presenta bajo una forma pura de automatismo, es decir, sin cortejo emocional ni trabajo intelectual. De lo contrario, es un producto asociado y secundario a aquél.

Entre 1919 y 1927, Clérambault lleva a cabo lo que llama la elaboración del Dogma. El automatismo mental tiene para él entidad de proposición que se asienta como firme y verdadera, basándose en una serie de presupuestos. El automatismo mental es el origen y la base de todas las psicosis alucinatorias crónicas, siendo un fenómeno simple y aislable que admite formas variadas y de causalidad orgánica. “Las intuiciones, la anticipación del pensamiento, el eco del pensamiento y los sin-sentidos son los fenómenos iniciales del Automatismo Mental”. Incluso cuando la psicosis aparece revestida por el delirio aparentemente desde el inicio, siempre se encuentra el automatismo mental en el comienzo, pudiendo deslindarse nítidamente si se interroga adecuadamente al sujeto. Las alucinaciones auditivas y psicomotrices son fenómenos tardíos del automatismo mental, según Clérambault.

El automatismo mental es el “Fenómeno Primordial”, sobre el cual pueden edificarse delirios muy variados. En la construcción del Dogma, Clérambault lo define casi siempre de la misma manera: “Por Automatismo yo entiendo los fenómenos clásicos: anticipación del pensamiento, enunciación de actos, impulsiones verbales, tendencia a fenómenos psico-motores [...]”. Asimismo, establece tres condiciones del automatismo que considera determinantes en el desencadenamiento de la psicosis: su carácter neutro, no sensorial e inicial. El carácter neutro, es decir, su dimensión atemática y anideica, está en función directa del desdoblamiento del pensamiento (por efecto de la irrupción del automatismo mental, que produce una escisión del Yo) y la discordancia con los afectos. El carácter no sensorial alude a que el pensamiento extraño al sujeto (xenopatía) no llega por los sentidos, sino por la vía “ordinaria del pensamiento”, en expresión de Álvarez, citado por Estévez. El carácter inicial hace referencia a los fenómenos sutiles inscritos en el origen de la psicosis. Clérambault sitúa estos fenómenos, como ya hemos señalado, en un momento primario y sostiene su dimensión de fundamento de la estructura.

En cambio, en su concepción la alucinación es tardía. Clérambault diferencia entre fenómenos sutiles, que son equivalentes a una suspensión de significación, habiendo algo inefable de lo que el sujeto no puede dar cuenta, dominando la perplejidad y, por otro lado, la alucinación, habitualmente bajo forma de palabra que viene a ocupar ese lugar vacío de significación. Así como autores previos entendían la alucinación como un producto del delirio, al que se atribuía entidad causal, Clérambault, como señala Estévez, invierte los términos y sitúa el origen del proceso en los fenómenos del automatismo mental, que preceden a cualquier síntoma positivo de la psicosis. “En esta concepción las alucinaciones propiamente dichas, tanto auditivas como psicomotrices, serían tardías”. Esta articulación se observa sobre todo en el Pequeño Automatismo Mental o síndrome de pasividad. Hasta que no se construye el Triple Automatismo Mental, que integra el síndrome completo, hay un tiempo de evolución insidiosa del síndrome nuclear. Presenta fenómenos de dos tipos: fenómenos sutiles, caracterizados por la extrañeza y el vacío de pensamiento, pudiendo ir acompañados también de juegos de palabras; y fenómenos ideo-verbales, principalmente el eco y el robo del pensamiento. “El Automatismo Ideo-Verbal no es de origen ideico ni afectivo, sino más bien de origen mecánico”. Ambos tipos de fenómenos son neutros y atemáticos. Posteriormente, aparecen fenómenos de otro rango: el delirio, presentándose la producción delirante como la respuesta que construye el sujeto al síndrome de pasividad; y el resto de fenómenos aparatosos, sobre todo trastornos del pensamiento y del lenguaje, voces, automatismos motores y sensitivos. Estévez señala, siguiendo de nuevo a Álvarez, que el sujeto es despedazado en su identidad por el lenguaje automatizado, pero no tiene otra herramienta que el propio lenguaje para reconstituirse, ahora ya en el delirio, en la locura.

Clérambault dice: “El delirio propiamente dicho no es más que la reacción obligatoria de un intelecto razonante, y a menudo intacto, a los fenómenos que surgen de su subconsciente, es decir, al automatismo mental”. El automatismo, con su irrupción, produce en el enfermo una tendencia a establecer en el Yo una escisión. Después, según las aptitudes de cada sujeto, interpreta de un modo u otro esta escisión y produce una construcción explicativa, que dependerá de las ideas preexistentes de la época y del medio cultural. El grado de sistematización del delirio está en función de las cualidades intelectuales preexistentes en el sujeto.  Califica a los delirios de “epifenómenos” que se derivan de la actividad interpretativa del sujeto, y explica que son el resultado “de un trabajo consciente, y no mórbido en sí mismo, o apenas mórbido, sobre una materia que es impuesta por el Inconsciente”. Y una de sus sentencias más conocidas y repetidas: “Se puede decir que en el momento en que el delirio aparece, la psicosis es ya antigua. El Delirio no es más que una superestructura”. Señala también el maestro francés que el automatismo surge sin conexión alguna con el psiquismo o la biografía del sujeto.

Las cenestopatías, o trastornos de la sensibilidad, presentan un paralelismo con el automatismo mental. Sobre esta base sensitiva pueden construirse diversos delirios. En ocasiones, Clérambault homologa el automatismo mental, al que podríamos representar como un ruido del pensamiento, ajeno por lo tanto a cualquier contenido ideico o desarrollo temático, con la cenestopatía, a la que podríamos concebir de un modo análogo, es decir, como un ruido sensitivo. El sujeto percibiría uno u otro de una manera semejante: algo ajeno a su subjetividad que interfiere su ser. Sobre ambos, a su vez, puede construirse posteriormente un delirio. Lo expresa con claridad: “Las Perturbaciones Cenestopáticas son una especie de Automatismo Sensitivo”.

Allí donde Clérambault concibió los fenómenos elementales como simples fenómenos mecánicos, Lacan entiende que “es más fecundo concebir[los] en términos de estructura interna del lenguaje”. El núcleo de la psicosis se juega en la relación del sujeto con el significante, en su aspecto más formal, y en su posición de máxima exterioridad con respecto a aquél. Todos los restantes fenómenos que se desencadenan alrededor no son más que reacciones a ese primer tropiezo.

Es posible encontrar psicosis no desencadenadas en sujetos que, junto a múltiples rasgos de retraimiento, presentan alguno singular (alguna afición, conocimiento o afiliación especial) que funciona como suplencia del Nombre-del-Padre. El sujeto carece de ese significante que organiza el mundo simbólico, pero en su lugar tiene uno más humilde que lo remeda como un zurcido o una prótesis. Su existencia puede transcurrir, de este modo, sin ninguna crisis apreciable, pero siempre pivotando sobre un punto inestable de equilibrio. En un momento inesperado, puede verse convocado de forma súbita ante el significante que falta: el Nombre-del-Padre, lo que puede suceder por uno de esos encuentros cruciales en la existencia: el amor, la sexualidad, la autoridad, la muerte. En esos momentos, el sujeto tiene que sostener su sexuación desde un lugar de verdad. Ahí desfallece, en el punto en que es llamado el Nombre-del-Padre responde en el Otro un simple agujero. Esto provoca, a su vez, un agujero en la significación fálica, al carecer el sujeto de la capacidad metáforica que proporciona la metáfora paterna.

El proceso comenzaría con el encuentro circunstancial con Un-padre. Como el sujeto carece del significante del Nombre-del-Padre a causa de la forclusión, no le puede dar respuesta, ni tampoco sustituir el vacío por un significante cualquiera porque ello implicaría ya una metaforización. Al no poder sostener su ser, se desencadena la psicosis, produciendo como efectos subjetivos: un primer movimiento de suspensión de significación, ya que el sujeto no tiene ninguna significación que ofrecer, nada con qué responder a ese encuentro, apareciendo el vacío, la detención del pensamiento, la perplejidad y siendo el elemento dominante la extrañeza; y un segundo movimiento, donde se produce la anticipación de una significación nueva, adelantando el sujeto una significación cualquiera ante la angustia que le provoca el vacío anterior. Así, en este segundo movimiento, aparece la alucinación, que tiene siempre carácter de injuria sexual, explícita o alusiva, porque está hecha sobre el material de la sexuación que falta. Esta alucinación es un retorno en lo real del significante excluido, que tiene como función colmar el vacío de significación y la perplejidad en que está sumido el sujeto, siendo el elemento dominante la certeza. Es en este proceso donde se inscribe el matema de Lacan: “lo que no llegó a la luz en lo simbólico, aparece en lo real”. Vemos, pues, como recuerda Estévez, que fenómeno elemental y alucinación no son sinónimos, aunque guardan una gran proximidad. La alucinación es el segundo movimiento del fenómeno primordial y no se puede entender sin el primer movimiento.

El delirio constituye el tercer movimiento. Para Lacan no es tan secundario como consideraba Clérambault, que sostenía que no existía relación alguna entre automatismo y delirio, ya que mientras aquél se activa de un modo mecánico y ajeno a la subjetividad, éste guarda relación con la historia del sujeto y se construye con el material más sano de sus experiencias y recuerdos. Lacan no lo plantea de ese modo, pues entiende que en el fenómeno elemental está ya la estructura del delirio. Naturalmente, se precisa una elección del sujeto. Una primera, para el psicótico, en el momento de su constitución subjetiva, es la del ser de goce. La no incorporación del significante Nombre-del-Padre le permite quedar fuera de la ley (en realidad, dejar fuera a la ley) que es siempre limitadora, y permanecer con su goce ilimitado. Una segunda consiste en qué hacer con el fenómeno elemental, debiendo el sujeto decidir si se mantiene en la alucinación constante o si realiza un trabajo con ésta, llamado delirio. Permanecer en la alucinación diaria es una elección abandónica. Llevar a cabo un trabajo con el delirio es una decisión valiente, ya que implica forzar (y no gozar) el fenómeno elemental para construir un producto. Hay sujetos que sólo deliran pegados a la alucinación, mientras que otros son capaces de construir una metáfora delirante, es decir, un delirio estabilizador y limitado.

Como señala Estévez, la importancia del fenómeno elemental no estriba en que comporte un núcleo inicial parasitario sobre el que el sujeto construye un delirio -entendido como envoltura secundaria- utilizando materiales biográficos. No es así. La posición de Lacan es inequívoca: “El delirio no es deducido, reproduce la misma fuerza constituyente, es también un fenómeno elemental”.




jueves, 2 de febrero de 2012

Fuentes de información farmacoterapéutica y conflictos de intereses


Hacía tiempo que queríamos escribir una entrada recomendando distintas fuentes de información sobre fármacos, tanto públicas como privadas, pero independientes de la industria farmacéutica. Se ha hablado mucho (y nosotros nos hemos hecho eco de ello en múltiples ocasiones) acerca del sesgo asociado a los resultados de las evaluaciones de medicamentos cuando son llevadas a cabo bajo el patrocinio de la industria, lógicamente interesada en su venta. Fenómenos por suerte cada vez más conocidos, como el ghostwritting, la ocultación de estudios con resultados negativos, las conclusiones que no coinciden claramente con lo observado en los resultados, etc, etc. Por ello, creemos que es imprescindible para los prescriptores informarse de fuentes lo más independientes posibles, sin conflictos de intereses y en base a todos los estudios disponibles sobre un tema, tanto los publicados como los que, por el motivo que sea, al laboratorio de turno no le haya interesado publicar.

Y andábamos hace unas semanas dando vueltas a este asunto de las fuentes, cuando nos encontramos con la noticia del cierre de uno de los blogs de información farmacoterapéutica más útiles que conocíamos. Se acababa El Comprimido. Muchos de ustedes ya sabrán lo ocurrido pero, por si acaso y porque hay cosas que no deben ser olvidadas, vamos a recapitularlo. Cecilia Calvo Pita es una farmacéutica empleada hasta el 31 de diciembre pasado por el Instituto Balear de la Salud y que realizaba distintos informes de evaluación de medicamentos, en base a la evidencia disponible y, en nuestra opinión, con admirable sentido ético y científico. El blog El Comprimido, dependiente pues del Instituto Balear de la Salud, era obra suya y, como hemos dicho, una fuente importante de información para los médicos de este país (posiblemente, también de otros).

Como leímos en el blog Primum non nocere, el 20 de diciembre de 2011 el señor Juan José Bestard, Director General del Ib-Salut, manda una carta a los médicos de atención primaria donde afirma que las indicaciones hechas previamente por los técnicos del propio Servicio de Salud (es decir, Cecilia Calvo) sobre los fármacos llamados condroprotectores han sido contradichas por estudios posteriores (curiosamente, se olvida incluir referencia a esos estudios, tan contradictores de la evidencia previa), por lo que rechaza las recomendaciones farmacoterapéuticas que afecten al prestigio de dichos fármacos. Termina la carta señalando que la prescripción de estos fármacos debe ser una decisión libre de cada médico, en base a la ficha técnica de los mismos.

Reconocemos no saber cómo valorar una variable farmacoterapéutica tan novedosa como el prestigio y nos llama poderosamente la atención cómo la libertad de prescripción parece, una vez más, ser colocada por encima de la racionalidad de dicha prescripción en un contexto, además, de disminución de recursos. El caso es que, casualidades que tiene la vida, Cecilia Calvo Pita perdió su trabajo en el Ib-Salut el 31 de diciembre de 2011.

Posteriormente se supo que el laboratorio que fabrica los tristemente famosos condroprotectores había demandado al Instituto Balear de la Salud por el artículo de evaluación de Cecilia Calvo, que luego veremos. Reclamaban, por un lado, que las competencias para aprobar la financiación de fármacos dependen del Ministerio de Sanidad y no están transferidas, por lo que, argumentan, un servicio autonómico de salud no puede hacer recomendaciones sobre prescripción. Lo que además, según su curiosa forma de ver el mundo y la ley, atentaría contra la libertad de los prescriptores. O sea, que si hemos entendido bien, pretenden defender el argumento de que, una vez aprobado el fármaco por el Ministerio, ya ningún servicio de salud puede evaluarlo después... Nos parece que (tal vez de forma inocente tal vez de otra manera), la empresa farmacéutica confunde la labor del Ministerio, que simplemente aprueba un medicamento para que salga al mercado en base a los estudios inicialmente disponibles y suministrados por la misma empresa fabricante, con la labor posterior, una vez el fármaco está en la calle, de análisis de más datos para comprobar, tanto con la información publicada como con la no publicada, su eficacia y seguridad en condiciones reales de uso. Porque no queremos creer que un laboratorio farmacéutico, sin duda preocupado por la salud de la población, pueda querer que no se reevalúen sus fármacos todas las veces necesarias para comprobar su utilidad. Y, en cuanto a la libertad de prescripción, ¿debemos entender que para ser plenamente libres no podemos tener acceso a informes de evaluación de los fármacos que recetamos a la gente? Evidentemente, suponemos que el laboratorio pensará que la información que traen los visitadores comerciales a los compañeros que todavía pierden su tiempo de trabajo en oír anuncios, no afectan para nada la libertad de prescripción. Como cualquier lacaniano diría, el lenguaje nunca es inocente pero, aún así, estos usos de términos como prestigio y libertad nos dan ya más que un poco de náuseas.

Y a todo esto, porque apenas sabemos de psiquiatría como para saber de otras cosas, ¿valen los dichosos condroprotectores para algo? Enlazamos a continuación el artículo de Cecilia Calvo, fuente al parecer de tanta polémica. Se titula Fármacos sintomáticos de acción lenta y administración oral para la artrosis: dudosa eficacia en el control sintomático y nula actividad condroprotectora. La autora cita 18 referencias bibliográficas y señala estar libre de conflictos de intereses (ésa sí es una libertad importante, y no sólo la de prescripción). No entraremos a analizar el trabajo porque carecemos de formación para ello, pero no parece una opinión aislada en relación con este tema. En el blog Hemos leído vimos una entrada acerca de este feo asunto, donde aprendimos que los famosos condroprotectores (es curioso esto de los nombres de algunos fármacos: condroprotectores que no protegen el cartílago, antidepresivos que no actúan contra la depresión...). Al parecer, en Estados Unidos, Australia y Países Bajos, estas sustancias son consideradas suplementos nutricionales y no medicamentos, dada su ausencia de eficacia en comparación a placebo. En Suecia y Dinamarca fueron financiados por el sistema sanitario en un primer momento, para ser posteriormente eliminados de dicha financiación pública por su falta de eficacia (un buen ejemplo a seguir, dados los datos disponibles).

Como apunte final, señalar que toda esta historia de los (llamados) condroprotectores nos cuestan a todos unos 100 millones de euros anuales. No está mal en la época que vivimos de recortes de sueldos y de deterioro de la atención sanitaria y las condiciones laborales de los profesionales. 100 millones de euros anuales en unos fármacos que, según diversos estudios a nivel internacional, no son más eficaces que un placebo. No sabemos si tanto prestigio (de los fármacos) y libertad (de los prescriptores) merecen semejante coste.

Muchos blogs, algunos de los cuales hemos enlazado, han aportado más luz sobre este oscuro asunto. No dejen de leer a Roberto Sánchez y a Juan Gervás opinando (magistralmente) sobre el tema.

Diremos que estamos escandalizados y tristes. Porque creemos escandaloso cómo huele todo este asunto, de principio a fin. Y porque creemos muy triste cómo se ha tratado a Cecilia Calvo por hacer bien su trabajo. Tal vez si se hubiera ido de cena (formativa) pagada por algún laboratorio, o de viaje (formativo) pagado por algún otro, entonces se habría quedado tranquilita sin escribir nada de esto y conservaría su puesto de trabajo. Parece ser que así funcionan las cosas, o así dejamos que funcionen. De todas maneras, aunque escandalizados y tristes, consideramos que su integridad y ética profesional debería ser un ejemplo para todos nosotros.

Y pasamos a otro tema, sólo aparentemente distinto. Hace poco que se ha puesto en marcha un concurso patrocinado por un determinado laboratorio para premiar el mejor blog sanitario en español, o cosa parecida. El premio incluye 3.000 euros en metálico y el derecho a escribir una serie de entradas en el blog oficial del laboratorio, también remuneradas. Por supuesto, y no creemos que nadie se sorprenda, no vamos a participar. Ni hacemos esto por dinero ni mucho menos aceptaríamos dinero de una empresa con intereses comerciales en el campo en el que nosotros desempeñamos nuestro trabajo como empleados públicos y del que además opinamos libremente. En el blog Médico Crítico se ha publicado una entrada muy interesante sobre el tema, con cierto debate en sus comentarios. Vaya por delante que cada uno hace lo que quiere (aunque no todo lo que se hace tiene la misma valoración ética para cada uno, evidentemente).

Pero sí queríamos comentar una idea que nos ronda insistentemente por la cabeza: hemos leído por ahí en el debate sobre este tema (no recordamos exactamente a quién, lo sentimos) que, de ganar el premio, es importante hacer explícito el conflicto de intereses que, como profesionales sanitarios, ello supondría. Y es obvio que hay que revelar los conflictos de intereses que uno tenga, y que no hacerlo es muy grave. Pero seamos serios: revelar tales conflictos sólo sirve para que las personas que lean o escuchen a quien lo tiene sean conscientes del posible sesgo (consciente o inconsciente) que acompañe a sus afirmaciones. Pero revelar un conflicto de intereses no lo desactiva en absoluto. Sus efectos actuarán, aunque el público de los mismos pueda estar sobre aviso. Es decir, que, en nuestra opinión, lo que debemos hacer como profesionales sanitarios del sistema público de salud (o lo que va quedando de él) es no tener conflictos de intereses. Nos parece que es evidente (y que debería ser obligatorio).

En honor a El Comprimido, queremos para acabar recoger algunas fuentes de información farmacoterapéutica interesantes. Uno de los argumentos recurrentes (falso, pero recurrente) es que los prescriptores necesitamos la información de los visitadores para estar actualizados sobre los fármacos que prescribimos. Nada más absurdo en la época que vivimos. No sólo hay muchísima información disponible en la red, y de fácil acceso, sino que además gran parte de ella es independiente de conflictos de intereses o, por ejemplo, se hace teniendo en cuenta todos los estudios disponibles sobre un fármaco, no sólo aquéllos que el laboratorio ha querido publicar por ser sus resultados favorables (y que son los que nos trae el amable hombre-anuncio a quien preferimos creer). Nuestra primera intención era intentar un resumen exhaustivo de fuentes de información, pero hemos decidido no hacerlo así por dos razones: en primer lugar, porque es imposible dada la abundancia de fuentes existentes y, en segundo lugar, porque no es necesario, ya que creemos que presentando algunas fuentes de calidad es muy sencillo, a través de ellas, llegar a otras y otras, y que luego cada uno ya elegirá por sí mismo buscar en determinados sitios y páginas la información que requiera para su mejor desempeño profesional.

Por lo tanto, recogeremos algunas fuentes a título indicativo y de ejemplo, que esperamos puedan ser útiles.


  • En primer lugar, hay buscadores de internet especializados en información sobre fármacos. El que nosotros más usamos es el llamado información farmacoterapéutica, de google. Otro es, por ejemplo, infodoctor, con múltiples enlaces a páginas relacionadas. Reseñar también una vez más nuestro agradecimiento a Cecilia Calvo Pita por su trabajo en el Instituto Balear de Salud, mientras le dejaron. Hemos encontrado un enlace, muy probablemente debido a ella, a una amplia lista de páginas de evaluación de medicamentos: aquí.




Insistimos en que esta breve lista no es ni pretende ser exhaustiva. Habrá más buscadores, más páginas de evaluación de Servicios de Salud, muchos más blogs útiles y muchísima más gente interesante que seguir en twitter... Pero tal vez sirva a modo de ejemplo o introducción. Si algún amable lector crea que algo de lo que podamos haber omitido debería estar indudablemente aquí, agradeceremos que nos lo haga llegar a través de los comentarios. Internet puede ser una herramienta de primer orden en nuestra labor de mantenernos actualizados e informados para el correcto desempeño de nuestras profesiones. Y usar información que sea de calidad es una de nuestras obligaciones profesionales.

Otra opción, claro está, es seguir recibiendo a los representantes comerciales cada día, con cara sonriente, y luego (por mucho que digamos que no les creemos, que nos aprovechamos de ellos, que somos independientes...) acabar recetando sus productos, sin más información que la que ellos nos sueltan. Aunque, visto lo que le ocurrió a El Comprimido, igual es mejor así, no sea que los fármacos se queden desprestigiados, los médicos menos libres en nuestra prescripción y el sistema público de salud tenga alguna posibilidad de sobrevivir a lo que se le viene encima...





viernes, 20 de enero de 2012

La pregunta milagro


Hace ya tiempo que nos viene interesando la llamada terapia breve centrada en soluciones, y es nuestra intención ofrecer, en entradas futuras, reflexiones acerca de la misma. Hoy, como indica nuestro título, queríamos comentar algo acerca de la pregunta milagro y un ejemplo práctico que nos parece interesante. Esta herramienta terapéutica se usa, ante un relato del paciente saturado por el malestar y los problemas, para ofrecer otra visión. Otra narración posible, orientada no ya al problema sino a las soluciones. Se le dice al paciente algo así como: "si esta noche, increíblemente, se produjera un milagro y su problema desapareciera de forma mágica, ¿cómo estaría usted mañana?, ¿cómo notaría usted o los suyos que el problema ha desaparecido?, ¿cómo se sentiría?". La utilidad de tal técnica es evidente: el paciente o cliente se abre a otras posibilidades. Donde hay un discurso centrado en la descripción de un problema sin aparente salida (porque si hubiera tal salida en dicha descripción, probablemente el paciente la habría encontrado ya antes de la terapia), aparece otro discurso en el que lo que se ve es la solución ya realizada de forma eficaz. Muchas veces se convierte en una apertura para atisbar nuevos caminos. Caminos que no dan vueltas alrededor del problema una y otra vez sino que conducen hacia soluciones. O ésa es la idea.

Y esta vez y como ejemplo, sin que sirva de precedente, nos vamos a colocar en el lugar del paciente/cliente. Nuestro blog, lo reconocemos con toda la conciencia de enfermedad de que somos capaces, presenta un discurso saturado de problema: el de la relación entre industria farmacéutica, administraciones sanitarias y profesionales. Creemos que tal problema no ha permanecido, evidentemente, en nuestras profundidades inconscientes, sino que surge explícitamente en muchos de nuestros escritos (e implícitamente en muchos más). Cansados (nosotros y, tememos, ustedes), de hablar del problema y reconociendo como merecida la crítica que se nos dirige de no aportar soluciones, hemos decidido hacernos autopsicoterapia (nada tan elaborado como el autoanálisis de Karen Horney, pero es a lo que llegamos), y vamos a centrarnos en la pregunta milagro:

Si esta noche, de manera mágica, nuestro problema se resuelve completamente, si las (perversas e interesadas) relaciones entre industria farmacéutica, administración sanitaria y profesionales han acabado, y cada uno de dichos elementos se dedica a realizar su trabajo de la forma más eficaz para sus intereses y, a la vez, ética para los de todos... ¿Cómo nos daríamos cuenta?, ¿qué veríamos nosotros, qué verían los demás, tras dicho milagro?

Y, ahora, por una vez, veremos el panorama sin el problema, después de la llegada (milagrosa, sin duda) de la solución:

  • La adminstración sanitaria, libre de presiones de la industria o conflictos de intérés, aprueba para su financiación pública aquellos fármacos que suponen una mejora sobre los ya existentes a nivel de efectividad, tolerancia o coste. Evidentemente, para ello se requieren estudios independientes, con comparaciones no sólo con placebo sino con las opciones ya disponibles y, por supuesto, el análisis de todos los estudios realizados, tanto publicados como no publicados. En base a toda esta información, el nuevo fármaco se aprueba en caso de suponer una ventaja clínicamente apreciable en términos de eficacia o tolerancia y con un coste que el sistema sanitario público puede pagar sin tener que ser desmantelado y vendido por trozos a intereses privados para que hagan negocio con él. Dichos nuevos fármacos están sujetos, durante sus primeros años de comercialización, a una especial vigilancia para detectar posibles efectos secundarios no apreciados en los estudios previos (los cuales, obviamente, cuentan con menor número de pacientes) y, en tal caso, tomar las medidas oportunas para salvaguardar la salud de la población.

  • La industria farmacéutica trabaja, por supuesto, para conseguir beneficios económicos para sus accionistas (recuerden que se trata de un milagro que soluciona un problema, no de la creación de un nuevo universo, tampoco hay que pasarse...), pero lo hace respetando los principios éticos implicados en un tema tan delicado como la asistencia sanitaria dentro del marco de un sistema público de salud. Innovan en crear nuevos fármacos, pero no emplean su tiempo y recursos en modificaciones cosméticas de moléculas ya comercializadas, sin beneficio para pacientes (pero sí riesgo al someterse a un fármaco menos conocido) y con el exceso de coste para todos. La industria se esfuerza en buscar productos mejores de verdad, y a precios razonables, porque sólo así consiguen la financiación pública y, por tanto, los beneficios. Es más difícil y la empresa que no consigue dar con un buen producto, puede llegar a tener pérdidas, pero creemos que el capitalismo (y no somos nosotros sus mayores defensores) funciona exactamente así. De todas maneras, será una ayuda el poder disponer de todo el presupuesto que actualmente destinan dichas empresas a marketing comercial hacia profesionales sanitarios para invertirlo en investigación.

  • La industria farmacéutica, además, al conseguir sus productos y beneficios gracias a la participación de miles y miles de pacientes que aceptan voluntariamente someterse a sus ensayos clínicos de nuevos productos (cosa que ya ocurre en la actualidad), no deja de estar en deuda con la sociedad y, por ello, acepta reducir parte de dichos beneficios para investigar también en fármacos para tratar enfermedades endémicas en los países menos desarrollados, donde el beneficio económico es escaso, nulo o negativo, pero el beneficio en términos de vida en vez de muerte es inconmensurable.

  • La administración sanitaria se hace cargo de parte de la formación continuada de los profesionales. Por supuesto, el milagro se desarrolla en la actualidad, en el siglo XXI, por lo que no tiene ningún sentido organizar congresos o conferencias en lejanas ciudades y grandes auditorios, pagando buenas cenas y mejores hoteles... Nada de eso. El día después del milagro, la formación a cargo de la administración se hace en conferencias y simposios en universidades u otros sitios sin coste para eventos locales y, para actos nacionales o internacionales, recurriendo fundamentalmente a los medios técnicos disponibles de comunicación a distancia gracias a internet. Hemos dicho que la administración sanitaria se hace cargo, pues, de una parte de esta formación continuada, reduciendo sus costes a la mínima expresión y aumentando su calidad, libre por fin de humos comerciales. La otra parte, la principal, corre a cargo de los profesionales (como ocurre en la mayoría de los oficios). En la era de internet, la información independiente, disponible de forma inmediata es tanta y su acceso tan fácil, que creemos que debería ser obligatorio para cualquier profesional buscarla, estudiarla y contrastarla por sí mismo. A los sanitarios (y a los médicos especialmente) nos gusta señalar lo mucho que hemos estudiado para llegar donde estamos. Es cierto. Nosotros hemos estudiado un montón en la universidad, en el período de residencia y después de él. De hecho, hemos estudiado tanto, tanto, tanto, que nos parece casi un insulto contra nosotros mismos y nuestro autorrespeto profesional ponernos a escuchar a un vendedor, licenciado en empresariales, en ecónomicas o en lo que sea, que viene a explicarnos a nosotros cómo se tratan las enfermedades que sufren nuestros pacientes.

  • El día después del milagro, los médicos ya no pierden tiempo recibiendo información comercial, tiempo que pueden dedicar a buscar información científica. No sólo más rápido sino, además, veraz e independiente. Ya no se pueden ir a cenar con frecuencia a sitios caros o viajar al extranjero cada dos por tres, pero tienen la conciencia mucho más tranquila y eso les compensa la pérdida de beneficios materiales.

  • La administración sanitaria (¿y la de justicia, tal vez?) ya no tiene que ponerse, por lo tanto, a investigar cómo gran parte del colectivo sanitario se pasa por el forro la ley del medicamento, que prohíbe taxativamente bajo multas de gran cuantía, la recepción de cualquier tipo de obsequio por parte de los prescriptores. Evidentemente, la industria farmacéutica anula su código deontológico (que pretende pasar por encima de la citada ley considerando admisibles regalos de bajo coste), y se limita a cumplir la ley, como hacemos los demás.

  • Los profesionales sanitarios dejan de criticar los medicamentos genéricos, con opiniones basadas en "creencias" y referencias confusas a la calidad del jamón serrano y se ciñen a todos los estudios científicos publicados que acreditan su equivalencia con los medicamentos de marca. Gracias a ello, la opinión pública deja de estar asustada con este tema y se desactiva el efecto nocebo que ello implica.

  • En Psiquiatría, concretamente, la ausencia de financiación directa o indirecta de la industria del campo científico de la especialidad, permite la desaparición de múltiples manipulaciones sesgos en las publicaciones, así como fenómenos escandalosos como el ghostwriting. Ello permite la evaluación objetiva de los datos, así como la reapertura de líneas de pensamiento más allá de la psiquiatría biocomercial biologicista actualmente hegemónica. Vuelve a haber campo, en el discurso oficial, para hablar de psicoterapia, epistemología, clínica, etc. Las clasificaciones psiquiátricas se hacen de nuevo por criterios de observación clínica y de fundamentación teórica, y no por conflictos de intereses más o menos declarados.

  • Una vez conseguida la liberación del colectivo médico de su previamente aceptada dependencia y sumisión hacia la industria y sus prebendas, se llega a una racionalización de la prescripción. Disminuye la masiva medicalización (y psiquiatrización) de la sociedad. Dejan de tratarse tristes como depresivos, traviesos como hiperactivos, personas como trastornos de la personalidad... El Estado ahorra millones y millones de euros y, lo que es más importante, la población en general, y nuestros pacientes en particular, se ahorran diagnósticos forzados, estigmatizantes e iatrogénicos, tratamientos excesivos, efectos secundarios diversos y opiniones absurdas como que el 40% de los europeos tendrán una enfermedad mental en su vida.

  • Y el milagro es tan completo, que todo el mundo está contento. La industria farmacéutica, aunque a corto plazo reduce sus beneficios, a largo plazo colabora con ello en que no explote el sistema público de salud, lo cual acarrearía el fin completo de dichos beneficios. La administración sanitaria consigue que el sistema de salud sea más sostenible y, lo que es más importante, sin nigún perjuicio para ningún paciente y sí beneficio para muchos en términos de prescripciones más razonables y menor riesgo de iatrogenia. Los profesionales sanitarios desempeñan su trabajo con libertad e independencia, toman su formación en sus propias manos y colaboran en que el déficit sanitario no se lleve por delante la atención de calidad a los pacientes (y, de paso, sus puestos de trabajo). Y los pacientes/clientes/usuarios son vistos como algo más complejo que cerebros averiados necesitados de más pastillas.

Y como uno sólo es responsable de lo que hace, y no de lo que hacen o dejan de hacer los demás, nosotros sabemos qué tenemos que hacer, desde nuestra humilde parcela, para intentar que este paisaje tras el milagro que hemos descrito, llegue a ser real. Se nos podrá decir que el sistema es así, que todos lo hacen, que las administraciones tienen la culpa... Mil cosas. Pero creemos que no hacer lo que podemos cada uno para mejorar las cosas y, en vez de ello, dedicarse a echar la culpa de lo que va mal a otros para excusarse, aunque sea cómodo, es de cobardes.



sábado, 14 de enero de 2012

Esquizofrenia: historia conceptual (Germán E. Berrios)

Antes de entrar en materia, queríamos recomendar encarecidamente la última publicación del siempre interesante Butlletí Groc, editado por la Fundació Institut Català de Farmacologia, titulada Prescripción saludable de medicamentos en tiempos de crisis. Creemos que su lectura es absolutamente imprescindible, tanto en los tiempos que corren, como en cualquier tiempo anterior, en el que más nos hubiera valido no derrochar el dinero en fármacos más caros pero no más eficaces que otros, para mayor beneficio de empresas privadas y mayores pérdidas de nuestro pobre sistema nacional de salud (todavía público cuando escribimos estas líneas, ya veremos después...). Pero, como decía Ende, ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. Hoy, como en la entrada anterior, queremos hablar de Psiquiatría.

Hace ya mucho tiempo que admiramos al Dr. Germán E. Berrios, catedrático en Cambridge. Hemos leído distintos trabajos suyos, como aquél imprescindible Delirio: historia, clínica, metateoría, realizado junto a Filiberto Fuentenebro y no exento de polémica con otras visiones del tema, como la de nuestro también admirado Fernando Colina, por la consideración del delirio como acto de habla vacío. Más recientemente hemos podido leer un editorial que el profesor Berrios escribió para la página web de Psicoevidencias, en el que hace una crítica, dura y fundamentada, contra los usos y sobre todo los abusos de la mal llamada Medicina Basada en la Evidencia. De imprescindible lectura. Pero en esta entrada, vamos a resumir otro texto. Más pausado pero, creemos, más polémico aún, acerca de la historia y la (dudosa, en nuestra opinión) consistencia del concepto de esquizofrenia. Este texto de Berrios se publicó como capítulo en el Tratado de Psiquiatría de Gelder, López-Ibor Jr. y Andreasen. Lo resumimos a continuación (la negrita es nuestra).



Según algunos, la historia de la esquizofrenia consiste en una progresión de definiciones que culmina en la actualidad. Sin embargo, en vez de la "continuidad" implícita en este punto de vista, la investigación histórica indica que: a) la historia de la "esquizofrenia" es una serie de programas de investigación inconexos y contradictorios, y b) la actual definición de esquizofrenia es una amalgama de varias características.


VERSIÓN DE LA "CONTINUIDAD"

La versión de la "continuidad" afirma que durante siglos los términos "enajenación" y "locura" se usaban para referirse a un conjunto de enfermedades mentales que los médicos eran incapaces de distinguir. En la década de 1850, Morel estableció el término démence précoce para referirse a estados de déficit cognitivo en la adolescencia. Durante la segunda mitad del siglo XIX, Kahlbaum describió la "catatonía" y Hecker la "hebefrenia". A finales del siglo Kraepelin se dio cuenta de que ambos trastornos, junto con la "demencia paranoide" que él mismo había descubierto, eran manifestaciones del proceso de una sola enfermedad. Kraepelin llamó a esta enfermedad dementia praecox. En 1911, Bleuler renombró a la misma enfermedad esquizofrenia y, durante la década de 1930, Schneider enumeró los criterios diagnósticos que, por su carácter "empírico" y "ateórico", merecieron añadirse al DSM-IV.

También forma parte de esta historia de continuidad que Kraepelin influyó en la psiquiatría europea, mientras que la psiquiatría norteamericana siguió a Adolph Meyer, Bleuler y los psicoanalistas. Esto explicaría las definiciones confusas que se encuentran en el DSM-I y el DSM-II y las disparidades diagnósticas entre el Reino Unido y Estados Unidos (aunque no basta, naturalmente, para explicar las diferencias fundamentales entre los conceptos de esquizofrenia de Alemania, Italia, Francia, Rusia, Noruega, el Reino Unido, etc.). Tal como resultó después, Kraepelin y Schneider fueron descubiertos en Estados Unidos, el psicoanálisis perdió peso y esto allanó el camino a la psiquiatría biológica. Después de algunas vacilaciones (por ejemplo, el DSM-III), el DSM-IV proporciona de facto la definición oficial de esquizofrenia.

El problema con esta versión de los hechos es que ocurre en un vacío histórico. Nunca se mencionan las versiones alternativas de la esquizofrenia ni los factores que explican los sucesivos puntos de vista; de hecho, la impresión es de un avance ineluctable hacia la "verdad". Sin embargo, esta versión halagadora es corta de miras y, puesto que la actual definición de esquizofrenia sigue basándose en conocimientos fenomenológicos, es necesario preguntarse cómo decidir qué definiciones históricas eran correctas y cuáles no.


VERSIÓN DE "DISCONTINUIDAD"

La dementia praecox y la esquizofrenia se interpretaron durante el siglo XIX mediante fuerzas poderosas. La "asociación psicológica", por ejemplo, dio pie a la metáfora de la "división", y la "psicología de facultades" ofreció un modelo (la mente como un amasijo de funciones emocionales, intelectuales y de la voluntad) en cuyos términos se definían los nuevos trastornos mentales. El "neokantismo"proporcionó a su vez una manera de pensar que había de ser crucial para el "trastorno del pensamiento formal", un síntoma básico de la esquizofrenia. Por último, la "teoría evolucionista"aportó un marco explicativo. Por ejemplo, según Kraepelin, el proceso de la enfermedad latente en la dementia praecox activaba una serie de "reacciones preestablecidas" (responsables del cuadro clínico), de origen biológico y evolutivo.

Este capítulo se basa en la teoría de que las ideas sobre los síntomas y enfermedades mentales se originaron en "convergencias". Con este término quiere explicarse la unión de un término (recién creado o reciclado), un comportamiento (relacionado en principio con una alteración cerebral o una actuación humana de carácter alegórico) y un concepto (como transmisor de definiciones, explicaciones y reglas). Estos componentes se considerarán en relación con la esquizofrenia, empezando por los términos y los conceptos y prosiguiendo después con el comportamiento.


Historia de términos y conceptos

Dementia praecox

El término "demencia" participó como mínimo en tres "convergencias" antes de incorporarse a la dementia praecox. Hasta el siglo XVII, la demencia se refería a aquellos estados de incompetencia psicosocial, ya fuese innata o adquirida, y tenía una connotación "legal". La edad o la irreversibilidad no formaban parte de su contenido. Hacia el siglo XVIII, la demencia comenzó a relacionarse con estados de déficit intelectual adquirido independientemente de la edad y la etiología, es decir, que adquirió un mayor uso clínico. A finales del siglo XIX, la demencia se redefinió en términos de pérdida cognitiva (principalmente "memoria", ya que se hablaba del "paradigma cognitivo"). Además, la edad de inicio, reversibilidad y evolución adquirieron importancia, de manera que los déficit cognitivos en niños o los estados adquiridos en jóvenes adultos dejaron de llamarse "demencia". A principios del siglo XIX, ya se habían descrito la demencia senil y otras formas de demencia.

Morel estableció el término démence précoce para referirse al estado mental y comportamiento de pacientes jóvenes con stupidité (estupor), es decir, con un trastorno de movilidad y el estado de ánimo resultante de la melancolía. Por "demencia" entendía cualquier estado de incompetencia psicosocial relacionado con un trastorno mental y a cualquier edad. El criterio de irreversibilidad aún no existía. En este sentido el término démence précoce tiene poco que ver con el trabajo de Kraepelin o Bleuler. En su brillante análisis sobre el desarrollo del concepto de esquizofrenia, Minkowski afirmó: "Existe un abismo entre la démence précoce de Morel y la de Kraepelin, donde el riachuelo se ha convertido en torrente que ha olvidado sus humildes orígenes y amenaza con inundarlo todo a su paso".

Cuando Kraepelin utilizaba el término dementia praecox, el concepto general de demencia había adquirido un tercer sentido distinto del de los tiempos de Morel. Gross, por ejemplo, constataba que: "El significado del término demencia ha cambiado en el uso corriente. Nos hemos acostumbrado a utilizarlo no sólo para nombrar un estado terminal, sino uno de desarrollo, un proceso...". Además, el antiguo término de Morel se había sumido en el olvido, de hecho, no hay indicios de que en 1896 Kraepelin conociese su existencia. Kraepelin usó por primera vez el término en 1896, en la 5ª edición de su libro de texto. Bajo Verblödungsprocesse, Kraepelin enumera tras enfermedades independientes: la dementia praecox (formas ligeras y graves, y hebefrenia), la catatonía y la dementia paranoides. En ninguna parte de este texto se menciona el nombre de Morel, que sólo apareció tres ediciones más tarde. Mientras Kraepelin escribía la 5ª edición, el término demencia ya había cambiado de significado; de ahí que sintiese la necesidad de calificar el término dementia con el adjetivo praecox, con el cual quería decir "temprana", "a la edad no esperada", etc. Kraepelin sólo reconoció a Morel en la última edición de su libro, donde escribió: "El término dementia praecox, que ya había utilizado Morel".

Esquizofrenia

Eugen Bleuler

El término "esquizofrenia" apareció publicado por primera vez en 1908. En 1911, Bleuler escribió: "llamo dementia praecox a la esquizofrenia porque, como espero demostrar, la separación de diversas funciones psíquicas es una de sus características más importantes". Y luego: "En cada caso hay más o menos una división de las funciones psicológicas: a medida que la enfermedad se manifiesta, la personalidad pierde su unidad". Esto parece muy claro, pero no lo es. Los significados que otorgó a a Spaltung [división] y psychischen Funktionen [funciones psíquicas] son ambiguos y requieren una aclaración histórica. Por "división", Bleuler quería decir: a) "un relajamiento primario de los mecanismos asociativos" profundo y general, que llevaba a una fractura irregular de "conceptos concretos", y b) "una división sistemática de complejos de ideas" más aparente.

Detrás de estos principios hay un nuevo modelo de la mente y por eso, aunque Bleuler diga lo contrario, existe una marcada diferencia entre la dementia praecox de Kraepelin y la esquizofrenia de Bleuler. Asimismo, el cambio no fue sólo de nombre en realidad; como escribió un discípulo de Bleuler: "los conceptos de Bleuler y de la psiquiatría suiza son menos estrictos que los de Kraepelin y la psiquiatría alemana". Gruhle también sintió que no había correspondencia entre las teorías de Kraepelin y Bleuler, lo que confirma el hecho de que en Francia, hasta la década de 1920, ¡la dementia praecox y la esquizofrenia se trataban como enfermedades distintas!

División

Con un origen en la psicología romántica de principios del siglo XIX y el trabajo de Herbart, el mecanismo de separación, división, fractura, disociación o divorcio de las funciones mentales era una explicación habitual (en la literatura popular y la psicología) de cualquier comportamiento humano extraño o impredecible. Aparece, por ejemplo, en Dr. Jeckill y Mr. Hyde de Stevenson; el patrón jerárquico del cerebro de Jackson; la histeria de Charcot; la división de Freud del yo, o la "sejunción" de Wernicke.

El mecanismo de "división" (Spaltung) era popular en la psiquiatría alemana cuando Bleuler acuñó el término "esquizofrenia". En realidad, había distintas palabras rivales más o menos basadas en la misma idea: ataxia intrapsíquica, dementia dessecans, dementia sejunctiva, disfrenia, discordancia, etc. Sin embargo no se adoptó ninguna de éstas. Ni tampoco todo el mundo aceptó el nuevo término (esquizofrenia) ni el concepto asociado (división). Freud expresó sus reservas sobre ambos, ya que la división "no pertenece exclusivamente a esta enfermedad", y Jaspers comentó que en algunos pacientes con esquizofrenia podía no observarse división.

Kurt Schneider

Es considerado por algunos el tercer gran alienista en la historia de la esquizofrenia. El análisis de los escritos de Schneider muestra que hay discontinuidad entre sus teorías sobre la esquizofrenia y las que propone Bleuler. Para Schneider los "síntomas de primer rango" no eran patognomónicos, sino que sugerían un diagnóstico de esquizofrenia sólo si no había evidencia de otras psicosis orgánicas. Los 11 síntomas de primer rango sólo cobran sentido en el contexto de tres perspectivas diagnósticas: evolución, sintomatología e interacción. Tal como afirmaba Jaspers, las psicosis endógenas son el fruto de un proceso, tiene poco sentido estudiar la "evolución" de la esquizofrenia. Todo lo que se necesitaba era saber si había habido síntomas prodrómicos de la esquizofrenia. La "comprensión sintomática"incluía la búsqueda de síntomas que resultasen de una integración defectuosa del ser (por eso no puede afirmarse que Schneider creía que los síntomas de primer rango eran "empíricos" o "ateóricos"). La "comprensión por interacción" se refería a cómo el médico percibe al paciente. En este aspecto, y sin nombrarlo, Schneider describió el "sentimiento praecox" años antes que Rümke.

Puesto que la perspectiva de diagnóstico de Schneider era transversal, la noción de evolución (en el sentido de Kraepelin) no tenía cabida en sus teorías. Asimismo, su concepto de esquizofrenia incluía todas las parafrenias, paranoias, psicosis marginales de Kleist, etc. También creía que, además de la esquizofrenia y la ciclotimia (trastorno maníaco-depresivo), las psicósis endógenas englobaban un gran número de enfermedades aún por descubrir.

En resumen, no hay continuidad entre la noción de esquizofrenia de Schneider y las opiniones anteriores, de ahí que no tenga sentido escoger algunos criterios de Kraepelin (por ejemplo, evolución y duración), otros de Bleuler (trastorno del pensamiento formal), y aun otros de Schneider (síntomas de primer rango). No tiene sentido porque cada uno de estos alienistas proponía una definición diferente (no aditiva) de la esquizofrenia y, por eso, los elementos clínicos que describieron sólo tienen significado en términos de su propio concepto y no de forma descontextualizada. La definición del DSM-IV resulta un compuesto del tipo que acabamos de describir.

Historia de los comportamientos

Durante la década de 1980, bajo la premisa de que la esquizofrenia era una "enfermedad cerebral" reconocible, real, unitaria y estable, se planteó la cuestión de la dificultad de encontrar descripciones claras de la enfermedad anteriores a 1800.

¿Existía la esquizofrenia antes del siglo XVIII?

Esta pregunta sigue "sin resolver". Basándose en una afirmación "epidemiológica", para la cual no hay pruebas históricas, los partidarios de la llamada "hipótesis reciente"sugieren que "ocurrió algún cambio de tipo biológico alrededor de 1800 que hizo que un tipo de esquizofrenia se volviese mucho más común a partir de entonces". Al principio de esta teoría, se hicieron esfuerzos para rediagnosticar "casos anteriores de esquizofrenia" como algo distinto. Es interesante comprobar que también sostienen la "hipótesis reciente" aquéllos que creen que la aparición de la "esquizofrenia" coincide con el nacimiento de algún "epistema moderno" (que Foucault identificaba con la revolución kantiana). Foucault definió el "epistema" como el conjunto de prácticas discursivas que hicieron posible la emergencia de las disciplinas científicas. Constituido a finales del siglo XVIII, el "epistema moderno"incluía una visión del ser humano como "ser autónomo" y responsable del desarrollo de las denominadas ciencias humanas.

Sin embargo, otros eran partidarios de que la esquizofrenia "había existido a lo largo de toda la humanidad", y se rediagnosticaron casos en la dirección adecuada.

Seudoproblema

Mirando atrás resulta claro que, en términos de parámetros conceptuales aceptados por los participantes, el debate no podía resolverse. Para empezar, la cuestión era lo que podría aceptarse como pruebas, cuántos casos falsarían la "hipótesis reciente", o qué nivel de claridad diganóstica se necesitaba para calificar un caso de prueba. Por otro lado, ambas partes hacían afirmaciones que no podían verificarse, por ejemplo, "la esquizofrenia siempre ha existido" y "hubo un cambio biológico que hizo aparecer la esquizofrenia durante el siglo XIX".

Las dificultades aquí son al mismo tiempo más sencillas y más complicadas de lo que ninguno de los participantes en el debate pudo ver. Algunas conciernen el punto de enfoque clínico, es decir, lo que regula la percepción y la descripción de síntomas mentales y enfermedades, otras son cuestiones ontológicas acerca de qué afirmaciones se hacen sobre la existencia misma de las entidades en cuestión, y otras son reglas del juego epistemológico, es decir, qué se considera como prueba, etc.

A causa de su base biológica, las unidades de análisis (síntomas mentales) siempre han existido. La definición actual de esquizofrenia es, en el mejor de los casos, el resultado de la creencia de que algunos de estos síntomas ocurren con más frecuencia en conjunto. La manera actual de investigar dificulta conocer con qué frecuencia estos "síntomas mentales" afectan a individuos que no se consideran afectados por la "esquizofrenia". Pongamos ahora los dos extremos: que no hay ningún caso o que pueden encontrarse miles de casos de esquizofrenia antes del siglo XIX. ¿Llevaría eso a la conclusión de que la esquizofrenia no existía, o existía, antes del siglo XIX? De hecho, no puede deducirse ninguna de las dos cosas, la ausencia de informes puede explicarse mediante argumentos provenientes del "enfoque clínico" o temas relacionados con las "reglas del juego epistemológico". Sin embargo, muchos datos plantean un problema: si la enfermedad tiene una presentación tan estereotipada y frecuente, ¿por qué no se reconoció y nombró con anterioridad?

Por consiguiente puede concluirse que no es posible escribir una historia sensata de los "comportamientos de tipo esquizofrénico" durante el período anterior al siglo XIX. Esto se debe a que tanto el concepto actual de síntomas mentales y enfermedad como el de esquizofrenia son interpretaciones del siglo XIX. Por eso los datos clínicos anteriores carecerán siempre de "claridad" epistemológica (desde nuestra perspectiva). No obstante, estos datos cobran mucho sentido si se examinan a la luz de categorías como la locura, la enajenación, el lunatismo, la vesanía, la melancolía y la manía.

CONCLUSIONES

La historia de la esquizofrenia puede describirse mejor como la historia de un conjunto de programas de investigación, que avanzan en paralelo más que en serie, y cada uno de los cuales se basa en un concepto distinto de enfermedad, síntoma mental y mente. En este capítulo tan sólo se han comentado algunos de estos programas. 

La investigación histórica muestra que hay poca continuidad entre Morel, Kraepelin, Bleuler y Schneider. Esto tiene dos consecuencias. La primera es que la idea de una progresión lineal que culmina en el presente constituye un mito. La otra es que el concepto actual de esquizofrenia no es el resultado de una definición y un único objeto de investigación, estudiado sucesivamente por varios equipos psiquiátricos, sino una amalgama de diferentes elementos clínicos que provienen de definiciones varias. Es necesario investigar más para averiguar cómo se llegó a este triste estado de las cosas.

La historia de la continuidad debería rechazarse, porque su papel principal no ha sido iluminar el pasado sino justificar el presente. Afortunadaemnte, la historia de la discontinuidad ofrecerá a los investigadores no comprometidos ideas alternativas, como que no existe una enfermedad unitaria llamada esquizofrenia sino un conjunto de síntomas mentales, algunos congénitos, otros susceptibles de evolución y otros adquiridos.



Hasta aquí, nuestro (amplio) resumen del magistral trabajo de Berrios, que sin duda recomendamos. Nos parece de la mayor importancia para intentar desmitificar ese concepto tan extendido y aparentemente intocable de la esquizofrenia como enfermedad cerebral perfectamente reconocible, real, unitaria y estable. Nos parece también que si nuestro objeto de estudio está mal fijado, será difícil que lleguemos a muchas conclusiones científicamente válidas o prácticamente útiles.




domingo, 8 de enero de 2012

Elegía

Ha muerto uno de mis maestros.

Hace dos días se nos ha ido y nos ha dejado un poco huérfanos a los que tuvimos el honor, la suerte y el placer de compartir trabajo y vida con él. En mi caso, en aquellos años mágicos y extraños, sin duda idealizados, con que acabó el siglo XX y empezó el XXI, en Las Palmas de Gran Canaria, cuando aprendí a intentar ser un buen psiquiatra. Él me enseñó muchas cosas. De la psiquiatría, de la vida y sus (sin)sentidos, de la amistad, de las prioridades… Aunque seguro que sus opiniones diferían en distintas cosas de las nuestras y, probablemente, no estaba de acuerdo con algunas de las posiciones que defendemos en nuestro blog, sus palabras y el recuerdo que me dejaron forman parte desde siempre de lo que entiendo por Psiquiatría.

Sin ninguna duda yo no sería el psiquiatra que soy si no hubiera sido por él. Sin ninguna duda, tampoco sería el hombre que soy. Sería diferente, pero peor.

Estoy jodido porque ya no está. Se ha muerto y, aunque en los últimos años tuve muy poco contacto con él, era alguien importante para mí. Un maestro y un amigo. Dicen que uno no muere del todo mientras hay alguien que lo recuerda. Sirvan estas palabras para ello.

Miguel Hernández escribió un poema tras la muerte de su amigo Ramón Sijé. Ya que no soy poeta y nunca he sabido escribir muy bien, transcribiré sus palabras porque expresan mejor que las mías algo de lo que siento:

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
a quien tanto quería).


Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.