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miércoles, 21 de enero de 2026

Neurodiversidad, TDAH y autismo: un laberinto sin escapatoria (vía Mad in America)


Vamos a presentar hoy el resumen de las reflexiones de dos profesionales británicos sobre un tema que creemos de la mayor importancia en el mundo de la salud mental (sea eso lo que sea) de hoy en día. Les reconoceré que había pensado titular esta charla "La salud mental a inicios del XXI, o de cómo conseguir no huir de la profesión e irse a plantar boniatos: la epidemia de autismo que nos asola". Sin embargo, en fechas recientes, leímos en la página web Mad in America, siempre recomendable, cuatro entradas sobre el muy polémico tema de la neurodiversidad, de la mayor actualidad, y decidí acercar ese material por aquí y poner un título (ligeramente) más serio. Los autores son dos psicólogos: John Cromby y Lucy Johnstone y creemos que se trata de un texto del mayor interés para acercarse a un tema que vemos extenderse cada vez más en nuestro propio ámbito profesional y que consideramos acarrea muchas más sombras que luces.

La lectura de estos trabajos nos ha parecido de máxima utilidad a la hora de posicionarnos ante lo que creemos que es una nueva forma de sobrediagnóstico que flaco favor va a hacer a muchas personas que caerán en él, e incluso a todos como sociedad por lo que implica de psicologización, desresponsabilización y, de nuevo, individuación de malestares sociales cada vez más preocupantes.

El diagnóstico psiquiátrico, subjetivo y muy lejos de cualquier hallazgo biológico objetivo, ha sido clásicamente una trampa impuesta por la sociedad como marca de opresión, con independencia de que, en no pocas ocasiones, pueda tener un efecto útil para la persona. Sin embargo, nos encontramos cada vez más con la ⁠trampa del diagnóstico buscado, de diagnósticos en la línea de "autismo", "trastorno del espectro autista", “déficit de atención” o "hiperactividad", bajo el oscuro paraguas del concepto "neurodiversidad". Nos parece que este auto o heterodiagnóstico, solo aparentemente liberador y sí muy claramente desresponsabilizador supone un instalarse permanentemente en una identidad diferente a la normalidad (¿quedará alguien normal?, ¿cuáles serían las características de los supuestamente normales neurotípicos?). 

Por ejemplo, el constructo hipertrofiado de "autismo" conlleva plantearse que el problema que sufro, la dificultad que siento (o la variedad que presento) es totalmente mía, no es que el mundo esté mal y sea hostil para todos.

Nosotros pensamos que, por supuesto, todas las personas son diferentes, todas seríamos neurodiversas, y es muchas veces el mundo en que vivimos, la sociedad que habitamos y, por concretar, el sistema capitalista depredador que nos oprime, la causa de gran parte -no todos- de nuestros malestares. Pegarnos etiquetas de neurodiversidad, por mucho que las consideremos un gesto despatologizador o incluso antipsiquiátrico, no es otra cosa que situar en nosotros los factores de malestar que en realidad están fuera. Nuestro "autismo" nos hace pedir que el mundo se adapte a nosotros, pero tal vez deberíamos más bien readaptar el mundo a todos, no jugar a buscar identidades que alejan la responsabilidad de nosotros mismos y las soluciones de los problemas sociales y políticos que son los causantes de gran parte del malestar que sufrimos. Al final, este giro de los acontecimientos no hace sino mantener la vista en lo individual, cuando quizás deberíamos ya de una vez pensar en lo colectivo.

John Cromby fue profesor de Psicología en la Universidad de Leicester y su trabajo se ha centrado en conceptos como el sufrimiento mental, la neurodiversidad, las emociones y los sentimientos. Ha publicado más de 80 artículos en revistas académicas, además de libros y es profesor honorario de Salud Mental y Psicología en la Universidad de Nottingham y miembro del Grupo de Psicología de las Midlands.

Lucy Johnstone es psicóloga clínica, formadora, conferenciante y escritora, y una veterana crítica de la psiquiatría basada en modelos biomédicos. Ha trabajado en entornos de salud mental para adultos durante muchos años, alternando con puestos académicos. Fue directora del programa de Doctorado en Psicología Clínica de Bristol, basado en una filosofía crítica, con conciencia política e informada por el usuario, con énfasis en el desarrollo personal. Es la autora principal, junto con la profesora Mary Boyle, del Marco de Poder, Amenaza y Significado, publicado por la Sociedad Británica de Psicología en enero de 2018, ambicioso documento que ofrece una alternativa conceptual al modelo diagnóstico actual.


Neurodiversidad y neurodivergencia

En los últimos 25 años, la neurodiversidad ha inspirado un movimiento social y un paradigma académico. En este momento, tanto el movimiento como el paradigma todavía están en desarrollo y la gente interpreta la neurodiversidad de diferentes maneras. Algunos la vinculan con la crítica del diagnóstico y la consideran una forma nueva, no médica y no patologizante, de avanzar. Otros, sin embargo, apoyan firmemente las etiquetas diagnósticas y sostienen que los diagnósticos profesionales del autismo, el TDAH, etc. deberían estar más fácilmente disponibles. 

Cromby y Johnstone respetan y defienden el derecho personal de las personas a describir sus dificultades y diferencias de cualquier forma que les resulte útil (aunque sostienen que, en su trabajo, los médicos tienen el deber de utilizar conceptos que, en términos convencionales, estén basados en la evidencia).

Se dice que la primera aparición de la "neurodiversidad" en una obra publicada fue la tesis de la socióloga australiana Judy Singer en 1997. Algunos años antes, la psiquiatra Lorna Wing había planteado la hipótesis de la existencia de un espectro autista, muy similar al trastorno del espectro autista (TEA) del DSM-5. En un extremo del espectro estaban las personas con discapacidades intelectuales graves que se decía que eran autistas; en el otro extremo, las personas de "alto funcionamiento" descritas como portadoras del síndrome de Asperger. La neurodiversidad se centró inicialmente en las personas descritas como autistas de alto funcionamiento o, como se denominaba entonces, Asperger.

Neurodiversidad significa simplemente "variación en el funcionamiento neurocognitivo". Por lo tanto, la neurodiversidad se refiere a un continuo que abarca, en palabras de la propia Singer, "toda la humanidad". Como explica el teórico de la neurodiversidad Nick Walker, se suele decir que esta diversidad consta de dos grupos: las personas descritas como "neurodivergentes", que son una minoría, porque "se apartan de los estándares sociales dominantes de funcionamiento neurocognitivo "normal"", y la mayoría dominante, que se dice que es "neurotípica". El movimiento de la neurodiversidad , por tanto, hace campaña por los derechos de las personas neurodivergentes, incluidas aquellas descritas como personas con TDAH o TEA. 

Tanto la neurodiversidad como la neurodivergencia son conceptos amplios y flexibles con una variación considerable en el rango de condiciones y trastorno que se dice que incluyen, pero el TDAH y el TEA son sus principales ejemplos, ya que se dice que son sus manifestaciones más comunes. 

El término “paradigma de la neurodiversidad” plantea que la diversidad cognitiva es la norma para nuestra especie. Muchas condiciones descritas como trastornos se ven, por lo tanto, con mayor precisión como diferencias neurodivergentes con aspectos potencialmente positivos. Se plantea con frecuencia que la deficiencia es una cuestión individual y (a veces) médica. Sin embargo, la discapacidad solo surge cuando las deficiencias individuales se encuentran con entornos discapacitantes construidos o diseñados de acuerdo con supuestos neurotípicos. Desde la perspectiva del modelo social, la discapacidad no se encuentra simplemente en el individuo, sino que surge de la falta de adaptación a las necesidades de quienes no forman parte de la mayoría sin discapacidades. 

La neurodiversidad considera las formas de neurodivergencia como diferencias duraderas y generalizadas en el ser humano. En lugar de considerarlas trastornos médicos o psiquiátricos que, en principio, podrían tratarse o resolverse, se entiende que estos conjuntos de rasgos describen características más o menos estables del yo que no encajan en las normas neurotípicas. 

Resulta confuso que muchas personas que se identifican como neurodivergentes utilicen etiquetas de diagnóstico psiquiátrico para describirse a sí mismas. Un número cada vez mayor de personas reclama el derecho a "autodiagnosticarse". Además, algunas se describen a sí mismas como "discapacitadas". Esto conduce a debates sobre la equivalencia de diferentes tipos de "discapacidad": la incomodidad en situaciones sociales, por ejemplo, frente al uso de una silla de ruedas o la recuperación de un derrame cerebral.  

Las diferencias asociadas con la neurodivergencia comparten una característica importante: contradicen las normas sociales dominantes sobre cómo se espera que nos sintamos, pensemos, nos comportemos, nos relacionemos, trabajemos y vivamos. En las escuelas el término se utiliza cada vez más para los niños que tienen dificultades con la lectura, la ortografía o la coordinación física, así como con la atención. De pronto, la neurodiversidad parece haberse convertido en un hecho de la vida, sin el escrutinio crítico que necesita cualquier concepto o movimiento nuevo. 

La neurodivergencia es un concepto inclusivo y flexible, que se dice que incluye una amplia variedad de diagnósticos y experiencias. Esto conduce a algunos problemas obvios a la hora de decidir quién es o no neurodivergente. La subdivisión en "neurodivergente" y "neurotípico" carece por completo de una base neurológica . 

El psiquiatra Sami Timimi dice : “Me cuesta aceptar el componente “neuro” de la “neurodiversidad”, porque no hay pruebas que lo respalden. Todos somos neurodiversos, por lo que, como concepto, no tiene sentido en un sentido biológico”. 

Timimi tiene razón al cuestionar la validez del prefijo neuro-. Su uso generalizado significa que debemos tener cuidado de distinguir entre verdades obvias y jerga neurológica especulativa. Es evidente que cada uno de nosotros tiene un cerebro con una configuración única y que algunas personas tienen dificultades muy reales para concentrarse, establecer relaciones, etc. Estas verdades son bastante distintas de las afirmaciones que implican que existen diferencias conocidas, estables y observables que explican estas dificultades en términos neurológicos y que, por lo tanto, validan los conceptos de neurodiversidad, trastorno del desarrollo neurológico, TEA o TDAH. 

La falta de claridad sobre los conceptos básicos ha tenido como consecuencia previsible un expansionismo masivo. Con el tiempo, los criterios de diagnóstico tanto para el TDAH como para el TEA se han ampliado, tanto de manera oficial como extraoficial, y ahora incluyen a muchas personas a las que antes no se les habría dado un diagnóstico. 

No es sorprendente que el concepto aún más difuso de neurodivergencia también se haya expandido, de modo que ahora incluye casi todos los comportamientos y experiencias humanas, más su opuesto. Como muestra un vistazo rápido a las muchas comunidades en las redes sociales, se puede poner como ejemplo de neurodivergencia una amplia gama de pensamientos, emociones o conductas: no concentrarse o estar demasiado concentrado; hablar demasiado o muy poco; compartir demasiado o muy poco; dificultad para cambiar de tarea o incapacidad para seguir una; hacer contacto visual con demasiada frecuencia o muy poca frecuencia; ser particularmente sensible o insensible; beber alcohol rara vez o demasiado; ser visto como muy sereno o muy caótico; perder trabajos regularmente o mantenerlos durante décadas; tener un alto o bajo rendimiento; tener un gran interés en el fútbol y las bandas indie, o una aversión a la cultura popular; disculparse demasiado o ser grosero y no preocuparse por lo que piensen los demás; mantener el mismo color y estilo de cabello durante años o cambiarlo cada mes; etc. Y también: jugar con el pelo ahora es "estimulación"; no gustar la música alta es una "sensibilidad sensorial"; perder los estribos puede ser un caso de "crisis autista"; enfadarse al final de una relación es una "disforia de sensibilidad al rechazo"; la dificultad para seguir el ritmo de las tareas diarias es una "evitación patológica de la demanda". Para complicar aún más las cosas, las personas neurodivergentes, en particular las niñas y las mujeres, aparentemente son capaces de "enmascarar" sus diferencias durante décadas al volverse excepcionalmente hábiles para mostrar las conductas opuestas; esta habilidad en sí misma se convierte entonces en un signo de su "autismo". 

Queda claro que parecen abarcar más o menos todo el espectro de emociones y comportamientos humanos. 

No hay sitios "oficiales" que, ya sea por autoridad o por consenso, estén de acuerdo en definir la neurodivergencia con precisión. Tampoco hay ningún criterio objetivo para distinguir los casos "correctos" de los "incorrectos" de neurodivergencia. Tampoco hay ningún consenso formal sobre cuántos rasgos o comportamientos califican a una persona como neurodivergente. Tampoco hay ninguna guía acordada sobre cuán notables, extremos o problemáticos deben ser estos rasgos o comportamientos para que cuenten. Y recibir un diagnóstico oficial de una de las condiciones incluidas bajo el término "neurodivergencia" no nos lleva más lejos, ya que esos diagnósticos se basan en sí mismos, en última instancia en juicios subjetivos sobre hasta qué punto la conducta de alguien se desvía de una norma social dada. 

Para complicar aún más las cosas, el movimiento de la neurodiversidad defiende cada vez más el derecho de las personas a autodiagnosticarse basándose en las experiencias que hayan tenido y las anima a considerarlo tan válido como un diagnóstico oficial.  

La expansión de la neurodivergencia ha provocado, paradójicamente, la alienación y la ira entre los padres y cuidadores de aquellos niños identificados como autistas según los criterios anteriores, mucho más estrictos, del DSM. Los niños que nunca aprenden a hablar o a vivir de forma independiente se encuentran en el mismo grupo diagnóstico que los adultos articulados con amigos, parejas y carreras exitosas. Como señala el psiquiatra infantil Sami Timimi , una categoría que incluye tanto a “residentes de instituciones con un lenguaje poco funcional… como a una larga lista de personas como Mozart, Van Gogh, Edison, Darwin y Einstein, todos los cuales, junto con muchos otros, han sido diagnosticados retrospectivamente” tiene muy poca coherencia. 

En lo que respecta a la investigación clínica, la ausencia de una definición clara de neurodivergencia, ya sea en general o en sus versiones TDAH o TEA, inevitablemente obstaculizará tanto el razonamiento como la identificación de variables y medidas, lo que repercutirá negativamente tanto en la investigación empírica como en la construcción de teorías. 

Se dice que la neurodiversidad es "una diferencia, no un trastorno"; se sostiene que estas diferencias son inmutables y de por vida; y la idea misma de "tratarlas" o "curarlas" resulta ofensiva para algunos. En vista de esto, el propósito del abordaje clínico de TEA y TDAH no está claro. Tal vez algunos solo quieran un diagnóstico formal que valide las dificultades, facilite el acceso al apoyo educativo, permita el acceso a los beneficios, etc. Si es así, un servicio clínico (en lugar de uno exclusivamente diagnóstico) apenas es necesario; sin embargo, todas las corrientes del movimiento de la neurodiversidad deploran la falta de acceso a los servicios clínicos. 

Mientras tanto, las desventajas de que un niño reciba una etiqueta como TDAH se están volviendo obvias. El Dr. Allen Frances y sus colegas las resumieron como: “bajas expectativas de los maestros y los padres que se convierten en profecías autocumplidas; prejuicio y estigmatización de los niños diagnosticados; niños que se aplican estereotipos a sí mismos, lo que conduce al autoestigma y a una baja autoestima; disminución de la autoeficacia; un enfoque menos efectivo y potencialmente contraproducente en rasgos fijos en lugar de comportamientos; un papel más pasivo ante los problemas… Y el riesgo de pasar por alto las explicaciones contextuales, sociales y societarias, debido a la explicación engañosa que ofrece el etiquetado”. 

Parte del problema a la hora de decidir los criterios de neurodivergencia es que esta se define en relación con las normas sociales, es decir, “se aparta de los estándares sociales dominantes de funcionamiento neurocognitivo “normal””. Esto descarta la posibilidad de desarrollar criterios estables y objetivos para decidir quién es neurodivergente y quién es neurotípico. Esto se debe simplemente a que las distinciones hechas sobre la base de las normas sociales (1) cambiarán con el tiempo y de una situación a otra, a medida que cambien las normas pertinentes; y (2) no se puede esperar que coincidan de manera consistente con las categorías a nivel biológico. 

Si basamos nuestros juicios sobre la neurodivergencia en las normas sociales, cualquiera de nosotros es propenso a cambiar de estatus de "neurotípico" a "neurodivergente", y viceversa, a medida que esas normas cambian. Y, para aumentar la complejidad, es probable que cada uno de nosotros tenga una mezcla de rasgos o características neurotípicos y neurodivergentes. Esto significa que es perfectamente posible que las personas pasen de ser “neurotípicas” a ser “neurodivergentes” simplemente al pasar de una situación o grupo a otro. 

En la práctica, la posesión de un único rasgo "neurodivergente" parece ser suficiente para calificar para el autodiagnóstico dentro de esta categoría. Dada la larga lista de síntomas candidatos, esto podría muy bien significar que casi todos son elegibles.

Se dice que la neurodiversidad es un concepto inclusivo que se aplica a todos nosotros, pero en la práctica ha llevado a lo que muchos consideran una división inútil entre neurodivergentes y neurotípicos, en la que estos últimos suelen ser vistos como beneficiarios de la versión actual del pecado original, el "privilegio". Además, son las personas con discapacidades más graves, personas que en muchos casos literalmente no tienen voz propia, las que tienen más probabilidades de ser excluidas por estos avances. La inclusividad se ha convertido, por tanto, en una mayor marginación. 

He aquí otra extraña paradoja: cuantas más experiencias se engloban bajo el título de neurodivergencia, más pequeño se vuelve el grupo de neurotípicos, hasta que todos son neurodivergentes y volvemos al punto de partida. Lo mismo se aplica al diagnóstico psiquiátrico en general: cuando todos están "mentalmente enfermos", entonces nadie está "mentalmente enfermo", porque el diagnóstico de "enfermedad mental" se basa en un juicio de que uno es diferente de la norma, y pronto será estadísticamente normal cumplir los criterios de al menos una "enfermedad mental". 

También vale la pena cuestionar la imagen implícita de la persona neurotípica, que aparentemente flota por la vida sin esfuerzo, de manera competente y serena, y que siempre sabe exactamente qué decir y hacer en cualquier situación social. ¿Quién es esta criatura extraordinaria? ¿Y cómo hemos llegado a ser persuadidos de aspirar a estos estándares completamente irreales, justo cuando el mundo se vuelve más exigente y difícil? No es la primera vez que nos hemos dejado engañar por este tipo de imágenes (la esposa o madre perfecta, el tipo duro, etc.), pero esta parece ser una versión particularmente perniciosa. 

Gran parte de esta confusión podría evitarse si elimináramos el prefijo "neuro". Todos somos diversos. Queremos vivir en una sociedad que nos acepte a todos. Celebremos la diversidad, pero seamos cautelosos con la neurodiversidad como una forma de lograrlo. 


Neoliberalismo

Los fenómenos que discutimos han surgido dentro de las sociedades capitalistas occidentalizadas. Algunos historiadores y académicos sugieren que esto no es una coincidencia; la disciplina de la psiquiatría en sí misma, argumentan, surgió en respuesta a la necesidad de barrer a las personas que fueron víctimas de la creciente industrialización en los siglos XVIII y XIX. Etiquetarlos como "enfermos" justifica su almacenamiento en asilos, y esto ayudó a calmar la disidencia frente a los cambios sociales masivos. 

Sin embargo, en los últimos años los problemas de salud mental se han convertido en la principal fuente de discapacidad del mundo, lo que corresponde aproximadamente a la propagación de la industrialización. El aumento ha sido particularmente rápido en las últimas décadas bajo la forma actual de capitalismo, que los analistas llaman neoliberalismo.

Incluso antes del neoliberalismo, la desigualdad social bajo el capitalismo estaba implicada en una salud física y mental más pobre. Pero desde que se ha adoptado el capitalismo neoliberal, en el Reino Unido, EE.UU. y otros países, y por partidos de todo el espectro político, ha ido acompañado de una creciente marea de miseria. Lo que puede ser bueno para la economía no es necesariamente bueno para nuestras comunidades, o para la paz mental individual. Creemos que es imposible entender la reciente creciente marea de angustia en general, o el movimiento de la neurodiversidad en particular, sin ubicar estos fenómenos dentro del contexto más amplio de las políticas, prácticas y valores neoliberales. 

Dentro del sistema neoliberal, todos estamos, ahora, en un estado altamente vulnerable. El aumento de las tasas de angustia significativa refleja aumentos muy reales en las experiencias de aislamiento, confusión de identidad, fracaso, inseguridad, descontento y desesperación que afectan incluso a los más ricos y privilegiados. Estos estados de ánimo están maduros para ser explotados por parte de industrias como la psiquiatría o la psicología, que pretenden ofrecer tanto explicaciones como soluciones. Si bien el sufrimiento causado por el neoliberalismo es demasiado real, estas aparentes explicaciones oscurecen las raíces sociales y materiales de la angustia, nos desconciertan sobre sus causas y promueven principalmente soluciones individuales a los problemas colectivos. 


TDAH y TEA

Los aumentos exponenciales en los diagnósticos de TDAH y TEA que se han producido en las últimas décadas es poco probable que sean atribuibles únicamente a la relajación de los criterios de diagnóstico en el DSM-IV. Si miramos más allá del cerebro y del DSM para identificar las posibles razones de estos aumentos, la influencia del neoliberalismo se vuelve ineludible. 

El trastorno por déficit de atención (la versión anterior del TDAH) apareció por primera vez en el DSM-III en 1980, y luego se revisó para convertirse en TDAH en el DSM-IV de 1987. El aumento meteórico en el número de niños así diagnosticados, actualmente uno de cada 10 en los EE.UU.; alrededor de uno de cada 30 en el Reino Unido, parece haberse hecho evidente por primera vez a finales de la década de 1980. El concepto de "TDAH para adultos" es aún más reciente, aunque hay signos de que también proliferará ampliamente. Esta tendencia se ha visto impulsada por la afirmación completamente infundada de que medicamentos como el metilfenidato corrigen un desequilibrio químico en el cerebro. Se prevé que el mercado mundial del TDAH valga más de 18 mil millones de dólares para 2030. 

Sami Timimi concluye que ha habido: "un fracaso en encontrar cualquier anomalía biológica específica y/o característica" para confirmar la validez del término "TDAH". Es decir, hasta ahora no se han encontrado biomarcadores de TDAH. No hay una base biológica conocida para el TDAH y no hay evidencia objetiva de un "trastorno del neurodesarrollo" que cause las dificultades que pueden provocar este diagnóstico. 

Sin embargo, el DSM-5 describe los comportamientos agrupados bajo la etiqueta de TDAH como un trastorno del neurodesarrollo. Este punto de vista se mantiene casi universalmente, y se repite de manera acrítica en los medios de comunicación. 

A pesar de las afirmaciones de un componente genético significativo en el TDAH, no hay evidencia convincente de esto. Entre 1989 (dos años después de que se describiera por primera vez el TDAH) y el año 2000, los diagnósticos aumentaron en un 381%. Del mismo modo, la prescripción de medicamentos relacionados con el TDAH en el Reino Unido fue 34 veces mayor en 2013 que en 1995. Estos aumentos masivos y sostenidos socavan las afirmaciones de que la base del TDAH es genética, porque los genes de nuestra especie simplemente no pueden propagarse y mutar tan rápidamente. 

Se pueden hacer argumentos similares en relación con el TDAH de los adultos. Hace solo 20 años no se pensaba que el TDAH persistiera más allá de la infancia. 

Esto nos deja con el argumento circular: "¿Por qué mi hijo está inquieto y distraído?", "Porque tiene TDAH"; "¿Cómo sabes que tiene TDAH?", "Porque está inquieto y distraído". 

El aumento de los diagnósticos de TDAH y TEA es distintivo de varias maneras.  En primer lugar, tanto la magnitud de los aumentos como la tasa a la que se han producido no tienen precedentes. Un estudio de EE.UU. estimó que para 2016 la prevalencia de los diagnósticos de TEA era de 1:40, en comparación con alrededor de 1:10.000 en la década de 1950. Del mismo modo, las encuestas de población de EE.UU. muestran que los diagnósticos de TDAH aumentaron del 6,1 % en 1997 al 10,2 % en 2016. Así que al menos 5,3 millones de niños en los EE. UU. ahora tienen este diagnóstico, junto con un número creciente de adultos. El aumento de la concienciación y los criterios de diagnóstico más flexibles por sí solos no pueden explicar de manera plausible estas tendencias tan dramáticas. Otra característica distintiva es que, a diferencia de la mayoría de los diagnósticos psiquiátricos, estos dos son cada vez más buscados y deseados.

El psiquiatra infantil Dr. Sami Timimi identifica varios factores de importancia. En primer lugar, la crianza de los hijos: hay muchas más familias con ambos padres trabajando; padres trabajando más horas; más dificultades para la crianza. En segundo lugar, las escuelas y la educación: planes de estudio estrictamente regulados y centrados en los exámenes; aumento de las pruebas; más aprendizaje autodirigido; recortes presupuestarios; menos oportunidades para el juego imaginativo. Y en tercer lugar, cambios sociales más amplios en: dieta (más azúcar y comida rápida); medios de comunicación (teléfonos inteligentes, redes sociales; televisión 24/7, más canales, programas más cortos con más interrupciones publicitarias); y juego (menos al aire libre, más en línea). 

De esta manera, los diagnósticos de TDAH (como otros diagnósticos psiquiátricos) medicalizan e individualizan una constelación específica de comportamientos y características que pueden volverse problemáticas en contextos particulares. Esto oculta cómo, con toda probabilidad, estos fenómenos psicológicos son en gran medida la consecuencia de conjunciones particulares de factores sociales como los descritos.

En lo referente al TEA, no compartimos el argumento típico de que las personas con este diagnóstico siempre prefieren la previsibilidad y la rutina, sino que pensamos que la dinámica neoliberal en el lugar de trabajo socava diversos aspectos de estabilidad y seguridad en el empleo, por lo que es probable que las personas a las que les resulta particularmente difícil perder esta estabilidad puedan ser etiquetadas como TEA. No es una coincidencia que las menciones del trabajo como un aspecto de los criterios de DSM hayan aumentado de 10 en DSM-I a 385 en el DSM-5. 

La comprensión de los empleados de la protección que ofrece un diagnóstico está alimentando el aparente aumento de la prevalencia de los TEA, al tiempo que individualiza los desafíos a las condiciones de empleo que, de hecho, son irrazonables para todos. 

Los esfuerzos por “encajar”, por ejemplo en un ambiente de trabajo hostil, son tan ampliamente reconocidos que en los círculos neurodivergentes tienen un nombre: enmascaramiento. De hecho, aprender a cumplir con las normas sociales y gestionar nuestro propio comportamiento y respuestas es una tarea de desarrollo universal. Hasta cierto punto, todos desempeñamos papeles en situaciones sociales. Más importante aún, el uso del término "enmascaramiento" como si fuera algo único para el contexto neurodivergente oscurece el hecho de que bajo el neoliberalismo se anima a todos a enmascarar, a menudo en un grado extremo.

El resultado predecible es que, con raras excepciones, nadie se siente lo suficientemente bien. Nadie se siente lo suficientemente inteligente, lo suficientemente atractivo, lo suficientemente delgado y saludable, lo suficientemente exitoso o lo suficientemente feliz. Hay una angustia generalizada y genuina aquí, ya que todos los demás parecen "encajar" mejor que nosotros y, sin embargo, detrás de todas las máscaras, nadie se siente aceptado y bien como están. Una vez más, una dificultad compartida causada por poderosas demandas ideológicas se individualiza en el síntoma de un "trastorno". 

Vemos numerosas afirmaciones de que las niñas y las mujeres están "subdiagnosticadas" debido a sus excepcionales habilidades de "enmascaramiento". Hasta hace muy poco, podríamos haber recurrido a un análisis feminista para entender por qué las niñas y las mujeres se ven desproporcionadamente afectadas por las presiones para encajar, verse, vestirse y comportarse de cierta manera, emprender un trabajo emocional y ocultar su verdadero yo detrás de un barniz de cumplimiento y positividad. Ahora, sin embargo, una atribución o autoidentificación del autismo puede ser la comprensión elegida. 

Al interrumpir nuestros vínculos con la familia extendida, la comunidad y el lugar, y erosionar nuestro sentido de conexión y seguridad, el neoliberalismo nos deja muy vulnerables, incómodos y confundidos sobre quiénes somos o deberíamos ser. Este estado intolerable nos hace abiertos a que se nos vendan nuevas identidades, así como nuevas posesiones: especialmente identidades que prometen aliviar, o incluso simplemente explicar, nuestros abrumadores sentimientos de fracaso, vergüenza y exclusión. Nuestra infelicidad está madura para ser explotada por el mismo sistema que la causó. El neoliberalismo contribuye a la angustia, la mercantiliza y nos devuelve las soluciones reclamadas.

El paradigma de la neurodiversidad propone que las experiencias y comportamientos que se dice que son característicos del TDAH o el TEA son aquellos que están fuera de las normas sociales actuales. Sin embargo, al mismo tiempo, a menudo se dice que indican una condición neurológica duradera que requiere un mejor acceso al diagnóstico. La psicóloga Mary Boyle se refiere a este fenómeno como el dilema del "cerebro o la culpa"; el falso binario de que "Tienes una enfermedad, y por lo tanto tu angustia es real y nadie tiene la culpa" o "Tus dificultades son imaginarias y/o tu culpa o la de otra persona, y eres anormal, defectuosa, débil y un fracaso". Dadas estas posiciones polarizadas, no es sorprendente que tantas personas opten por la versión "cerebro". Para ellos, el diagnóstico llega a representar un escape de sentimientos abrumadores de desesperación, diferencia, exclusión, vergüenza, culpa y fracaso, reemplazándolos con un sentido de aceptación a medida que te unes a tu nueva "tribu". 

Una lista de verificación sobre cómo identificar el autismo en las niñas, basada en una serie de fuentes clave, incluye: 

• Se siente atrapada entre querer ser ella misma y querer encajar. 

• Rechaza las normas sociales y/o cuestiona las normas sociales. 

• Preguntas si es una persona "normal".

• Anhela ser visto, escuchado y entendido. 

Nadie puede sobrevivir sin su tribu. Sentir que perteneces es una necesidad humana absolutamente fundamental. Pero las pseudoexplicaciones del TDAH o el TEA en realidad nos impiden identificar las raíces del problema en estructuras sociales fragmentadas y demandas y expectativas poco realistas. Más bien, estamos dirigidos a las industrias del TDAH y el TEA en rápida expansión, que ofrecen medicamentos, terapias, clínicas, libros de autoayuda y similares, para ayudarnos a "encajar" mejor. Pero esto distrae de la pregunta clave: ¿Cómo y por qué hemos creado una sociedad en la que casi nadie siente que "encaja"? 

Entonces, ¿por qué el análisis político inherente al movimiento de la neurodiversidad no ve los riesgos de hacer que las etiquetas de diagnóstico como el TDAH y el TEA estén más ampliamente disponibles? ¿No les preocupan las formas en que estos diagnósticos psiquiátricos individualizan las dificultades de las personas, oscureciendo los impulsores sociales de su angustia? ¿Qué pasó con la perspectiva feminista?

El reciente cambio del diagnóstico psiquiátrico como imposición no deseada por un experto de una etiqueta estigmatizante, a un producto e identidad deseables que los consumidores buscan activamente, ha sido extraordinariamente rápido. Sean cuales sean las intenciones originales de los fundadores del movimiento, vemos que el paradigma de la neurodiversidad cae exactamente en las mismas trampas que el basado en el trastorno que afirma reemplazar. De hecho, el mensaje central de "diferencia, no trastorno" parece en la práctica significar lo contrario. 

Las preguntas sobre la identidad van al corazón de lo que somos, o nos concebimos a nosotros mismos para ser, y debido a esto son intrínsecamente desafiantes, pero los problemas planteados son demasiado importantes como para ignorarlos. Como dice el psicoterapeuta James Davies, cuando "... las tribus de diagnóstico vienen a reemplazar a las tribus políticas... nuestro sufrimiento se ha desviado políticamente". 


Neuroautenticidad, neuroidentidades y neuroindustria 

Antes nos preocupaban las etiquetas. Nos preocupaba que decirle a un niño que era una cosa en particular moldeara su desarrollo en esa dirección, cerrando otras opciones. La teoría de las etiquetas sugería que una etiqueta no sólo afectaría la forma en que un niño se veía a sí mismo, sino también la forma en que la gente a su alrededor lo veía y lo trataba. Conducía a la "exclusión" (la suposición de que, dado que la etiqueta explica la conducta o las experiencias de una persona, no hay necesidad de intentar comprender a la persona como un ser complejo). Esto se aplicaba a toda una gama de etiquetas: no sólo términos diagnósticos, sino también descripciones de niños como "disruptivos", "superdotados", "talentosos" o incluso "tranquilos". Un diagnóstico psiquiátrico, un tipo especial de etiqueta, generalmente se consideraba indeseable, aunque a veces fuera necesario. 

A menudo se lo considera problemático porque su énfasis en los individuos puede desviar la atención de cuestiones sistémicas o estructurales más amplias, como la explotación y la desigualdad del neoliberalismo. 

El énfasis actual en este tipo de identidades podría verse como una consecuencia de la fragmentación de las familias, las comunidades asentadas y los lugares de trabajo estables que ha provocado el neoliberalismo, y de la consiguiente destrucción de instituciones colectivas como los clubes de trabajadores, los clubes de jóvenes, los sindicatos y las iglesias. A medida que estas fuentes tradicionales de formación de la identidad han desaparecido o han perdido relevancia, la gente ha recurrido cada vez más a otros recursos para establecer su sentido de identidad. 

Un recurso al que han recurrido los jóvenes (y también los adultos) es el diagnóstico psiquiátrico. Una identidad diagnóstica puede ser particularmente atractiva porque permite que nuestros diversos fracasos percibidos para cumplir con los estándares imposibles de los ideales neoliberales se replanteen de manera muy específica como síntomas de TEA, TDAH o neurodiversidad. Esto parece proporcionar, como dijo un joven, " una manera fácil de huir del odio hacia uno mismo" . La idea de que algunas personas solo pueden ser comprendidas (y comprenderse a sí mismas) si se les da un diagnóstico psiquiátrico está muy extendida. 

A medida que el campo se ha ido moviendo hacia el "paradigma de la neurodiversidad", las etiquetas diagnósticas han adquirido un significado nuevo y altamente determinista. Los diagnósticos de lo que se denomina en el DSM-5 trastornos del desarrollo neurológico (TDAH y TEA) se presentan como una verdad fundamental sobre quién eres. A quienes cumplen los criterios de diagnóstico de autismo se les dice que su "neurotipo" es diferente a la norma y siempre lo será, y que luchan porque su cerebro no está adaptado al mundo "neurotípico". Estas características se consideran inamovibles, esenciales y determinadas por la neurobiología, que atraviesan tu cuerpo como la palabra en una barra de piedra. 

La neurohistoria es seductora. Ofrece una explicación sencilla que parece resolver todos los problemas de una persona. ¿Crees que no tienes tanto éxito como te gustaría? ¿La vida es demasiado dura? No es tu culpa, es porque eres diferente y el mundo no fue diseñado para ti. 

La culpa de lo difícil que puede ser la vida se dirige entonces a la marginación creada por los "neurotípicos", que aparentemente encuentran la vida mucho más fácil. Su diagnóstico le otorga un estatus minorizado y oprimido, lo que en la década de 2020 tiene ventajas y poder social. En cambio, nadie quiere ser neurotípico, eso no implica ningún estatus. 

Los adultos generalmente optan por buscar un diagnóstico, pero a los niños se les impone, generalmente porque no cumplen con las expectativas de los adultos en cuanto a comportamiento y desarrollo. Algunos niños crecen con la idea de que sus padres, bien intencionados, les dicen que sus cerebros son diferentes al de otras personas y que el mundo no está hecho para ellos. 

No sabemos cuál es el impacto de decirles a los niños que están "programados de manera diferente" con respecto a su familia y amigos, pero sí sabemos que el sentido de pertenencia es muy importante para los adolescentes en particular, y que decirles que sus diferencias están localizadas en su cerebro y, por lo tanto, son inmutables, puede muy bien conducir a una sensación de desesperanza sobre la posibilidad de que la vida mejore a medida que crecen. 


Identidad, discapacidad y autodiagnóstico

La adopción rápida de un diagnóstico como identidad dificulta mucho el trabajo clínico, porque la neurodivergencia está más allá del alcance de la exploración terapéutica habitual. Sencillamente no podemos preguntar por qué, porque ya existe (aparentemente) una respuesta. El niño que se mueve inquieto en clase tiene TDAH; el enfadarse si un amigo no te hace caso se atribuye a la «disforia sensible al rechazo»; la ansiedad al salir de casa es la «evitación patológica de las demandas»; y así sucesivamente. Todo tiene una etiqueta, y la etiqueta descalifica cualquier otra explicación. Los padres que me preguntan sobre el comportamiento de sus hijos suelen tener una larga lista de posibles diagnósticos que están considerando: ¿podría ser autismo, TDAH, síndrome de burnout autista, trastorno de conducta o incluso TLP? 

Todo lo que se ha definido como parte de la "neurodivergencia" de una persona puede considerarse inmutable, tanto ahora como en el futuro. Hay jóvenes, al diagnosticarse como autistas, creen que no pueden seguir instrucciones, probar nuevos alimentos o hablar con gente nueva. Piensan que así son y que si intentan hacer algo de forma diferente, eso sería "enmascararse". En consecuencia, ayudar a los niños que han sido identificados como neurodivergentes a desarrollar las habilidades que todos los niños necesitan aprender puede parecer transgresor.

Hace apenas unos años se aceptaba que el niño tímido podía volverse más extrovertido con el tiempo, y que aquellos que eran muy activos de pequeños podían concentrarse mejor a medida que crecían. En términos corrientes, podrían “superarlo con el tiempo”. También se aceptaba que todos necesitamos aprender lecciones difíciles sobre cómo interactuar con los demás, mediante la orientación de los padres y la educación. Ya no, no si un niño ha sido identificado como neurodivergente. El enfoque neuroafirmativo insiste en la aceptación incondicional sin expectativas ni posibilidades de cambio. Suena bien, pero puede cerrar oportunidades de crecimiento. 

Los entornos educativos desafiantes están poniendo a todos los jóvenes bajo una enorme presión. Nuestro sistema educativo actual prioriza los resultados de las pruebas. Compara constantemente a los jóvenes entre sí y los somete a una intensa presión. Estas circunstancias causan angustia, no porque algunos de los niños sean «neurodivergentes», sino porque no son condiciones saludables para que los jóvenes crezcan en ellas. En lugar de trabajar para cambiar un sistema escolar que no funciona para muchos jóvenes, decimos que los jóvenes neurodivergentes no encajan en el sistema y que ellos (y solo ellos) necesitan algo especial y diferente. 

Uno de los criterios diagnósticos del DSM-5 es el más problemático para quienes diagnostican y al mismo tiempo afirman rechazar el lenguaje patologizante del diagnóstico, porque es un criterio al que no se le puede dar un giro positivo. Es el siguiente: "Los síntomas causan un deterioro clínicamente significativo en las áreas sociales, laborales u otras áreas importantes del funcionamiento actual". Demostrar un deterioro, en comparación con otras personas, es una parte importante del modelo de diagnóstico psiquiátrico. 

Muchos de los adultos que actualmente reciben diagnósticos tienen un éxito objetivo, a menudo con sus propias familias y carreras. ¿Cómo entonces diagnosticarles una discapacidad significativa cuando no parecen tenerla? La solución, una vez más, es el enmascaramiento. La persona dice que siente que la vida es más dura para ella que para otras personas y que tiene que esforzarse más que los demás para ocultar su auténtico yo autista, y los profesionales neuroafirmativos, al parecer, aceptan esto como una discapacidad significativa. Por lo tanto, los adultos altamente calificados y exitosos pueden calificar para un diagnóstico que originalmente estaba destinado a aquellos con dificultades serias y duraderas en el funcionamiento. Es una forma de apropiación diagnóstica. 

Una de las contradicciones centrales del movimiento de la neurodiversidad es que los credos centrales de la no patologización y la aceptación han contribuido en la práctica a un aumento masivo en el etiquetado diagnóstico. La búsqueda de confirmación médica tiende a ir acompañada de una perspectiva consumista sobre la atención médica que ve la adquisición del diagnóstico deseado como un derecho, no como una opinión experta que puede o no considerarse aplicable en un caso determinado.

La mezcla de "trastorno" con "identidad" se ve ayudada por el hecho de que, a pesar de las largas listas de criterios, los diagnósticos psiquiátricos como el TEA y el TDAH se basan en última instancia en juicios subjetivos (por parte del clínico) sobre las experiencias subjetivas (del cliente), en lugar de en biomarcadores, porque no hay ninguno. Como resultado, no hay una forma fácil o definitiva de resistir la expansión del número de personas que se dice que son neurodivergentes. 

Esta mezcla tiene otras consecuencias indeseables, algunas de las cuales ya hemos discutido. Una etiqueta que tiene la autoridad de un diagnóstico médico, y que al mismo tiempo se experimenta como una especie de identidad valorada, es extraordinariamente poderosa, más que las etiquetas de diagnóstico como la bipolar, la depresión mayor, etc. Al menos en teoría, la recuperación de las condiciones médicas, si así es como se entienden, es posible. Pero no puedes "recuperarte" de una identidad o de ser un cierto tipo de persona. Si los "síntomas" son al mismo tiempo una expresión de tu "yo auténtico", entonces el cambio no solo es imposible, sino indeseable, y es probable que cualquier sugerencia de lo contrario sea vista o se sienta como ofensiva, opresiva o peor. 

La heterogeneidad de la neurodiversidad hace que sea difícil generalizar en lo referente a su relación con la discapacidad. Sin embargo, parece que hay formas en las que la neurodiversidad puede diferir de muchas otras categorías de discapacidad. ¿Debería la incomodidad en situaciones sociales o la dificultad para priorizar las tareas diarias, por ejemplo, contar como "discapacidad" en el mismo sentido que usar una silla de ruedas, recuperarse de un derrame cerebral o tal vez tener cambios de humor extremos? 

El concepto de neurodiversidad gana credibilidad a través del prefijo "neuro". Al mismo tiempo, asociar la diversidad con el cerebro de esta manera individualiza y descontextualiza las circunstancias personales, sociales, materiales y políticas de manera aún más efectiva que el modelo médico en psiquiatría. Es más, la promoción y valorización de las neuroidentidades, como todas las políticas de identidad, desvía la atención de las estructuras sociales injustas y las prácticas asociadas, como la psiquiatría, que sostienen el neoliberalismo. 

Estas experiencias requieren descontextualización e individualización, para que nuestro sufrimiento recién redefinido pueda ser vendido de nuevo a nosotros junto con soluciones mercantilizadas: medicamentos psiquiátricos, clínicas privadas, libros de autoayuda y todo lo demás. Y cuando estos fracasen, como parece inevitable, ya que no están abordando las causas fundamentales, siempre habrá otra solución a la vuelta de la esquina. 

En el mundo al revés, despiadadamente competitivo, individualizado e individualizado del neoliberalismo, valores como la amabilidad, la cooperación y la equidad están lo suficientemente en desacuerdo con las normas sociales dominantes como para que puedan volver a enmarcarse como síntomas de un "trastorno". Esto es profundamente deprimente, pero no sorprendente. Si hubiera un término para resumir la antítesis del neoliberalismo, es la justicia social: no es de extrañar que ese concepto haya sido también patologizado. Mientras tanto, la autovigilancia implacable está en camino de lograr el estado de diagnóstico, discapacidad o neurodivergente para todos nosotros, y muchos ya están haciendo cola para aceptarla voluntariamente.



domingo, 15 de septiembre de 2024

Neurodiversidad: ¿nuevo paradigma o caballo de Troya? (vía Mad in America)

Ahora que escribir por aquí es más discreto e íntimo de lo que llegó a ser, porque ya casi nadie lee blogs, entretenidos como estamos con vídeos de un minuto o dos de duración, les reconoceremos que habíamos pensado titular esta entrada "La salud mental a inicios del XXI, o de cómo conseguir no huir de la profesión e irse a plantar boniatos: la epidemia de autismo que nos asola". Sin embargo, en fechas recientes, leímos en la página web Mad in America, siempre recomendable, cuatro entradas sobre el muy polémico tema de la neurodiversidad, de la mayor actualidad, y decidimos compartir ese material por aquí y poner un título más serio. Los autores son dos psicólogos y creemos que se trata de cuatro textos del mayor interés para acercarse a un tema que vemos extenderse cada vez más en nuestro propio ámbito profesional y que consideramos acarrea muchas más sombras que luces.

La lectura de estos trabajos nos ha parecido de máxima utilidad a la hora de posicionarnos ante lo que creemos que es una nueva forma de sobrediagnóstico que flaco favor va a hacer a muchas personas que caerán en él, e incluso a todos como sociedad por lo que implica de psicologización, desresponsabilización y, de nuevo, individuación de malestares sociales cada vez más preocupantes.

El diagnóstico psiquiátrico, subjetivo y muy lejos de cualquier hallazgo biológico objetivo, ha sido clásicamente una trampa impuesta por la sociedad como marca de opresión, con independencia de que, en no pocas ocasiones, pueda tener un efecto útil para la persona.

Sin embargo, nos encontramos cada vez más con la ⁠trampa del diagnóstico buscado, de diagnósticos en la línea de "autismo", "trastorno del espectro autista" o "hiperactividad", bajo el oscuro paraguas del concepto "neurodiversidad". Nos parece que este auto o heterodiagnóstico, solo aparentemente liberador y sí muy claramente desresponsabilizador supone un instalarse permanentemente en una identidad diferente a la normalidad (¿quedará alguien normal?, ¿cuáles serían las características de los supuestamente normales neurotípicos?). 

Este constructo hipertrofiado de "autismo" conlleva plantearse que el problema que sufro, la dificultad que siento (o la variedad que presento) es totalmente mía, no es que el mundo esté mal y sea hostil. Me siento frustrado, no alcanzo los objetivos que se esperan de mí, o sufro aunque lo haga, y acabo convencido de que es porque soy diferente, y me tienen que aceptar así. 

Nosotros pensamos mucho más que, aunque por supuesto todas las personas son diferentes, todas seríamos neurodiversas, y es muchas veces el mundo en que vivimos, la sociedad que habitamos y, por concretar, el sistema capitalista depredador que nos oprime, la causa de gran parte -no todos- de nuestros malestares. Pegarnos etiquetas de neurodiversidad, por mucho que las consideremos un gesto despatologizador o incluso antipsiquiátrico, no es otra cosa que situar en nosotros los factores de malestar que en realidad están fuera. Nuestro "autismo" nos hace pedir que el mundo se adapte a nosotros, pero tal vez deberíamos más bien readaptar el mundo a todos, no jugar a buscar identidades que alejan la responsabilidad de nosotros mismos y las soluciones de los problemas sociales y políticos que son los causantes de gran parte del malestar que sufrimos. Al final, este giro de los acontecimientos no hace sino mantener la vista en lo individual, cuando quizás deberíamos ya de una vez pensar en lo colectivo.


Adjuntamos ahora los enlaces a los cuatro textos originales de la página Mad in America, así como enlaces a traducciones al castellano de los mismos. Son traducciones mediante Google sin corrección posterior, por lo tanto imperfectas, pero que transmiten creemos que adecuadamente los trabajos.


Enlace a los textos en inglés:


https://www.madinamerica.com/neurodiversity-series/



Enlaces a los cuatro textos traducidos:


https://drive.google.com/file/d/1HRQ2GygROd9QOg6jV3HcWL6LDOFdcUAY/view?usp=sharing


https://drive.google.com/file/d/1UMMLUlDZtyZOHDO6P2-dp8ygkClLcl2T/view?usp=sharing


https://drive.google.com/file/d/1JbRyAfybv_2vvcoCMfT6JVipm6tK0ftT/view?usp=sharing


https://drive.google.com/file/d/1v6B8KYPWPRBewDV0bU0UqRq1fUG9eqxh/view?usp=sharing





martes, 3 de agosto de 2021

"Cientificismo y trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH)" (Sami Timimi, Revista de la AEN 139)


En el último número de la Revista de la AEN leímos un artículo muy interesante de Sami Timimi (especialista en psiquiatría infantil en el Reino Unido), que recoge aspectos clave sobre la controvertida cuestión del TDAH, incluyendo el tema de su tratamiento farmacológico y su al parecer no tan clara eficacia. Nos parece muy recomendable como recapitulación sobre un asunto que cada vez arrastra más sombras que luces. Dejamos por aquí su resumen y un enlace al mismo.


Cientificismo y trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH)


Resumen: Para que un diagnóstico como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) sea útil científicamente, es necesario demostrar que el concepto conduce a un avance del conocimiento en torno a las causas. Para que sea útil desde el punto de vista clínico, hay que demostrar que da lugar a mejores resultados en la práctica clínica. Examino la evidencia disponible sobre la utilidad científica y clínica del TDAH, que muestra que el concepto no tiene una base empírica. La creencia sostenida de que el TDAH existe como categoría natural se asemeja más al cientificismo que a la ciencia. El TDAH es más un hecho de la cultura que de la naturaleza. Puesto que el concepto de TDAH no ha ayudado a avanzar en el conocimiento científico o en la práctica clínica, podemos decir con objetividad que hace tiempo que se pasó su fecha de caducidad.

Palabras clave: TDAH, diagnóstico, crítica, cientificismo, medicina basada en la evidencia.

Traducción de Rebeca García Nieto.






jueves, 1 de noviembre de 2018

Apuntes para una cierta historia de la psiquiatría


Hace unos meses nos ofrecieron la posibilidad de impartir un seminario en la Unidad Docente Multiprofesional de Salud Mental de Tenerife, sobre historia de la psiquiatría. Evidentemente, es un tema que siempre nos ha interesado mucho y aprovechamos la ocasión para preparar un pequeño trabajo sobre ello. Presentamos hoy aquí completo dicho trabajo, que creemos de cierto interés.



Introducción

Antes de nada, deciros que es un honor estar hoy aquí para dar este seminario sobre historia de la psiquiatría y que agradezco a la Comisión de Docencia de Salud Mental está oportunidad que me brinda.

Lo que se me pidió fue impartir una sesión sobre historia de la psiquiatría, que en principio iba a ser solo para los MIRes, y en la idea de que era un tema “objetivo”, alejado de polémicas. Bueno, como sabéis, yo soy psiquiatra y estoy encantado de estar hoy aquí, pero para nada creo que este tema debe darse solo a los psiquiatras en formación y estoy convencido de que la objetividad brillará por su ausencia. Considero que conocer la historia de la psiquiatría es imprescindible para cualquier profesional que se acerque a este campo, ya sea enfermera, psiquiatra, psicóloga, trabajadora social u otros. Cuando empezamos a trabajar en esta disciplina, en cualquier disciplina de hecho, entramos por así decirlo a mitad de la película o, más bien, a mitad de alguna temporada de una serie que no sabemos cuándo o cómo empezó, o qué ha ocurrido hasta ahora. Y existe el peligro cierto de pensar que las cosas son como las vemos y como se nos explican porque existe un acervo previo de conocimientos que nos lo garantiza. Pero en nuestro campo tal vez no sea exactamente así. Cuando uno empieza a estudiar una disciplina científica no necesita imprescindiblemente recorrer toda la historia de dicho campo, porque hay avances que han marcado un cierto antes y después. Cuando Galileo empieza a observar el sistema solar con su telescopio y descubre los satélites de Júpiter o las fases de Venus, ya no tiene especial interés para un astrofísico estudiar la cosmología aristotélica con su esfera de las estrellas fijas en constante movimiento, más allá de la mera curiosidad, porque no tiene ninguna influencia en su disciplina en la actualidad. Sin embargo y como comentaremos, no es exactamente este el caso de la psiquiatría, aunque cuando uno empieza, especialmente creo que si uno viene desde las profesiones más sanitarias como la medicina o la enfermería, se tiende a ver así: la psiquiatría es un campo de conocimientos científicos bien establecido cuyo pasado es irrelevante y que avanza con paso firme hacia el futuro.

Vamos a intentar desmontar semejante idea.

Nosotros trabajamos en un campo que llamaré psiquiatría pero que, para mí y para más gente, engloba por igual a profesionales de formaciones diversas y, por supuesto, especialmente a enfermeras, médicos y psicólogos. Y la historia de este campo viene tejida por las acciones y reflexiones de personas de diversas procedencias profesionales y personales. Nada me parece más aburrido en este contexto que las recurrentes guerras entre psiquiatras y psicólogos o entre médicos y enfermeras por poner la bandera propia en cada parcelita de terreno, ya sea la prescripción, el psicodiagnóstico, la psicoterapia o lo que sea…

Evidentemente, en dos horas no vamos a poder contar la historia de la psiquiatría, porque además yo no me la sé para contárosla ni aunque tuviera dos meses. Pero sí podemos dar unas pinceladas sobre el tema que puedan sernos útiles, para aprender algunas cosas y tal vez más para desaprender otras. Lo que yo puedo saber y opinar de este tema se debe a lo que he leído y entendido sobre ello, por lo que me voy a apoyar en bibliografía que creo importante y cuya lectura os recomendaría si queréis profundizar en el tema. Más tarde haremos un repaso a algunos de los hitos históricos de la profesión, pero muy por encima. Quien quiera saber más y mejor, debe acudir a las fuentes originales o a revisiones como las que indico a continuación:

·      “Los fundamentos de la clínica”. Paul Bercherie.

·      “Ensayo sobre los paradigmas de la psiquiatría moderna”. Lanteri-Laura.

·      “Historia de la locura en la época clásica”. Michel Foucault.

·      “El poder psiquiátrico”. Michel Foucault.

·      “Fundamentos de psicopatología psicoanalítica”. Álvarez, Esteban y Sauvagnat.

·      “La invención de las enfermedades mentales”. José María Álvarez.

·      “La noche oscura del ser”. Jean Garrabé.

·   “Historia conceptual de la esquizofrenia”. Germán Berrios, en “Tratado de Psiquiatría” de Gelder, López-Ibor Jr. y Andreasen.

·      “Delirio: historia, clínica, metateoría”. Germán Berrios y Filiberto Fuentenebro.

·    “Locura de la Psiquiatría. Apuntes para una crítica de la Psiquiatría y la salud mental”. Alberto Fernández Liria.

Antes ya señalé que este seminario difícilmente podrá ser objetivo. La objetividad está bien para explicar la ley de la gravedad o la glucolisis, pero para desarrollar el recorrido histórico de un determinado campo de conocimiento, en este caso la psiquiatría, se hace imprescindible una labor de selección: se habla de unos autores y de otros no, y de los que se habla, se recogen unos hechos y otros no, y los hechos recogidos son contados aportando algunos elementos de su contexto y otros no. Y tanto en las cosas que al final contamos (y en cómo las contamos) como también en todas las que callamos, se ha ejercido una labor consciente o inconsciente de selección para que nuestro relato apoye nuestras posiciones teóricas, también más o menos conscientes, más o menos inconscientes. Por ello, yo no voy a contaros la historia objetiva de la psiquiatría, porque tal cosa es imposible, sino que voy a comentaros algunas ideas y algunos hechos sobre el desarrollo histórico de la psiquiatría que considero os podrán (o tal vez no) ser útiles para entender vuestro trabajo, por qué se hace como se hace o incluso cómo se podría hacer mejor.

Otro punto a aclarar (que no es previo, porque desde el principio estamos en materia) es intentar no caer en la falacia del progreso, por la cual tendemos a pensar que cualquier tiempo pasado fue peor y cualquiera futuro será mejor. Es decir, la historia de la psiquiatría sería el relato más o menos aburrido o más o menos gracioso de gentes muy atrasadas que dijeron muchas tonterías porque no sabían todo lo que nosotros sabemos ahora. Y eso lo pensamos porque, de hecho, en muchas disciplinas científicas ocurre de esta manera, como el ejemplo que mencionamos antes en relación con la cosmología actual frente a la aristotélica. Sin embargo, el estatuto científico de la psiquiatría actual es mucho más similar a las especulaciones de la filosofía natural de Aristóteles que a los desarrollos de la física o química actuales. 

Me explicaré.

Muchos campos del conocimiento cuentan con lo que podríamos considerar un punto de inflexión. Un momento que marca un antes y un después en la evolución de la disciplina que implica el paso del conocimiento apoyado en la especulación más o menos racional, al conocimiento basado en un cierto método científico, con recogidas ordenadas de datos, hipótesis a contrastar, validación experimental, replicabilidad de los hallazgos, consistencia interna, etc. Un punto de inflexión a partir del cual el conocimiento fundamentalmente subjetivo y basado en opiniones deja paso al conocimiento objetivo basado en pruebas o, al menos, lo bastante objetivo para ser considerado científico. Desde un punto de vista postmoderno, la misma objetividad de la ciencia sería un discurso más, sujeto a controversia, y desde la enunciación del principio del incertidumbre de Heisenberg, por el cual no puede conocerse a la vez la posición y el movimiento de una partícula porque la mera observación la modifica, hasta la misma física abandona parcialmente su supuesta objetividad independiente del observador, pero no vamos a entrar ahora en esos jardines, que bastante maleza tenemos en el nuestro. Por volver al ejemplo previamente citado, cuando los astrónomos como Galileo o Kepler comienzan a observar el cielo con telescopios consiguen obtener datos contrastables, reproducibles, y a trabajar matemáticamente con ellos. Eso marca un antes y un después para la astronomía. Cuando Virchow estudia las células y los tejidos y se desarrolla la teoría tisular, ello tiene un rango científico del que carece totalmente la doctrina hipocrática de los humores, por meritoria que fuera para la época. Cuando se descubre la naturaleza del átomo, sus partículas y sus fuerzas, se da un paso de gigante en la física de la materia, y eso sitúa la disciplina en un nivel cualitativamente diferente al que poseen las teorías de la naturaleza de los filósofos presocráticos. En todos estos campos hoy considerados científicos habría, por así decirlo, una prehistoria y una historia, separadas por un hecho fundamental (siguiendo con la analogía, como lo fue la aparición de la escritura en ese caso). Ese hecho fundamental, o hechos, suele tener que ver con un avance de la experimentación por mejora de la tecnología (telescopios, microscopios, sismógrafos, termómetros, etc.) y con una cierta matematización del campo (fórmulas de la mecánica newtoniana, de las reacciones químicas, etc.). Nuestro planteamiento en que la psiquiatría carece de este punto de inflexión. No ha pasado de nivel, no ha entrado en la era científica, carece de pruebas objetivas sobre los trastornos que trata, carece de suficiente consistencia interna en las teorías que maneja, no ha habido un momento en que la técnica o la teoría hayan dado ese salto que nos hubiera permitido salir de la prehistoria. Podría plantearse que el comienzo de la era farmacológica sobre los años 50 del pasado siglo lo fue, pero yo lo dudo. La actual psiquiatría biológica se basa en una visión neuroquímica en cuanto a neurotransmisores que suben y bajan explicando los trastornos. Los dos ejemplos típicos: un déficit de serotonina en depresión y un exceso de dopamina en psicosis. Sin embargo, estas teorías surgen tras observar el mecanismo de acción de los psicofármacos recién descubiertos. Como los antidepresivos aumentan la serotonina, se deduce que la causa del trastorno es una falta de dicha sustancia. De la misma manera con el supuesto exceso de dopamina en la psicosis explicado a partir del efecto bloqueante de los neurolépticos. Una teoría, salvo que hubiera habido pruebas posteriores, equiparable a explicar la cefalea por un déficit de paracetamol. Y el caso es que nadie ha demostrado, a partir de sujetos sin tratamiento previo que ya altere su neurotransmisión, que ninguna de estas variaciones en serotonina o dopamina se dan en personas con esos diagnósticos. Pese a ello, y tras buenas campañas de marketing, la mayoría de la población e incluso muchos profesionales piensa que tales déficits o excesos han sido demostrados.

Estos puntos de inflexión en ciencia no tienen solo una relevancia teórica, claro está. La diferencia entre la física aristotélica y la newtoniana es que con la primera se puede hacer poesía sobre la perfección de las esferas celestes y con la segunda se puede poner un satélite en órbita. No es cosa pequeña. El caso es que, nos tememos, la psiquiatría actual no ha encontrado aún ese descubrimiento –y esperar hechos aún no ocurridos tiene más de religión que de ciencia- que le permita pasar de la prehistoria a la historia, que le permita configurarse como ciencia de pleno derecho y que establezca un antes y un después en su historia (que es de lo que hemos venido a hablar hoy aquí), es decir, un punto en el que decir: hasta aquí hay curiosas teorías de la antigüedad de la disciplina y a partir de aquí, el brillante camino que nos ha traído a la avanzada condición presente.

Todo ello está en relación con la falacia del progreso, tan propia de nuestra época. Tendemos a pensar que cualquier novedad es mejor que aquello a lo que sustituye. Sobre todo en cuando a tecnología: el último móvil del mercado es mejor que el modelo previo, el coche de este año es mejor que el del año pasado, etc. Incluso en cuanto a tecnología, esto sería discutible porque podría valorarse no solo que la nueva lavadora es mejor que la que tuvimos hace hace veinte años, pero aquella duró el doble de tiempo, por ejemplo. Pero la falacia es más perceptible cuando salimos del campo tecnológico-consumista. No hay más que echar un vistazo a las condiciones socioeconómicas de este país, o a la comparación entre nuestros sueldos y los precios de compra o alquiler de vivienda, para comprender que el progreso no siempre va hacia delante. En psiquiatría, pensar que el DSM-5 es mejor que el DSM-III o que la clasificación original de Esquirol, por poner unos ejemplos, no es algo que debamos dar por hecho solo porque unas son más modernas que otras. Sobre todo porque, como ya hemos visto y es importante incidir en ello, toda clasificación psiquiátrica se basa en la observación clínica, es decir, en la recopilación de síntomas de forma más o menos subjetiva, con los que llegar a un diagnóstico, sin rastro de prueba objetiva alguna analítica o de neuroimagen que nos dé una certeza diagnóstica (porque si aparece tal certeza en casos de neurolúes o tumores cerebrales o enfermedad de Parkinson o encefalitis, entonces estamos hablando ya de Neurología y no de Psiquiatría, evidentemente). Como dijimos, esta ausencia de pruebas objetivas lleva a que desde los inicios de Pinel en la Salpêtrière hasta la inminente CIE-11, todas las clasificaciones psiquiátricas que ha habido (es decir, toda la historia de la psiquiatría), se han basado en agrupaciones de síntomas que distintos autores han considerado que constituían determinados trastornos. Síntomas que además solo podían ser percibidos subjetivamente por dichos autores, como la escasa concordancia entre observadores de nuestros diagnósticos deja claro.

Nos detendremos un poco en ello.

Ante la falta total de pruebas objetivas analíticas o de imagen, o del tipo que sea, que nos den un diagnóstico de certeza, este se establece en base a síntomas que no podrían ser más que subjetivos: pensamientos, emociones o conductas que nos son verbalizados (con mayor o menor grado de habilidad o de sinceridad) y que nosotros interpretamos desde nuestra propia subjetividad, según nuestra habilidad y según nuestra consciente o inconsciente adscripción teórica y filosófica. Agrupamos estos síntomas subjetivamente experimentados, subjetivamente referidos y subjetivamente interpretados y pretendemos crear con ellos alguna clasificación para la que reclamamos objetividad. Nos parece un poco tramposo. Las agrupaciones sintomáticas han atravesado toda la historia de la psiquiatría, dando nombre a muy diferentes trastornos, sin haber conseguido aún la objetividad que solo pruebas objetivas podrían proporcionar. Lo que tiene implicaciones también para el pronóstico, que no es posible estudiar adecuadamente ante la ausencia de esa objetividad inicial en el diagnóstico. Por poner el ejemplo clásico: es imposible plantearse si la esquizofrenia se cura o no porque tal aseveración dependerá del sistema clasificatorio y no del trastorno en sí (suponiendo que tal constructo tenga sentido). Es decir, si mi clasificación es bleuleriana, un determinado porcentaje de pacientes catalogados como esquizofrénicos se curará (porque Bleuler creía en la existencia de esquizofrenias agudas), pero si mi clasificación es kraepeliniana, ninguno se curará (y los que lo hicieran, serían considerados errores diagnósticos previos). Así no es muy fácil defender el estatuto científico de la psiquiatría, desde luego.

Otro aspecto a destacar y que me gustaría tuvierais en cuenta es la importancia de tener en cuenta de dónde venimos para saber dónde estamos (y dónde no). El conocimiento de la historia de la psiquiatría nos deja unas enseñanzas que sería lamentable perder. Poniendo un ejemplo personal, aunque dice el tango que veinte años no son nada, yo os aseguro que sí: llevo veinte años trabajando en psiquiatría y ese tiempo da alguna perspectiva. Por ejemplo, cuando yo empecé, a finales de los noventa, era relativamente escaso el diagnóstico de TDAH. Y te encontrabas en esa época adjuntos que te decían cómo en su residencia -unos diez o quince años antes- en tres meses habían visto tres niños con TDAH. Claro, si relacionamos eso con al situación actual de las consultas de psiquiatría infanto-juvenil, está claro que ha habido una diferencia. Interpretar eso como que se ha conseguido diagnosticar a montones de niños que estaban realmente “enfermos” o que se ha creado una epidemia en base al marketing iniciado por distintas empresas farmacéuticas y destacados psiquiatras americanos a principios de los 2000, sobre todo cuando salen los estimulantes de elevado precio, ya es una cuestión de opiniones (preferentemente debería serlo de opiniones no sobornadas por la industria, pero eso es otro tema). Lo que no es opinable es que se ha producido un cambio, y eso no lo apreciamos sin una visión mínimamente histórica. Y sin esa visión, se corre el peligro de empezar la residencia de psiquiatría, psicología o enfermería de salud mental ya acabando la segunda década del siglo XXI y creer que la incidencia y prevalencia que se atribuyen actualmente al TDAH siempre han sido así, como si estuviéramos hablando de la apendicitis o de la esclerosis múltiple. Por poner otro ejemplo, estamos desde hace ya unos años en la gran época de los llamados “primeros episodios psicóticos” y hay montañas de investigación sobre ellos. Montones de estudios que empiezan hablando de un “primer episodio psicótico” para luego dar por establecido en la evolución y el pronóstico que dichos episodios son siempre debuts de esquizofrenia. Y esto supone olvidar décadas de trabajo de distintos autores que desde finales del siglo XIX y durante gran parte del XX describieron cuadros clínicos psicóticos floridos que cursaban de forma aguda, con recuperación completa y cierto riesgo de recaída, pero sin implicar deterioro alguno. Y esas descripciones se hicieron antes de la llegada de los neurolépticos en los cincuenta, con lo que estamos hablando de la evolución natural de la enfermedad, no de casos tratados farmacológicamente con éxito. Dichos casos eran indistinguibles de casos iniciales de lo que luego acabaría siendo una esquizofrenia, es cierto, pero catalogarlos como tal antes de comprobar si podrían ser autolimitados supone un error diagnóstico difícilmente reparable. Y es más fácil no cometerlo si conocemos las descripciones clínicas de dichos cuadros que, a nada que nos paremos un poco, vemos en la clínica con gran frecuencia, bajo diagnósticos erróneos de esquizofrenia, trastorno esquizoafectivo, bipolar, etc.

Estudiar la evolución histórica de la nosología psiquiátrica es estudiar la historia de la psiquiatría, para no caer en la falacia del progreso y pensar que las actuales clasificaciones (DSM-5 y CIE-10) son el estado más desarrollado del conocimiento psiquiátrico a la hora de categorizar los malestares que atendemos. Los profesionales tendemos a pensar que dichas clasificaciones contemporáneas describen las enfermedades mentales como si fueran objetos reales, existentes ahí fuera, en el mundo -más incluso, nos tememos, los más jóvenes, dado el predominio del paradigma biologicista, siempre despreocupado de conocer la historia de los pacientes o la historia de la misma psiquiatría-. Sin embargo, el hecho de carecer de cualquier prueba objetiva a la hora del diagnóstico, convierte a tales diagnósticos -como ya hemos comentado- en opiniones más que en certezas y, a partir de ahí, cualquier clasificación es discutible. A partir de esta discusión, tal vez deberíamos plantearnos escoger el diagnóstico que sea más útil para el paciente, ya que la mayor parte de las veces no existe uno de cuya certeza no sea posible dudar. Creemos necesario un pequeño recorrido histórico para saber de dónde venimos, lo que posiblemente nos ayudará a entender dónde estamos y quizás, ya puestos a soñar, llegar a un mejor destino.


Foucault

Entrando en materia, la psiquiatría nace en el asilo pero no nace con el asilo. Como señala Foucault, los asilos donde empieza “el gran encierro” se instituyen sobre el siglo XVI aproximadamente, en lo que eran las antiguas leproserías, ya en desuso. Allí empiezan a ser internados locos, borrachos, deficientes mentales, demenciados, criminales, adúlteras, etc., en una mezcla de gentes, sin que nadie se planteara hasta dos siglos después que podría ser útil que tal establecimiento fuera llevado por médicos. Es a finales del XVIII y sobre todo el XIX cuando llegan los alienistas y, sobre esa heterogénea mezcla de casos, comienzan a desarrollar sus clasificaciones. Y cada autor trae la suya, llegando hasta el próximo a salir CIE-11, en la vana esperanza de que un líquido turbio se aclare a base de cambiarlo de recipiente.

La psiquiatría se funda en esa época tanto en su vertiente de disciplina, es decir, campo de conocimiento, saber en busca de una verdad, como en su vertiente de dispositivo, es decir, conjunto de elementos, humanos y materiales, para controlar y –en el mejor de los casos– ayudar a las personas una vez diagnosticadas, una tecnología en busca de un bien. Suele ser importante diferenciar ambos aspectos, aunque tampoco es el tema de este seminario.


Bercherie: texto

Seguiremos a Paul Bercherie en su obra “Los fundamentos de la clínica”. Nos encontramos con un libro magistral de la historia de la psiquiatría desde Pinel -considerado como padre fundador- hasta el período de entreguerras entre la primera y la segunda guerras mundiales. Es un recorrido exhaustivo a las escuelas francesa y alemana, fundamentalmente, aunque sin duda no especialmente ameno.

Bercherie se centra en lo que llama la psiquiatría clínica, que se caracteriza por la observación cuidadosa, lo que se dio en llamar “la mirada”, por contraposición a “la escucha” que era propia del psicoanálisis. Pinel es famoso por la anécdota de la liberación de los locos rompiendo sus cadenas. Es más una anécdota que otra cosa. En esa época hubo distintos movimientos similares que buscaban humanizar el tratamiento, como el de Tuke en Gran Bretaña, y se cuenta también que alguno de los ayudantes de Pinel tuvo bastante más que ver con dicha liberación. Con Pinel se considera iniciada la época de la llamada “alienación mental”. Ese era el nombre de la locura en dicha época, los psiquiatras se llamaban alienistas y se consideraba una única enfermedad, aunque tenía a su vez subtipos diferentes o fases por las que pasaba. Las clases de la locura serían manía, melancolía, demencia e idiocia. Hay que tener muy presente que estos términos han mudado su significado numerosas veces en la evolución histórica y que sería un error asimilar dicho significado con el que le damos actualmente. Por ejemplo, aquí la melancolía se parece mucho más a la paranoia o a nuestro trastorno de ideas delirantes que a ninguna otra cosa. Hay que tener cuidado con esto. Como dice Bercherie, es absurdo preguntarse por qué los autores clásicos no vieron algunos de los trastornos que nosotros nos encontramos. Citando: “Pinel, naturalmente, vio todo, pero no con nuestra mirada”. Es decir, y como debería ser obvio a estas alturas, la clasificación que tenemos en la cabeza, consciente o inconscientemente, ordena el mundo y sus manifestaciones. Solo vemos lo que buscamos. Lo que nos lleva de vuelta no solo a la subjetividad tantas veces mencionada sino también al círculo vicioso de cómo una determinada clasificación, tomada como un hecho de la naturaleza, no hace sino autoconfirmarse al definir el campo de conocimiento y los elementos en él disponibles a la observación, aunque sea muchas veces más en base a invenciones que a descubrimientos.

Esquirol es el principal discípulo de Pinel, y continúa su trabajo, profundizando mucho en sus descripciones clínicas y diferenciando más detalladamente sus categorías, aunque siempre dentro del paradigma de la alienación mental, que luego comentaremos con más detalle. Posteriormente, los discípulos de Esquirol debaten sobre si la alienación mental tiene o no una base anatomo-patológica, como va ocurriendo en la medicina científica de la época. Un debate como os daréis cuenta que doscientos años después no parecemos haber superado. Hasta aquí, sería aproximadamente el primer período de la psiquiatría francesa, a principios del XIX.

La psiquiatría clínica similar a la pineliana aparece en Alemania con Griesinger. Este autor fue un “organicista” y dejó dicho: “siempre debemos ver antes que nada en las enfermedades mentales una afección del cerebro”. Es el autor del considerado el primer verdadero tratado de psiquiatría. Griesinger construye, pues, una nosología sobre la idea de evolución de las formas clínicas.

Bayle describió la parálisis general progresiva como un trastorno debido a una lesión anatomo-patológica clara (un tipo de meningitis), que solo más tarde se sabría secundaria a la sífilis. La parálisis general progresiva era un cuadro que pasaba por muy diversas manifestaciones clínicas, que englobaba por tanto diferentes cuadros, y que se convirtió en modelo de la concepción de la enfermedad mental como causada por lesiones cerebrales, que desde entonces se han buscada profusamente con escaso éxito.

Jean-Pierre Falret, posteriormente, es el iniciador de la era de las enfermedades mentales, del final del paradigma de la alienación como género único de la locura. Falret insiste en la importancia de diferenciar entidades morbosas independientes, cada uno con su curso clínico diferenciado. Describe la locura circular, como antesala de la psicosis maníaco-depresiva de Kraepelin, y compite con Baillarger y su locura de doble forma por la originalidad del descubrimiento.

Ya pasado el ecuador del siglo XIX, encontramos a Morel y su teoría de la degeneración. Señala esta teoría cómo se transmite de forma hereditaria una cierta degeneración, una debilidad mental y física que va ocasionando alteraciones psíquicas que se acumulan frecuentemente en los miembros de una familia. Los degenerados serían personas con una vulnerabilidad, una constitución defectuosa tanto a nivel físico como psíquico o moral, que causaría la aparición de la enfermedad mental. La herencia de esta constitución degenerada es, además, progresiva. Cada generación tiene mayor grado de decadencia física y moral.

Kahlbaum es un autor alemán de la segunda mitad del siglo XIX que lleva a cabo una clasificación que divide las enfermedades mentales “verdaderas” o idiopáticas en dos grupos: uno cuya evolución cíclica lleva a estados de debilitamiento y otro en que las perturbaciones mentales permanecen fijas, sin dicho debilitamiento secundario. Además, Kahlbaum describe la catatonía o “locura de tensión”, como una enfermedad mental de curso alternante, con manifestaciones de diversos cuadros clínicos y un componente motor muy marcado: convulsiones, estupor, flexibilidad cérea, negativismo.

Entramos en las últimas décadas del XIX y primeras del XX. Magnan es un autor francés, famoso por su descripción del delirio crónico de evolución sistemática. Este se inicia con un primer período de malestar e inquietud, interpretaciones, llegando a la aparición de alucinaciones auditivas; el segundo período es el delirio de persecución (ya descrito por Lasegue), con alucinaciones ya no elementales sino elaboradas; un tercer período es de grandeza, desapareciendo el delirio de persecución paulatinamente; finalmente, acaba en un estado de demencia. Todo este ciclo puede durar décadas. También describe Magnan, dentro de las llamadas locuras de los hereditarios degenerados (donde sigue a Morel) un cuadro clínico asimilable a una psicosis aguda: “delirio nacido repentinamente, por lo común múltiple y proteiforme, sin tendencia marcada a la sistematización, rápidamente extinguido”.

Llegando a Kraepelin, hay que comentar que su tratado tuvo ocho ediciones diferentes en 30 años, con modificaciones importantes entre unas y otras. Kraepelin señala la importancia de la entidad clínico-evolutiva. A partir de aquí, la concepción kraepeliniana centrada en la evolución longitudinal de las manifestaciones clínicas, va a alcanzar extraordinaria influencia. La sexta edición, de 1899, es la edición clásica del tratado de Kraepelin y se extenderá por todo el mundo, con la única resistencia, por largo tiempo, de la psiquiatría francesa. Aquí ya aparece la demencia precoz y la locura maníaco-depresiva, así como la paranoia y otros tipos de trastornos.

La demencia precoz de Kraepelin engloba la anterior demencia paranoide, las paranoias alucinatorias (delirios sistematizados fantásticos), la hebefrenia de Hecker y la catatonía de Kahlbaum. Kraepelin pone el acento en la evolución refiriéndose a los estados terminales de los trastornos, a diferencia de Falret, que subrayaba la importancia de la secuencia clínica en todas sus etapas.

En la octava y última edición de su tratado, Kraepelin separa de la demencia precoz el grupo de las parafrenias, similar en parte a los delirios crónicos de la psiquiatría francesa, con varios subtipos (sistemática, expansiva, confabulante, fantástica). Desarrolla también numerosos subgrupos dentro de la demencia precoz. Es interesante señalar una anécdota que recoge Garrabe: Kraepelin desarrolló gran parte de su trabajo inicial en un manicomio en Estonia, presumiendo de que el hecho de no conocer el idioma de los pacientes favorecía su observación. Todo un dato, desde luego.

Siguiendo siempre a Bercherie, llega ahora a un grupo de psiquiatras franceses de finales del XIX, siendo Séglas el más importante. Trabajan sobre la confusión mental, también los delirios sistematizados, etc. Cotard describe aquí su delirio de negación. La idea de Séglas es que lo que debe servir de elemento capital del diagnóstico no es la temática del delirio, como opinan algunos de sus contemporáneos, sino la génesis de las ideas delirantes, el conjunto clínico-evolutivo en el que aparece una idea delirante. Vendría a ser el mecanismo del delirio, que sería secundario. Séglas describe también las llamadas alucinaciones psicomotrices, con varios subtipos.

A comienzos del siglo XX se considera construido el edificio nosológico de la psiquiatría francesa. Sérieux y Capgras describen el delirio de interpretación, como una psicosis sistematizada crónica, sin alucinaciones, basado en interpretaciones e incurable sin demencia terminal. Ballet propone la psicosis alucinatoria crónica, como cuadro basado fundamentalmente en las alucinaciones continuas, con ideas delirantes secundarias si es que aparecen. Dupré describe los delirios de imaginación, sin afectación de la integridad mental, normalmente crónicos, aunque también habría una psicosis imaginativa aguda. Sin embargo, el mismo Dupré señala que “el delirio de imaginación, al igual que el delirio alucinatorio o interpretativo, no puede, a nuestro criterio, constituir una entidad clínica”. Las tres grandes formas de expresión de los delirios paranoicos (interpretación, alucinación, imaginación) serían más bien distintas modalidades de elaboración del delirio, habría una única gran clase de delirios crónicos paranoicos.

Pasando a otro punto, a comienzos del siglo XX, encontramos a Bleuler, dentro de la psiquiatría en lengua alemana, como representante de cierta corriente psicodinámica, influido por Jung, seguidor a su vez de Freud. Bleuler crea el término de esquizofrenia (que usa en plural) para referirse a la demencia precoz de Kraepelin, aunque no descarta la aparición de formas agudas, asimilables a las psicosis agudas. Bleuler basa el diagnóstico no en la evolución como Kraepelin, sino en la psicopatología del cuadro clínico, con un enfoque psicoanalítico. Para este autor, la perturbación primaria en la esquizofrenia es una disociación de las funciones psíquicas (por eso escoge ese término), una perturbación de las asociaciones, a partir de la cual crea su clasificación entre síntomas fundamentales y accesorios. Otro autor alemán de esta época es Kretschmer, que describe el delirio sensitivo de referencia o de relación, como forma particular de psicosis aguda. Hay aquí un debate nunca desaparecido entre qué parte de la psicopatología es de origen constitucional (una determinada predisposición favorece la psicosis, como en el delirio sensitivo o en las bouffées delirantes de los degenerados) o qué parte aparece más o menos de novo.

En la historia de la psiquiatría se reserva un lugar fundamental a la psicopatología de Jaspers y al psicoanálisis de Freud. La primera marca un hito en la disciplina en cuanto a la crítica conceptual sistemática de los fenómenos psicopatológicos mediante un método fenomenológico, con la diferenciación entre comprensión y explicación, mientras que el segundo se configura como un método, una teoría y una terapia con extraordinaria influencia, no ya en la psiquiatría, sino en toda nuestra cultura occidental.

Otro autor básico es Clérambault, genio francés de la observación minuciosa, que en el período de entreguerras desarrolló su teoría del automatismo mental como inicio de la psicosis, de grandísima influencia posterior por ejemplo en el psicoanálisis lacaniano. Como señalaba este autor, cuando el delirio aparece, la psicosis ya es antigua. Se ocupa también de los llamados delirios pasionales que surgen de un postulado inicial (celos, erotomanía, reivindicación), frente a los delirios interpretativos. También podríamos citar a Conrad como autor fundamental por su obra “La esquizofrenia incipiente”, en la que describe las cuatro fases clásicas de trema, apofanía, anastrofé y apocalipsis, o a Schneider, con obras como “Psicopatología clínica” y “Las personalidades psicopáticas”.


Bercherie: conclusiones

Pasemos ahora a glosar algunas reflexiones de Bercherie en las conclusiones de su obra “Fundamentos de la clínica”, previamente citada. Hablando sobre la situación de la clínica clásica en lo que suele considerarse aproximadamente su momento de terminación, sobre los años veinte del siglo pasado, señala que existen tres grupos de fenómenos patológicos que han sido progresivamente individualizados: los síndromes orgánicos, la patología constitucional-reaccional y el grupo de las psicosis al cual, bajo la influencia de los psicoanalistas, se le reservará el término y que los alemanes llaman psicosis endógenas. Se detiene Bercherie en la delimitación de este grupo de las psicosis endógenas, que la escuela alemana divide en dos clases, a las cuales el criterio evolutivo confiere lo que Bercherie considera una falsa unidad: esquizofrenias (procesos crónicos) y maníaco-depresivas (fases agudas). Las excepciones evolutivas son la regla. Por otra parte, la escuela francesa, más centrada en la “morfología” clínica, tenderá a oponer una división tripartita a ese enfoque: demencia precoz, delirios crónicos, psicosis maníaco-depresiva; una cuarta clase no deja de molestar debido a su eterna recurrencia: las psicosis delirantes agudas, de las que ya hemos hablado en varios trabajos con algún detalle. Siguiendo a Bercherie, cualquiera que fuese la división adoptada, se choca continuamente con el problema de la existencia de casos mixtos, atípicos, inclasificables. Por otra parte, entre la patología constitucional y las psicosis endógenas, siempre se tienden puentes que llegan a confundir las fronteras. Otro de los problemas que señala Bercherie a la hora de la ordenación nosológica es que numerosas psicosis orgánicas no cesan de simular “los otros dos grupos de perturbaciones”.

Siguiendo aún a Bercherie, los hechos imponen una erosión continua a las clasificaciones mejor fundadas. En este momento de los años veinte del siglo pasado, el análisis clínico había alcanzado una perfección tal que ya no existía la esperanza de que el futuro resolviera las cuestiones pendientes por una mejora de la agudeza de la observación. Pinel había fundado la clínica sobre una certidumbre: los fenómenos aparentes correspondían a las realidades subyacentes inalcanzables. Como se pregunta Bercherie, ¿acaso el círculo no se ha cerrado y la clínica no ha terminado por volver a sus premisas inventadas? Y señala diversas actitudes que aparecerán como reacción a este golpe de la realidad. Por una parte, la reacción dogmática, que consiste en defender, contra toda evidencia, la división tripartita. Se ha llegado a rechazar, por poner unos ejemplos, toda relación entre los temperamentos basales descritos por Kretschmer y las psicosis correspondientes (Schneider) o a oponer esquizofrenias verdaderas y síndromes esquizofreniformes (Langfeldt), esperando -vanamente, añadimos nosotros- que las palabras impedirán a las cosas confundirse. Por otro lado, la reacción ecléctica, que toma en cuenta las objeciones fácticas, creyendo encontrar la solución en el borramiento de todas las distinciones tan penosamente adquiridas. Supone olvidar que en la mayoría de los casos, el edificio nosológico sí estaría confirmado por la observación. Un ejemplo de esta reacción sería el jacksonismo de Ey. Termina Bercherie indicando que otra posible reacción sería más empírica, consistiendo en decidirse a hablar de síndromes en lugar de entidades y dar a estos una etiología y una evolución variables.

Ante el riguroso recorrido de Bercherie por la nosografía psiquiátrica y la profusión de clasificaciones que nos encontramos, no podemos dejar de recordar a Fernando Colina en su trabajo “Actualidad hermenéutica de las psicosis” (2002) cuando cita cómo Buchez, a comienzos del siglo XIX, comentaba jocosamente:

“Los alienistas eran más o menos como los retóricos: cuando creen haber acabado sus estudios, los retóricos escriben una tragedia y los alienistas hacen una clasificación.”


Lantéri-Laura

Para Lantéri-Laura, desde el final del Siglo de las Luces hasta la mitad del XIX, es posible establecer un periodo durante el cual las tradiciones psiquiátricas francesa y alemana, así como la italiana o la inglesa, a pesar de sus numerosas divergencias, aceptan desde el principio y sin lugar a dudas el postulado según el cual el campo de la psiquiatría entraña una afección única, por supuesto una enfermedad, pero diferente de todas las demás enfermedades y para la que Pinel propuso, con éxito, la denominación de alienación mental. Este paradigma constituye la principal característica de este primer periodo de historia de la psiquiatría, y la unidad de la afección es lo que constituye su rasgo más esencial. Como señala Lantéri-Laura, atribuir una fecha concreta a su comienzo y terminación resulta inevitablemente algo arbitrario, pero él propone unos límites temporales a condición de no concederles más valor que desde el punto de vista práctico y convencional. El periodo en que domina este paradigma de la alienación mental puede tomar como fecha de inicio el otoño de 1793, cuando la Comuna de París designa a Pinel para el Hospicio de Bicêtre. Como finalización, Lantéri-Laura fija el año 1854, cuando J.-P.Falret, adversario indiscutible de la unidad de la patología mental, publica el artículo de ruptura, titulado “De la non-existence de la monomanie”. Este paradigma, aunque desdibujándose progresivamente, va a legar a la psiquiatría de los siglos XIX y XX la cuestión siempre actual (y polémica) de la unidad de la locura.

Lantéri-Laura establece como segundo paradigma el de las enfermedades mentales. Estas designan dos modificaciones radicales en relación con lo que significaba la alienación mental; por un lado, la patología mental considera que debe aplicarse para distinguir un cierto número de afecciones irreductibles entre sí, cuyo conjunto, puramente empírico, escapa a la unidad y a la unificación; por otro lado, esta misma patología mental rechaza constituir una extraterritorialidad respecto a la medicina y quiere formar parte de ella, como el resto de sus ramas, en contra de lo que exigía el paradigma anterior. Como fecha de finalización, Lantéri-Laura fija el año 1926, en el que se celebra en Ginebra y Lausana el congreso en el que Bleuler expone su concepción sobre el grupo de las esquizofrenias, de las que tan pronto habla en plural como en singular, y que solo puede abordarse con el concepto de estructura psicopatológica.

Sigue Lantéri-Laura señalando que el nuevo paradigma se impone de una manera bastante concreta como aquel que va a conciliar, eficazmente pero a su manera, un cierto retorno a la unidad, de cuyo alejamiento muchos se lamentaban, con el mantenimiento de cierto número de subdivisiones inevitables. Esto es lo que lograba en gran medida el paradigma de las grandes estructuras psicopatológicas (neurótica, psicótica, perversa). Este se ha mantenido durante mucho tiempo, y como posible fecha de finalización se podría poner el otoño de 1977, cuando fallece Henri Ey. Él mismo, y tal vez incluso más Minkowski, supieron introducir en psiquiatría, de una manera crítica aunque fecunda, este concepto de estructura que, con una acepción por otro lado diferente, iba a ocupar un lugar decisivo en la lingüística y la antropología social.

La clasificación más actual que tenemos a nuestra disposición es el DSM-5. Múltiples voces se han alzado contra él desde los borradores preliminares hasta el texto definitivo, que parece conservar ese ansia por diagnosticar a todo el mundo de algo (o de varias cosas a la vez, prodigios de la comorbilidad). Con la excusa de lo malo que sería para una persona no ser diagnosticada de un trastorno que efectivamente padeciese (se podría escribir tanto sobre esto…), parece no haber problema en diagnosticar por el camino a montones de personas, hasta ahora sanas, como enfermas. Es conocido cómo Allen Frances, uno de los autores del también más que criticable DSM-IV, ha escrito en contra de la nueva versión (2010). Y es que, al final, ni siquiera el manido argumento de que los DSM y CIE proporcionan un lenguaje común a los clínicos se va a sostener, dada la escasa concordancia de dichos diagnósticos entre diferentes profesionales.

Es interesante también pararse a analizar cómo se escriben los DSM, lo que recoge Christopher Lane en su libro “La timidez”, describiendo las reuniones de expertos de la APA para redactar el DSM-III-R. Más parecieran una comedia de situación de dudoso gusto que un cónclave científico. La APA reúne a sus expertos, con fondos en su mayor parte provenientes de la industria farmacéutica, que realiza su eficaz labor de lobby, y en base a sus opiniones e intereses, conceptualizan las agrupaciones de síntomas de los diversos trastornos. Lo más curioso es que, siendo el DSM el exponente máximo de la ciencia psiquiátrica, no contiene ni una sola referencia bibliográfica en sus capítulos. Una vez que cada grupo de expertos expone sus criterios diagnósticos, sería deseable poder revisar la bibliografía científica que han empleado en su elaboración, pero no tenemos esa bibliografía por ningún lado.

Como tantas cosas que dábamos por inamovibles a otros niveles (económicos, políticos, institucionales...), el poder absoluto de los DSM parece sufrir ciertas grietas, a juzgar por las críticas que recibe, que no recordamos tan abundantes para las anteriores ediciones... A ver si es verdad que algo se mueve (insistimos: a muy variados niveles) y las cosas pueden incluso mejorar (aunque nos tememos que para eso tengan que empeorar mucho más primero).

Y, sobre todo, a ver qué hacemos cada uno en nuestra parcela.


Berrios

En un campo como el psiquiátrico, plagado de conceptos esquivos, uno de los más difíciles de precisar es el de “esquizofrenia”. Constructo nuclear de la patología mental durante gran parte del tiempo de existencia de la disciplina, ha sido definido por diversos autores de maneras no solo diferentes sino casi contradictorias.

Hace ya mucho tiempo que admiramos a Germán Berrios, catedrático en Cambridge. Hemos leído distintas obras suyas, pero vamos ahora a referirnos a un trabajo acerca de la historia y la (dudosa, en nuestra opinión) consistencia del concepto de esquizofrenia. Este texto de Berrios se publicó como capítulo en el “Tratado de Psiquiatría” de Gelder, López-Ibor Jr. y Andreasen (2003) y en él plantea Berrios dos versiones posibles de la historia de la esquizofrenia: la de la continuidad, por la cual ha habido una progresión de definiciones que culmina en la actualidad, y la de la discontinuidad, según la cual la historia de la esquizofrenia está formada por una serie de programas de investigación no solo inconexos sino también contradictorios y la definición actual es una mezcla de varias características.

Citando a Berrios:

“La versión de la "continuidad" afirma que durante siglos los términos "enajenación" y "locura" se usaban para referirse a un conjunto de enfermedades mentales que los médicos eran incapaces de distinguir. En la década de 1850, Morel estableció el término démence précoce para referirse a estados de déficit cognitivo en la adolescencia. Durante la segunda mitad del siglo XIX, Kahlbaum describió la "catatonía" y Hecker la "hebefrenia". A finales del siglo Kraepelin se dio cuenta de que ambos trastornos, junto con la "demencia paranoide" que él mismo había descubierto, eran manifestaciones del proceso de una sola enfermedad. Kraepelin llamó a esta enfermedad dementia praecox […]. En 1911, Bleuler renombró a la misma enfermedad esquizofrenia y, durante la década de 1930, Schneider enumeró los criterios diagnósticos que, por su carácter "empírico" y "ateórico", merecieron añadirse al DSM-IV.”

Berrios señala que esta versión no menciona versiones alternativas de la esquizofrenia ni factores que expliquen los distintos puntos de vista, aunque proporciona, eso sí, la impresión de un avance constante hacia “la verdad”.

Berrios describe magistralmente el recorrido seguido por el concepto que la versión de la continuidad identifica con la actual esquizofrenia:

“Morel estableció el término démence précoce para referirse al estado mental y comportamiento de pacientes jóvenes con stupidité (estupor),[…] es decir con un trastorno de movilidad y el estado de ánimo resultante de la melancolía. Por "demencia" entendía cualquier estado de incompetencia psicosocial relacionado con un trastorno mental y a cualquier edad. El criterio de irreversibilidad aún no existía.”

“[…] el antiguo término de Morel se había sumido en el olvido, de hecho, no hay indicios de que en 1896 Kraepelin conociese su existencia. Kraepelin usó por primera vez el término en 1896, en la 5ª edición de su libro de texto. Bajo Verblödungsprocesse, Kraepelin enumera tras enfermedades independientes: la dementia praecox (formas ligeras y graves, y hebefrenia), la catatonía y la dementia paranoides. En ninguna parte de este texto se menciona el nombre de Morel, que sólo apareció tres ediciones más tarde. Mientras Kraepelin escribía la 5ª edición, el término demencia ya había cambiado de significado; de ahí que sintiese la necesidad de calificar el término dementia con el adjetivo praecox, con el cual quería decir "temprana", "a la edad no esperada", etc. Kraepelin solo reconoció a Morel en la última edición de su libro, donde escribió: "El término dementia praecox, que ya había utilizado Morel".”

Siguiendo a Berrios, el término "esquizofrenia" apareció publicado por primera vez en 1908 por Bleuler. En 1911, este autor señala para la esquizofrenia la separación de diversas funciones psíquicas como una de sus características más importantes. Y continúa Bleuler: "En cada caso hay más o menos una división de las funciones psicológicas: a medida que la enfermedad se manifiesta, la personalidad pierde su unidad". Como señala Berrios, esto parece muy claro, pero no lo es. Los significados que otorgó a Spaltung [división] y psychischen Funktionen [funciones psíquicas] son ambiguos y requieren una aclaración histórica. Por "división", Bleuler quería decir: a) "un relajamiento primario de los mecanismos asociativos" profundo y general, que llevaba a una fractura irregular de "conceptos concretos", y b) "una división sistemática de complejos de ideas" más aparente.
En lo que concierne a nuestra revisión y siguiendo a Berrios, está claro que detrás de estos principios hay un nuevo modelo de la mente y por eso, aunque Bleuler diga lo contrario, existe una marcada diferencia entre la dementia praecox de Kraepelin y la esquizofrenia de Bleuler.

Continúa Berrios con el tercer gran constructor -este término es añadido nuestro- del concepto de esquizofrenia: Kurt Schneider.

“El análisis de los escritos de Schneider muestra que hay discontinuidad entre sus teorías sobre la esquizofrenia y las que propone Bleuler. Para Schneider los "síntomas de primer rango" no eran patognomónicos, sino que sugerían un diagnóstico de esquizofrenia solo si no había evidencia de otras psicosis orgánicas. Los 11 síntomas de primer rango solo cobran sentido en el contexto de tres perspectivas diagnósticas: evolución, sintomatología e interacción. […] La "comprensión sintomática" incluía la búsqueda de síntomas que resultasen de una integración defectuosa del ser (por eso no puede afirmarse que Schneider creía que los síntomas de primer rango eran "empíricos" o "ateóricos"). La "comprensión por interacción" se refería a cómo el médico percibe al paciente. En este aspecto, y sin nombrarlo, Schneider describió el "sentimiento praecox" años antes que Rümke.”

Señala también Berrios que dado que la perspectiva de diagnóstico de Schneider era transversal, la noción de evolución (en el sentido kraepeliniano) no tenía lugar en su teoría.

Terminaremos esta revisión del texto de Berrios con dos párrafos que creemos claves:

“En resumen, no hay continuidad entre la noción de esquizofrenia de Schneider y las opiniones anteriores, de ahí que no tenga sentido escoger algunos criterios de Kraepelin (por ejemplo, evolución y duración), otros de Bleuler (trastorno del pensamiento formal), y aun otros de Schneider (síntomas de primer rango). No tiene sentido porque cada uno de estos alienistas proponía una definición diferente (no aditiva) de la esquizofrenia y, por eso, los elementos clínicos que describieron solo tienen significado en términos de su propio concepto y no de forma descontextualizada. La definición del DSM-IV resulta un compuesto del tipo que acabamos de describir.”

“La investigación histórica muestra que hay poca continuidad entre Morel, Kraepelin, Bleuler y Schneider. Esto tiene dos consecuencias. La primera es que la idea de una progresión lineal que culmina en el presente constituye un mito. La otra es que el concepto actual de esquizofrenia no es el resultado de una definición y un único objeto de investigación, estudiado sucesivamente por varios equipos psiquiátricos, sino una amalgama de diferentes elementos clínicos que provienen de definiciones varias. Es necesario investigar más para averiguar cómo se llegó a este triste estado de las cosas.”

Si resaltamos estos problemas conceptuales, estas fallas en el discurso psiquiátrico más o menos oficialista, que pretende equiparar el constructo “esquizofrenia” con otros como “diabetes” o “tuberculosis”, es porque nos parece de la mayor importancia para intentar desmitificar ese concepto tan extendido y aparentemente intocable de la esquizofrenia como enfermedad cerebral perfectamente reconocible, real, unitaria y estable. Y nos parece también que si nuestro objeto de estudio está mal fijado, será difícil que lleguemos a conclusiones científicamente válidas o prácticamente útiles.

Ya que en el nivel de las categorías nosológicas hay de todo menos certezas, podríamos estar tentados a descender al nivel sintomático en busca de seguridades mayores. Ya que el cuestionamiento de la continuidad y consistencia histórica de la esquizofrenia no es un hecho aislado en la nosología psiquiátrica, sino compartido por la mayoría de categorías, se apunta en ocasiones una posible solución que consistiría en acercarse más a los “síntomas” y menos a las supuestas “enfermedades”. Es decir, parece más sencillo hablar con alguien que “oye voces”, “está muy triste” o “tiene ideas que le asustan” acerca de su malestar y de nuestro intento como profesionales de ayudarle, que no entrar en las aburridísimas conversaciones que giran en torno a convencer al paciente de que tiene “esquizofrenia” o “trastorno bipolar en fase maníaca”. Sin embargo, la cuestión de la definición de los síntomas dista también de estar clara o exenta de subjetividad. Si confuso y problemático es el concepto de esquizofrenia, como hemos visto siguiendo la revisión del profesor Berrios, tampoco es más nítido un concepto aparentemente más sencillo como es el de “delirio”.

De todas maneras, la idea que intentamos transmitir es la de que, en psiquiatría, carecemos de certezas, ni a nivel de categorías diagnósticas ni siquiera muchas veces a nivel de síntomas aislados. Ello enlaza directamente con comentarios previos sobre la subjetividad inherente a la disciplina. Insistimos en que no se trata de transmitir una visión desesperanzada y pesimista sobre el alcance teórico de la psiquiatría, sino solo de ser conscientes de las condiciones teóricas (luego habrá que pensar también sobre las prácticas, por supuesto) en las que realizamos nuestro trabajo. Como dijimos antes, si los cimientos no son firmes, de nada servirá convencerse de que sí lo son y levantar un edificio que no se sostendrá. En lugar de eso, tal vez habría que plantearse buscar cimientos más sólidos.


Alberto Fernández Liria

Fernández Liria acaba de publicar esta obra: Locura de la Psiquiatría. Apuntes para una crítica de la Psiquiatría y la "salud mental". Hablaremos acerca de lo que hemos entendido en ella, lo cual, evidentemente, puede no coincidir con lo que el autor quiso decir exactamente. Se plantea cómo no es posible hablar acerca de una "historia de la psiquiatría" sino más bien de un "devenir", por cuanto no existe un progreso lineal, una acumulación de conocimientos en pos de la verdad. Un ejemplo de cómo debe evitarse caer en la falacia del progreso. La idea, predominante hoy en día, de que la psiquiatría como disciplina posee un carácter científico contrastado y que su pasado ha sido un lento pero constante desarrollo de descubrimientos para llegar a la casi triunfante situación actual, es criticada y desmontada por completo. 

La tesis de Fernández Liria, que nos parece reveladora y plenamente certera, es que las teorías psiquiátricas han carecido siempre de base empírica contrastada. Incluso las más actuales: supuestos desequilibrios neuroquímicos que nadie ha demostrado y que son tratados con fármacos cuyas eficacias han sido sistemáticamente exageradas y sus riesgos minusvalorados. La psiquiatría no sería una ciencia, pues no es el logro de un saber que se ha demostrado esquivo, sino que sería una tecnología, es decir, un dispositivo para alcanzar una utilidad. Una utilidad, es preciso señalarlo, definida por la sociedad que crea dicho dispositivo. Para el autor, es el sistema sociocultural de un determinado momento histórico el que realiza un encargo a la psiquiatría, la cual, como herramienta de dicho sistema sociocultural, se apresta a llevar a cabo. Solo a posteriori, de forma inmediata pero siempre como consecuencia de ese encargo primigenio, es cuando la psiquiatría desarrolla determinadas teorías para justificar la pertinencia y el sentido de las prácticas que realiza a la hora de cumplir con dicho encargo. Como señala Fernández Liria, las teorías psiquiátricas, tanto pasadas como actuales, serían en realidad ideología en el sentido marxista, es decir, más o menos refinados autoengaños bien construidos para justificar por qué se hace lo que se hace. Eso explica también por qué teorías e incluso paradigmas han sido abandonados sin refutación alguna ni confirmación de teorías posteriores: ya no eran útiles para el nuevo encargo y hubo que sustituirlas por otras más acordes con la nueva situación. Es la infraestructura, en forma en este caso de encargo social, quien determina el funcionamiento de la psiquiatría como institución y disciplina y sus teorías son pura superestructura, juegos de humo y espejos por decirlo de otra manera.

Serían cuatro los encargos que, según Fernández Liria, la sociedad ha hecho a la psiquiatría (entendida esta como disciplina y conjunto de instituciones donde desarrollan su labor varios tipos diferentes de profesionales: psiquiatras, enfermeras, psicólogos, trabajadores sociales, etc.):

  • El primer encargo fue, a finales del siglo XVIII, en los albores de la era de la razón, justificar por qué había que encerrar a las personas que distorsionaban la convivencia en los nuevos y crecientes núcleo urbanos. La amalgama de gentes encerradas en los asilos desde cientos de años antes pasó a ser estudiada por los médicos alienistas, que desarrollaron sus creativas clasificaciones e intentos terapéuticos. Lo positivo muchas veces de dicha labor, la parte de cuidado del loco -que se representa, por ejemplo en la liberación de las cadenas por parte de Pinel- no obvia el hecho de que la psiquiatría cumple con la misión encomendada de justificar y gestionar dicho encierro.
  • El segundo encargo ocurre a finales del siglo XIX y principios del XX en relación con el inicio del tratamiento de los llamados posteriormente trastornos mentales menores y con la aparición del psicoanálisis. Aquí el encargo fue, como señaló Freud, restaurar a la persona "la capacidad de amar y de trabajar". La nueva sociedad capitalista requería trabajadores en buenas condiciones y la psiquiatría empezó a elaborar las prácticas necesarias para que los tuviera disponibles, desarrollando un buen número de nuevas teorías que justificaran dichas prácticas.
  • El tercer encargo sucede a finales del siglo XX. El capitalismo como sistema económico hegemónico requiere ineludiblemente crecimiento. Falto de guerras y posguerras, o territorios a los que extenderse, lo hace a nuevos campos de la sociedad antes no mercantilizados, tales como la gestión del malestar humano, de emociones como la tristeza, la ansiedad o la inquietud infantil... Terrenos que antes se manejaban sin intervención alguna del capital, con recursos de apoyo social y familiar por ejemplo, son ahora convertidos en un lucrativo nicho de mercado. La psiquiatría cumple con este encargo erigiéndose en un dispositivo que pone a disposición de la sociedad un ejército de expertos en la gestión de dicho malestar de la vida cotidiana (que insiste a su vez en la idea de que tal malestar no debe ser dejado fuera del alcance del médico o psicólogo, por lo que pueda pasar...). Estos expertos prescriben profusamente remedios ya mercantilizados y que suponen enormes beneficios para las empresas capitalistas que están detrás de ellos: psicofármacos absolutamente para todo, cada vez a mayores dosis y en mas creativas combinaciones. También se organizan de la misma manera tratamientos psicoterapéuticos en forma de terapias cognitivo-conductuales, o de cada vez más nuevas generaciones, o espectaculares éxitos de ventas como el mindfulness... Todos estos remedios son adecuadamente vendidos y comprados, para mejor funcionamiento del sistema capitalista necesitado siempre de más beneficios. La psiquiatría elabora aquí las teorías que todos conocemos -pero nadie ha demostrado- del malestar como diferentes enfermedades discretas, diferenciables y basadas en desequilibrios químicos a nivel del sistema nervioso central, fundamentalmente, Estas teorías -pura ideología- cumplen a la perfección su misión, que no tiene que ver con describir la realidad (cosa que no consiguen y ni siquiera intentan) sino con justificar de forma aparentemente científica (es decir, acorde con la religión cientificista de nuestros días, aunque este es otro tema) sus prácticas.
  • El cuarto encargo, el más reciente, es descrito como iniciado a partir de la crisis de 2008, como otro ataque del neoliberalismo cada vez más salvaje que nos invade y que, aprovechando movimientos merecedores del mayor apoyo, como el cese del autoritarismo y el paternalismo de los profesionales y el respeto a la autonomía del paciente, quieren deslizar sus prácticas pretendidamente liberadoras para acabar con lo que nos queda de apoyo y compromiso social, de conexión y de ayuda de unos con otros. Este encargo fomenta prácticas privatizadoras, resaltando el individualismo y despreciando la sociedad y los bienes públicos que a ella deben pertenecer (sanidad, educación, recursos energéticos, transportes, etc.). Como señala Fernández Liria, es muy importante no dejar que la imprescindible defensa de la autonomía y el fin del autoritarismo acabe llevando a una situación de exaltación de lo individual donde el cuidado mutuo y la solidaridad ya no tengan cabida.

Hay que resaltar que cada encargo no sustituye al previo, sino que se van acumulando en nuestra sociedad, aunque evidentemente modificando sus prácticas con el tiempo según los cambios que dicha sociedad experimenta.

El libro describe de forma magistral estos cuatro encargos y, a través de ellos, construye el devenir histórico (que no historia) de la psiquiatría. No son páginas que inviten al optimismo y que llenen de ilusión por ponerse a trabajar en estas profesiones nuestras, pero son páginas extraordinariamente lúcidas y singularmente sinceras: suponen una descripción sin duda útil de nuestra disciplina y su discurrir, y entender dicho discurrir puede ser clave si queremos modificar ciertas cosas que cada día nos parecen más inaceptables: la psiquiatrización de todo dolor, el abuso de psicofármacos y diagnósticos, la represión sobre las personas afectas de psicosis (ahora mismo estamos asistiendo a campañas para el fin de las contenciones mecánicas, a las que deseamos el mayor de los éxitos), la absurda preponderancia -en relación ideológica con todo lo anterior- del paradigma biologicista-biocomercial, etc.

Alberto Fernández Liria, como es propio de él en lo poco que creemos conocerle, no se queda para nada en la crítica, sino que desarrolla en la segunda parte de su libro todo un listado de ideas para cambiar la situación que denuncia, para hacer de la psiquiatría un instrumento verdaderamente útil para las personas que atiende y la sociedad en la que habita. Una psiquiatría que sea capaz de superar estos encargos, o así lo entendemos, y buscar otro aún no explicitado, que también nosotros buscamos repetidamente en nuestros escritos: una psiquiatría que pueda ocuparse, sin imposiciones, de ayudar a la gente afecta de experiencias que sobrepasan una relativa normalidad y ocasionan sufrimiento por ello, una psiquiatría que pueda prestar ayuda puntual a personas afectas de dolores propios de esa normalidad (que, a veces, duele y mucho), pero sin usurpar funciones que corresponden -y son mucho mejor realizadas- a la familia, los amigos, el sindicato, o a toda la sociedad misma que debe unirse y cambiar aquello que cause miseria y desgracia a muchos para beneficio de unos pocos.

En resumen, el libro de Alberto Fernández Liria debería ser de lectura obligatoria para todo el que quisiera acercarse a un intento de entender la evolución histórica de la psiquiatría. Una obra clave para entender también cómo la psiquiatría y sus prácticas funcionan según lo que una determinada sociedad pide de ella y, solo más tarde y de forma secundaria a dicho encargo y dichas prácticas, elabora más o menos pintorescas teorías para autojustificarse. Teorías que luego los psiquiatras nos creemos casi como dogmas de fe y, a su vez, propagamos a la opinión pública de forma acrítica. Una vez más queda patente la estrecha interrelación entre psiquiatría y cultura y cómo sería necesario, en nuestra opinión, trabajar en busca de una psiquiatría diferente que pueda suponer un pequeño paso para construir también una sociedad diferente. Para ese ambicioso y tal vez inalcanzable objetivo, el libro de Alberto Fernández Liria es un muy útil mapa para orientarnos sobre el terreno que pisamos.