jueves, 15 de noviembre de 2012

Ay, agomelatina, ay... (el caso del VALDOXAN / THYMANAX vía Médicos Sin Marca)


Hace ya algún tiempo que la página web chilena Médicos Sin Marca se ha convertido en una referencia ineludible en lo que respecta a evidencias médicas independientes de (y críticas con) la influencia de la industria farmacéutica en el ámbito sanitario. Nosotros la seguimos habitualmente y desde luego la recomendamos sin dudar. Hoy queremos recoger en nuestro blog la última entrada del suyo, con su permiso, que versa sobre la agomelatina. Llevábamos un tiempo queriendo escribir sobre este (supuesto) antidepresivo. Informes de evaluación de distintos Servicios de Salud de comunidades autónomas señalaban repetidamente que no suponía novedad terapéutica alguna y, además, que era especialmente caro. Sin embargo, algún artículo reciente parecía colocarlo incluso por delanta de otros fármacos más conocidos en eficacia, detalle que la entrada de Médicos Sin Marca aclara de forma más que nítida. Pero, después de haber leído dicha entrada de los compañeros chilenos y comprendiendo que de ninguna manera lo íbamos a hacer mejor, hemos decidido transcribir la suya textualmente en nuestro blog, considerándola del máximo interés. La recogemos a continuación:



Durante el último tiempo, connotadas eminencias de la psiquiatría “biológica” (hombres de la talla de Stahl, Kasper y Gorwood) han recomendado con entusiasmo la prescripción de la última novedad en antidepresivos: la agomelatina (agonista melatoninérgico y antagonista 5HT2C). Sus opiniones –que hablan de un antidepresivo “único”, “diferente”, “energizante”, “innovador” e incluso “atractivo”– parecen dibujar un verdadero brote de esperanza en medio del reseco panorama de la innovación psicofarmacológica (y de la inquietante controversia respecto de la verdadera utilidad de los antidepresivos). En la misma dirección apuntan varios artículos sobre la droga, entre los cuales destaca esta revisión de Hickie y Rogers publicada el año pasado en The Lancet.
Ante tales recomendaciones, el psiquiatra de a pie –con escaso tiempo y entrenamiento para la revisión minuciosa de la evidencia– puede tender comprensiblemente a asimilar una imagen positiva del medicamento. Mal que mal, se trata de expertos universalmente reconocidos: académicos que no sólo saben de neurotransmisores y vías neurales mucho más que el clínico promedio, sino que además han sido capaces de elaborar especulaciones altamente convincentes para explicar los efectos supuestos de los psicofármacos, y de transmitirlas con notable dominio escénico –y coloridas diapositivas– a grandes audiencias de médicos alrededor del mundo.
Que dichos expertos reciban suculentos honorarios por concepto de “consultorías” y “conferencias”de parte de una larga lista de laboratorios (incluyendo al fabricante de la agomelatina) no es algo que escape de la norma hoy en día, ni parece por tanto motivo suficiente para dudar de la rigurosidad de sus evaluaciones. ¿O sí…?
¡Veamos! Tal como hicimos hace poco a propósito de la última estatina, contrastemos lo que dicen las entusiastas voces del marketing farmacéutico (esto es: las voces de quienes trabajan para los departamentos de marketing de los laboratorios, sean visitadores médicos o médicos visitadores), con lo que han concluido las evaluaciones de la evidencia por parte de expertos imparciales.
Para empezar, al menos cuatro organismos calificados e independientes evaluaron la evidencia disponible al momento de la aprobación de la droga por la European Medicines Agency (EMA) y emitieron informes al respecto. Se trata de PrescrireAustralian PrescriberThe Midlands Therapeutics Review and Advisory Committee y el Boletín de Información Farmacoterapéutica de Navarra (cuyo informe es el resultado de la evaluación conjunta de los Comités de Evaluación de Nuevos Medicamentos de Andalucía, Cataluña, País Vasco, Aragón y Navarra). De la lectura de estos cuatro informes –coincidentes entre sí– es posible recoger las siguientes conclusiones:
  1. Los ensayos clínicos frente a placebo arrojaron resultados discordantes sobre su eficacia (3 ensayos positivos de un total de 7), mostrando en el mejor de los casos una superioridad marginal de la droga sobre el placebo.
  2. En dosis de 25 mg/día parece ser menos eficaz que otros antidepresivos, y en dosis máximas (50 mg/día) no aumenta su eficacia (i.e., no se encuentra gradiente dosis/efecto).
  3. Datos disponibles indican que es de dudosa seguridad hepática.
  4. No está suficientemente claro cuál es la relación riesgo/beneficio de este fármaco.
  5. Ninguno de los cuatro organismos evaluadores recomienda su uso ni su prescripción.
Por otra parte, una incisiva ráfaga de cartas (123456) provenientes de expertos de diferentes países fue publicada en enero pasado en The Lancet, en respuesta al artículo apologético de Hickie y Rogers (ambos vinculados al fabricante del fármaco). Por esos días, pudo verse al mismísimo editor de la revista ofreciendo disculpas y explicaciones en Twitter (12345).
Al mes siguiente, Barbui y Cipriani (sin conflictos de interés que declarar) dedicaron a la agomelatina un comentario demoledor en el Evidence Based Mental Health (del grupo BMJ), titulado“Agomelatine and the brave old world of narrative-based medicine”. En él critican duramente la publicación de revisiones no sistemáticas de ensayos clínicos, y muestran cómo este formato permite a los autores arribar a las conclusiones que deseen, y a los laboratorios contar con “artículos publicados” para distribuir entre los médicos. “Si los datos clínicos presentados en estos artículos de revisión sobre la farmacología de la agomelatina hubiesen sido analizados con la metodología Cochrane estándar, la conclusión habría sido que la eficacia de la agomelatina es mínima”, subrayan. “En comparación con placebo, el tratamiento agudo con agomelatina se asocia con una diferencia de 1,5 puntos en la escala de Hamilton”, en un cuadro donde resulta “improbable que una diferencia menor de 3 puntos pueda ser considerada clínicamente significativa”.
Por último, cabe agregar que si bien la agomelatina fue aprobada por la EMA (al segundo intento), no ha sido aprobada por la FDA, peculiaridad que comparte con la tristemente célebre reboxetina. En el caso de la agomelatina, fue la propia Novartis (compañía que compró los derechos para su comercialización en Estados Unidos) la que decidió abandonar la “prometedora molécula” luego de los desalentadores resultados de sus ensayos clínicos americanos, incluyendo el último interrumpido por razones de seguridad. De hecho, una nueva alerta de hepatotoxicidad acaba de ser emitida para esta droga (12).
Y a usted, ¿qué de todo esto le han contado los visitadores?

Hasta aquí, la entrada completa de Médicos Sin Marca. A nosotros nada nos han contado los visitadores porque no hemos perdido tiempo recibiéndolos, sino que sabemos buscar la información por nuestra cuenta y ahorrándonos más de un sesgo (aunque perdiendo más de un soborno, qué se le va a hacer...).

En lo referente a la cuestión del precio de la agomelatina, hemos preparado una pequeña lista de precios de antidepresivos a dosis máximas en ficha técnica por paciente y mes. Adivinen cuál es el más caro:


  • Citalopram a 40 mg/d: 12 euros/mes.
  • Paroxetina a 50 mg/d: 18 euros/mes.
  • Escitalopram a 20 mg/d: 19 euros/mes.
  • Fluoxetina a 60 mg/d: 20 euros/mes.
  • Sertralina a 200 mg/d: 23 euros/mes.
  • Mirtazapina a 45 mg/d: 25 euros/mes.
  • Mianserina a 150 mg/d: 28 euros/mes.
  • Venlafaxina retard a 225 mg/d: 34 euros/mes.
  • Bupropion a 300 mg/d: 43 euros/mes.
  • Duloxetina a 120 mg/d: 100 euros/mes.

  • Agomelatina a 50 mg/d: 120 euros/mes.



También queremos comentar la citada alerta sobre el riesgo de hepatotoxicidad con agomelatina, que nos parece especialmente grave dado que se trata de un fármaco de eficacia más que dudosa (y además de elevado precio). Drug Safety Update es la publicación mensual de la Medicines and Healthcare products Regulatory Agency, agencia gubernamental británica, que recoge la alerta en su número de octubre de 2012, la cual ha sido ya distribuida en España y está plenamente en vigor. La traducimos y resumimos a continuación:


Agomelatina (Valdoxan / Thymanax): riesgo de hepatotoxicidad dosis-dependiente y fallo hepático - avisos actualizados y guía de monitorización.

Ha habido varios casos graves de hepatotoxicidad informada con agomelatina, incluyendo seis informes de fallo hepático.

En estudios clínicos precomercialización (no publicados), el incremento en los parámetros de función hepática (mayor de tres veces el límite superior de la normalidad), fueron comúnmente informados (en una tasa de 1 por cada 10-100 pacientes tratados). Reacciones hepáticas graves incluyendo hepatitis y elevación de transaminasas mayor a 10 veces el límite superior de la normalidad también se vieron. La tasa de fallo hepático es rara, menos de 1 por cada 1.000 pacientes tratados.

La frecuencia de transaminasas elevadas más de tres veces el límite superior de la normalidad es dosis-dependiente, siendo más alta en pacientes que tomaban 50 mg comparados con los que tomaban 25 mg de agomelatina. Para algunos pacientes tratados en la práctica diaria, las reacciones hepáticas ocurrieron tras un incremento de la dosis.

Recomendación para profesionales sanitarios:


  • Los prescriptores deberían realizar pruebas de función hepática en todos los pacientes tratados con agomelatina:
    • Al inicio del tratamiento.
    • En las semanas 3, 6, 12, 24 y periódicamente a partir de entonces.
    • Cuando se incremente la dosis de agomelatina (en el mismo intervalo de tiempo de arriba).
    • Cuando esté clínicamente indicado.

  • Cualquier paciente que desarrolle incremento en las transaminasas séricas debería repetirse las pruebas de función hepática en 48 horas.
  • La agomelatina debería ser inmediatamente suspendida si el incremento en las transaminasas séricas sobrepasa tres veces el límite superior de la normalidad, o si los pacientes presentan síntomas o signos de potencial daño hepático (coluria, acolia, ictericia, dolor en hipocondrio derecho, fatiga repentina inexplicable y prolongada).
  • Los pacientes deberían ser informados de los síntomas de potencial daño hepático y aconsejados para suspender la agomelatina inmediatamente y buscar consulta médica urgente si estos síntomas aparecen.
  • El balance de riesgos y beneficios debería ser cuidadosamente considerado antes de iniciar tratamiento en pacientes con niveles elevados de transaminasas pretratamiento o factores de riesgo para daño hepático (obesidad / sobrepeso / esteatosis hepática no alcohólica, consumo considerable de alcohol o uso concomitante de otros medicamentos asociados también con riesgo de daño hepático, diabetes). Se aconseja vigilancia extra para tales pacientes.
  • Se recuerda a los prescriptores que la agomelatina está contraindicada en pacientes con deterioro hepático.

Hasta aquí, el informe de alerta. No sabemos a ustedes, pero les aseguro que a nosotros no nos han quedado muchas ganas de prescribir la agomelatina. Resumiendo: no parece ser más eficaz que nada de lo ya existente (algunos informes indican que ni siquiera más eficaz que el placebo), y el artículo que dice lo contrario es bastante discutible y ha sido bastante discutido. Su precio es especialmente elevado (pero tranquilos, que la situación económica del país permite cualquier despilfarro para engordar las cuentas de empresas farmacéuticas que siguen sin publicar datos de estudios cuando no les conviene desde el punto de vista comercial). Y, por si todo esto fuera poco, que no lo es, encima existe un riesgo de daño hepático que obliga a repetidos análisis, con el consiguiente riesgo, coste e incomodidad para nuestros pacientes.

Y queremos recordar también que la indicación de la agomelatina es "episodios de depresión mayor en adultos", con lo que la prescripción para el insomnio queda situada fuera de ficha técnica y, aunque es legalmente admisible si el prescriptor lo considera indicado, sería necesario tener bien en cuenta el balance riesgo-beneficio para mandar una medicación con ese perfil de riesgo hepático (no frecuente, pero sí potencialmente grave) como hipnótico, cuando hay diversas sustancias bien conocidas que pueden prescribirse en dicha indicación con probablemente más seguridad.

En fin, de nuevo agradecer a los compañeros de Médicos Sin Marca su brillante trabajo y que nos hayan dejado compartirlo con ustedes. Y no olviden hacer las analíticas necesarias para tener bien vigiladas esas transaminasas...



jueves, 1 de noviembre de 2012

El sentido de la locura (Jim Geekie y John Read)



Recientemente hemos leído un libro altamente recomendable: "El sentido de la locura", de Jim Geekie y John Read, en la colección 3P de Herder, prologado por Jorge Luis Tizón. Se trata de una obra que plantea de forma clara y directa la importancia de las experiencias subjetivas en la locura, así como las distintas visiones que se existen sobre la misma, no sólo por parte de los profesionales, como es habitual, sino desde el punto de vista de las personas que la experimentan y de la gente lega que forma la sociedad en que tales experiencias aparecen y se desarrollan. Un libro polémico en muchas de sus páginas por cuanto supone un aldabonazo -uno más- para colocar a la persona que sufre esquizofrenia / psicosis / locura como interlocutor válido a la hora de comunicar sus experiencias, así como para no perder de vista la importancia que desde el punto de vista terapéutico y de recuperación puede tener para dichas personas la búsqueda de un sentido a esas experiencias. Una suerte de re-integración para compensar lo que muchas veces tiene de des-integrador la locura. Recomendamos el libro como lectura imprescindible para los profesionales que, de una manera u otra, nos dedicamos a atender personas con estos problemas. Queremos en nuestra entrada recoger un resumen que hemos hecho de la primera parte de la obra:



EL SENTIDO DE LA LOCURA

INTRODUCCIÓN

George Kelly: "Si no sabes cuál es el problema de una persona, pregúntaselo: tal vez te lo diga".

Se refiere a la insensatez que supone dar por sentado que sólo los "expertos" están capacitados para hacer observaciones inteligentes sobre las experiencias subjetivas de los pacientes; una insensatez que, desgraciadamente, se sigue observando en buena parte de la literatura científica actual sobre los problemas de salud mental y los enfoques clínicos adoptados para ofrecer ayuda a los individuos que sufren tales experiencias.

Creemos que la "locura" es una experiencia intrínsecamente humana, presente en todas las sociedades y, hasta donde alcanza nuestro conocimiento, en todas las épocas. Creemos que la tendencia de la mente a desviarse de lo que la sociedad considera "normal" y aceptable, sumada a la tendencia del resto de miembros de esa misma sociedad a interpretar tales desviaciones como signos de locura, son algunos aspectos centrales de la naturaleza humana. Los tipos de desviaciones de la "normalidad" a los que nos referimos suelen ser los que cuestionan algunos de los supuestos fundamentales sobre el mundo o nuestra percepción de él. Las experiencias, que pueden ser de naturaleza intensa, generan inevitablemente una serie de cuestiones: preguntas dirigidas al individuo afectado, a las personas que lo rodean y, en general, a todos los que tenemos relación con la actividad humana. En estas cuestiones se puede incluir las relacionadas con el origen de las experiencias, las posibles respuestas a ellas y cómo podemos interpretarlas.

Estamos convencidos de que la locura representa, en cierta manera, un aspecto fundamental de la existencia humana y que nuestra forma de identificarla e interpretarla, en momentos y lugares concretos, dice mucho de los conceptos sobre la naturaleza humana que operan, en general de forma tacita, en una cultura concreta en un momento dado. Creemos, igualmente, que la respuesta de una sociedad concreta a tales experiencias también expresa algo importante sobre la naturaleza de dicha sociedad.


Narración

Dentro de nuestra exploración de la locura, creemos que la metáfora de la "narración" es un marco general útil que nos permite considerar las diversas explicaciones de la locura. Es importante aclara que el termino "narración" no connota una forma de ficción. El sentido en que lo utilizamos es mucho más amplio y hace referencia a las maneras en las que elegimos interpretar un aspecto concreto del mundo: cómo "narramos" aspectos del mundo poniéndolos en un marco narrativo que dé significado a nuestra experiencia. Dentro de ese marco podríamos decir que se trata de diferentes maneras de "narrar" la experiencia de la locura. Así pues, este concepto "narrativo" representa un tipo de "meta-marco" que abarca un amplio abanico de interpretaciones posibles de la locura y considera que cada una de ellas es una entre muchas posibilidades. Esta forma de pensar puede requerir un esfuerzo para la persona que cree que una de las historias (inevitablemente la suya, por supuesto) representa la "verdad" o la "realidad" definitiva de la cuestión.

Entre las formas de narrar la experiencia de la locura estarían tanto los intentos científicos de interpretar la experiencia como, en el extremo opuesto, las narrativas personales particulares basadas en la experiencia vivida. Lo que proponemos es que todas las historias (o todas las formas de interpretar un conjunto concreto de experiencias) son diferentes y sus diferencias se presentan en varias dimensiones. Algunas historias, como, por ejemplo, las científicas pueden tener una "justificación" más sólida, mientras que otras tal vez posean mayor significado personal y relevancia para el individuo, a pesar de una posible falta de "evidencia científica". Diferentes culturas desarrollarán formas distintas de interpretar la locura. Las diferencias entre las explicaciones también existirán en términos de sus implicaciones, posiblemente diversas para colectivos distintos. Algunas de las explicaciones pueden resultar más atractivas para los individuos que experimentan la locura que para sus familiares o, más en general, que para los miembros de la cultura a la que pertenece el individuo. Algunas maneras de narrar la locura puede favorecer a los intereses de grupos concretos porque certifican que son expertos en prestar asistencia profesional a los individuos afectados por aquello.

Algunos autores han sugerido que el marco narrativo forma parte de un "cambio de paradigma" más amplio en las ciencias sociales que conlleva supuestos diferentes sobre el significado de la condición humana. Este nuevo enfoque de la comprensión y el estudio de los seres humanos ha sido etiquetado de "giro interpretativo", "investigación discursiva", "constructivismo social", "deconstructivismo" y "psicología popular". El denominador común de los enfoques incluidos en estos términos es la consideración de la atribución de significado como algo que construimos, a nivel individual y colectivo, a través de nuestra interacción con el mundo.

Uno de los principios básicos del enfoque narrativo es la idea de que los seres humanos son, antes que nada, generadores de significado involucrados activamente en la interpretación del mundo que los rodea, en lugar de estar sometidos pasivamente a la influencia de su experiencia. Una de las formas fundamentales a través de las cuales atribuimos y transmitimos significado es tejiendo una narrativa que confiera sentido a nuestra experiencia. Las historias no se limitan a describir una realidad objetiva independiente, las historias que construimos no son meramente descriptivas de las experiencias, sino constitutivas.

"La metáfora narrativa sugiere que las personas viven sus vidas a través de historias, y que dichas historias dan forma a la vida y tienen efectos reales, no imaginarios".

(White, 1991, pág. 28)

La terapia narrativa es un modelo terapéutico basado en esta premisa pero es importante explicar que este enfoque narrativo y el marco constructivista del que deriva son más que un mero sistema para examinar cómo se produce la atribución de significado de la experiencia.

"Vivimos dentro de historias, no dentro de estadísticas

(Gilberto, 2002)


La experiencia subjetiva de la locura

La experiencia subjetiva de la locura puede suponer una contribución importante para comprender la locura. Resulta inevitable que cualquier interpretación de la locura que pase por alto la experiencia subjetiva proporciona una experiencia incompleta, inadecuada de dicha vivencia. Tratar de comprender la locura sin identificar, reconocer o incorporar los aspectos subjetivos de la experiencia en nuestro intento de interpretación es una tarea imposible y destinada al fracaso.

Nuestra forma de comprender la locura informa y determina los tipos de enfoques clínicos que se ofrecen a los individuos que pueden sentirse perturbados por sus experiencias.

Desde su origen, el método científico ha dado más valor a las investigaciones centradas en las observaciones y medidas objetivas que a la experiencia subjetiva. Cuando las investigaciones científicas tienen por objeto materias inanimadas pueden ponérsele pocas  objeciones a este enfoque, pues podemos dar por sentado que los aspectos inanimados del mundo material carecen de experiencias subjetivas propias. Sin embargo, en el siglo XIX esos mismos métodos científicos que habían tenido tanto éxito aplicados al estudio del mundo material fueron adoptados por investigadores del campo de la salud y las ciencias sociales, cuyos objetos de estudio principalmente no eran objetos inanimados desprovistos de subjetividad, sino una criatura muy diferente que se caracterizaba por su capacidad de reflexionar acerca de su propia experiencia: el ser humano.


El estado de la investigación de la experiencia subjetiva de la locura

En una revisión de la investigación en esta área, Lally (1989) señaló que en el campo de la salud mental se da una falta generalizada de investigaciones centradas en el punto de vista de los pacientes. Molvaer et al. (1992) analizaron los estudios realizados en dicho ámbito y concluyeron que la "investigación centrada en las atribuciones realizadas por los pacientes de su propia enfermedad es prácticamente inexistente", una conclusión muy similar a  la alcanzada recientemente por Drayton et al. (1998), que se quejan de la "escasez de estudios centrados en la adaptación psicológica del individuo a la psicosis".

Esta falta de atención de la investigación a cómo comprenden los pacientes sus experiencias y su relación con las mismas no deja de ser curiosa si recordamos que, en el área de la salud mental, los diagnósticos dependen, casi por completo, de las descripciones que realizan los clientes de su experiencia (en lugar de obtenerse a partir de pruebas diagnosticas bioquímicas como sucede en otras áreas de la medicina). Es como si se pudiera confiar en los clientes para obtener la historia y la descripción de su experiencia, en la que se apoyará el diagnostico, pero una vez obtenida dicha información se pasara a creer que el paciente no tiene mucho más que añadir a la interpretación de sus experiencias. En esta situación, la paradoja consiste en que a pesar de que el proceso de diagnosis depende  de la valiosa contribución del paciente, una vez establecido el diagnóstico de una enfermedad psicótica, este propio diagnostico, ipso facto, parece incapacitarlo para seguir contribuyendo a la discusión sobre el significado de su enfermedad.

En su obra clásica Jaspers (1963) dedicó un capítulo completo a la actitud de los pacientes frente a la enfermedad, haciendo cierto esfuerzo en diseñar una clasificación de las formas individuales de interpretar las experiencias psicóticas y darles respuesta. Jaspers (1963, pág. 417, cursivas originales) propuso que "se puede aprender mucho de las interpretaciones de los pacientes cuando tratan de comprenderse a si mismos".

Una de las primeras obras que llamó la atención acerca de la importancia de la interpretación de los clientes fue la de Mayer-Gross (1920, citado en Dittman y Schuttler, 1990). Este autor tiene en cuenta las opiniones de las personas diagnosticadas de esquizofrenia para proponer una clasificación de las diferentes respuestas de los individuos frente a sus experiencias. Propone cinco posibles respuestas: "desesperación", "renovación de la vida" (ver la experiencia como una oportunidad de renovación), "separación" (como si no hubiese sucedido nada), "conversión" (en la que la psicosis es vista como una revelación) y "fusión" (de la experiencia con la idea de uno mismo). Ni la practica clínica ni la investigación han adoptado estos términos.

Más recientemente Sims (1988, 1994) ha defendido que una valoración completa y bien hecha de los problemas del paciente debe incluir una exploración fenomenológica detallada de su experiencia subjetiva, además de una apreciación empática de la misma.

Desgraciadamente, ni la investigación ni la practica clínica han presentado demasiada atención a estos llamamientos a valorar la experiencia de los pacientes. Una de las formas a través de las cuales se manifiesta esta desatención es la falta de un lenguaje aceptado y bien diseñado que permita referirse a las interpretaciones o respuestas de los clientes ante sus propias experiencias, describirlas o categorizarlas.


¿Qué podemos hacer?

Comoquiera que lo hagamos, debemos prestar atención al punto señalado por Mosher (2001), según el cual acercarse a la vivencia subjetiva de un alma atormentada puede ser una experiencia perturbadora por si misma, por lo que hará falta hacerlo con una formación y un respaldo adecuados. Creemos que la corrección de esta falta de atención exigirá adoptar una actitud frente a la psicosis / locura que la reconozca como experiencia esencialmente humana y que reconozca también que los individuos con experiencias psicóticas son "expertos basados en la experiencia" que pueden realizar contribuciones valiosas.


¿Por qué es importante la experiencia subjetiva?


ARGUMENTO ÉTICO

Fulford y Hope (1993, pág. 691) defienden una postura ética general sobre la importancia ineludible de prestar atención a la experiencia subjetiva argumentando que "la comprensión de la experiencia del paciente es la base de la ética médica solida". La postura de la filosofía fenomenológica parte de la idea de que la experiencia inmediata es necesariamente única y que ser humano significa interpretar o "tematizar" la propia vivencia: ser humano es construir un sentido único de la propia experiencia única vivida. La incapacidad de tratar a otro individuo como alguien que comparte esta actitud es la incapacidad de tratar a esa persona como alguien plenamente humano.

Otro concepto relevante es la idea de "autoría" de Shotter (1981). La cuestión de que a alguien se le permita ser el autor de su propia experiencia es más que una mera cuestión psicológica o sociológica. Según él, la "autoría" debería considerarse como un derecho moral y sugiere que "en un mundo moral, en condiciones normales, únicamente la persona en cuestión está en situación y tiene la autoridad para decidir cuál es para ella el significado de su experiencia".

Shotter va más allá y sugiere que este derecho es un aspecto central de la autonomía y que la "autoría" no se limita a establecer el significado que tiene una experiencia para uno mismo, sino que también consiste en compartir esta interpretación con los demás.

Otra consecuencia de no ser capaz de definir y describir la propia experiencia es lo que Roberts (1999) denomina "silenciamiento" de la historia del individuo.

Creemos que existe un argumento ético abrumador a favor del reconocimiento de la interpretación del cliente de su propia experiencia psicótica y que negar este reconocimiento significa incumplir uno de los primeros requisitos de una practica clínica ética. Este argumento sigue siendo valido incluso si aceptamos la dificultad, a veces insuperable, de la articulación de algunos aspectos de la experiencia psicótica y la posible incapacidad de los individuos psicóticos para expresar su experiencia de forma clara y completa.


ARGUMENTO EMPÍRICO

Aunque la experiencia subjetiva tiene muchos aspectos susceptibles de estudio, entre las áreas investigadas habitualmente se incluye la interpretación del individuo (o "modelo explicativo"), la actitud de éste ante la experiencia y su relación con la misma, y las descripciones fenomenológicas de la experiencia realizadas por él.

Modelos explicativos:

Kleinman (1988) sugiere que las experiencias relacionadas con la enfermedad deben ser investidas de significado por el individuo y que esa generación de significado para una experiencia patológica ayuda a convertir un "fenómeno natural salvaje y desorganizado en una experiencia cultural mitificada y controlada". Los modelos explicativos no son meras creencias del individuo acerca de una experiencia patológica, sino conceptos más amplios que sirven de marco y están incluidos por la cultura de origen del individuo que inviste de significados esa experiencia (Good, 1986). Se puede pensar en los modelos explicativos como una narración construida y explicada por el paciente y otras personas significativas para éste con el objetivo de dar coherencia a los acontecimientos y al curso de su sufrimiento. Estas historias suelen partir de un contexto cultural concreto, ser más tácitas que explicativas y, en ocasiones, pueden ser contradictorias y variar su contenido.

La primera cuestión que hay que plantear acerca de los modelos explicativos de la psicosis de los pacientes puede ser si los individuos llegan a adquirir una comprensión real, o modelos de su experiencia. Los resultados obtenidos por los estudios en este sentido no admiten dudas: la inmensa mayoría de los usuarios de los servicios de salud mental disponen de modelos explicativos de su experiencia.

Un aspecto importante es que, igual que sucede con las historias, los modelos explicativos no son meras explicaciones que no tienen impacto en la propia experiencia. La forma más adecuada de pensar en los modelos explicativos es como modelos "constitutivos", en el sentido de que son un componente dinámico importante del conjunto de la experiencia. La interpretación del individuo no sólo refleja o describe la experiencia patológica, sino que contribuye a la experiencia de los síntomas y del dolor. Kleinman (1988) lo explica sugiriendo que "los significados transmitidos por la enfermedad pueden amplificar o amortiguar los síntomas, exagerar o reducir la discapacidad, e impedir o facilitar el tratamiento".

A pesar de que en ocasiones haya sido pasada por alto, el punto en que las experiencias psicóticas representan una fuente de malestar para el individuo es una variable importante. El hecho de no tomarla en consideración podría reflejar el supuesto de que el malestar provocado por las experiencias psicóticas es un elemento intrínseco e inevitable. Sin embargo, algunos estudios, como el realizado en Holanda por Romme y Escher (1989), demuestran que no tiene por qué ser siempre cierto. Estos autores observaron que una proporción significativa de los individuos que oyen voces mantienen una relación neutra o incluso positiva con dichas voces y que el grado de malestar asociado con éstas tiene que ver con la interpretación de la experiencia del individuo y no puede atribuirse únicamente a factores inherentes a la propia experiencia de oír voces. Un estudio de voces que se oyen hecho en Nueva Zelanda reveló que los individuos que utilizaban un marco espiritual para comprender las voces que oían tendían a sentirse menos perturbados por ellas y a tener menos contacto con los servicios de salud mental que los individuos que entendían sus voces en términos biológicos o psicológicos (Beavan, 2007).

Si tenemos en cuenta que unos de los objetivos principales de los servicios de salud mental es el alivio del malestar, es evidente que para poder alcanzar ese objetivo los clínicos deben prestar atención a cómo entienden la experiencia sus pacientes. Frecuentemente los servicios de salud mental dan por sentado que el principal foco de atención del tratamiento tiene que ser la reducción de síntomas. Sin embargo, estudios recientes han demostrado que la valoración subjetiva que realiza el usuario de la mejoría (es decir, sentirse mejor) no se correlaciona con las medidas sintomáticas, arrojando dudas sobre que el alivio de los síntomas sea la principal preocupación de los pacientes (Kupper y Tschacher, 2008).

Otra investigación que demuestra la influencia del modelo explicativo del individuo sobre la propia experiencia incluye el estudio de Birchwood et al. (1993), que probó que los individuos que pensaban en su experiencia de psicosis como una "enfermedad" (es decir, que aceptaban el diagnóstico médico) tenían tasas de depresión más elevadas, y la investigación de Fisher y Farinácea (1979), quienes observaron que los individuos que pensaban en su experiencia psicótica en términos médicos tenían una probabilidad más reducida de desarrollar y aplicar sus propias estrategias de recuperación.

¿Cuáles son las implicaciones clínicas de la congruencia, o de su falta, entre los modelos explicativos del paciente y los del clínico? Ésta fue, precisamente, la cuestión investigada por Banister (1985) en relación con las experiencias psicóticas de los pacientes de un hospital psiquiátrico. Este autor observó que el grado de acuerdo entre el cliente y el personal clínico en cuanto a las causas de las crisis psicóticas se asociaba con una evolución más favorable del cliente. Sin embargo, también observó que el grado de acuerdo entre el clínico y el paciente sobre qué es aceptable como tratamiento apropiado no guarda relación con el resultado.

En el marco de los recientes enfoques cognitivo-conductuales de la psicosis en el Reino Unido, se ha hecho gran hincapié en la importancia que tiene que clínicos y usuarios realicen un esfuerzo conjunto para alcanzar una interpretación compartida de la experiencia del cliente, considerada un primer paso importante para el desarrollo de una relación terapéutica beneficiosa (Bentall, 2003).

Uno de los elementos importantes que hay que considerar en la relación entre el cliente y el clínico es la respuesta del paciente ante los consejos del clínico. Este consejo puede incluir, por ejemplo, sugerencias sobre la medicación y/o estrategias alternativas para afrontar la psicosis. Se suele considerar que la medicación es un componente importante del tratamiento clínico de la psicosis, aunque existen informes bien documentados que sugieren que una proporción significativa de los usuarios no sigue el consejo medico sobre el uso de medicamentos antipsicóticos (Nose et al., 2003). Como indica Helman (1981) "sólo si los tratamientos prescritos tienen sentido para el paciente hará caso de sus instrucciones de uso". Eso guarda relación con el consejo de Leventhal et al. (1992), cuando sugiere que la exploración de la teoría del usuario sobre su enfermedad puede ayudar a arrojar luz sobre los motivos del no cumplimiento de la medicación, por lo que los clínicos pueden ayudar a reducir al mínimo el posible conflicto entre el usuario y el servicio clínico a través de la exploración abierta y respetuosa del no cumplimiento, sin necesidad de más "tratamientos" basados en una "terapia de adherencia" (Kemp et el., 1996). Van Putten et al. (1976) dieron una vuelta de tuerca interesante a la literatura sobre no cumplimiento de la medicación al observar que en una proporción de los pacientes ingresados con problemas de adherencia este no cumplimiento podía reflejar una elección consciente deliberada que demostraba su preferencia por un estado psicótico frente a un estado "tratado".

En el área de oír voces, Romme y Escher (1993) destacan que la visión de las voces como una mera "enfermedad" tiende a evitar la identificación del individuo con las voces, impidiendo una condición necesaria para que el modo de afrontarlas sea efectivo.


Actitud ante la experiencia psicótica y relación con la misma:

Los conceptos de "encapsulamiento" e "integración", articulados por primera vez por McGlashan et al.,(1975), utilizan estos términos para referirse a la actitud y la repuesta del individuo ante las experiencias psicóticas. Los individuos que "encapsulan"  tienden a tener visiones fijas, por lo general negativas, de sus experiencias psicóticas y pueden descartar sus experiencias atribuyéndoles un significado personal escaso o nulo; dedican poco esfuerzo al desarrollo de una interpretación personal de la experiencia, que en buena parte ha sido encapsulada y considerada irrelevante. Los "integradores", en cambio, se muestran interesados y curiosos por la experiencia, que ven como algo de relevancia personal, con algún tipo de relación con los patrones persistentes en su vida, por lo que buscan aprender acerca de ellos mismos a partir de la experiencia de la locura y consideran que es una oportunidad de desarrollo y crecimiento personal. Los integradores adoptan una actitud más abierta y flexible frente a la experiencia y es más probable que acepten algún grado de responsabilidad personal, además de considerar que la experiencia está vinculada a otras experiencias vitales como vivencias estresantes, traumas, sentimientos de culpa, etc.,  mientras que los "encapsuladores" no ven ninguna relación entre las experiencias psicóticas y los problemas vividos previamente, y pueden descartar toda experiencia como algo desprovisto de significado.

Los autores sugieren que el encapsulamiento y la integración son extremos opuestos de un continuo. A través de su estudio, demuestran de qué forma un mismo individuo puede fluctuar entre el encapsulamiento y la integración. Según los autores, entre los factores que influyen en la postura adoptada por el individuo se incluyen la respuesta de otras personas significativas (incluido el clínico) y el uso de la medicación, que podría fomentar el encapsulamiento.

Los estudios más recientes (Birchwood et al., 2000) han detectado una relación clara entre la actitud a la psicosis y la probabilidad de depresión postpsicotica, con un aumento del riesgo de depresión en el periodo postpsicotico entre los individuos con tendencia a la encapsulacion.

Drayton et al., sugieren que la actitud del cliente frente a la psicosis y los estilos de recuperación pueden estar relacionados con sus primeras experiencias de apego, como, por ejemplo, la existencia de traumas. Esta propuesta se ha visto parcialmente refrendada por los resultados de otro estudio que demostró que los "encapsuladores" referían mayores tasas de abuso infantil a manos de sus padres, sugiriendo que pueden tener un nivel más reducido de "resiliencia" psicológica para enfrentarse con las dificultades encontradas en etapas posteriores de la vida y una mayor tendencia al encapsulamiento (Tait et al., 2004).

Las teorías profesionales que enfatizan los factores biológicos parecerían encajar mejor en el extremo encapsulador de este continuo, mientras que las que ubican la experiencia psicótica en el marco de la experiencia vital del cliente poseen una orientación más integradora. En 1960 Whitehorn y Betz estudiaron a clínicos que trabajaban en Estados Unidos con pacientes psicóticos y observaron que la actitud del clínico hacia la experiencia de psicosis ejercía una influencia significativa en el resultado del paciente. Los clínicos que adoptan una actitud flexible y de curiosidad hacia el mundo interior del cliente conseguían resultados positivos con el 75 por ciento de sus pacientes, una diferencia espectacular frente al 27 por ciento de resultados positivos que obtuvieron los clínicos que adoptaban enfoques dogmáticos, inflexibles y autoritarios hacia dicha experiencia. La amplitud de esta diferencia es muy notable y se puede comparar favorablemente con cualquiera observada entre grupos de intervención y grupos control, incluidos los que se utilizan para evaluar el uso de medicamentos antipsicóticos. Esta investigación indica el papel que desempeña la actitud del clínico ante la psicosis como factor influyente en el proceso de la enfermedad del paciente.

Metha y Farina (1997) realizaron una revisión de estudios del modelo de enfermedad aplicado a la patología mental y concluyeron que en los individuos que adoptaban un modelo de enfermedad para su sufrimiento mental aumentaba el estigma expresado por otras personas, además del de autoestima en forma de autoconcepto negativo. La revisión de la literatura realizada por Ritsher y Phelan (2004) en este área llegó a una conclusión similar, destacando que el proceso de internalización de los estereotipos negativos de la enfermedad mental se asociaba a la desmoralización, la reducción de la autoestima y el desempleo. Estos autores observaron que la internalizacion del estigma es una característica especialmente frecuente de esta población y que la "alienación" (la experiencia subjetiva de no sentirse miembro pleno de la sociedad y de tener una "identidad estropeada") fue un componente importante de la misma que se asociaba con peores resultados y con un mayor número de síntomas depresivos.

En una revisión de estudios empíricos realizados en este área, Warner (1994) defendió que los individuos que aceptan un diagnóstico médico de su afección pueden ajustarse a estereotipos de incapacidad e inutilidad, dando lugar a una evolución más negativa. A partir de la observación, ampliamente aceptada hoy en día a pesar de ser poco comprendida, de que los individuos que cumplen los criterios del diagnostico de esquizofrenia en la sociedad no industrializada tienden a presentar mejores resultados que los que viven en sociedades más ricas y más industrializadas, Waxler (1979) propuso que era posible que esa diferencia estuviera relacionada con las diferentes interpretaciones de la salud mental que se observan en tales sociedades.

May (2002) se refirió a la importancia que tiene el cuestionamiento de la idea dominante según la cual los problemas de salud mental solo pueden considerarse como "discapacidades". Este autor sugiere que la manera de conseguir este cuestionamiento es prestar atención a los aspectos positivos de la experiencia, y recomienda celebrar las características únicas y la resiliencia de los individuos que han tenido contacto con los servicios de salud mental. Se refiere a organizaciones del Reino Unido como la Hearning Voice Network o Mad Pride, que plantan cara a los estereotipos culturales y promueven un punto de vista más positivo de la experiencia de los problemas de salud mental.


Investigación fenomenológica - síntomas negativos

El concepto de "síntomas negativos" es un componente fundamental de los actuales conceptos de esquizofrenia, incluido en los criterios diagnósticos del DSM-IV-TR (APA, 2000). La pobreza del afecto (o "afecto embotado") es un magnifico ejemplo de síntoma negativo, considerado un rasgo central de la esquizofrenia que, como el término implica, denota una falta general de capacidad de respuesta emocional y vivencia emocional del individuo. Esta característica se ha convertido en un principio central de la literatura psiquiátrica y ha sido incorporada a incontables proyectos de investigación.

Si preguntamos por su experiencia real a los individuos en los que se identifica el "afecto embotado" (Boker et al., 2000; Selton et al., 1998) descubrimos que, de hecho, muchos de ellos declaran tener emociones intensas (dolor, ansiedad) a pesar de su apariencia de encontrarse emocional y cognitivamente embotados: es decir, es posible que en algunos pacientes la escasez de emoción esté relacionada únicamente con la expresión emocional y no con la vivencia real. Como plantean con mayor profundidad Kring y Germans (2004), los estudios de este tipo demuestran que en ocasiones puede existir una discrepancia entre las posibles suposiciones de los observadores y la experiencia de los individuos. Esta suposición errónea refleja lo que Jenkins (2004) denomina un "fracaso de la intersubjetividad": una incapacidad de prestar atención a la experiencia subjetiva del otro. Este fracaso tiene claras implicaciones clínicas y científicas. Los hallazgos de este tipo reflejan los graves riesgos inherentes a suponer que un observador externo puede medir de forma precisa y fiable el estado interno y la experiencia de otra persona sin al menos contrastar dichas suposiciones con las explicaciones subjetivas del individuo. Merece la pena destacar que algunos autores (como Healy, 2002) se han preguntado si de hecho las dificultades consideradas habitualmente como síntomas negativos de la esquizofrenia no podrían atribuirse a los efectos secundarios de los medicamentos neurolépticos, formando parte de un "síndrome deficitario inducido por neurolepticos".


Conclusiones

Para comprender la locura debemos identificar, reconocer e incorporar a nuestra interpretación los aspectos subjetivos de la experiencia (que, por definición, sólo son accesibles para los individuos que viven dicha experiencia). En la investigación científica de la locura ésta es un área muy desatendida, y una consecuencia inevitable de tal desatención es que tanto nuestras interpretaciones como nuestros tratamientos clínicos se ven perjudicados. Poner remedio a esta situación exigirá un cambio de actitud que permita que los individuos con experiencias psicóticas sean reconocidos como expertos basados en la experiencia capacitados para realizar contribuciones válidas y valiosas a nuestra comprensión de la psicosis. Una postura de este tipo puede obligarnos a desarrollar nuevas formas de pensar en qué queremos decir cuando hablamos de locura / esquizofrenia / psicosis. 


Hasta aquí, nuestro resumen de la parte inicial del libro "El sentido de la locura", de Geekie y Read, cuya lectura creemos poco menos que imprescindible para todos aquellos profesionales que traten personas afectas de psicosis.


domingo, 14 de octubre de 2012

El delirio como saber, trabajo y cura



El delirio era para Jaspers el fenómeno central de la locura; para Henry Ey, el tema central de la psicopatología y clínica psiquiátrica. Para el psicoanálisis, como hemos visto detenidamente en entradas previas (aquí, aquí, aquí, aquí, aquí o aquí), fenómeno secundario que viene a restañar la brecha por donde emerge lo Real en la psicosis, debido a la forclusión del significante fundamental para sostener el orden simbólico. Fenómeno secundario, pues, pero de vital importancia para el psicótico que sea capaz de trabajarlo, y ésa será su responsabilidad, para lograr una estabilización en su psicosis.

Nos acercaremos a este tema de tanta importancia a través de un resumen de las páginas de El saber delirante, de Fernando Colina, el cual es, y citamos palabras de José María Álvarez y Juan de la Peña Esbrí en su trabajo Sobre el Delirio, su función y sus usos en el tratamiento de la psicosis: “con diferencia el mejor libro sobre la materia publicado en las últimas décadas”. Por supuesto creemos que, más allá de este resumen nuestro, la lectura de la obra completa es imprescindible. Fernando Colina es, como hemos dicho repetidamente, uno de nuestros puntos de referencia a nivel teórico en estas cuestiones y no queremos dejar de recomendar también una más que interesante entrevista que se le ha hecho recientemente y que pueden leer, por ejemplo, en el blog Tertulias con Platón.

El trabajo de Colina no elude la cuestión de la definición del delirio, pero es consciente de la dificultad de semejante tarea. Lejos de definiciones presuntamente científicas y ateóricas como brinda el DSM, y que fueron ya hace unos años deconstruidas brillantemente por Manfred Spitzer en su artículo On Defining Delusions, se detiene en lo que llama la primera tentación, consistente en enumerar no aquello que probablemente contiene el concepto, sino lo que creemos con seguridad que no es. Desde esta óptica, pues, sabemos que el delirio no es simplemente un error, ni una ilusión, ni una mentira, ni una idea fanática ni tampoco un dogma. Y, no obstante, el delirio también puede ser todas estas cosas, pero complicadas con el añadido de otro límite particular del conocimiento que tiene algo que ver con una suerte de fe psicótica. La primera referencia tradicional suele aludir a la etimología de la palabra, proveniente de delirare, salirse fuera del surco en relación con el arado y con la razón, que poco aporta, como señala Colina, al conocimiento del término. Las definiciones académicas clásicas, de carácter fenomenológico, reposan en cuatro propiedades descriptivas: la convicción delirante, que hace referencia al carácter de incorregible e irreductible; la falsedad de la idea delirante, su ruptura con la realidad; la apreciación de que el delirio se desvía de la norma cultural impidiendo el llamado lazo social del psicótico; y, por último, el carácter autorreferencial del contenido delirante. Estas cuatro propiedades, además de dejar a cubierto la entraña del delirio, adolecen de claras carencias. En cuanto a la convicción, es difícil precisar la ruptura y la continuidad entre las ideas terminantes y las delirantes, entre el convencimiento categórico pero normal y la convicción morbosa. En referencia a la ruptura con la realidad, son infinidad las ideas imaginarias, supersticiosas, sobrevaloradas o extravagantes que, sin mantener más vínculo con la realidad que la que pueda soportar cualquier idea delirante, no reconocemos nunca como delirio en sentido estricto. Así como también se han puesto de relieve los aciertos reales del delirio. La pérdida del lazo social como consecuencia del delirio también es cuestionable, ya que muchas ocurrencias, interpretaciones o sospechas delirantes pueden mostrarse como un vínculo eficaz entre las gentes. Por último, la autorreferencialidad del contenido delirante es manifiesta, sabemos que el delirante siempre es un personaje aludido, siempre afectado y concernido. Pero tampoco este rasgo parece muy específico, pues todos estamos expuestos a referirnos con gran facilidad un buen pedazo de realidad, sin traspasar por ello el círculo de la vanidad y la fatuidad necia para caer de golpe en el delirio. En definitiva, ni reuniendo un pensamiento las cuatro propiedades descritas existe la seguridad suficiente para considerarlo delirante. Colina plantea que la definición más precisa del delirio que cabe proponer es al mismo tiempo la menos ambiciosa y la más cauta, limitándose a precisar que delirante es el pensamiento que nos permite reconocer a los psicóticos o, dicho de otro modo, el pensamiento singular que surge cuando se ha enajenado la identidad.

En relación a la cuestión de la clasificación, Colina recuerda que la primera tentación catalogadora se fijó en el contenido del delirio, siendo los temas genéricos la persecución, el perjuicio, la culpa, los celos, el amor y la divinización. Pero si se observan los contenidos desde una perspectiva más amplia, encontramos, en clave delirante, todos los grandes asuntos de la Humanidad. En estos temas delirantes encontramos las grandes cuestiones de la vida, del poder, de la palabra, del deseo y de la muerte: lo divino y lo originario, la catástrofe y el fin del mundo, la pluralidad de mundos, la hostilidad universal, la animalidad, la redención, el mesianismo, la culpa, el enemigo y la persecución, lo masculino y lo femenino, el amor, la pasión y los celos. De estos alimentos, celestiales y terrenales, se nutren la filosofía, la religión, los mitos, la antropología, los teólogos y también, a tenor de lo dicho, los psicóticos. Tras lo que les pareció una prolífica acumulación de contenidos, los psicopatólogos optaron por prestar atención al mecanismo psicológico que, según se presume, los elabora y da cuerpo. Se habló así de delirios interpretativos, imaginativos, alucinatorios y reivindicativos (o pasionales). Un tercer procedimiento clasificatorio ordena los delirios en referencia a la estructura clínica que habitan. El delirio paranoide sería propio de la esquizofrenia y el paranoico correspondería a los llamados delirios crónicos o paranoias. Hay delirios muy desestructurados, cargados de sintomatología negativa, ricos en fenómenos elementales y síntomas primarios, que afectan globalmente a la razón y que parecen poseer intrínsecamente un soplo deficitario. Frente a estos delirios paranoides, encontramos formas delirantes bien organizadas, mejor ordenadas y sistematizadas que las otras, que ocupan sólo parcialmente el intelecto del paranoico, abogando el delirante en estos casos concienzudamente a favor de su delirio. Existe una tercera opción, que es la hipotética estructura parafrénica, que presenta una contribución delirante muy generosa e imaginativa, pero coherente, bien ordenada y sistematizada. Un cuarto lugar quedaría ocupado por la psicosis melancólica, difícil de ubicar con las demás, tal vez por elegir los humores para mostrar su fuerza devastadora. Otra diferenciación de los delirios es aquélla que los separa en ideas deliroides e ideas delirantes primarias. Tradicionalmente, el delirio melancólico se considera “comprensible” al estar sus contenidos en lógica conexión con el estado de ánimo y los entendemos casi por empatía. Las ideas delirantes estrictas, por su parte, nacerían absurdas y del vacío, “incomprensibles” para nosotros al no disponer de un soporte vivencial del que las podamos deducir y comparar. Otra clasificación se podría hacer atendiendo a la ruptura del lenguaje provocado por el desencadenamiento de la psicosis, pudiendo distinguir dos bloques de manifestaciones delirantes: uno vinculado al significante y otro al significado. El primero da cuenta de la sopa de letras en que se puede convertir el lenguaje del esquizofrénico durante la crisis. El estallido psicótico viene a producir fragmentos del soporte material de la palabra, el significante, cuyo resultado son los síntomas que habitualmente denominamos primarios y conforman el automatismo mental que describió Clérambault. Frente a estos fenómenos disolutivos de la estructura hablada del paciente, el psicótico reacciona con un esfuerzo interpretativo que configura el delirio de significado, una respuesta del sujeto delirante, una defensa del síntoma a favor de la integridad del delirante. Un último lugar en estas propuestas clasificatorias quedaría ocupado por cierta forma de ideas delirantes no psicóticas que aparecen en las demencias orgánicas. Para Colina, serían experiencias delirantes que poco o nada tendrían que ver con el delirio, por su escasa elaboración, su mínimo trabajo y sus circunstancias demenciales.

Dedica también Colina unas palabras a la angustia. En el neurótico, sería algo semejante al miedo a la finitud y la decepción del deseo, a la contingencia de la vida, al absurdo, a lo que podría no existir, a lo que carece de fundamento, incluso a la condición incompleta e imperfecta de los seres amados. Y, sobre todo, el miedo a la agresión que comporta la satisfacción, pues el placer, edípicamente hablando, siempre posee una connotación de triunfo sobre alguien que indudablemente acabará vengándose y privándonos de su amor. El psicótico, en cambio, parece vivir en otro mundo, fuera de los males del deseo y de sus estrategias de placer, ya sean histéricas, fóbicas u obsesivas. Ajeno por lo tanto a los beneficios y contrariedades de la represión. Teme la escisión y el rompimiento. Disociación que en el esquizofrénico se manifiesta como temor de fragmentación, de influencia, de invasión o difusión de su pensamiento, mientras que en el paranoico sus apariencias serán preferentemente como temor de persecución y perjuicio. En el melancólico se elabora un temor a la soledad y a la pérdida de objeto. Resulta imposible pensar en la psicosis sin presencia de angustia. Es difícil ser psicótico sin gritar y, a pesar de que el psicótico extraiga de su angustia una suerte de verdad reveladora, de verdad plena, no sujeta a las vacilaciones del lenguaje, la angustia no desaparece jamás. En la neurosis reconocemos la angustia familiar de la castración, es decir, la pérdida, la soledad, la culpa, la muerte o el castigo, pero en el psicótico siempre refulge un “más allá” primitivo e irreductible, originario. No es, por lo tanto, del orden del dolor, de la falta de amor, de la humillación, de lo imperdonable o del fin de los días. O no es sólo eso, aunque eso también esté presente. Habría una fractura inefable del lenguaje, siendo la angustia psicótica, en su momento más esencial, la angustia del automatismo y de su subordinado racional, el delirio.

Como ya comentamos en entradas previas, Colina señala también la importancia fundamental de los fenómenos elementales, recogidos en el automatismo mental de Clérambault. En el momento del automatismo, el significante adquiere un papel irremplazable. Cuando el psicótico traspasa el umbral de no retorno y la psicosis se desencadena, lo primero que salta por los aires es la asociación, aparentemente inseparable y lejos de toda posibilidad de dislocación, entre significante y significado. El lenguaje queda en suspenso, al menos parcialmente, sobre el hueco amenazador abierto en la realidad por su ausencia, mientras que lo más esquelético e inerte de la palabra adquiere una autonomía inesperada. Un tiroteo de letras y sonidos alcanza en ese momento la conciencia del psicótico. Aparecen los síntomas “anideicos”, “sutiles” y “atemáticos”. Sujeto a la invasión de caracteres que, al no encontrar representaciones que transportar, raspan mudos o rebotan en ecos desconcertantes, el psicótico se encuentra con que su pensamiento se vuelve sonoro y doloroso. Las palabras se sonorizan o responden mediante ecos internos porque ya no aciertan a encadenarse en el discurso o pierden en el camino el significado que vehiculan para acabar tropezando consigo mismas. El psicótico deja de ser voz para convertirse en eco: de los demás y de sí mismo. A veces, estos hechos suceden tan tempranamente en la evolución de la psicosis, que no llegamos a percibir la presencia del automatismo y sólo podemos llegar a sospechar que su aparatoso entramado estuvo presente en el pasado, pero que en la actualidad sus manifestaciones han quedado integradas en el delirio. Sin embargo, por mucha prioridad que se conceda a los síntomas del automatismo, hay casos en los que cabe sospechar que nunca sucedieron. Las psicosis propiamente delirantes tienden a polarizarse entre las esquizofrénicas, de sintomatología significante experimentada y notoria, y paranoicas, donde o bien el automatismo sucedió sin dejar rastro clínico, por su liviandad o su precocidad preclínica, o bien no ha llegado a aparecer nunca, si fuera cierto que en estos casos el lenguaje sólo se ha derrumbado en la esfera del sentido, sin afectar a su vástago mecánico. Se tiende a asimilar la esquizofrenia con el delirio de significante y con el automatismo, del mismo modo que lo hace la paranoia con el delirio de significado y con la ausencia de los llamados síntomas automáticos aunque, como dice Colina, podemos pensar que la paranoia sufrió de automatismo, quizá de modo imperceptible y subclínico, pero suficientemente activo para poner en marcha el delirio. El modelo explicativo mantiene así su eficacia, al menos desde el punto de vista heurístico, sin demostración empírica posible.

Siguiendo siempre a Colina, hay que decir que, pese a la apoteosis racional del delirio, el escenario principal de la psicosis es el cuerpo. Los fenómenos elementales no son sólo vocales o lumínicos, sino también corporales. El lenguaje del cuerpo es expresivo en las neurosis, mientras el cuerpo se encuentra inscrito en el lenguaje y la palabra le transita y le recubre de una segunda piel. En la esquizofrenia, en cambio, el cuerpo se vuelve opaco y empieza a hablar su propio lenguaje: el intraducible idioma delirante que, a fin de cuentas, es un lenguaje corporal antes que cualquier otra cosa. En el cuerpo del esquizofrénico, un universo de sensaciones extrañas, a menudo indefinibles, se agolpa: distorsiones, deformaciones, negaciones corporales, fenómenos cenestésicos anormales, hipocondrías enajenantes, posesiones e influencias físicas, disociaciones, simbiosis con otros cuerpos o con lo extracorpóreo, agresiones canibalescas, parasitaciones imaginarias, impresiones dismórficas, pericia alienada de los sentidos, malentendido de las mucosas.

Plantea Colina que, aunque denominamos alucinaciones a una cosa y delirios a otra, en el fondo el cuerpo común es el delirio, cuyo discurso es de contenido sensorial -o imaginario, si se prefiere este término- en el caso de la alucinación, y conceptual, principalmente, cuando aludimos al delirio. El delirante, menos que nadie, no puede prescindir de la temática perceptiva, pues piensa desde el cuerpo, frotando las palabras sobre la piel y los sentidos de un modo primitivo. Ese valor sensorial del pensamiento psicótico es el que vuelve indisociables la alucinación y el delirio.

Se ha insistido demasiado en medir el pensamiento delirante desde el modelo de la lógica formal. Y, enjuiciado desde ese ideal de las ciencias exactas, no es extraño que haya aparecido siempre a la manera de una desviación imperfecta de la norma. Pero la lógica que rige el delirio es otra lógica, ni formal ni informal, que ha sido reconocida por el psicoanálisis como lógica del síntoma. El síntoma, interpretado desde sus estrategias racionales de conocimiento, de defensa y de ocultación, es el instrumento intelectivo que mejor puede dar cuenta de la razón delirante. Colina se muestra pesimista ante la posibilidad de aislar unidades narrativas en el texto delirante (deliremas) que puedan ser interpretadas independientemente, así como tampoco cabe aplicar al delirio el modelo onírico. El delirio no es traducción de nada ni es traducible a otro idioma. El delirio se agota en sí mismo, en su propia estrategia racional, de modo semejante a una respuesta ciega que llega terriblemente antes que la pregunta. El delirante antes que preguntar supone. Las expresiones “tú ya sabes” o “vosotros sabéis” preludian a menudo cualquier intento de diálogo y agostan su curiosidad. La lógica del síntoma lleva a enjuiciar el delirio como un compromiso constructivo del sujeto, es decir, no sólo como un déficit, que lo es, sino también como una respuesta creativa del psicótico. Colina defiende que no estamos únicamente ante restos defectuosos del pensamiento, peladuras desprendidas de una función alterada y destruida, o frente a la liberación de estratos inferiores del psiquismo que imponen su arcaica razón a las capas más elevadas del raciocinio (como afirman las tesis inspiradas en modelos jacksonianos). Al contrario, el delirio es también el resultado de un esfuerzo creativo del psicótico, quien a través del “trabajo delirante”, “novela delirante” o “momentos fecundos del delirio”, va edificando su propio domicilio racional por encima de las experiencias pasivas, parásitas o automáticas que han invadido su espacio mental. En palabras de Freud: “el delirio es un intento de restablecimiento y reconstrucción”. Desde el punto de vista terapéutico, una consecuencia de esta lógica del síntoma sería la consideración de proponer al psicótico el delirio más que reprimirlo, ofreciéndonos paradójicamente a enseñarle a delirar. Actitud que aunque no la llevemos a cabo -y no tanto por no sentir su importancia, sino por la imposibilidad de realizarla- nos viene a recordar al menos la necesidad de no oponernos frontalmente al delirio y respetarle como una ortopedia a menudo crucial para algunos seres humanos. Por otra parte, hay que atender al sufrimiento que revela todo síntoma, pero sin descuidar la satisfacción que implícitamente imprime. No es concebible el delirio sin que aparezca pronto el alarde de la omnipotencia. Una jactancia que se superpone sobre la otra gran idea del delirio, la que hace referencia a la magnitud del perjuicio padecido. Ya dice un conocido aforismo psicopatológico: “Mejor perseguido que solo”. Y desde el lado de la megalomanía, la solicitada presencia del otro no sólo viene servida por la persecución, sino también por la impresión de autorreferencia que rodea sin descanso al psicótico. Junto a la omnipotencia, pues, la alusión. La lógica interna del delirio incluye desconocer completamente la generosa indiferencia de los demás. La lógica del síntoma se ordena en torno a estas tres exigencias discursivas indesplazables: la construcción en la destrucción, la satisfacción omnipotente en el perjuicio y la autorreferencia en la soledad.

Tanta fe expone el delirante en sus creencias que, aunque dudemos de la realidad de su propuesta, no podemos hacerlo de la imperiosa urgencia de la que nace. Una opinión tan firme tiene que responder a una necesidad igualmente intensa, y esa tensión nos hace desentendernos del error inflexible de su creencia para dejarnos llevar por el desamparo verdadero de donde parte. Algo nos inclina desde ese momento a dar la razón al delirante, obligándonos a comprender. Dado que no nace de la demostración, sino de la realidad del dolor, la verdad aquí es más empática que probatoria. Aunque nos distraiga con su delirio, el delirante sólo nos habla verdaderamente de su soledad. Soledad que nos obliga a creerle porque nos embarga. Si algo verdadero tiene el delirio es ese ansia de verdad y sentido que le acompaña. Anhelo que no tiene otro origen que el agónico afán del propio sujeto psicótico por recuperarse y reconstruir el edificio mental derrumbado. Lacan ha insistido, como recuerda Colina, que el síntoma y en especial la angustia, es lo que no miente. Y no lo hace porque su aparición pone de manifiesto los engaños del inconsciente. Diga lo que diga el delirante, la existencia del delirio basta para persuadirnos de que el psicótico ya no puede ocultar su estupor, pues su fracaso interior ha sido puesto en evidencia por el delirio. Freud, por su parte, estaba convencido de que los enfermos mentales, al haberse apartado de la realidad exterior, podían descubrir cosas de la realidad interior que de otro modo permanecerían inaccesibles para nosotros. Como señala Colina, esta posibilidad reveladora de la locura constituye un estereotipo que recorre la historia del pensamiento.

El delirio tiene diferentes destinos, a los que calificamos de favorables cuando se disponen en el polo opuesto de la disgregación psíquica y de la convicción implacable. Existen una serie de estrategias para distanciarse del delirio que se conocen, en un sentido amplio, bajo la categoría de “crítica del delirio”. Las primeras son las que Colina llama opciones lúdicas, las menos críticas, que se refieren a todas las formas de juego con que es barajado el delirio: ironizar, matizar, exhibir, hacerse el loco más o menos seductoramente... Con estas opciones, el psicótico logra mantener activo el delirio y, a la vez, distanciarse relativamente de él. Suponen un proceso evolutivo saludable. El psicótico aprendió primero a delirar, es decir, a recoger las irrupciones pasivas de significantes y de sentido para transformarlas paulatinamente en elaboraciones subjetivas beneficiosas y efectivas. En un segundo momento, tuvo que aprender a vivir con su obra, integrando el delirio en el discurso, sin sufrir demasiado ante este segundo tormento con que la ingrata incomodidad de los síntomas amenaza su vida social y su equilibrio, siempre al borde del hundimiento irrecuperable.

Otros modos de moderar el delirio son la localización o la temporalización. En el primer caso, el delirante se muestra capaz de seleccionar los momentos que considera oportunos para expresar sus ideas delirantes, o elige los interlocutores a los que confiárselas. Esta localización la consideramos provechosa y, en la práctica, nos sirve frecuentemente de objetivo en la dirección del tratamiento. La temporalización se basa en la posibilidad de poder aplazar en el tiempo las metas que defiende en su delirio, como el ejemplo clásico de Schreber. Por otra parte, la crítica del delirio en sentido estricto es la que se desprende de las propias palabras del psicótico cuando juzga, por ejemplo, su pensamiento de “invenciones” o incluso cuando habla de “delirios producidos por su enfermedad”. En tales casos, aun dando por supuesta la sinceridad del enfermo, debemos considerar con cuidado el alcance de su juicio, preguntándonos incluso si el delirante cree realmente en su delirio, pues a lo mejor su convicción es de una índole particular que poco tiene que ver con una convicción nuestra equivalente. Quizá crea más en las palabras que en la experiencia que anuncian, y también más en la necesidad de creer que en la creencia misma. Dijo Freud que los delirantes creen en su delirio como creen en sí mismos, subrayando la necesidad incuestionable de su creencia, pero también entendiendo el delirio como la idea proveniente de una identidad frágil en la que poco se puede creer. Su renuncia al delirio es muy sui generis, dado que no anula realmente el pensamiento. El psicótico puede reconocer con franqueza que delira sin retractarse por ello, sin dejar de delirar. Es capaz de compatibilizar la duda sobre algo con el convencimiento absoluto sobre lo mismo. Puede afirmar que delira y seguir delirando.

Entendemos poco, y probablemente mal, acerca de cómo se inicia e instaura un delirio, pero aún conocemos peor el modo de su desaparición. Como dijo Henri Ey, “el hecho primordial es que el delirio de un momento tiende a convertirse en el delirio de una existencia”, dejando claro lo difícil que es volver de la experiencia psicótica. Quizá la única crítica real del delirio consista en su ocultación espontánea, en cierto ocaso tranquilo y silencioso que aleja el delirio de la representación, pero que no lo elimina del todo, aunque le permite retraerse porque su indispensable necesidad ha desaparecido. La serenidad callada de esta retirada nos recuerda nuestra obligación de ser respetuosos con el silencio del delirante. Si ya no cuenta su delirio es porque no quiere o porque no puede, dado que éste ha retrocedido. Debemos evitar la agresión, pero no sólo la manifiesta, sino también esa violencia más disfrazada que puede desvelarse cuando alegremente diagnosticamos de delirio enmascarado o enquistado a lo que es simple decoro, sencilla somnolencia del delirio. A veces, tras esa designación, escondemos en nuestro ánimo el equivalente de una imputación, de un ansia normalizadora, de una desconfianza morbosa o de una dirección de conciencia rigorista, antes que un intento de precisión clínica.

Que un psicótico cuente libremente su delirio, incluso que lo haga con avidez, es algo que nos parece un comportamiento consecuente. En cambio, parece que reaccionamos con cierta incomodidad si el psicótico esconde y calla su delirio voluntariamente, sospechando a veces que con esa actitud aumenta su gravedad, y no nos inclinamos tanto a creer que se trata de un apagamiento beneficioso del delirio, sino de una ocultación deliberada que revela insinceridad, con lo que añadimos una consideración moral a la valoración psicopatológica. Ya dijo Kierkegaard: “Si un hombre fuese lo bastante sensato para poder ocultar su locura, podría enloquecer al mundo entero”. Sin embargo, son muchas las razones que pueden llevar al psicótico a callarse: por un creciente bienestar, un alcanzado equilibrio que le permite y aconseja callar por pudor y temor. Menos veces podemos sospechar que calla para mantener a raya al curioso y atraer al indiferente. Pues no por irracional el delirio deja de ser un recurso de seducción conveniente. Por otra parte, el móvil más importante para esconder el delirio tiene que ver con la competencia del psicótico para esgrimir con buen sentido el interruptor insustituible del secreto. El delirante debe recuperar lo antes posible su capacidad para guardar sus pensamientos y evitar la transparencia, el eco y la resonancia divulgadora que provoca su rota identidad. En el caso del psicótico, nos encontramos ante una exigencia de opacidad destinada a neutralizar esa profusión con que todos los secretos se le vuelven públicos. Nuestra mayor hospitalidad, nuestra actitud más terapéutica, incluso nuestro superior saber, puede tener algo que ver con respaldar el callado hermetismo con que puede resolver su relación con el delirio.

Fue Kant quien, decidido a poner un límite a nuestro conocimiento, habló de la cosa en sí para referirse no a nada esencial, sino a todo lo que, tras la realidad, permanecía excluido absolutamente de nuestra representación. El mismo esfuerzo ilustrado que regulaba la razón y establecía sus fronteras humanas, abría simultáneamente las puertas a un mundo oscuro, desconocido y romántico que iba a proporcionar al hombre una duplicidad nueva, una herida más intensa y divisoria: claridad, precisión y finitud por un lado, frente a oscuridad, pulsión e infinitud por el otro. Hegel levantó acta de que la cosa en sí no podía ser patrimonio exclusivo de la realidad exterior al igual que sucedía en Kant: “Al intelecto -dijo- habría que reconocerle por lo menos la dignidad de una cosa en sí”. Schopenhauer la extendió a los aledaños del deseo: “El acto de voluntad es sin duda el fenómeno más próximo y más preciso de la cosa en sí”. La cosa en sí iba ampliando su territorio al tiempo que adquiría vida y entraba en ebullición. Un espacio nuevo se entreabría y agrietaba, poniéndose al alcance del hombre moderno. En sus proximidades se alojarán lo divino, lo sagrado, lo pulsional, la alienación, la repetición, la gloria e incluso una suerte de hastío desesperado, elementos que antes permanecían cercanos a los dominios de la religión o a los enclaves morales, desde donde se juzgaba y medía el ejercicio moderado o destemplado de las pasiones. Va a ofrecer un saber nuevo e insondable que va tomando cuerpo: “Sólo desde la oscuridad de lo que carece de entendimiento nacen los pensamientos más profundos”, en palabras de Schelling. El delirio es tenido entre ellos.

Dice Nietzsche: “La piedra es más piedra que antes”, haciéndonos ver que la realidad se ha vuelto demasiado real para nosotros, tanto que difícilmente vamos a poder soportarla. La cosa en sí ya no es simplemente reconocible en una frontera inerte y más o menos mistérica, sino que es semejante a una amenaza intangible e indecible que nos rodea por dentro y por fuera, como una piedra incandescente de la que emana constantemente un aluvión psicótico. La psicosis late en todos nosotros y está presta a doblarnos la espalda en cuanto una vacilación del lenguaje impida a la representación contener el empuje de su negror, de su muda erupción. Así que se abra una grieta, un mundo árido y estéril se cierne sobre nosotros, irrumpe la angustia y al hombre le crece una nueva razón: el delirio, que brota como un defecto en la intermediación del lenguaje, como un cortocircuito directo entre lo impensable y el sentido.

La evolución del concepto llevó a la noción freudiana de pulsión y, en especial, la pulsión de muerte en tanto que matriz nuclear de todas las pulsiones, representa el límite del conocimiento y también el origen desencajado y huraño de las psicosis. Con otro término, el de Real, lo acoge y enmarca Lacan más tarde, elevándolo a la categoría de registro, de instancia del psiquismo que ya no responde fácilmente a la separación entre consciente e inconsciente. O la pulsión se domestica en deseo o el sujeto queda sometido a las fuerzas de la psicosis. O lo Real es frenado por la palabra o la realidad queda avasallada por unas tensiones que la vuelven irreconocible obligando al sujeto a desplegar el delirio a modo de un último recurso para recibirla o al menos, hasta donde sea posible, remendarla y humanizarla. Donde no llega la metáfora del deseo lo va a intentar el delirio convertido en metáfora de una catástrofe. Cuando el paño hablado de cualquiera de nosotros se descorre insuficientemente sobre el otro y el mundo, entonces la cosa en sí, que es una suerte de cráter que negrea y acongoja de un modo irresistible, exige que un apósito racional nuevo, que no es otra cosa que el delirio, venga a sofocar el fuego de una lava que transforma en cosas y escoria cuanto toca vivo.

En relación a la cuestión del poder, sigue Colina afirmando que seguramente la identidad, es decir, el reconocimiento propio, sea una expresión del poder. Y el delirio no sea por su parte nada más que un sucedáneo decisivo de la identidad en el que hay que creer. Al aforismo freudiano, ya comentado, que nos señala que el delirante cree en el delirio como cree en sí mismo, habría que añadir que cree en el delirio como cree en el poder, si es que no son lo mismo. Pues el poder nos presta reconocimiento, nos hace individuos, es decir, sujetos dignos de libertad. Propietarios y señores del nombre de cada cual. El psicótico, en cuanto que fracasado en la esgrima del poder, es una máscara tambaleante a la búsqueda de una fe -el delirio- que le sirva de arma y de correaje. Sólo en el delirio encuentra la diferencia suficiente para distinguirse de los demás. De este modo, en el pedestal de ese poder delirante, que difícilmente le permitirá una vida agradable en sociedad, al menos consigue un dominio imaginario sobre su entorno.

Hasta aquí nuestro intento de resumen de las palabras de Fernando Colina en El saber delirante. No dejen de leer el libro original, porque les aseguramos que es un texto de los que marcan un antes y un después en la visión de la locura.