martes, 2 de junio de 2020

Salubrismo o barbarie (segunda edición)


Hace ya un tiempo, tuvimos la suerte y el honor de escribir (a medias con nuestra admirada Marta Carmona) un capítulo sobre Psiquiatría en el magnífico libro Salubrismo o barbarie. Ahora, gracias al trabajo de los editores Javier Padilla y Vicky López, llega la segunda edición de esta obra, disponible en pdf de forma gratuita. Creemos que es un gran trabajo y vamos a presentarlo con las palabras que encontramos en el blog del Colectivo Silesia, autores intelectuales de este espléndido trabajo, aún más necesario en los (pandémicos) tiempos que corren.


Siéntanse libres de difundirlo.



La crisis generada por el COVID-19 ha puesto de manifiesto la profunda desigualdad en la que vivimos. Que el COVID-19 entiende de clases sociales y de género es algo innegable. Hoy más que nunca creemos que es importante realizar un análisis de los factores que determinan la salud de las poblaciones desde una dimensión colectiva y emancipadora que muestre las interacciones entre la salud y los ejes de desigualdad y las condiciones de vida. Por eso, #AbrimosSOB en la web de Colectivo Silesia. Para la segunda edición en papel, te pedimos un poquito más de paciencia.


  1. Introducción.
  2. Género y salud en un mundo cambiante. Vicky López Ruiz.
  3. Ética de la salud pública o la película de la ética y la salud pública como nunca te la habían contado: a propósito de Dallas Buyers Club. Maite Ruiz Piqueras, Joaquín Hortal Carmona.
  4. Ideología y salud pública: la influencia determinante de las miradas. Javier Padilla Bernáldez.
  5. Movimientos sociales y salud. Elena Ruiz Peralta.
  6. Lo público y lo privado en sanidad. Sergio Minué.
  7. Justicia y salud pública: entre gestionar lo escaso y conquistar lo (im)posible. Javier Padilla Bernáldez.
  8. Clases sociales en salud: el motor de la desigualdad. Javier Segura del Pozo.
  9. Inmigración, minorías étnicas y salud. Patricia Escartín Lasierra, Luis Gimeno Feliú.
  10. Relaciones de poder y salud pública. Juan Manuel Jiménez Martín.
  11. Precariedad laboral y salud. Pablo Padilla Estrada, Javier Padilla Bernáldez.
  12. Urbanismo y salud. Usama Bilal.
  13. Procesos de desahucio: La vivienda y el activismo como determinantes sociales de la salud. Amets Suess Schwend.
  14. Cuidados y trabajos invisibles, como todo lo doméstico. Carmen López Román, Vicky López Ruiz.
  15. La psiquiatría como dispositivo en salud pública: peligros y oportunidades. Marta Carmona Osorio, José García-Valdecasas Campelo.
  16. Orientación de los Servicios Sanitarios hacia la Promoción de la Salud y la Salud Comunitaria. Marta Sastre Paz, Rafael Cofiño Fernández.
  17. Activos para la salud. A vueltas con el poder, la dependencia y la salud comunitaria. Mariano Hernán García, Blanca Botello Díaz.
  18. Epílogo: ¿Dónde vamos? Alberto Fernández Ajuria.

Libro completo.




viernes, 1 de mayo de 2020

¿Enviar a los terapeutas? (The Lancet Psychiatry, editorial)


Seguimos dando vueltas (¿cómo no?) a todas las implicaciones de la pandemia de COVID-19 y sus repercusiones, que serán muy amplias en muchos ámbitos y que dejarán tras de sí un mundo diferente, en el cual de nosotros dependerá que sea mejor o peor que el actual.

Hoy queríamos recoger un artículo reciente que reflexiona sobre la necesidad de tratar psiquiátrica o psicológicamente a muchas personas que, según se nos repite insistentemente desde distintos foros, quedarán -quedaremos- traumatizadas por el coronavirus, el riesgo de contagio, los duelos, la crisis económica, el confinamiento o variantes más o menos combinadas de estos factores. Parece asentarse un cierto mantra que incluye ideas como: "todos vamos a salir afectados", "los sanitarios no se recuperarán de esto", "los niños quedarán traumatizados de por vida por el confinamiento", "los duelos sin despedida serán incurables", "no va a haber suficientes psiquiatras / psicólogos / psicoterapeutas para todos cuando esto acabe"...

Con las mejores intenciones (¿cómo no?) se ponen en marcha iniciativas desinteresadas desde administraciones públicas, servicios hospitalarios o asociaciones profesionales encaminadas a atender a personas afectadas por la situación, ya sean dirigidas a profesionales, a familiares de fallecidos, o a población general... Un poco, nos parece, el papel de los psicólogos de catástrofes que son llevados a toda prisa a los aeropuertos cuando se accidenta un avión, nunca hemos sabido muy bien a hacer exactamente qué (y con resultados de eficacia bastante lamentables, como pueden ver aquí).

El caso es que no estamos muy de acuerdo con este planteamiento. No nos parece que haya que asumir (y, tras dicha asunción, a la vez provocar como en cualquier profecía autocumplida) que habrá tanto trauma y tanto traumatizado. Nos parece que a lo largo de la Historia y por desgracia, muchas personas se han enfrentado a situaciones incluso peores que la actual y el resultado no implicó vidas rotas y psiques fracturadas. Sin ir más lejos, nuestros abuelos y toda su generación vivió algo tan espantoso como una guerra civil de tres años tras la que vino una posguerra durísima y cuarenta años de dictadura, y no recordamos que estuvieran especialmente traumatizados por ello. Siguieron sus vidas, con sus malos recuerdos y sus buenos esfuerzos y, la inmensa mayoría, fueron saliendo adelante y viviendo sus vidas sin necesidad de pastillas, terapias ni mindfulness alguno.

Sin duda habrá personas que lo pasen mal y que no puedan por sí mismos recuperarse bien y a las que podremos ayudar. Sin duda habrá que esforzarse por no crearles a la vez nuevos problemas de dependencia en dicha atención, eso también. Y algunos pacientes psicóticos sufrirán la situación especialmente y necesitarán más de nuestro apoyo, lo que debería ser lo fundamental de nuestro trabajo, como siempre decimos. Pero lanzarse a atender duelos de familiares de fallecidos por coronavirus desde el día uno tras la muerte, nos parece una barbaridad. Está claro que debe ser terrible perder a alguien importante sin poder estar a su lado y despedirse de esa persona, pero un duelo lleva un tiempo. Y por duras que sean las circunstancias del mismo, un ser humano necesita tiempo para elaborar su duelo por sí mismo, junto a sus seres queridos y con sus propios recursos, sin insistir en plantear una sociedad de dependientes emocionales donde cada momento de dolor (a veces, de dolor terrible), necesita un terapeuta.


Toda idea, por seria que sea, puede entenderse mejor con una imagen de Batman y Superman (y por si aún no lo tienen claro, Batman siempre es el listo del dúo).





Pues eso.


Sin más, les dejamos el editorial de The Lancet Psychiatry, cuya opinión compartimos en gran parte:



¿Enviar a los terapeutas?


Las emergencias de salud pública, como la enfermedad por coronavirus 2019 (COVID-19) y los incendios forestales en Australia, resaltan las desigualdades en nuestras sociedades y las fallas de nuestras instituciones. Los pobres sufren la peor parte de cualquier nueva pandemia, terremoto o inundación, mientras que los líderes electos parecen imperturbables y siguen pidiendo políticas que probablemente generen más vulnerabilidades y sufrimiento a largo plazo. Pero las emergencias también tienen una forma de amplificar la dedicación de los médicos, científicos y profesionales de la salud pública. Una de las respuestas más notables a estos eventos recientes ha sido el énfasis que los grupos y los gobiernos han puesto en las consecuencias para la salud mental de estos desastres. Los ejemplos incluyen el gobierno australiano que destina 76 millones de dólares australianos de fondos específicamente para la salud mental y el bienestar, y las llamadas de investigadores y clínicos en China para mejorar los servicios de salud mental para aquellos afectados directa e indirectamente por COVID-19.

Incluso hace unas pocas décadas, los médicos no habrían hecho una llamada a un mayor enfoque en la salud mental durante una crisis de salud física, y que estas llamadas hubieran sido atendidas por los gobiernos y los funcionarios de salud pública habría sido aún más improbable. Este cambio de comportamiento coincide con la conciencia y la sensibilidad al trauma del campo psiquiátrico y del público en general, y sin duda ha sido influenciado por este, un concepto en salud mental que se ha extendido más allá del trastorno de estrés postraumático y los soldados para quienes el trastorno fue originalmente formulado. Esta evolución también refleja una tendencia alentadora en nuestro pensamiento sobre el bienestar: que la salud mental y física están entrelazadas y deben gestionarse en pie de igualdad.

Pero, en nuestro afán de ayudar durante emergencias de salud pública, debemos recordar algunos hechos difíciles. Aunque el interés del campo de la salud mental en el trauma se ha expandido enormemente en las últimas décadas, nuestra comprensión científica del trauma se ha quedado muy rezagada, incluida nuestra comprensión de su definición y etiología, y, lo que es más importante, de cómo intervenir efectivamente. La evidencia de alta calidad de la efectividad de las intervenciones psicológicas agudas para el trauma relacionado con el desastre es escasa. Aún más preocupante es el hecho de que los riesgos potenciales y las reacciones adversas en respuesta a la terapia inmediatamente después de un desastre no están bien estudiados.

Al implementar medidas para ayudar a aquellos que se enfrentan a desastres, debemos ser cautelosos al reducir el trauma a una simple cuestión de exposición y prevención de la respuesta, y en su lugar tener una visión más compleja del trauma que incorpora problemas de salud mental preexistentes y comórbidos. Por ejemplo, la evidencia epidemiológica que tenemos sobre el trauma relacionado con el desastre sugiere que la mayoría de las personas son altamente resistentes, con resultados negativos más duraderos en las personas como resultado de un trauma que refleja los problemas de salud mental y el estado socioeconómico existentes. Pero, incluso si se hacen esfuerzos para apuntar a las personas más vulnerables a los traumas relacionados con el desastre, nuestra falta de conocimiento sobre los resultados y procesos a largo plazo también plantea la cuestión de cuánto deberíamos esperar de las inyecciones de fondos y esfuerzos a corto plazo.

La cultura y el contexto también deben tenerse en cuenta al diseñar planes para brindar atención de salud mental en situaciones de desastre, pero rara vez se discuten en las llamadas a la acción durante las emergencias. Las comunidades más susceptibles al impacto duradero de un desastre también son aquellas que probablemente no tengan acceso a la atención de salud mental en su vida diaria. ¿Qué efectiva será una sola sesión de terapia cuando sea dispensada por un extraño? ¿Cómo responderán los miembros de estas comunidades cuando todos los especialistas vuelen de regreso a casa y se queden con las luchas cotidianas en materia de salud mental y física que existieron antes y que seguirán apareciendo mucho después de los titulares?

Esto no quiere decir que la comunidad de salud mental deba dejar de centrarse en la importancia del trauma o llamar a la acción a raíz de los desastres; los esfuerzos en ambos frentes deben ser aplaudidos y ampliados cuando sea apropiado. Sin embargo, los proveedores de atención médica y los gobiernos deben recordar que la historia de la psiquiatría está plagada de buenas intenciones que resultaron deficientes en la práctica, e intervenciones que parecían intuitivamente correctas pero que no funcionaron, o incluso exacerbaron problemas, en contacto con la realidad. El concepto de trauma también debe eliminarse de su silo e integrarse con las complejidades de otros trastornos de salud mental y factores sociales persistentes como la pobreza. En resumen, necesitamos planes de acción holísticos informados por evidencia y estrategias de implementación que vean más allá del corto plazo. Las emergencias no son solo crisis para ser contenidas, sino oportunidades para construir sistemas de salud sostenibles.




domingo, 5 de abril de 2020

Medicamentos y riesgo de neumonía en el escenario de pandemia (Joan-Ramon Laporte y David Healy)


En esta terrible situación sanitaria y social que estamos viviendo por el COVID-19, queremos recoger hoy una revisión sobre el empleo de fármacos que aumentan el riesgo de neumonía, una de las peores complicaciones de la enfermedad. Es un trabajo (con una amplísima bibliografía) llevado a cabo por Joan-Ramon Laporte y David Healy, dos autores de reconocido prestigio. Evidentemente, la prescripción y desprescripción de estos medicamentos debe hacerse -como siempre- valorando cuidadosamente riesgos y beneficios. No se trata en absoluto de suspender tratamientos de forma acelerada, sino de valorar bien la conveniencia de iniciarlos o mantenerlos. Sin duda, muchas personas requerirán el mantenimiento de estos fármacos para evitar problemas mayores, pero puede haber casos de pacientes que puedan prescindir de estas medicaciones (algunas sin duda prescritas de forma excesiva en nuestro contexto habitual) o, al menos, que puedan ver reducida la dosis que toman, con la consiguiente disminución a su vez del riesgo de neumonía. En cualquier caso, si usted está tomando alguno de estos fármacos, evidentemente no sería buena idea dejarlos por su cuenta y menos de manera brusca, pero sí podría ser útil consultar con su médico la necesidad de mantenerlos o, tal vez, reducirlos. Hablando se entiende la gente y tener información veraz, como es la de este trabajo, nunca está de más.




EN MEDIO DE LA PANDEMIA POR SARS-CoV-2, ES NECESARIA PRUDENCIA CON FÁRMACOS DE CONSUMO FRECUENTE QUE INCREMENTAN EL RIESGO DE NEUMONÍA.


Joan-Ramon Laporte, M.D. Profesor Emérito de Farmacología Clínica, Departamento de Farmacología, Terapéutica y Toxicología. Universitat Autònoma de Barcelona. 
Fundació Institut Català de Farmacologia. Centro Colaborador de la OMS para la Investigación y la Formación en Farmacoepidemiología. 
jrl@icf.uab.cat

David Healy, M.D., FRCPsych Profesor, Departamento de Medicina de Familia.
McMaster University.
Hamilton, Canadá.


En la actual situación de pandemia por SARS-CoV-2, es absolutamente necesario evitar en lo posible la neumonía/neumonitis y sus factores de riesgo. El consumo de varios medicamentos de uso común aumenta el riesgo y las complicaciones de la neumonía.

Los medicamentos pueden aumentar el riesgo de neumonía o neumonitis porque deprimen la inmunidad y otros mecanismos de protección (por ej., inmunosupresores, antipsicóticos, algunos analgésicos opiáceos, inhibidores de la bomba de protones (IBP), porque producen sedación, que puede aumentar el riesgo de aspiración, porque deprimen la ventilación pulmonar y favorecen la aparición de atelectasias (por ej., analgésicos opiáceos, fármacos anticolinérgicos, psicofármacos), o por una combinación de estos mecanismos.

El impacto sanitario de la asociación entre exposición a determinados fármacos e infección o neumonía depende de la prevalencia de uso de cada fármaco, la magnitud del riesgo relativo y la incidencia basal de infección o neumonía.


Fármacos que aumentan el riesgo de neumonía

Antipsicóticos (AP)

Los antipsicóticos (aripiprazol, olanzapina, quetiapina, risperidona, haloperidol entre otros) se asocian a un riesgo 1,7 a 3 veces mayor de ingreso hospitalario por neumonía, (1, 2, 3, 4, 5, 6) y de mortalidad por neumonía. Dado que el riesgo asociado a los AP de segunda generación no es más bajo que el de los de primera generación, se ha propuesto que los principales mecanismos son la sedación e hipoventilación resultante, los efectos anticolinérgicos y sus efectos sobre la inmunidad, más que los efectos extrapiramidales. Además estos fármacos pueden ser causa de discinesia respiratoria, que puede ser confundida con asma u otras enfermedades pulmonares y dar lugar a un tratamiento inadecuado.

En vista de los daños inducidos por el consumo de AP para el tratamiento sintomático de la agresión y los síntomas psicóticos en pacientes de edad avanzada en residencias (7, 8), en 2008 las agencias reguladoras europeas recomendaron limitar su prescripción a pacientes que no responden a otras intervenciones, y reconsiderar su prescripción en cada visita posterior, con seguimiento estrecho del paciente (9). A pesar de estas advertencias, los AP son mayoritariamente prescritos a personas de edad avanzada en indicaciones no autorizadas (10), a dosis inadecuadas y por períodos demasiado largos (11, 12, 13). En estas situaciones, los daños causados son considerables (14). La variabilidad internacional en su consumo (15, 16, 17, 18) se debe más probablemente a variabilidad en su prescripción en indicaciones no autorizadas, que a variabilidad en la prevalencia de trastornos mentales.

Por ejemplo, en Cataluña unas 90.000 personas de más de 70 años reciben tratamiento continuado con AP (media de siete suministros mensuales al año). De estas, unas 22.000 viven en residencias. Si se toma el estimador más bajo de riesgo relativo, de 1,7, si la incidencia anual de neumonía en los no expuestos es de 10% en una residencia, la incidencia en los expuestos será de 17%, y serían de esperar 70 casos adicionales de neumonía por cada 1.000 pacientes tratados (de 100 a 170). Para 20.000 personas expuestas que vivan en residencias, el número anual de casos adicionales sería 70 x 20 = 1.400.

Es importante recordar también que metoclopramida, proclorperacina y muchos otros fármacos prescritos para la náusea y otras molestias intestinales son esencialmente antipsicóticos, y pueden ser causa de discinesia tardía y respiratoria, así como de los demás problemas que se derivan del consumo de estos fármacos.


Fármacos anticolinérgicos

El consumo de fármacos anticolinérgicos incrementa el riesgo de neumonía en 1,6 a 2,5 veces (19, 20, 21).

Varios fármacos de diferentes grupos terapéuticos tienen efectos anticolinérgicos: antihistamínicos H1 (por ej., clorfenamina, difenhidramina, hidroxicina), antidepresivos (por ej., amitriptilina, clomipramina, doxepina, imipramina, paroxetina), antiespasmódicos urinarios (por ej., flavoxato, oxibutinina, tolterodina), antiespasmódicos gastrointestinales (por ej., diciclomina, hioscina), medicamentos para el vértigo (por ej., meclicina, prometacina), antipsicóticos (sobre todo clorpromacina, clozapina, olanzapina y quetiapina), antiparkinsonianos (por ej., amantadina, biperideno, trihexifenidilo), analgésicos opiáceos, antiepilépticos (carbamacepina, oxcarbacepina) y otros.

Los fármacos anticolinérgicos son prescritos con frecuencia a personas de edad avanzada. Las estimaciones publicadas sobre prevalencia de consumo van de 4,3% a más de 20% (22, 23, 24, 25). El patrón de consumo varía de un país a otro; los de mayor prevalencia de consumo son codeína (asociada a paracetamol), antidepresivos (amitriptilina, dosulepina, paroxetina) y urológicos (predominantemente oxibutinina y tolterodina).

Muchos de estos medicamentos actúan por otros mecanismos que también pueden contribuir a los efectos sedantes y aumentar el riesgo de neumonía. El efecto anticolinérgico también puede contribuir a la producción de atelectasias en el contexto de una infección respiratoria vírica.


Analgésicos opiáceos

Los analgésicos opiáceos causan depresión respiratoria con la hipoventilación pulmonar resultante; algunos de ellos (codeína, morfina, fentanilo y metadona) también tienen efectos inmunosupresores. Incrementan el riesgo de neumonía y la mortalidad respiratoria en un 40 a 75% (26, 27, 28).

En 2018, unos 50 millones de personas en EEUU (15% de la población adulta, 25% entre los mayores de 65 años) recibieron una media de 3,4 prescripciones de analgésicos opiáceos, y 10 millones de personas reconocían consumo exagerado de analgésicos de prescripción médica (29). En Europa en los últimos años el consumo de opiáceos suaves y fuertes ha aumentado, sobre todo entre las personas de edad avanzada (30, 31). Fentanilo y morfina son los opiáceos fuertes más consumidos, y más recientemente oxicodona. El tramadol, que es también inhibidor de la recaptación de serotonina, es el opiáceo suave más consumido. En dos estudios observacionales de publicación reciente, el consumo de tramadol, comparado con el de AINE, se asoció a una mortalidad 1,6 a 2,6 veces más alta (32, 33), sobre todo en pacientes con infección y en pacientes con enfermedad respiratoria.


Hipnóticos y sedantes

Varios estudios han mostrado incrementos del riesgo de neumonía de 20% (34) a 54% (35) en consumidores de hipnóticos y sedantes, sobre todo los que se consumen junto con otros fármacos que deprimen el sistema nervioso central (por ej., opiáceos, gabapentinoides).

En los países europeos de la OCDE, el consumo nacional de hipnóticos y sedantes muestra amplia variabilidad internacional, desde 5 DDD por 1.000 habitantes y día en Austria, a 68 en Portugal (36), y se concentra en las personas de edad avanzada. En Cataluña, un 38% de los mayores de 70 años consume por lo menos uno de estos fármacos (37).


Antidepresivos

En un estudio de cohortes en más de 130.000 pacientes, se registró un aumento de 15% de la morbididad respiratoria y un aumento de 26% de la mortalidad respiratoria en pacientes con enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) expuestos a antidepresivos ISRS (38). En otros estudios se ha registrado un aumento del riesgo en pacientes expuestos a la vez a antidepresivo y a otros depresores de sistema nervioso central.

En parte, estos resultados pueden ser consecuencia de las alteraciones rinofaríngeas de naturaleza extrapiramidal que estos fármacos pueden causar, lo que llevó a que en ensayos clínicos sobre un antidepresivo ISRS, un 5 a 10% de los pacientes fueran diagnosticados de rinofaringitis cuando en realidad se trataba de efectos de la distonía. En presencia de un riesgo de COVID-19, un error diagnóstico puede ser causa de problemas.

En los países europeos de la OCDE, el consumo de antidepresivos varía desde 11 DDD por 1.000 y día en Letonia, a 98 en Islandia (36). En el Reino Unido entre 2008 y 2018 el número de prescripciones de antidepresivos se dobló (39).


Gabapentina y pregabalina

En diciembre de 2019 la FDA advirtió de un aumento de riesgo de neumonía e insuficiencia respiratoria grave asociada al consumo de gabapentinoides, sobre todo asociados a analgésicos opiáceos, hipnóticos y sedantes, antidepresivos y antihistamínicos (40). En 2017 la EMA modificó la ficha técnica de gabapentina, e incluyó advertencias de depresión respiratoria grave, que puede afectar hasta a 1 de cada 1.000 pacientes tratados (41,42).

La ficha técnica de gabapentina afirma que la incidencia de infecciones víricas en ensayos clínicos fue “muy frecuente” (más de 1 de cada 10 personas tratadas), y que la incidencia de neumonía y de infección respiratoria fue “frecuente” (entre 1 de cada 10 y 1 de cada 100). La ficha técnica de pregabalina advierte que en los pacientes tratados la incidencia de rinofaringitis es “frecuente” (entre 1 de cada 10 y 1 de cada 100) (43).

Gabapentina y pregabalina tienen una eficacia limitada en el tratamiento del dolor neuropático, y son ineficaces en sus principales usos (no autorizados) en la práctica: el dolor de espalda con posible radiculopatía (44, 45, 46). A pesar de todo ello, desde 2002 el consumo se ha más que triplicado en EEUU (47, 48), en el Reino Unido (49) y en otros países europeos (50, 51), a menudo en combinación con analgésicos opiáceos e hipnóticos (52).


Inhibidores de la bomba de protones (IBP, omeprazol y análogos)

La reducción de la acidez gástrica y el aumento de la colonización bacteriana gástrica e intestinal inducida por estos fármacos también pueden incrementar el riesgo de neumonía. Dos metanálisis de estudios observacionales han mostrado incrementos de 34% (53) a 50% (54). Estudios más recientes han confirmado la magnitud de este riesgo (55, 56, 57).

Numerosos estudios han mostrado un aumento disparado del consumo de IBP en los últimos años. Un 30% de la población en Francia (58), un 15% en el Reino Unido (59), un 19% en Cataluña (60), un 7% en Dinamarca (61) o un 15% en Islandia (62) reciben IBP sin justificación aparente en una tercera parte de los casos. Es por lo tanto esencial identificar a los pacientes que no necesitan estos fármacos, pero también es necesario ser consciente del rebote de los síntomas gástricos y de ansiedad que puede aparecer con su retirada.


Quimioterápicos antineoplásicos e inmunosupresores

Los pacientes que reciben estos fármacos son más susceptibles a las infecciones víricas y no víricas, y en general no deben abandonar el tratamiento. Sin embargo, entre un 20 y un 50% de los pacientes con cáncer incurable recibe quimioterapia en los 30 días anteriores a su fallecimiento. En pacientes con cáncer terminal, el uso de quimioterapia paliativa unos meses antes de la muerte da lugar a mayor riesgo de necesitar ventilación mecánica y resucitación cardiopulmonar, y de morir en una unidad de cuidados intensivos (63). En el contexto de la pandemia por COVID-19, pacientes, cuidadores y oncólogos deben tener mayor conciencia de los posibles riesgos para ellos y para los demás de planificar y proseguir una quimioterapia paliativa.

Muchos pacientes también reciben inmunosupresores para patologías inflamatorias crónicas como psoriasis, enfermedad inflamatoria intestinal o artritis reumática de gravedad leve o moderada, a pesar de que estos fármacos sólo están indicados en pacientes con enfermedad grave que no responde a los tratamientos de primera línea. Muchos de estos pacientes podrían beneficiarse de una retirada escalonada o una pausa de sus tratamientos durante un tiempo, con seguimiento de su estado clínico.

Los corticoides, tanto sistémicos como inhalados y en ocasiones tópicos o en gotas oculares, tienen efecto inmunosupresor e incrementan el riesgo de neumonía en pacientes con asma y en pacientes con EPOC (64, 65). Los pacientes con asma no deben abandonar los corticoides, pero muchos pacientes reciben corticoides inhalados para infecciones respiratorias altas. Por ejemplo, en Cataluña cada año 35.000 menores de 15 años recibieron una prescripción de un corticoide inhalado, para uso ocasional y aparentemente injustificado (66) (excepto para la laringitis con estridor). Análogamente, una parte de los pacientes con EPOC no obtiene ningún efecto beneficioso de los corticoides inhalados, y puede evitarlos. En un estudio, la retirada de los corticoides inhalados se siguió de una disminución de 37% en la incidencia de neumonía (67).


Inhibidores de la enzima conversiva de la angiotensina (IECA) y bloqueadores de la angiotensina (ARA-2)

Aparte del debate sobre un posible incremento del riesgo de complicaciones asociado a los IECA y los ARA-2 (68, 69), un estudio publicado en 2012, con 1.039 casos y 2.022 controles, no halló aumento del riesgo de neumonía adquirida en la comunidad asociado a estos fármacos (70).

En pacientes con insuficiencia cardíaca, cardiopatía isquémica o hipertensión, parece más importante ajustar el tratamiento para limitar el número de medicamentos a los necesarios, que retirar IECA y ARA-2.


¿Ibuprofeno o paracetamol para la fiebre?

Dados los efectos de los antiinflamatorios no esteroides (AINE), es biológicamente plausible que las complicaciones respiratorias, sépticas y cardiovasculares de la neumonía sean más frecuentes y graves si la fiebre es tratada con un AINE en lugar de paracetamol. En ensayos clínicos y en estudios observacionales se ha registrado una mayor incidencia de infecciones respiratorias altas y bajas asociadas a AINE (71), y la ficha técnica de varios AINE advierte de ello. Estas infecciones respiratorias bajas son causadas por virus de la gripe y otros (entre ellos los coronavirus del resfriado común (72)), y los AINE pueden haber contribuido a muchas muertes al año en todo el mundo. Hay argumentos poderosos que indican que en la pandemia de gripe de 1918 el consumo indiscriminado de dosis altas de ácido acetilsalicílico contribuyó a la elevada mortalidad (73). Aunque en la actualidad no se usan estas dosis, la experiencia es aleccionadora.


Consumo concomitante de varios fármacos

En la medicina contemporánea el consumo concomitante de varios de los fármacos mencionados en este informe es frecuente, y en este caso el riesgo de neumonía se multiplica (74). El uso simultáneo de varios fármacos, sobre todo en personas de edad avanzada, ha sido asociado de manera general a mayores tasas de ingreso hospitalario y de mortalidad (75, 76).

En particular, el consumo de un IBP con uno o más psicofármacos parece ser altamente prevalente en las residencias (77), en donde el riesgo de contagio y de neumonía es más alto.

Los analgésicos opiáceos, los antipsicóticos y los antidepresivos tienen efectos sobre el corazón, y alargan el intervalo QT del ECG. Azitromicina e hidroxicloroquina también alargan el intervalo QT, y la adición de estos fármacos al tratamiento del paciente puede ser causa de problemas.


Conclusiones

Varios medicamentos de consumo común, como antipsicóticos y antidepresivos, analgésicos opiáceos, anticolinérgicos, gabapentinoides, inhibidores de la bomba de protones y corticoides inhalados pueden incrementar el riesgo de neumonía en 1,2 a 2,7 veces.

Los pacientes de edad avanzada tienen mayor probabilidad de recibir uno o más de estos fármacos. Con frecuencia estos tratamientos son ineficaces, son prescritos durante períodos innecesariamente largos, a dosis erróneas o para indicaciones no autorizadas.

Aunque el consumo de estos fármacos muestra amplia variabilidad internacional, su prevalencia de uso en las personas de edad avanzada es a menudo de más de 10%, y en ocasiones alcanza 40-50%. Siendo este consumo tan elevado, con una incidencia basal elevada de infección vírica y de neumonía pueden tener un efecto negativo significativo sobre la salud pública, y el número de víctimas puede ser del orden de centenares por millón de habitantes.

En la situación actual de pandemia, los tratamientos innecesarios y dañinos deben ser revisados y eventualmente detenidos.

• Es urgente revisar y detener temporalmente el consumo de psicofármacos (sobre todo antipsicóticos), fármacos anticolinérgicos y analgésicos opiáceos, y hacer seguimiento del paciente.

• Es especialmente importante revisar la medicación de las personas que viven en residencias.

• Durante la actual pandemia de COVID-19, todos los medicamentos deben ser críticamente revisados, y desprescritos cuando sea posible, con el fin de disminuir no sólo el riesgo de neumonía y sus complicaciones, sino también otros efectos adversos que son causa frecuente de ingreso hospitalario (por ej., fracturas).

• Es urgentemente necesario realizar revisiones sistemáticas detalladas de ensayos clínicos y estudios observacionales sobre la asociación entre exposición a fármacos y riesgo de neumonía y sus complicaciones.

• También es necesario organizar colaboración con el fin de dar apoyo a los profesionales sanitarios para el ajuste de los planes de medicación a la situación de pandemia, y desarrollar colaboración internacional en investigación observacional de los factores de riesgo de neumonía y de muerte por neumonía.



1 ButlletíGroc, 2016. Antipsicóticos: mala ciencia, pseudoinnovación, prescripción desbordada y yatrogenia. https://www.icf.uab.cat/assets/pdf/productes/bg/es/bg293-4.16e.pdf

2 Trifiró G, Sultana J, Spina E. Are the safety profiles of antipsychotic drugs used in dementia the same? An updated review of observational studies. Drug Safety 2014;37:501-20. doi: https://doi.org/10.1007/s40264-014-0170-y

3 Knol W, van Marum R, Jansen P, et al. Antipsychotic drug use and risk of neumonía in elderly people. J Am Geriatr Soc 2008;56:661-66. doi: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/18266664

4 Trifiró G, Gambassi G, Sen EF, et al. Association of community-acquired neumonía with antipsychotic drug use in elderly patients: A nested case–control study. Ann Intern Med 2010;152:418-25. doi:10.7326/0003-4819-152-7-201004060-00006.  https://annals.org/aim/fullarticle/745702/association-community-acquired-neumonía-antipsychotic- drug-use-elderly-patients-nested

5 Mehta S, Pulungan Z, Jones BT, Teigland C. Comparative safety of atypical antipsychotics and the risk of neumonía in the elderly. Pharmacoepidemiol Drug Safety 2015;24:1271-80. https://doi- org.are.uab.cat/10.1002/pds.3882

6 Nosè M, Recla E, Trifirò G, Barbui C. Antipsychotic drug exposure and risk of neumonía: a systematic review and meta‐analysis of observational studies. Pharmacoepidemiol Drug Safety 2015;24:812-20. https://onlinelibrary-wiley-com.are.uab.cat/doi/full/10.1002/pds.3804

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sábado, 28 de marzo de 2020

Frenar la curva. Evitar la caída (Yayo Herrero).


Vivimos horas y días muy duros, que posiblemente se convertirán en semanas y meses. 

Enfermos graves en plantas de hospitalización saturadas y UCIs aún más saturadas. Profesionales sanitarias desbordadas y agotadas intentando atender a todos los enfermos que vienen y a los que están por venir. Trabajadores de muchos ámbitos (repartidores, cajeras, reponedores, taxistas, barrenderos, bomberos, obreros, auxiliares clínicos, celadores, gente de limpieza, policías, soldados, etc.) atemorizados ante la gravedad de lo que ocurre pero saliendo cada día a trabajar para intentar mantener en pie toda nuestra sociedad común. Y muchas personas, niños, adultos, ancianos, encerrados en sus casas, algunos en situaciones muy duras con escasos medios y, además, en muchos casos angustiados ante las terribles consecuencias económicas de toda esta monstruosa crisis: gentes que pierden su trabajo y sus ingresos, pero que tienen que seguir pagando alquileres muchas veces abusivos, facturas de agua, luz, gas... Que siguen teniendo que traer comida cada día para todos los suyos...

En este terrible escenario en el que estamos todos metidos, cada uno cargando lo suyo pero algunos con muchos más problemas que otros, no solo en el ahora sino con vistas a un después en el que habrá que seguir viviendo (y para eso hará falta conservar el trabajo o al menos un nivel mínimo de ingresos que le garantice a uno poder salir adelante y sacar adelante a los suyos), creemos que es muy importante una iniciativa como la que recogemos a continuación. 

Se trata de un escrito de Yayo Herrero publicado originalmente en la estupenda revista ctxt que colaboramos a difundir. Si tienen un momento entre tanta angustia, léanlo y, si están de acuerdo, firmen y difundan a su vez. 

El desastre ya está aquí, pero el cómo salgamos de él y qué clase de mundo construiremos después depende de cada uno de nosotros.  El coronavirus pasará, pero la sociedad que emerja de él no será la misma. De nosotros depende que sea aún peor que la previa o que sirva para empezar a hacer las cosas mejor para todos los que formamos esta comunidad que compartimos.





Frenar la curva. Evitar la caída.

Yayo Herrero


La crisis de 2008 tuvo un efecto devastador. A falta de medidas sociales y económicas decididas para enfrentar la debacle, muchos y muchas sobrevivieron gracias a sus mayores, que estiraron como chicles unas pensiones convertidas en única fuente de ingresos de familias extensas. De esa crisis se salió en falso, con empleos cada vez más precarios y unos servicios públicos saboteados a golpe de privatizaciones. Sus consecuencias aún no se han terminado de digerir. Las decisiones que se tomaron entonces fueron clave.

La crisis del coronavirus nos encuentra con las defensas bajas como sociedad. Esas personas mayores que sostuvieron familias son las más vulnerables al contagio; los trabajadores y trabajadoras más precarios de supermercados, servicios de limpieza o cuidados son quienes están ayudando a sostener la vida y el personal de la sanidad pública debe enfrentarse a la saturación de hospitales sin los medios necesarios. Se merecen apoyo mutuo y contundente.

Mientras la curva de contagios crece de manera exponencial, también lo hacen los despidos, los expedientes de regulación de empleo y la incertidumbre ante el futuro. La curva de la desigualdad social no puede dispararse hacia arriba. No podemos dejar en la cuneta a nuestras y nuestros vecinos ni aceptar como estructural una situación inasumible éticamente.

La salida de esta crisis requiere de todo el esfuerzo para afrontar la emergencia sanitaria pero también para crear un escenario de salida social y económica de la misma en el que no dejemos a nadie por el camino. Este virus lo paramos unidos y unidas, nos dice el eslogan del Gobierno. Y les recordamos que de esta crisis sólo saldremos si lo hacemos en común.

El Real Decreto aprobado por el Consejo de Ministros supone un paso al frente, pero entendemos que es insuficiente. Se queda lejos de medidas adoptadas en países vecinos y creemos deja desprotegidas a las familias más vulnerables. No podemos permitirnos poner freno a las medidas sociales económicas porque es incompatible con el freno a la curva sanitaria y a la crisis social.

Por eso este manifiesto es un llamamiento a la solidaridad colectiva, un reconocimiento de la complejidad del escenario que debe servirnos para abordar acciones prioritarias que protejan al conjunto de la sociedad de la vulnerabilidad y el abandono. Por eso, los y las firmantes entendemos que para lograr una salida económica y social que ponga los recursos al servicio de quienes más lo necesiten, deben ponerse en práctica las medidas siguientes:


1. MEDIOS Y RECURSOS PARA ATENDER LA URGENCIA.

Dotar de medios humanos y materiales a los sectores encargados de dar salida a esta crisis: personal sanitario, emergencias, Fuerzas de Seguridad del Estado, servicios sociales y ayudas a domicilio, así como otros sectores prioritarios en este momento (alimentación, transportes…). No puede faltar personal, equipamiento y recursos en una situación tan crítica, tampoco para las y los pacientes urgentes por otras afecciones o asoladas por un confinamiento que agrava situaciones previas a la actual.


2. PLAN DE CHOQUE Y PRESUPUESTO PARA EJECUTARLO.

Eliminar cualquier restricción de gastos de las Administraciones Públicas para que éstas puedan desarrollar un Plan de Choque tanto sanitario como económico y social. Las familias y entidades en situación de riesgo provocadas por el escenario actual deben ser protagonistas directos del impacto de las medidas. CC.AA. y Ayuntamientos deben poder gastar su presupuesto en intervención social por encima de los límites actuales. No puede continuar el dinero en los bancos mientras sufrimos esta situación.


3. ATENCIÓN ESPECÍFICA A PERSONAS Y COLECTIVOS DE RIESGO.

Garantizar la realización de pruebas diagnósticas al menos al total de las personas identificadas en grupos de especial riesgo por razones de salud o determinantes sociales de la salud. Del mismo modo, garantizar el acceso a una habitación segura frente al contagio como parte de un Plan concreto contra el sinhogarismo, así como a cualquier otro grupo de población en situación de vulnerabilidad y/o riesgo social (personas que viven en asentamientos desprovistos de los servicios básicos, menores solos/as, personas migrantes sin papeles…).


4. PROTECCIÓN DEL EMPLEO.

Garantizar cuantas medidas económicas sean precisas para asegurar el 100% de la cobertura a autónomos, pymes y tercer sectorafectados de manera directa por las consecuencias del Estado de Alarma. Impedir despidos, ERES y ERTES en empresas con alta facturación o elevados beneficios. Medidas para garantizar el nivel adquisitivo mínimo de subsistencia por persona. Cobertura especial de desempleo para trabajadores precarios, fijos-discontinuos, temporales, por afectación de la crisis.


5. PROTECCIÓN DE AUTÓNOMOS

Prohibir la baja en el régimen general de autónomos o similar por impago de la cuota u obligaciones fiscales. De igual modo proteger a otros regímenes especiales (limpieza de hogar, pesca…).

Eliminar el pago de la cuota de autónomos a aquellas personas que, como resultado del escenario actual, han perdido su capacidad de trabajo.


6. GARANTÍA DE SUMINISTROS A FAMILIAS Y HOGARES.

Garantizar que nadie se queda sin suministros básicos por impago de luz, agua o gas, suspendiendo los cortes durante este periodo.


7. APOYO A LA VIVIENDA.

Impedir cualquier desahucio por impago de alquiler o hipoteca. Suspender los efectos resolutivos de contratos de alquiler por impago mientras dure la crisis. Inadmisión de cualquier demanda por dicho motivo.

Incorporar medidas de suspensión del pago de hipotecas y alquileres a familias en riesgo de exclusión por la pérdida de poder adquisitivo.


8. MANTENIMIENTO DE LOS PRECIOS Y AYUDAS AL ACCESO A PRODUCTOS BÁSICOS

Medidas de aseguramiento para evitar el acaparamiento y/o especulación de bienes de primera necesidad. Impedir la subida de precios de productos y activar alternativas para asegurar que el conjunto de la población tiene acceso a los productos básicos. Esta situación de emergencia requiere del esfuerzo de todos y todas.


9. INVERSIÓN EN INVESTIGACIÓN.

Dotar de los medios necesarios en investigación científica para lograr una vacuna, así como para reforzar la coordinación con la comunidad científica internacional. También, realizar estudios multidimensionales que midan la crisis desde perspectivas no sólo médico-sanitarias.


10. MEDIDAS POST EMERGENCIA.

Debe anticiparse qué hacer el día después. Las medidas indicadas son útiles en el aquí y el ahora. También para minimizar el impacto y las consecuencias una vez pase. La crisis pasará, pero recuperar la normalidad requerirá de nuevas medidas e inversiones.


Este decálogo supone un llamamiento a la responsabilidad de tomar medidas adicionales que, más allá de los pasos ya dados, permitan avanzar e impedir con ello que se repitan las trágicas situaciones que con nombres y apellidos afectaron a tantas y tantas familias tras la crisis de 2008. 

Pero, además, debe servir como punto de reflexión para plantear medidas más allá del corto plazo que planteen un sistema público por y para todos y todas. Un nuevo modelo para una nueva sociedad.

Es el momento de protegernos, de cuidarnos, de dar respuesta colectiva y solidaria a una situación que requiere de medidas centradas en la atención sanitaria, social y económica de todas y cada una de las personas. Que la crisis no la paguen los y las de siempre. El sacrificio es común, también debe serlo el beneficio.




Esta crisis la salvamos en común.