viernes, 27 de septiembre de 2013

Trastorno del Déficit de Atención. Un repaso (por Mariano Almudevar)


El Dr. Mariano Almudévar, psiquiatra, nos ha hecho llegar un gran trabajo de revisión sobre el famoso y polémico TDAH, su historia, su actualidad y sus tratamientos, con sus luces y sus sombras. Dicho trabajo nos ha parecido de la máxima relevancia para arrojar algo de luz en un tema que, nos tememos, muchos gustan de oscurecer. El artículo, además, está lleno de referencias enlazadas a diversos documentos que sustentan las afirmaciones que en él se vierten. En definitiva, un texto que consideramos imprescindible sobre el tema y que es un honor para nosotros poder poner a su disposición. Lo reproducimos de forma íntegra:



I.

El  TDAH, fue definido como “trastorno” específico de la infancia en el DSM III, el sistema de clasificación americano de trastornos mentales, en 1980, fecha que podemos señalar como el inicio de un crecimiento sostenido de diagnósticos que adquiere carácter de incontrolable epidemia global a fines de siglo.  Anteriormente a niños inatentos, inconsecuentes  y muy movidos, particularmente si había dificultades específicas del aprendizaje como la dislexia, se les atribuía un “daño cerebral mínimo” (minimal brain damage) o “hiperactividad”, cuya frecuencia era baja, creo recordar que de 0’2 por ciento o menos, y requería la presencia de tal hiperactividad en entornos de escuela, hogar y clínica.

El primer concepto “daño cerebral mínimo”, desapareció de la clínica por falta de pruebas de los llamados “signos neurológicos blandos” (soft neurological signs) que lo justificarían y el segundo “hiperactividad”, se incorporó en los DSM, siendo muy significativo que la hiperactividad pasó pronto a segundo plano hasta el punto de categorizarse el TDA (sin hiperactividad). Las “cláusulas de exclusión” de otros trastornos también fueron progresivamente ignoradas y hoy muchos de los diagnosticados de TDAH en USA tienen otros “trastornos co-mórbidos”. En el DSM 5 ha subido el límite de edad de comienzo hasta los 12 años, pero en la práctica se puede diagnosticar el TDA en adultos sin probar que empezó antes de esa edad. Hasta ese registro en 1980 se entendía que la hiperactividad tendía a desaparecer con los años y tenía alguna relación con el uso de aditivos alimentarios o incluso el plomo de la gasolina (ver estudios relacionados con The Isle of Wight Studies, M.  Rutter et al, 1964).

El TDAH ha sido y es objeto de controversia pública en la sociedad angloamericana http://en.wikipedia.org/wiki/Attention_deficit_hyperactivity_disorder_controversies. Algunos, dicen que está infra-diagnosticado otros que al contrario. Hay neurólogos (Baughman,) y psiquiatras (Breggin) que llevan muchos años diciendo que es una falacia; otros piensan que es un cajón de sastre en el que se incluyen un número de conductas problemáticas y bajos rendimientos escolares, o simplemente niños “trasto” o despistados. Detrás del diagnóstico puede haber desde chavales inteligentes y curiosos que se aburren con las rutinas homogeneizadas del aula, a otros con dificultades específicas del aprendizaje; desde la expresión en el escenario escolar de situaciones familiares complicadas o negligentes hasta aquellas en la que el niño no llega a las expectativas de los padres; desde maestros que por una razón u otra necesitan una tranquilidad regimentada en el aula, hasta psicólogos con escasa o nula conciencia de la diversidad o variabilidad en el ritmo del desarrollo humano. Solo una minoría de diagnosticados muestra hiperactividad en sesiones clínicas y a pesar de ser el  más ampliamente estudiado de los trastornos psiquiátricos de la infancia, su diagnóstico se hace sobre la base de quejas y observaciones de maestros, a veces bajo amenazas de sanciones, y su frecuencia y la polémica siguen creciendo https://facultystaff.richmond.edu/~bmayes/medicating_children_hup_mbe.pdf

A pesar del repetido slogan de que hay alguna anormalidad biológica diferenciada del trastorno y marcadores biológicos, tales marcadores siguen siendo elusivos http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/22834452   o tan heterogéneos y especulativos que son incapaces de dar unidad nosológica a un diagnóstico que depende de la subjetividad, no del paciente si no de otros, pues el paciente no se queja de nada.  http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/20862396 . En fin que tales marcadores biológicos específicos del trastorno no existen.

En el sistema clasificatorio de la Organización Mundial de la Salud, CIE 10 (F90), que se usa en general en Europa, y no implica ni tratamientos ni causas, sino solo “listas de problemas con las que el paciente visita al psiquiatra”,  esas conductas vienen bajo la categoría de Trastorno de Hiperactividad, algo más rigurosa, y que tiene a la hiperactividad como faceta necesaria para el diagnóstico. Los síntomas catalogados en el DSM, se han vuelto cada vez más vagos y subjetivos, hasta estar presentes en casi toda la población en algunos momentos de sus vidas.

La frecuencia del “trastorno” baila enormemente aunque la cifra más repetida hoy es la de del 6% si bien encuestas recientes la acercan al 10% en los USA.  La frecuencia ha ido aumentando a un ritmo de un 3% por año acelerándose al  5’5% al año recientemente: http://www.cdc.gov/ncbddd/adhd/data.html. En los USA varía mucho entre estado y estado llegando en algunos de ellos hasta más del 15%.

El “trastorno” tiene, se supone, un componente genético  en la gran mayoría de los casos http://en.wikipedia.org/wiki/Attention_deficit_hyperactivity_disorder, y en tanto que se referiría a una carga genética causante, no olvidemos de una enfermedad que afecta al desarrollo, en casi un 10% de la población y creciendo, este supondría una revolución en biología evolutiva.


II.

El tratamiento del “trastorno” es mayormente con estimulantes cerebrales y hay que hacer notar que aunque la categoría de TDAH es reciente, los tratamientos son verdaderas antigüedades de la psicofarmacología. La anfetamina es una droga ya sintetizada en el siglo XIX y el metilfenidato lo fue durante la segunda guerra mundial. En esta guerra los estimulantes eran usados en los dos bandos para combatir la fatiga, mantenerse despierto y mejorar la atención: tropas panzer, kamikaces japoneses y técnicos de radar aliados los usaron. Después se usaron para tratar la obesidad, y por camioneros de largo trayecto  Estamos hablando de la misma familia de drogas de la centramina, usada por estudiantes españoles hace ya más de cincuenta años y del “speed” que se dice mató a Jimmy Hendrix.  
En los USA el uso de estimulantes es frecuente para hacer “cramming”: estudiantes en exámenes finales, profesionales que tiene que acabar en fecha y trabajar día y noche, http://www.wallstreetoasis.com/forums/ritalin e incluso jugadores de baseball, a través de las llamadas “Excepciones Terapéuticas” que por ahora no se han admitido en el deporte internacional. En definitiva los estimulantes dan ventajas competitivas a corto plazo.

Hoy hay probablemente más de seis millones de niños americanos tomando estimulantes cerebrales para el tratamiento del TDAH en los USA, http://www.nytimes.com/2013/04/01/health/more-diagnoses-of-hyperactivity-causing-concern.html?pagewanted=all&_r=0 y la cifra sigue creciendo. El concepto se está extendiendo a adultos; más de la mitad de los niños con TDAH se supone que no se “curarían”, http://www.webmd.com/add-adhd/guide/adhd-adults  pero el incremento en adultos es principalmente por nuevos diagnósticos.

Los estimulantes no parecen mejorar las relaciones familiares y con otros alumnos, y si bien los efectos sobre la atención e impulsividad errática están bien establecidos durante el primer año de uso por el hoy casi canónico estudio MAT del NIMH de 1999 http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/10591283 , un meta-analisis comprensivo de esos años http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC81663/  aun reconociendo el efecto notable a corto plazo, duda de que esa marcada mejoría dure más allá de cuatro semanas. No hay evidencia ciertamente de su efectividad a partir de los 14 meses o a 3 años de inicio del tratamiento en seguimientos del estudio del NIMH antes citado http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/17667478, y  un estudio basado en ese mismo MAT/NIMH apunta a que serían responsables de una deterioración de la conducta, e incluso de delincuencia y abuso de drogas, a partir de los dos años de su uso. http://www.journals.elsevierhealth.com/periodicals/jaac/article/S0890-8567(09)61553-7/abstract. Esto plantea por lo tanto importantes cuestiones de “tolerancia” y efectos de “rebote” en tratamientos prolongados.

La atomoxetina es una droga más reciente para el tratamiento del TDAH. De dudoso mecanismo, su acción podría ser similar a la de algún antidepresivo. Parece ser más lenta en sus efectos y  a veces se le añaden estimulantes para potenciarla.

Los  efectos de los estimulantes, que son en relación a otros medicamentos psicotrópicos casi inmediatos, se derivan de sus acciones sobre neurotransmisores, en particular el aumento de la dopamina, en las sinapsis y así mejoran la atención “on task” y disminuyen la actividad sin propósito, en otras palabras sirven para reducir la atención dispersa y las respuestas a estímulos irrelevantes. Si el alumno, con TDAH o sin él, está “enfocado en una tarea” relevante, su rendimiento mejorará y su actividad se reducirá; si no lo está se pasará el rato muy atento a las musarañas. Los efectos duran unas horas. No hay evidencia de que los estimulantes mejoren la capacidad de resolver problemas o la inteligencia creativa. O de que mejoren el rendimiento académico a medio o largo plazo. http://www.ccl-cca.ca/pdfs/JARL/Jarl-Vol3Article9.pdf  . Son poco efectivos en aquellas condiciones donde hay evidencia o claros indicios de daño cerebral real como la discapacidad intelectual y/o el autismo de Kanner. aunque su uso está muy extendido en este último: https://sfari.org/news-and-opinion/blog/2013/ritalin-reaction Podríamos decir que con demasiada frecuencia se trata al alumno para beneficio del profesor.

Los efectos secundarios de los estimulantes se consideran en general asumibles, aunque hay la posibilidad de brotes psicóticos en hasta un 5% de casos http://www.drakeinstitute.com/research-article/psychotic-side-effects.pdf , y de muerte por fallo cardíaco http://www.theguardian.com/society/2006/feb/11/health.medicineandhealth una terrible reacción adversa muy rara, además de posibles alteraciones genéticas.  http://www.yourlawyer.com/topics/overview/ritalin. La ficha técnica de una de ellos nos dará una idea, aunque no parece mencionar uno de los efectos más frecuentes, los tics, que podrían continuar incluso después de parar la medicación   http://www.accessdata.fda.gov/drugsatfda_docs/label/2008/021121s015s017lbl.pdf .. El uso prolongado puede tener consecuencias neurofisiológicas a largo plazo http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2656574/  que disminuirían la capacidad de recompensa y la tolerancia a estímulos estresantes y nociceptivos.  En el caso de la atomoxetina, la alerta black box es por razones de su toxicidad hepática.


III.

Los estimulantes, metilfenidato y anfetaminas, tienen acciones parecidas a la cocaína, estando en Estados Unidos calificadas como schedule II, la misma clase que la cocaína y la morfina, y bajo el control de la Drug Enforcement Agency. (ver  http://www.cesar.umd.edu/cesar/drugs/ritalin.asp , para un sumario de la historia del metilfenidato y http://en.wikipedia.org/wiki/Amphetamine para la anfetamina).

Hay polémica acerca de su creciente utilización en situaciones para las que no han sido prescritos. A pesar de la resistencia de las farmacéuticas a aceptarla, la similaridad en acción del más prescrito, metilfenidato (ritalin, en España rubifén, concerta, etc), con la anfetamina y sobre todo con la cocaína, está bien probada (ver ref en español: http://www.adaptogeno.com/svms/noticias/noticia440.asp  y para un análisis del NIH del estudio de Nora Volkow, psiquiatra experta en adicción, sobre el tema:  http://www.nih.gov/news/health/feb2009/nida-02.htm ).Ese estudio señala que el metilfenidato podría ser incluso más potente que la cocaína.

Los estimulantes guste o no, son en la práctica drogas de abuso. Se dice que los estimulantes para el TDAH, no son adictivos pero esto es porque dos razones: 1) en niños la fuente de la droga está controlada por médicos, escuelas y padres, y 2) se administra en forma de pastillas que no producen el “rush”, efecto subjetivo muy rápido, importante en la adicción. Pero está claro que producen tolerancia como otras medicaciones psicotrópicas http://ps.psychiatryonline.org/article.aspx?articleID=86987 . La tolerancia está probada en ratas  http://jpet.aspetjournals.org/content/198/3/635.short  siendo “cruzada” a nivel conductual entre anfetaminas y metilfenidato. Su uso “recreacional” es extensivo bien por re-venta de drogas obtenidas en prescripción o por robos, estando entre las 10 drogas más robadas de las farmacias americanas. Se habla en los blogs de vitamina R (por Ritalin) y de la cocaína de los pobres.

La pretensión de las farmacéuticas de que las nuevas presentaciones, “liberación lenta”, parches, liquidas, serían un impedimento para su uso recreacional, no es sino otra excusa, para aumentar sus ventas, y los adictos han desarrollado maneras para su uso incluso obteniendo el buscado “rush”, esnifando, . http://www.drugs-forum.com/forum/showthread.php?t=166199 . o “en paracaídas” http://www.drugs-forum.com/forum/showthread.php?t=163301 . La DEA ha impuesto cuotas para contener el creciente uso de estos compuestos en “las calles”, lo que ha provocado problemas de abastecimiento http://www.webmd.com/add-adhd/news/20120103/adhd-drug-shortages-why

La producción regulada por cuotas de la D. E. A., crece anualmente (hasta el 2002 ver  http://bioethics.georgetown.edu/pcbe/background/humanflourish.html ), lo que no impide que haya desabastecimientos severos con las consiguientes demandas de aumento de cuotas: http://disinfo.com/2012/01/nationwide-shortage-of-ritalin-and-adderall/.


IV.

Se ha dicho que el TDAH es una enfermedad inventada para una medicación eficaz, y  el principal promotor del trastorno Leo Eisemberg, hizo declaraciones en este sentido antes de morir: http://www.snopes.com/politics/quotes/adhd.asp . Es esta “eficacia” a corto plazo, la que ha dado y da uno de los empujes irrefrenables a la expansión de los criterios diagnósticos ayudado por la mercadotecnia y procedimientos diagnósticos con poca validez objetiva y aplicados con poco rigor, junto a la obtención de apoyos escolares y el colosal aumento de registros de discapacidad en niños en USA, actuando como incentivos “perversos” http://www.boston.com/bostonglobe/editorial_opinion/editorials/articles/2011/05/29/mislabeling_kids_as_adhd_investigate_federal_rules/

El  impulso comercial para esto se percibe claramente si, prescindiendo de nociones sobre diagnósticos como actos entre médicos y pacientes, leemos, dejando de lado declaraciones sin base científica, que piensan en Wall Street. Se proyecta una expansión importante en países desarrollados y en adultos en los USA. http://www.prweb.com/releases/ADHD_Therapeutics/Adderall_XR/prweb4086564.htm  y con respecto a este último mercado en adultos: http://www.prlog.org/10073664-adhd-market-immature-adult-market-continues-to-offer-greatest-commercial-potential.html.  Está claro que lo que está “inmaduro”, no es el cerebro si no un mercado potencial en países desarrollados que pasaría de los 25 millones de “enfermos”. La frecuencia de la “enfermedad” está condicionada por proyecciones de crecimiento de una demanda.

Aunque el principal motor de los desarrollos, los beneficios para las farmacéuticas obtenidos  a través de la venta de drogas, que aunque legales son estimulantes como la cocaína e incluso más potentes, no es el único. Cuando se incluyen diagnósticos, medicación,  apoyos y pensiones por discapacidad etc, http://informahealthcare.com/doi/abs/10.1185/030079904X20303, los  costes de tal “trastorno” y por tanto los intereses económicos involucrados en el tema en los USA, son amplios y considerables. Su equivalente en España sería suficiente para desarrollar servicios humanos muy necesarios (maestros, asistentes, etc) para la población de discapacitados intelectuales y mejorar servicios para trastornos mentales crónicos, creando así una fuente útil de empleo, en lugar de extraer valor añadido que iría a capas no asistenciales de Salud Mental y a las corporaciones farmacéuticas que producen esos estimulantes, y esto pagado mayormente por los presupuestos públicos sanitarios. En todo caso hay que apuntar que la promoción de frecuencias similares a los de los USA http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1525089/  podría costar solo en procesos diagnósticos y medicación en España más de 500 millones de euros al año.

Pero quizá el problema que necesita más urgente atención es la aparición de otras “epidemias” de la mano de la del TDAH, que aunque parte del proceso de ampliación de criterios diagnósticos invadiendo la diversidad normal del desarrollo y buscando una expansión de mercados para drogas psicotrópicas, podría apuntar, particularmente en la aparición del trastorno bipolar de “ciclos rápidos” en la adolescencia http://www.jad-journal.com/article/S0165-0327(01)00336-6/abstract, a un crónico y desastroso proceso con trastornos mentales reales, del que los estimulantes y los antidepresivos, serían causantes. Hay que notar que el trastorno bipolar era practicamente desconocido en menores antes del uso extensivo de estimulantes  y antidepresivos.

La lectura de los capítulos Creating the Bipolar Child y dos siguientes en The Anatomy of an Epidemic de Robert Whitacker, es escalofriante. ¿Estaríamos asistiendo además del invento de trastornos mentales y del fomento de la cronicidad en los más reales como las psicosis, a la producción de una población de discapacitados por causas iatrogénicas, http://www.ssa.gov/policy/docs/statcomps/ssi_asr/2008/ssi_asr08.pdf de pésimo pronóstico y con consecuencias sociales, humanas y económicas nada tranquilizantes? Más allá de cuestiones de cosificación y mercantilización de la experiencia o de las dudas que uno pueda tener sobre la interpretación que Whitacker hace, los altos niveles de supuesta co-morbidad y de polifarmacia en menores son muy preocupantes. http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2952543/

El creciente uso de antipsicóticos, mucho más tóxicos que los estimulantes, que parece acompañar a estos desarrollos, fuera de las psicosis y  en poblaciones vulnerables y sin atención al consentimiento informado, tiene unas reminiscencias más bien horribles http://en.wikipedia.org/wiki/Action_T4. El uso de antipsicóticos en poblaciones dependientes y/o excluidas, ha aumentado enormemente y su facturación en los USA se acerca a los 20.000 millones de dólares anuales y ha superando a las estatinas como grupo de mayores ventas. La polifarmacia es frecuente en esas poblaciones. Y este es el modelo que nos están vendiendo ya en España.


V.

Dentro de un fenómeno global pero que particularmente afecta a los países desarrollados, de publicidad de “enfermedades”  de supuesto origen bioquímico, ampliación de criterios diagnósticos y cronificación de trastornos reales o no, la promoción del TDAH y los estimulantes en España parece tener características descritas entre otros por Ben Goldacre en Mala Farma, para medicinas, especialmente las psicotrópicas: Creación de paneles de expertos académicos o ligados a fundaciones, institutos etc, los llamados KOLs (Key Opinon Leaders; en español serían LCOs o Lideres Clave de Opinión),  y desarrollo de circuitos de conferencias, seminarios y cursos en centros sanitarios y escuelas públicas http://www.cchrint.org/issues/the-corrupt-alliance-of-the-psychiatric-pharmaceutical-industry/ ; Congresos y producción de estudios en revistas científicas que van desde diseño previo y control editorial de los ensayos, escritos por “negros” y firmados por los LCOs, ocultación de resultados negativos y control de agencias reguladoras, hasta métodos que recuerdan a los de un estado policial, Financiación de asociaciones de afectados y familiares http://psychiatricfraud.org/2011/10/chadd-gets-big/; Portales y blogs en la red y artículos divulgativos en prensa local y publicidad en revistas profesionales, y cuando es posible publicidad directa al consumidor en TV y prensa http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1116659/ ; Lobbying de políticos, Litigios por fraude de marketing, tarugueos y estafas y  por daños debidos a reacciones adversas y pagos colosales, si posible al margen del juzgado para evitar vistas y así exámenes de documentos comprometedores,  http://www.nytimes.com/2010/10/03/business/03psych.html?pagewanted=all&_r=0, Silencio de colegios y asociaciones profesionales, etc.

Pero como común denominador de todo esto tenemos el fomento de la compulsión alopática, y el uso del cientifismo para ver no solo los trastornos mentales y las discapacidades intelectuales si no los problemas de la vida y la diversidad del desarrollo en niños,  como enfermedades cuyo origen está en alteraciones bioquímicas definibles, permanentes, y remediables con psicofármacos, como Joanna Moncrieff ha expuesto lucidamente en The Myth of the Chemical Cure. Los protagonistas del desarrollo y mantenimiento de esta ideología no son solo los psiquiatras, y las farmacéuticas sino todo tipo de profesionales relacionados con sanidad, familiares con dinámicas difíciles de abordar, psicólogos en servicios sociales y docencia, maestros claro, medios de comunicación, y políticos con menos afición a enterarse de los problemas que a ganarse algún puñado de votos o algún favor etc.

Hay que sospechar que los principales laboratorios involucrados en esas prácticas serían los cuatro grandes productores de fármacos relacionados con el TDAH, el “Cartel de Ritalín”:

Janssen,  englobada dentro de la estructura corporativa de Johnson and Johnson y con varias ramas para objetivos de producción o distribución.

Produce el Concerta, metilfenidato de liberación lenta mucho más caro, aunque ahora está ya en fase genérica. Se basa en la idea de que el TDAH es como la diabetes, una deficiencia bioquímica que hay que tratar de manera permanente, rechazando su uso coyuntural o las descansos medicamentosos, lo que lleva con mucha más probabilidad a la tolerancia y la cronicidad y al uso compensatorio por las noches del Risperdal, un antipsicótico también de Janssen, para calmar al niño.

La risperidona es un neuroléptico o antipsicótico con efectos opuestos a los estimulantes y es usado en menores en los trastornos de tipo bipolar, a los que nos hemos referido antes, como “co-morbidos” del ADHD. La idea de que los neurotrasmisores se pueden manipular al gusto del que receta como un sistema de manivelas + y -, incluido el uso de dos drogas con efectos opuestos al mismo tiempo y ya está, hace sospechar la existencia de un mengelismo comercial o  un delirio alopático. Peter Tyrer, un psiquiatra “biologista” convencional de mucha experiencia, profesor del Imperial College y editor del British Journal of Psychiatry, ha hablado de neuroleptofilia y de “una mecha lenta hacia el desastre”, en relación al uso extensivo de antipsicóticos. El uso del risperdal y otros antipsicóticos está creciendo en menores en acogida, en los que el “trastorno bipolar” está substituyendo al “trastorno de conducta”, y en la discapacidad intelectual y el autismo de Kanner, sin evidencia alguna de que sean beneficiosos para los pacientes más bien al contrario.

Janssen es posiblemente la farmacéutica con mayores multas por fraudes de varios tipos, http://www.nytimes.com/2012/04/12/business/drug-giant-is-fined-1-2-billion-in-arkansas.html?_r=0  y ligada al caso Biederman denunciado desde el Senado y desde el New York Times http://www.nytimes.com/2009/03/20/us/20psych.html?_r=0.  Biederman compone probablemente junto con Faraone y el sueco Gillberg la triada más importante de KOLs  (LCOs, lideres clave de opinión) en la promoción mundial del TDAH http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/16946911 además de ser el principal promotor en USA del trastorno bipolar y el uso de antipsicóticos en niños.

Eli Lilly relacionada al parecer con el “caso Toronto” que involucraba a David Healey, profesor de psiquiatría en Cardiff y erudito de la historia de la psicofarmacología, http://www.theguardian.com/education/2002/may/21/internationaleducationnews.mentalhealth/print. Lilly fue así mismo protagonista del asunto de los “documentos Prozac” http://www.ahrp.org/infomail/05/01/27.php además de los “escándalos de Zyprexa” http://www.huffingtonpost.com/2009/06/12/eli-lillys-zyprexa-fraud_n_214907.html. Es la productora de atomoxetina, o Strattera, importante estratégicamente por su menor potencial para el abuso y menores problemas con la discontinuación. Podría tener efectos secundarios, incluidos agresividad e ideación suicida, similares a algún antidepresivo, y está por esto en la lista del “triángulo negro” en el Reino Unido, además de llevar en los USA un aviso black box por toxicidad hepática. Parece haber tenido litigios sobre la patente. Es menos efectiva a corto plazo que los estimulantes y no hay evidencia de su utilidad a largo plazo http://en.wikipedia.org/wiki/Atomoxetine.

Rubió , ligado a Novartis es decir Ciba Geigy es decir Ritalin/Rubifen ha sido acusada en California y New jersey de conspirar para crear un mercado para el Ritalin http://www.uow.edu.au/~bmartin/dissent/documents/health/pharmfraud.html#Novartis Rubió promueve un método diagnóstico genético del que no he sido capaz de encontrar en internet ninguna referencia en revista profesional o científica que lo valide  http://www.neurofarmagen.es/ . Crucial en la operación española, tiene actividades de formación y un portal http://www.farmanews.com/notas_de_prensa/N1121.html.

Shire una empresa localizada en la isla de Jersey por razones fiscales y con cuartel general en Irlanda, clave en el tema del TDAH, con importantes actividades en  educación, propaganda, portal en internet, lobbying del Parlamento Europeo, creación de LCOs  http://www.shire.com/shireplc/en/resp/patients/education/adhd_awareness y otras actividades. Produce el adderall, una anfetamina muy recetada en USA , por la que ha tenido litigios por sobreprecio y la guanfacina, un compuesto que se ha intentado usar en varios tipos de trastornos, incluidos el TDAH y el autismo, por ahora sin éxito, y por el que tiene litigios sobre la patente.

En España la ausencia de formación estructurada y ecléctica en psiquiatría infantojuvenil pone a los psiquiatras en una dependencia mayor con respecto a modelos de trastornos psiquiátricos como alteraciones definidas y duraderas en la química cerebral. Incluso sin “malas prácticas” definidas, el modelo cientifista hace sentir a los médicos, no solo psiquiatras sino pediatras y otros especialistas, más seguros y competentes. Y da a psicólogos y educadores una salida para sus propios fallos y carencias. Para los padres, mantiene la ilusión de que algo se está solucionando. No especularemos lo que esto podría significar para los políticos en un país como el nuestro.

Esto junto con la escasez de crítica a nivel judicial, político y prensa hace que las farmacéuticas lo tengan más fácil pues hay poca resistencia a la adopción de ese modelo del TDAH, pero por otra parte no pueden enraizarse articulando sus actividades en organizaciones profesionales poderosas como la American Psychiatric Association, políticas como el National Institute of Mental Health o universidades de prestigio como Harvard. En todo caso si indagamos en la lista de expertos de las guías para el diagnóstico de TDAH, los lazos que pueda tener la asociación sobre el TDAH o los cursos, seminarios y portales sobre el tema, no debería ser difícil encontrar directa o indirectamente los nombres de farmacéuticas especialmente las cuatro mencionadas arriba..


Un debate amplio, abierto y sostenido, basado en hechos y argumentos es urgente.


Mariano Almudevar.
Huesca 27 de Agosto 2013

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Protocolo de Actuación ante Sesiones "Científicas" patrocinadas por la Industria Farmacéutica


Preocupados como estamos siempre por la formación de nuestros (amables, pero sin duda sacrificados) lectores, hemos decidido hoy, sin que sirva de precedente, no caer en una de nuestras habituales entradas interminables, con esos farragosos párrafos que empiezan a enlazar una oración subordinada con otra hasta que, en más ocasiones de las que nos gusta reconocer, ya no hay forma de seguir el hilo de lo que se está argumentando... Nada de eso por hoy, sino una entrada eminentemente práctica y útil. Dejaremos de lado las reflexiones circulares y los dilemas éticos inacabables, para intentar proporcionar una herramienta eficaz a los profesionales sanitarios en el desempeño de una de sus actividades habituales: la asistencia a sesiones científicas patrocinadas por nuestra querida y siempre desinteresada industria farmacéutica, que tantos esfuerzos hace de forma altruista por nuestra formación como profesionales sanitarios.

Como sabrán, es frecuente en los dispositivos sanitarios o fuera de ellos la celebración de actividades formativas, bajo el título de sesiones científicas, clínicas o bibliográficas, o bien actualizaciones en diversos campos, o apelativos similares... Y como también sabrán (y si no, ya estamos nosotros para decírselo) algunas de dichas sesiones -no todas ni la mayoría, pero sí algunas-, están patrocinadas por empresas farmacéuticas. Aunque es ampliamente sabido el noble afán de colaborar al conocimento médico sin el menor interés propio que la industria farmacéutica despliega en sus relaciones con los médicos y otros sanitarios, hay quien dice que dicha formación patrocinada está inherentemente expuesta a sesgo y no es fiable. Qué cosas.

El caso es que nosotros, dentro del radicalismo talibán extremista que nos caracteriza, habíamos decidido hace ya tiempo no asistir a dichos eventos porque creíamos que la información suministrada en ellos no sería de confianza y porque no nos suelen gustar los anuncios, ni dentro de las películas ni fuera de ellas. Y eso a pesar de las buenas viandas que muchas veces acompañan a tales eventos y que tampoco nos gusta aceptar, por la tontería ésa de no querer discutirle a un juez un día si aceptar obsequios del tipo que sean, de una empresa interesada en que prescribamos determinado fármaco y no otro, siendo como somos empleados públicos, es o deja de ser cohecho o soborno o vaya usted a saber qué...

Pero de nuevo nos dispersamos. El caso es que estamos empezando a pensar que igual a alguno de nuestros lectores si les gustaría asistir a dichos eventos y se ven un poco perdidos en los mismos. Por ello, querríamos hacer unas sugerencias para el correcto aprovechamiento de dicha actividad, sin duda formativa.

Lo primero de todo, siéntese usted en un sitio desde el que vea bien las diapositivas, armado de papel y boli (tráigase el suyo, por distintas razones de las que ya hemos hablado, no se recomienda usar el de la empresa patrocinadora del sarao acto científico). Escuche en silencio y apunte lo necesario para luego poder hacer las preguntas convenientes, con las que obtener el máximo aprovechamiento  de la charla desde el punto de vista científico. Una vez acabada la exposición, se inicia el turno de preguntas, levante entonces la mano sin miedo y plantee sus dudas. Por si le sirve, he aquí nuestro Protocolo de actuación al respecto (redactado con la inestimable ayuda de la información contenida en Mala farma, de Ben Goldacre):


  • En la literatura científica está ampliamente consolidada la idea de que es básica la revelación de los posibles conflictos de interés de los investigadores con, por ejemplo, las empresas farmacéuticas. Si el ponente no los ha revelado explícitamente, sería útil preguntarle por la existencia de dichos conflictos de interés y, concretamente, ya que la sesión actual está siendo patrocinada, posiblemente sería información relevante saber cuánto se ha cobrado por la misma, en metálico o en otros conceptos (viajes, alojamiento, etc.). Por supuesto, dar una sesión científica sobre un fármaco o sobre un tema relacionado con un fármaco cobrando de la empresa que comercializa el fármaco no implica que nada de lo que uno diga sea falso, pero no deja de ser información útil para la audiencia para saber desde dónde habla cada uno. No hace falta recordar que quien paga al gaitero elige la melodía o que es difícil para cualquiera darse cuenta de algo cuando sus ingresos dependen de que no se dé cuenta.

  • Si la sesión ha incluido, como sería lógico, la exposición de distintos ensayos clínicos o revisiones sistemáticas, sería bueno preguntar qué grado de conocimiento se tiene de la posible existencia de estudios con resultados negativos ocultados por la farmacéutica en cuestión que estén impidiendo que llegue a los profesionales o a los pacientes toda la evidencia disponible. Más que nada, para evitar casos como el sesgo de publicación en antidepresivos en general o el lamentable ejemplo de la reboxetina en particular.

  • Hay que estar atento para diferenciar, a lo largo de la charla, la exposición de hechos hallados a nivel experimental con interpretaciones de tales hechos en términos de causalidad. Para evitar que todos nos liemos. Por ejemplo, hay estudios que encuentran que los pacientes diagnosticados de esquizofrenia resistente, con más recaídas, presentan un mayor nivel de atrofia cerebral. Eso parece ser un hecho. Decir que eso significa que ese tipo de esquizofrenia provoca atrofia cerebral y que, por ello, el pronóstico es peor y la respuesta al tratamiento más pobre, es una interpretación de dicho hecho. Porque habría explicaciones alternativas como, por ejemplo, que los pacientes con más síntomas y menor respuesta al tratamiento antipsicótico, son más medicados, con más dosis y más fármacos, y como ya se ha demostrado en algún estudio, los fármacos antipsicóticos correlacionan con atrofia cerebral. Por lo que se podría hipotetizar que el mayor grado de atrofia es consecuencia de la mayor cantidad de tratamiento neuroléptico. Diferenciar hipótesis de hechos es, aunque difícil, básico para el avance de la ciencia. O corremos el riesgo de dar por previamente demostrado lo que estamos buscando (como la causa biológica de la esquizofrenia, por ejemplo). En resumen, colabore con sus preguntas a diferenciar estos aspectos en la sesión a que ha acudido. Sin duda, el ponente se lo agradecerá.

  • Si la charla versa sobre un nuevo fármaco, sin duda fabuloso, y presenta estudios comparativos con placebo, no deje de preguntar por qué no hay estudios comparativos con otros fármacos de eficacia ya demostrada (y, evidentemente, más conocidos). Puede que le digan que los organismos reguladores, como la FDA americana o la EMA europea, sólo piden estudios comparativos frente a placebo, lo cual es cierto. Pero, puede añadir usted, lo que pidan las agencias es una cosa, pero como médico uno necesita saber qué tratamiento es mejor. Y no se deje engañar, un estudio de no inferioridad frente a otro fármaco no es lo mismo que un estudio de superioridad. Casi salía en Barrio Sésamo.

  • Es importante comprobar que los ensayos clínicos que se presentan estén bien llevados a cabo. Por ejemplo, que la duración no haya sido demasiado breve, como para que no aparezcan efectos secundarios a largo plazo, o bien demasiado larga, como para enmascarar efectos secundarios a corto plazo. O que los resultados obtenidos sean realmente relevantes en términos de salud y no sólo de variables intermedias, es decir, comprobar por ejemplo que un fármaco para el colesterol realmente disminuye la mortalidad por infarto de miocardio y no sólo el nivel de colesterol en una analítica, o demostrar que el hecho de que un antipsicótico nuevo y carísimo tenga niveles plasmáticos más estables que uno viejo y baratísimo suponga alguna ventaja clínica para el paciente (lo cual, hasta donde sabemos, no se ha demostrado en ningún estudio serio). Muchas de estas cuestiones pueden ser desconocidas para el ponente pero, aún así, no se corte en preguntar. La ciencia avanza en base a las preguntas más que a las respuestas y el debate siempre es enriquecedor (con o sin catering).

  • Otro aspecto a tener en cuenta en los estudios presentados, es si la población reclutada supone un tamaño muestral suficiente ya que, por ejemplo, está calculado que para detectar efectos secundarios que afecten a 1 de cada n pacientes, se requieren muestras de 3n pacientes. Es decir, si el fármaco en cuestión provoca un efecto secundario potencialmente mortal en 1 de cada 1.000 sujetos, se precisaría una muestra de 3.000 para detectarlo. Pero si el fármaco sólo se ha probado en 1.500 personas, saldrá al mercado sin que sepamos de la existencia de dicho riesgo. Y el problema es que si lo toman, por ejemplo, un millón de personas, el efecto potencialmente mortal aparecerá en 1.000 personas. Si el ponente, tal vez visiblemente nervioso, le acuse de catastrofismo, menciónele los nombres del vioxx o del avandia, fármacos retirados del mercado por su relación con graves efectos secundarios. Evidentemente, esto no significa que no se deba usar ningún fármaco nuevo, pero sí que habría que hacerlo con una buena razón, como por ejemplo, claramente mayor eficacia frente a los ya conocidos o claramente mejor tolerancia frente a los ya conocidos. Pero si no hay estudios serios que indiquen eso, no parece muy claro por qué lanzarse a recetar el nuevo...

  • Procure pedir al ponente que sustente sus afirmaciones. Esto es difícil, porque normalmente el que se supone que ha preparado el tema es él (aunque a veces dicha preparación se limita a leerse un poco el material que el laboratorio patrocinador le suministra ya completo) y usted va a aprender, pero si uno está más o menos actualizado, pueden ocurrir cosas curiosas. Como una charla en la que, se cuenta por ahí, el ponente patrocinado comentó que el famoso estudio de Andreasen que relacionó tratamiento antipsicótico con atrofia cerebral se comentaba de forma "tergiversada" y que "en realidad, la atrofia sólo aparecía con antipsicóticos típicos". Si usted conoce el trabajo y lo ha leído aunque sea ligeramente por encima, sabrá que dicha atrofia cerebral se encontró tanto en el grupo de típicos como en los otros dos grupos (uno de atípicos excepto clozapina y otro de solo clozapina). Así, podría ayudar al ponente a salir de su confusión al respecto. Y a que no propague dicha confusión por ahí.

  • Sería muy útil saber también otras cuestiones, como por ejemplo, si los resultados presentados en el ensayo clínico eran los que originalmente se plantearon como resultados principales o, si ahí no salió el resultado apetecido para los intereses del patrocinador, no han cambiado luego a algún resultado secundario de los mútiples estudiados. O si nos muestran el resultado en algún subgrupo donde se ha alcanzado significación estadística a fuerza de buscar subgrupos, que ya luego los visitadores nos dirán que vale para todo el mundo... O sería ya el colmo saber si los autores del artículo que recoge el ensayo realmente lo han llevado a cabo o han tenido "escritores fantasma" a sueldo directo de la industria y simplemente ponen su nombre y su (supuesto) prestigio. Pero los fantasmas son escurridizos y se manifiestan poco. Aunque como un día les dé por aparecer... vaya susto le espera a alguno.

  • Tras dichas preguntas y cuestiones, el Protocolo aconseja abandonar la sala lo antes posible y, desde luego, no probar ninguno de los ricos platos de catering que suministra el patrocinador (y no hace falta decir que está totalmente contraindicado asistir a la comida o cena posterior). El consejo no es en sí sólo ético, sino también práctico: si efectivamente ha preguntado todo esto, nada de probar bocado, al menos no sin un catador independiente.


Tras la exposición de este sencillo, pero tal vez útil, protocolo, puede que usted tenga la intención de ponerlo en práctica en otros contextos, como por ejemplo en su próxima interacción con un visitador comercial (si es que todavía tiene usted tales interacciones). Lo desaconsejamos rotundamente. No pierda de vista que tal visitador es un representante comercial, es decir, un hombre o mujer que le va a ver para conseguir que usted compre (o, más bien, nos haga comprar a todos para que lo tomen algunos) su producto. La supuesta cientificidad o no de la bibliografía tan chula que le pone delante sólo es una excusa, un McGuffin para que avance la trama, pero no tiene importancia en sí misma, en el contexto de dicha interacción. Nada hay más ridículo, en nuestra opinión, que un licenciado en medicina, especialista en alguna que otra cosa, tal vez doctor y con algún que otro máster, pretendiendo discutir o comentar la relevancia médica de tal o cual estudio con un licenciado en económicas, historia o turismo... Aunque hay quien se cree que así se es muy independiente para luego, de buen rollo, largarse al congresito pagado por el visitador...


En fin, sólo dos recomendaciones finales:

  • Si usted va a asistir como público a alguna charla patrocinada próximamente, esperamos que nuestro humilde Protocolo puede darle alguna que otra idea para sus preguntas.

  • Si usted va a ser ponente de una charla patrocinada por la industria, a cambio de alguna que otra recompensa, no deje tampoco de echarle un vistazo al Protocolo el día antes, no sea que le caiga alguna pregunta difícil...





lunes, 8 de julio de 2013

Mala farma, de Ben Goldacre (o de cómo ha llegado a ser evidente que el emperador está desnudo)


Acabamos de terminar la lectura de Mala farma, la traducción al castellano del libro Bad Pharma, de Ben Goldacre. El autor, por si no lo conocen, es psiquiatra, periodista científico y ejerce la medicina para el NHS, el servicio nacional de sanidad británico. Es autor de la columna semanal "Bad Science" en el periódico The Guardian y ha sido galardonado con el premio al Mejor Artículo del Año otorgado por la Association of British Science Writers en 2003 y 2005, el premio de la primera edición del Statistical Excellence in Journalism Award de la Royal Statistical Society y el premio al mejor freelance del año en los Medical Journalist Awards de 2006 (no vaya alguien a pensar que es un intransigente talibán agachado en alguna cueva y rodeado de textos de Freud, restos de crack y un par de viejos kalashnikov).

El libro nos ha dejado profundamente impresionados y, desde luego, recomendamos encarecidamente su lectura. Nos atreveríamos a decir que es poco menos que imprescindible para cualquier profesional sanitario que quiera hacer su trabajo con conocimiento de causa del estado de cosas existente. No es un texto que defienda ninguna teoría de la conspiración, y basa todas sus -terribles- afirmaciones en abundante bibliografía y datos contrastados. No es un texto que haga apología de supuestas medicinas alternativas, más o menos orientales y/o naturales y sin base científica alguna, pues, por el contrario, reivinda la necesidad de una firme base científica para conocer los fármacos que usamos, base que nos es sistemáticamente escamoteada con, por ejemplo, la ocultación por parte de la industria farmacéutica, que es quien lleva a cabo la mayor parte de la investigación médica hoy en día, de los ensayos clínicos con datos desfavorables. O bien esa misma industria farmacéutica manipula la redacción de los artículos científicos para exagerar los supuestos beneficios de sus productos, a sabiendas que los médicos normalmente no tienen tiempo más que a echar un vistazo superficial del trabajo, dada la ingente cantidad de bibliografía que se publica cada día, y que nos vamos a quedar con unas conclusiones chulas para el fármaco en cuestión, por más que el análisis estadístico correcto no fuera ni mucho menos tan optimista.

El libro está plagado de ejemplos de actividades que son para echarse a temblar. Y lo decimos nosotros, que hemos criticado hasta la saciedad ciertos malos usos de la industria farmacéutica y los profesionales que actúan en mayor o menor connivencia con ella, como pueden ver en este mismo blog. De verdad que para echarse a temblar. Pero no porque sean ejemplos más o menos terroríficos, sino porque se pone de manifiesto claramente todo un trasfondo donde esta corrupción científica revela un funcionamiento sistémático y bien establecido, no siendo, como les gustaría que creyéramos a los que se benefician de ello, ni casos puntuales de personas individuales sin escrúpulos, ni ejemplos de prácticas antiguas que ya no se llevan a cabo.


Goldacre cuenta con abundante bibliografía diversos aspectos del problema:


  • La ocultación de datos por parte de las empresas farmacéuticas, cuando los resultados de las investigaciones que llevan a cabo (insistimos: la inmensa mayoría de las realizadas hoy en lo referente a fármacos) no van a ser útiles para la venta de sus productos.


  • La manipulación, más o menos grosera, de los estudios que sí se publican, para que sean lo más beneficiosos posibles para las ventas del producto en cuestión.


  • La falta de adecuada regulación y control por parte de las agencias públicas que deberían velar por el correcto funcionamiento de la industria. La FDA americana o la EMA europea aprueban los nuevos fármacos exclusivamente mediante ensayos comparativos con placebo, sin importar cómo sería la comparación con tratamientos ya existentes, normalmente más conocidos y baratos. O cómo estos organismos tampoco intervienen para obligar a las empresas a realizar adecuados estudios postcomercialización por los posibles problemas de seguridad de los fármacos nuevos. O cómo el personal de estos organismos públicos (como el de otros) acaba trabajando sin pudor para las empresas a las que hasta hace dos días supuestamente controlaba...



Goldacre dedica, por supuesto, unas cuantas páginas a las intervenciones de marketing de la industria con los médicos, en lo referente a visitadores comerciales y los obsequios, comidas, viajes, congresos en lujosos hoteles, etc. Saben de sobra nuestra propia opinión sobre ello: no aceptamos ningún tipo de obsequio proveniente de la industra y nuestra formación continuada nos la pagamos nosotros o nos la buscamos de forma independiente de la industria. Más ético y también más eficaz, creemos nosotros. Goldacre defiende la misma posición y plantea que sería necesario (y, posiblemente, muy gracioso) que en cada consulta médica hubiera un cartel con la siguiente información: empresas que han heho pagos en obsequios, dinero o formación al médico, importe exacto y desglosado de dichos pagos y medicamentos que dichas empresas venden. Para que los pacientes pudieran estar informados. Nosotros, como no aceptamos nada en los últimos tres años (y para siempre) tendríamos el cartel en blanco. Y los compañeros que aceptan pagos para congresos, por charlas, o en especie como libros (u otras cosas), como tranquilamente afirman que eso no influye en su prescripción, suponemos que no tendrían problema en escribir dichos carteles y explicar a sus pacientes que, evidentemente, todo ello no influye en que vayan a prescribirles un medicamento u otro.

El libro contiene además, en cada capítulo, posibles soluciones a cada problema descrito, desde el punto de vista de pacientes, asociaciones, médicos, administración y de la propia industria. No es sólo una descripción de la basura, sino una herramienta para empezar a limpiarla.

Hay múltiples referencias a estudios y artículos que demuestran las afirmaciones que hace el autor, algunas de las cuales hemos querido resumir aquí, pero no hemos querido hoy recoger ninguna de tales referencias (tal vez lo hagamos en entradas futuras) porque de verdad que creemos que merece la pena leer el libro completo y encontrar en él dichas referencias, con todas las reflexiones que las acompañan.

Cuando lo compramos, leímos primero la introducción, que nos fascinó pero a la vez nos hizo dudar de que el autor fuera realmetne capaz de cumplir en la obra con todas las metas que se marcaba en dicha introducción, tan ambiciosa. Podemos decir ahora que cumple con creces lo prometido y que no decepciona en ningún momento. Aunque de verdad que acojona.

Recogemos a continuación esa introducción de Ben Goldacre, prácticamente completa, sin otro interés que estimularles a leer el libro completo. No se arrepentirán (o tal vez sí):



MALA FARMA

Introducción:


La medicina está en quiebra,  y creo sinceramente que si los pacientes y el público en general llegaran a comprender plenamente el perjuicio que se les causa -consentido por médicos, académicos y entidades reguladoras- se indignarían. Que el lector juzgue por sí mismo.


Nos complacemos en la creencia de que el fundamento de la medicina está en la evidencia y los resultados de pruebas imparciales, cuando, en realidad, esas pruebas están muchas veces plagadas de errores. Nos satisface suponer que los médicos están al corriente de publicaciones con información sobre investigación médica, cuando, en realidad, gran parte de esa investigación se la ocultan las empresas farmacéuticas. Nos complace suponer que los médicos cuentan con una buena formación, cuando, en realidad, gran parte de su formación la subvenciona la industria. Nos gusta creer que las entidades reguladoras únicamente autorizan la salida al mercado de fármacos eficaces, cuando, en realidad, aprueban fármacos inútiles y ocultan a médicos y pacientes datos sobre sus efectos secundarios, sin darle ninguna importancia.


Voy a explicarles cómo funciona la medicina en un párrafo que parecerá tan absurdo y tan ridículamente atroz, que pensarán al leerlo que es muy posible que exagere, pero en este libro analizaremos cómo el edificio de la medicina en su conjunto está dañado, desde la base, porque la evidencia al uso para adoptar decisiones está sistemática e irremediablemente distorsionada; y eso es grave. La medicina, los médicos y los pacientes se guían por datos abstractos para adoptar decisiones en el mundo real de la carne y la sangre, y si esas decisiones son erróneas, pueden causar muerte, sufrimiento y dolor.


No se trata de una historia de terror de dibujos animados ni nada parecido a las teorías de la conspiración. Las empresas farmacéuticas no ocultan el secreto de la cura del cáncer ni nos matan con sus vacunas. Esa clase de historias contiene, si acaso, una verdad poética: todos sabemos de forma intuitiva, por cosas que oímos, que algo va mal en la medicina, pero muchos de nosotros -médicos incluidos- ignoramos exactamente el qué.


El escrutinio público de estos problemas ha quedado vedado por la complejidad de resumirlos en un párrafo o siquiera en 3.000 palabras. Éste es el motivo de la inacción de los políticos, cuando menos en parte, pero también la razón de que tengan en sus manos un libro de casi cuatrocientas páginas. Las personas en las que ustedes han podido confiar para solucionar tales problemas les han defraudado, y como precisarán entender debidamente un problema para después poder solucionarlo ustedes mismos, este libro encierra cuanto necesitan saber.


Fuera de toda sospecha, este libro defiende meticulosa y concienzudamente cuanto se afirma en el siguiente párrafo.


Los test de los fármacos los llevan a cabo quienes los fabrican, utilizando ensayos mal diseñados sobre un reducido número de participantes inadecuados y poco representativos, y analizándolos por medio de técnicas métodológicamente erróneas, hasta el punto de que llegan a exagerarse los beneficios del tratamiento. No es de extrañar que la tendencia de esos ensayos sea la de arrojar resultados que favorecen al fabricante. Cuando los ensayos dan resultados que no gustan a las farmacéuticas, estas pueden perfectamente ocultarlo a médicos y pacientes, de manera que sólo les llega una imagen distorsionada sobre los efectos reales del fármaco. Los reguladores ven casi todos los datos de estos ensayos o pruebas, pero sólo al principio de "la vida" del fármaco, y a partir de esa fase no revelan los datos a médicos y pacientes, ni siquiera a otras entidades oficiales. A partir de ahí, esa evidencia distorsionada se comunica y se aplica de manera también distorsionada. En cuarenta años de práctica, después de salir de la facultad, un médico oye hablar de los fármacos que funcionan a través de tradiciones ad hoc, por boca de los visitadores farmacéuticos, de otros facultativos o por las revistas. Pero tales colegas profesionales quizás estén a sueldo de las farmacéuticas -en secreto, muchas veces-, igual que sucede con las revistas y con los grupos de pacientes. Finalmente, las revistas académicas, que todo el mundo cree objetivas, están en no pocas ocasiones planificadas y redactadas por quienes trabajan directa y solapadamente para las farmacéuticas. Hay publicaciones puramente académicas que son propiedad de una empresa farmacéutica. Y, al margen de todo lo dicho, en el caso de algunas de las principales y más reticentes afecciones para la medicina, no sabemos cuál es el mejor tratamiento porque no queda dentro del marco de intereses comerciales de ninguna empresa. Estos son algunos de los problemas pendientes, y, aunque se ha afirmado que muchos están solucionados, la mayor parte sigue sin resolverse; así que persisten y, lo que es peor, hay quien asegura que no pasa nada.


Hay material de sobra. Se manejan muchos datos más atroces de lo que el anterior párrafo da a entender. Hay historias particulares que les obligarán a cuestionarse seriamente la integridad de los individuos implicados; otras que les irritarán, y otras -supongo- que les entristecerán profundamente. Pero confío en que al final comprendan que no se trata de un libro sobre la perversidad de las personas; de hecho, es posible que buenas personas, en sistemas de organización aberrantes, perpetren actos sumamente dañinos a desconocidos, a veces sin apenas percatarse. La normativa actual -para empresas, médicos e investigadores- encierra incentivos perversos, y nos iría mucho mejor arreglando esos sistemas degradados y dañinos que intentando desterrar la avaricia del mundo.


Habrá quien diga que este libro es un ataque a la industria farmacéutica; desde luego que lo es. Pero no es sólo eso; no únicamente. Sospecho que la mayoría de quienes trabajan en esa industria tiene básicamente buen corazón, y no ignoro que no existiría medicina sin medicamentos. Las empresas farmacéuticas de todo el mundo han logrado en los últimos cincuenta años innovaciones extraordinarias que han salvado vidas de una manera espectacular, pero eso no les da carta blanca para ocultar datos, engañar a los médicos y perjudicar a los pacientes.


Hoy en día cuando un académico o un médico afirma que trabaja en la industria farmacéutica, lo hace muchas veces con cierto gesto de reparo. Mi deseo es trabajar en pro de un mundo en el que médicos y académicos pueden sentirse activamente optimistas respecto al hecho de colaborar con la industria para mejorar tratamientos y beneficiar a los pacientes. Este propósito exigirá grandes cambios, y algunos de ellos ya se están haciendo esperar demasiado.


Para ello, dado que las historias que expongo son tan preocupantes, he intentado ir más allá de la simple documentación de problemas y, por eso, cuando hay soluciones obvias, las expongo claramente. Aún así, también he incluido al final de cada capítulo sugerencias sobre qué puede hacer el lector para mejorar las cosas. Son sugerencias hechas a medida de su condición, ya se trate de un médico, un paciente, un político, un investigador, un regulador o una empresa farmacéutica.


Pero, sobre todo, no quiero que el lector pierda de vista una cosa: se trata de un libro sobre ciencia al alcance del público en general. Los trucos y las tergiversaciones referidos en sus páginas son casi una maravilla, por intrincados y fascinantes en sus detalles, pero a la auténtica magnitud de este criminal desastre solo se llega desentrañando los pormenores. La buena ciencia ha sido pervertida a escala industrial; ha sido un proceso lento, producto de una evolución natural a lo largo del tiempo. Y lo han perpetrado personas normales y corrientes, aunque muchas de ellas no sepan siquiera lo que han hecho. 


Quiero que las descubran y se lo digan.



Qué van a leer:


El libro sigue un sencillo itinerario.


Comienza defendiendo la argumentación principal: hay mayor probabilidad de que las pruebas clínicas financiadas por la industria den resultados favorables al fármaco del promotor del ensayo, circunstancia demostrada ya sin lugar a dudas en las investigaciones actuales. En el capítulo en que se aborda este tema nos las veremos por primera vez con el concepto de "revisión sistemática". Una revisión sistemática es un escrutinio imparcial de la evidencia en una cuestión concreta. Y es la evidencia de mayor calidad posible; y, siempre que las hay, se recurre a esas revisiones sistemáticas a lo largo del texto como prueba, complementándolas con estudios particulares únicamente para que el lector se haga una idea de cómo se ha realizado la investigación o cómo se ha perpetrado el daño.


Analizaremos a continuación cómo se las compone la industria farmacéutica para crear todas esas pruebas clínicas favorables a sus medicamentos. Nos detendremos en primer lugar en las revisiones de la evidencia demostrativa de que los datos sobre ensayos clínicos desfavorables se ocultan sin más a médicos y pacientes. Las empresas de este ramo de la industria tienen derecho a efectuar hasta siete estudios clínicos, pero la pauta habitual es que publiquen únicamente los que arrojan datos favorables. Pero esto, además, sucede en todos los ámbitos de la ciencia y de la medicina: en la investigación básica de laboratorio, en la que las publicaciones selectivas plagan la bibliografía especializada de falsos positivos, haciendo perder el tiempo a todo el mundo; en las pruebas clínicas previas en las que se oculta la evidencia de que el fármaco puede ser peligroso, y en los ensayos de mayor amplitud utilizados como informe para la práctica clínica actualizada. Dado que a médicos y pacientes se les ocultan numerosos datos de ensayos clínicos, no podemos hacernos una idea exacta de los auténticos efectos de los tratamientos que aplicamos diariamente en medicina. En el capítulo que se aborda este aspecto, los casos expuestos abarcan desde antidepresivos y estatinas, hasta fármacos para el cáncer y pastillas para adelgazar, pasando por el Tamiflu, medicamento contra la gripe en el que los gobiernos de todo el mundo gastaron miles de millones de dólares ante el temor de una pandemia, pese a que la evidencia de que reduce los índices de neumonía y defunciones sigue, de momento, sin revelarse.


Damos después un paso atrás para ver de donde vienen los fármacos, y describimos el proceso de su desarrollo a partir del momento en el que alguien sueña con una nueva molécula, hasta las pruebas de laboratorio en modelos animales, primeras pruebas en seres humanos y primeros ensayos clínicos necesarios para demostrar que un medicamento da buenos resultados en los pacientes. Sospecho que aquí se llevarán alguna sorpresa. Las primeras pruebas en "seres humanos" sujetos a riesgo se llevan a cabo en personas sin techo, pero, además, se "globalizan" muchos ensayos clínicos, una nueva modalidad que ha surgido repentinamente tan sólo en los dos últimos años. Esto plantea graves problemas éticos, dado que los participantes en estas pruebas en países en vías de desarrollo no suelen beneficiarse de esos costosos nuevos fármacos, y otros problemas no menos desdeñables en cuanto a la fiabilidad de los datos.


Posteriormente, examinaremos la normativa regulatoria y los pasos que deben seguirse para lanzar un fármaco al mercado, y veremos que el listón de restricciones es muy bajo: sólo se exige demostrar que el fármaco es mejor que nada, a pesar de que existan ya en el mercado tratamientos muy eficaces. Esto significa que a pacientes reales se les administra por las buenas un simulacro de pastilla, simple placebo, y que además se lanzan al mercado fármacos que son peores que tratamientos ya en uso. Veremos que las empresas farmacéuticas incumplen sus promesas sobre estudios de seguimiento y que las entidades reguladoras se lo consienten. También veremos cómo se ocultan los datos sobre los efectos secundarios y la eficacia a los reguladores, y cómo estos, a su vez, son obsesivamente secretistas y no revelan los datos de los que disponen a médicos y pacientes. Finalmente, expondremos los daños que causa tal secretismo: la capacidad de "muchos ojos" para detectar problemas en los medicamentos suele ser considerable, y algunas de las consecuencias más nocivas que se les pasa por alto a los reguladores sólo son detectadas por académicos tras ingentes esfuerzos para acceder a los datos.


Realizaremos asimismo un recorrido por los "malos ensayos clínicos". Es tentador creer que un simple ensayo clínico es sin excepción un test imparcial para un tratamiento; lo sería si estuviese adecuadamente realizado. Pero a lo largo de muchos años se han ideado infinidad de trucos que permiten a los investigadores exagerar los razonamientos sobre beneficios de los tratamientos sometidos a prueba. Llegados a este punto, pensarán que en algunos casos se trata de errores inocentes; francamente, yo lo dudo mucho y me interesa más ver lo elaborados que están. Pero más importante aún es que expondremos lo evidentes que resultan tales trucos y cómo a lo largo de la cadena, desde los comités deontologicos hasta las revistas académicas, personas que deberían tener más cuidado, han permitido que empresas e investigadores se implicaran en esas vergonzosas y descaradas tergiversaciones.


Tras una breve digresión para explicar cómo podrían abordarse algunos de los problemas sobre evidencia distorsionada y evidencia nula, nos fijaremos en la comercialización, que es el tema que ha centrado la mayoría de obras anteriores sobre las farmacéuticas.


En ese capítulo explicaremos que las empresas farmacéuticas gastan decenas de miles de millones de libras al año intentando cambiar las decisiones sobre tratamientos que adoptan los médicos; de hecho, gastan en comercialización y publicidad el doble que en investigación y desarrollo de un nuevo fármaco. Como lo que queremos todos es que que los médicos receten medicamentos basados en la evidencia, y la evidencia es universal, sólo una posible razón justifica ese enorme gasto: la de distorsionar una práctica cuya directriz ha de ser la evidencia. Todo ese dinero proviene directamente de los pacientes y de los gobiernos, por lo que nosotros mismos pagamos esa prerrogativa de la industria. Los médicos dedican cuarenta años a la práctica de la medicina con muy poca formación tras las prácticas iniciales, y en cuatro décadas los cambios en medicina son radicales, y mientras ellos procuran estar al día se ven sometidos a un auténtico bombardeo de información: publicidad no representativa de los beneficios y riesgos de nuevos medicamentos; aluvión de visitadores médicos de las farmacéuticas que espían en archivos confidenciales de prescripción a pacientes; colegas que reciben calladamente pagos de farmacéuticas; "material didáctico" subvencionado por la industria; artículos de revistas "académicas" independientes que discretamente redactan empleados de las farmacéuticas, e incluso cosas peores.


Para terminar, examinaremos qué puede hacerse. Aunque un médico honrado pueda no hacer caso al fraude de ese acoso comercial, los problemas causados por la evidencia tergiversada afectan a todo el mundo sin excepción. Los médicos más caros del mundo solo pueden adoptar decisiones sobre atención médica al paciente al socaire de la evidencia de dominio público de que dispongan, y ninguno posee un acceso secreto, por lo que si esa evidencia les llega tergiversada, estamos todos expuestos a sufrimiento, dolor y muerte evitables. Hay que recomponer el sistema, y mientras no lo hagamos, navegaremos sin remedio en el mismo barco.



Hasta aquí, nuestro amplio resumen de la introducción del propio Ben Goldacre a su libro Mala farma. No se lo pierdan, de verdad.