viernes, 10 de junio de 2011

El caso Schreber

Hemos recomendado ya varias veces el libro de José María Álvarez La invención de las enfermedades mentales (y lo seguiremos recomendando, porque es absolutamente imprescindible). Dedicamos esta entrada a uno de sus capítulos, consagrado al análisis del famoso caso Schreber. Creemos que dicho capítulo es magistral y nuestra entrada pretende ser sólo un humilde resumen del mismo. Todo el mérito del texto es de José María Álvarez (el demérito, si lo hubiera, sería nuestro por no haber sabido efectuar bien tal labor de resumen).

Escribe Sigmund Freud una carta a Jung el 22 de abril de 1910, donde queda recogido: “[...] al igual que al maravilloso Schreber, al cual deberían haber nombrado profesor de psiquiatría y director de un centro psiquiátrico”. El Dr. Paul Schreber relata su locura en Sucesos memorables de un enfermo de los nervios, obra que es analizada por Freud en su ensayo Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente (1911) y posteriormente por Jacques Lacan en El Seminario Libro III: Las Psicosis (1955-1956), así como en el artículo “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” (1959). Las enseñanzas del caso Schreber han sido varias veces estudiadas y explicadas por José María Álvarez, con indiscutible acierto y brillantez. Un ejemplo de este trabajo se encuentra en su libro La invención de las enfermedades mentales, y tampoco deja de mencionarse a Schreber en uno de sus más recientes trabajos: Estudios sobre la psicosis.
            Como señala Álvarez, el examen de los Sucesos memorables de un enfermo de los nervios, de Daniel Paul Schreber, supone entrar en un “mundo milagroso” en el que se asienta su drama personal. Estamos ante un relato intenso y escalofriante de la locura desde dentro, que detalla prácticamente el conjunto de la psicopatología psicótica, las coyunturas precipitantes de las crisis, el dramático desmoronamiento de su universo subjetivo y las conquistas estabilizadoras conseguidas gracias a su trabajo delirante. Freud admiró los vastos conocimientos de Schreber, se fascinó con su consistencia argumental, con su capacidad de penetración, de conceptualización y de transmisión de los procesos psicológicos sobre los que germina y se desarrolla la psicosis. Freud dejó dicho, poniendo en relación sus propias consideraciones con el sistema delirante de Paul Schreber: “Queda para el futuro decidir si la teoría contiene más delirio del que yo quisiera, o el delirio más verdad de lo que otros hallan hoy creíble”.
            Siguiendo a Álvarez, Schreber nació en Leipzig el 25 de julio de 1842, en el seno de una familia burguesa e intelectual. Cursó estudios de Derecho e ingresó en la carrera judicial, ascendiendo progresivamente por los cargos de secretario judicial, juez pasante, juez asesor, juez suplente, etc. Destinado en su ciudad natal en 1869, se instaló en el domicilio familiar con su madre y sus hermanos pequeños, habiendo fallecido su padre cuando tenía diecinueve años, tras pasar su última década aislado en casa, escribiendo, tras un traumatismo craneoencefálico accidental. Schreber convivió con ellos hasta 1878, año en el que contrajo matrimonio. En esos nueve años en la casa familiar se doctoró en Derecho, obtuvo el diploma de Estado y consiguió el nombramiento de “Juez con categoría de consejero en la Corte de apelación” de Leipzig. En 1879 Schreber y su esposa se instalaron en Chemnitz, donde había sido destinado en el Tribunal de gran instancia. Su buen hacer jurídico y su capacidad de oratoria lo propulsaron, cinco años después, a la candidatura para las elecciones al Reichstag por la Unión de conservadores y nacional-liberales. La campaña fue dura e intensa y, como señala Álvarez, dejó secuelas indelebles en el prometedor candidato conservador. Schreber contaba cuarenta y dos años cuando fue derrotado por una amplia mayoría que prefirió al candidato socialista.
            Al día siguiente de las elecciones, extenuado, partió en compañía de su joven esposa en dirección al Sonneberg, donde esperaba recuperarse pronto del malestar que le aquejaba. Tras cuarenta días de estancia sin hallar alivio volvió a Leipzig para ingresar en la clínica universitaria del neurólogo y neuroanatomista Prof. Dr. Paul Flechsig. Según cuenta el mismo Schreber en su libro, su primera crisis “se declaró durante el otoño de 1884, pero me curé completamente a finales de 1885, de modo que el 1º de enero de 1886 pude retomar mis funciones de presidente del tribunal de Primera Instancia de Leipzig [...]”. En el historial clínico queda recogido que en el asilo de Sonneberg se trató a Schreber con distintas drogas (morfina, hidrato de cloral y bromuro), pero no mejoró. Intentó suicidarse dos veces en dicho asilo. En el momento del ingreso en la clínica universitaria dirigida por Flechsig persistían sus ideas hipocondríacas y su humor depresivo, con un nuevo intento de suicidio. Diagnosticada inicialmente por Flechsig la dolencia como “grave hipocondría”, han surgido las discrepancias posteriormente entre distintos autores a la hora de establecer si esa primera crisis constituye el inicio clínico de la psicosis, o bien un mero episodio depresivo con síntomas hipocondríacos. Las desavenencias debidas al diagnóstico en esta crisis se deben, como señala Álvarez, a los escasos y taquigráficos datos contenidos en la historia clínica, así como a la diferenciación que el propio Schreber estableció con respecto a su gran locura de 1893: “La primera enfermedad evolucionó sin que sobreviniera ningún episodio con implicaciones sobrenaturales”. En este primer internamiento, efectivamente, no se aprecia una fenomenología ostensiblemente xenopática, es decir, un automatismo mental en cualquiera de sus presentaciones, ni tampoco se deja entrever con claridad la matriz paranoica de la relación de Schreber con su Otro, en el sentido de haber emergido ya la figura de un perseguidor. Ahora bien, sí aparecen una serie de fenómenos sutiles que conciernen al desmembramiento de la imagen del cuerpo (expresados en sus súplicas de hacerse fotografiar, en su convicción de una irreal pérdida de peso, respecto a la que asegura haber sido mentido), así como el pasaje al acto suicida y su insistencia en la incurabilidad y la inminencia de la muerte subjetiva, que parecen contener ya el germen de certeza que tomará una consistencia irreductible en su segunda crisis. Precisamente esas respuestas de Schreber ante sus fenómenos hipocondríacos y seudomelancólicos lleva a Álvarez a considerar que esa primera crisis supuso su debut clínico en la psicosis. Que no hubiera “implicaciones sobrenaturales” nada objeta a ello, pues es sobradamente sabido que la psicosis puede haberse puesto en marcha aunque el delirio no se haya aún constituido. Recuperado de la crisis, dice el mismo Schreber: “pasé con mi esposa ocho años de felicidad en todo sentido, ocho años llenos de honores, oscurecidos solamente cada tanto por la frustración de la esperanza que teníamos de ver bendecida nuestra unión con el nacimiento de un hijo”. Su carrera profesional siguió una progresión inusual, siendo nombrado en 1889 Präsident del Landesgericht de Freiberg, en Sajonia. Finalmente, en 1893 el Ministro de Justicia le anunció su inminente nombramiento de Presidente de una de las Cámaras en la Corte Suprema del Land de Dresde, la instancia judicial más alta del país. Schreber tenía cincuenta y un años.
            Tras el anuncio de tal nominación tuvo Schreber algunos sueños a los que no quiso dar más importancia, pero que no olvidó: “A veces soñaba que recomenzaba mi enfermedad de los nervios, y lógicamente en sueños me sentía tan desdichado como feliz una vez despierto, cuando me daba cuenta que todo no había sido sino un sueño. Un día sin embargo, una mañana -todavía no me había levantado (no sé si estaba dormido o ya despierto)- tuve una sensación que, cuando volví a pensar en ella totalmente despierto, me perturbó de la manera más extraña. Era la idea de que, a pesar de todo, sería algo muy hermoso el hecho de ser una mujer en el momento en que es penetrada por el hombre. Era una idea tan extraña a toda mi naturaleza que, si se me hubiera ocurrido en estado plenamente consciente, la habría rechazado con indignación. Teniendo en cuenta las cosas que viví desde ese momento, no puedo descartar la posibilidad de que haya actuado una influencia exterior que me impuso esa representación”. Contemplando su experiencia posterior, resulta inevitable engarzar todo cuanto Schreber vivió en adelante con esa fantasía hipnopómpica, matriz primordial de todos sus desarrollos delirantes y de todas sus vivencias xenopáticas. El 1º de octubre de 1893 asume las funciones de su nuevo cargo, viéndose inmerso en un trabajo desbordante. Comienza por padecer insomnio, acompañado por un “fenómeno notable” de tipo intrusivo, e inmediatamente el trastorno cobró “un carácter amenazador”. Tal fenómeno consistió en que, a lo largo de varias noches de insomnio, escuchaba un crujido que se repetía a intervalos más o menos largos. Tras oír el ruido “infinitas veces”, Schreber se da cuenta “de manera indiscutible que eran efecto de milagros divinos”. Tras consultar con el Dr. Flechsig, se lleva a cabo una cura de sueño que no tiene el efecto deseado, ingresando posteriormente en la clínica de aquél. Manifiesta ideas hipocondríacas, de persecución, alucinaciones... Permanece varios días insomne, con intensos pensamientos de muerte y realiza un nuevo intento de suicidio. Está en la clínica seis meses, siendo visitado regularmente por su esposa. A los tres meses de ingreso, la mujer emprende un viaje de varios días y, a partir de entonces, Schreber trata de evitar sus visitas, pues los cambios radicales que se producen en su entorno alcanzan tan importantes dimensiones que su mujer, como el resto de los mortales, dejó de ser quien había sido para convertirse en una “de esas formas humanas enviadas allí por milagro”, una “imagen humana construida a la ligera”, manifestaciones “de choques con fuerzas sobrenaturales”, “y sobre todo de una conexión de nervios que el profesor Flechsig había establecido en mí, de modo que él hablaba por medio de mis nervios sin estar personalmente presente. También a partir de ese momento sentí que las intenciones del profesor Flechsig para conmigo no eran puras”. Ese es el instante en que arranca la edificación del delirio schreberiano. Una vez que emergieron los dos elementos básicos e imprescindibles para edificar el delirio -la certeza de ser objeto de manipulación en su cuerpo y en su pensamiento, y la localización del Otro malvado-, Schreber apostó por el trabajo de edificar un delirio explicativo y a la postre estabilizador. Tras los seis meses y una vez que Flechsig lo consideró incurable, fue trasladado en junio de 1894 al manicomio de Sonnenstein, donde pasó ocho años. En los primeros informes consta el estado delirante y alucinatorio en el momento del ingreso: se consideraba muerto, que su cuerpo era objeto de manipulaciones que lo habían transformado en mujer. Progresivamente, el delirio fue adquiriendo un carácter místico y religioso: estaba en continua relación con Dios, oía “música celestial”, tenía “visiones milagrosas”, el mundo había sufrido una transformación, exigía que se restaurase la “paz de Dios”, etc. Dice Schreber: “Durante el primer año de mi internación en Sonnenstein, los milagros eran de un carácter tan inquietante que constantemente estaba preocupado por mi vida, por mi salud o por mi razón”.
            A principios de 1895 se produce un cambio de posición subjetiva. Schreber, que hasta entonces había luchado intensamente para rechazar ser mudado en mujer, accede a la reconciliación con ese destino sacrificador que su Otro divino le imponía para saciar su goce. Este cambio de posición le conduciría ulteriormente a la estabilización. Tan pronto como varía su política respecto a Dios, recupera sus antiguos hábitos. Todo el proceso se encaminaba sin más trabas por su parte hacia la feminización, pero una feminización definitivamente aceptada: no hay más solución que “hacerse a la idea de ser transformado en mujer”, con vistas a ser fecundado por los rayos divinos y procrear una nueva raza. Esta salida paulatina del período más estuporoso y más propiamente esquizofrénico inmediato al desencadenamiento de su segunda gran crisis psicótica es temporalmente coincidente y lógicamente consustancial al trabajo de formación del delirio, materializado y vertebrado esencialmente en la planificación y posterior redacción de sus Sucesos memorables de un enfermo de los nervios.
            Dos son, a primera vista, los temas esenciales del delirio de Schreber: un delirio megalomaníaco de redención y un delirio de transformación en mujer, por este orden. Es cierto que éstas son las dos ramas temáticas que orquestan el conjunto del delirio. Pero, como señala Álvarez, la lectura atenta de la obre de Schreber conduce a considerar provisionalmente, siguiendo la interpretación de Freud, que el delirio primario no es otro que la transformación en mujer y que sólo posteriormente se añadió a éste el delirio de redención universal. El delirio de mudanza en mujer (eviración o emasculación) queda así ensartado a aquella representación hipnopómpica que asaltó a Paul Schreber en los momentos de incubación de la psicosis, antes incluso de la sobrecarga de trabajo tras su nombramiento en Dresde. Ese fantasma determinó todo cuanto ulteriormente brotó en la creación delirante, hasta el punto de que el delirio no es otra cosa que una traslación al plano real de lo que en origen había sido el fantasma rudimentario del sujeto. Sería posible articular el conjunto de las manifestaciones psicóticas de cariz hipocondríaco y depresivo que precedieron a la gestación definitiva del delirio con la irrupción en estado de duermevela de ese fantasma, tan contrario a su moral personal, por el que sería muy hermoso ser una mujer sometida al acoplamiento sexual. En otros términos, el Otro le exige su transformación en mujer para doblegarlo a su goce inveterado. Ese es su axioma o su certeza delirante y la matriz de su goce y de su calvario. Una vez que dicho fantasma irrumpió en la conciencia de Schreber, su existencia no volvería a ser jamás la misma, su identidad se desgarró por completo y su pequeño mundo se transformó en un universo milagroso cuyo carácter amenazador se revela en cada uno de los fenómenos narrados en su libro. Esa identidad desgarrada sólo lograría su reunificación mediante el delirio, pues en éste se coloca como único y exclusivo objeto del goce divino; en ese sentido, como tantos otros psicóticos, Schreber encontró una salida al momento esquizofrénico inicial mediante una paranoidización.
            A finales de 1895: “[...] indudablemente ya había tomado conciencia de que, lo quisiera o no, la eviración era un imperativo absoluto del orden del Universo y, procurando un compromiso razonable, no me quedaba otra solución que hacerme a la idea de ser transformado en mujer. La consecuencia de la eviración debía ser nada menos que mi fecundación por los rayos divinos para generar una nueva raza de hombres”. Así, casi dos años después del desencadenamiento de su gran psicosis, Schreber había logrado variar su frontal oposición inicial a ser mudado en mujer y se había reconciliado con ese imperativo por ser acorde al orden del Universo. La idea delirante primigenia de transformación en mujer y las ideas delirantes sobreañadidas de redención mantienen entre sí al menos dos nexos genéricos. El primero, señalado por Freud, perfila una posición común de Schreber respecto a ambas, en la medida en que éste se sitúa como objeto de goce del Otro divino; en otros términos, tanto las ideas delirantes de la mudanza en mujer como el vínculo privilegiado con Dios, “están enlazadas en su sistema mediante la actitud femenina frente a Dios”. El segundo, desatendido por Freud posiblemente debido a su insistencia en la posible causalidad homosexual, sitúa a Schreber desde el principio frente a la problemática de la filiación y la paternidad, tratadas delirantemente en su metamorfosis sexual destinada a procrear “una nueva raza hecha de hombres de espíritu Schreber”, y, en caso de no darse la fecundación, su propio nombre se inmortalizaría.
            Schreber desarrolla todo un sistema teológico-psicológico mediante los conceptos de “nervios”, “beatitud” o “bienaventuranza”, “jerarquía divina”, “propiedades de Dios” y “orden del Universo”. El alma del hombre está contenida en los nervios, de cuya excitabilidad depende la vida espiritual de los hombres. Dios es sólo nervio, infinito y eterno; sus nervios pueden transformarse en todas y cada una de las cosas del mundo, y en esas funciones se les denomina “rayos”. Ese Dios es débil: no sólo no aprende de la experiencia, sino que a veces es ridículo, sucumbe asimismo a la atracción de los nervios de algunos humanos muy dotados, y sobre todo es un Dios sediento de goce. Un vínculo íntimo une a Dios con el cielo estrellado y el Sol. Desde la creación del universo y antes de producirse su cataclismo, Dios no solía intervenir en el gobierno del mundo, máxime cuando el hecho de establecer cualquier “conexión nerviosa” con algún viviente podía amenazarlo en su propia existencia. De acuerdo con el orden del universo, Dios se mantenía a una distancia inconmensurable y limitaba su trato básicamente a los cadáveres. Toda vez que un ser humano fallecía, su alma sufría un proceso de purificación en cuyo transcurso aprendía la lengua divina; esa lengua, a la que las “voces” llamaban “lengua fundamental” consistía en un alemán algo anticuado aunque lleno de expresividad que se caracterizaba por una gran riqueza de eufemismos. Las almas purificadas de toda contaminación terrena accedían a la bienaventuranza o beatitud, forma de goce ininterrumpido vinculado con la contemplación de Dios; dichas almas perdían paulatinamente su autoconciencia y se mezclaban en las antecámaras o “vestíbulos del cielo”. Por encima de estos vestíbulos planeaba Dios mismo, “que para distinguirse de esos “Reinos Divinos anteriores” era designado con el nombre de “Reinos Divinos posteriores”. Los Reinos Divinos posteriores estaban sometidos (y lo siguen estando) a una bipartición singular, a consecuencia de la cual podría distinguirse un Dios inferior (Ariman) y un Dios superior (Ormuzd)”. Así las cosas, el conjunto del orden del Universo se manifestaba como una “construcción prodigiosa”. Sin embargo, una crisis sacudió esta maravillosa construcción, y Schreber se vio inmerso inevitablemente en tal cataclismo: “Ahora bien, en esta “construcción prodigiosa” se produjo recientemente una falla que presenta una relación muy estrecha con mi destino personal. [...] Para comenzar debo notar a propósito de la génesis de toda la historia, que sus primitivos orígenes se remontan muy atrás, tal vez al siglo XVIII. El partido que se jugó en torno a los nombres de Flechsig y de Schreber (probablemente estos apellidos no especificaran a ningún individuo particular de esas familias) se remonta pues a hace más de un siglo; el concepto de asesinato del alma iba a desempeñar en él un papel primordial”. Schreber no elucida con precisión el origen del asesinato del alma ni localiza tampoco a su instigador original, pero el papel de Flechsig se le muestra incuestionable y, tras éste, se insinúa la mano negra del propio Dios. Una conjura se urdió ente Flechsig y ciertas entidades procedentes de los Reinos Divinos anteriores contra el linaje de los Schreber, “sin duda para evitar a este linaje toda posteridad, o por lo menos negarle la elección de ciertas profesiones que, como la de especialista en enfermedades de los nervios, habrían podido conducir a relaciones más íntimas con Dios. [...] Los conjurados [...] lograron calmar sus eventuales escrúpulos, y de este modo establecieron conexiones nerviosas en miembros de la familia Schreber en momentos en que su espíritu estaba distraído, [...]. Y fue así que desde el comienzo no se pudo reprimir con firmeza este tipo de intentos inspirados por la ambición y el deseo de dominación, intentos cuyas consecuencias muy bien pudieron conducir al asesinato del alma -suponiendo que haya habido algo de este tipo-; o en otros términos, conducir a que un alma sea entregada a otra alma, la cual se atribuiría así una vida terrestre más larga, se apropiaría de los esfuerzos intelectuales de la víctima e incluso se aseguraría una especie de inmortalidad o cualquier otra ventaja que uno pudiera imaginar”.
            La transferencia inicial entre Schreber y Flechsig determinó que este último ocupara originariamente el papel de perseguidor, siendo más tarde sustituido por Dios, aunque ocasionalmente se alternaron. La psicosis de Schreber puede entenderse como una “lucha del hombre Schreber contra Dios, en la cual sale triunfador el débil humano porque tiene de su parte el orden del Universo”. La política de Dios, desde el momento de la “anexión nerviosa” que despertó su ansia de goce, estuvo destinada a la destrucción de la integridad física e intelectual de Schreber. Los nervios de Dios frecuentaban el cuerpo de Schreber, pues ahí creían encontrar “un sustituto absoluto o aproximado de la beatitud celeste que habían perdido, y que probablemente había consistido en un goce voluptuoso del mismo tipo”. Mientras Schreber se opuso al imperativo de la transformación en mujer, su cuerpo y su pensamiento fueron pasto de toda suerte de malévolos “milagros”. Como resultado del trabajo delirante, esta captura exasperante por las fauces del Otro gozador se moduló en favor del propio Schreber, “produciéndose un trastorno radical en la situación del cielo”. Schreber inventó en su delirio una divergencia insoluble entre Dios y el “orden del Universo”; amparándose en la legalidad última representada por este “orden del Universo”, por encima incluso de su Dios caprichoso, encontró nuestro paranoico una posibilidad de maniobrar respecto a la relación de captura a la que este último le sometía muy a su pesar. Esa fue su gran conquista delirante, pues en adelante dejó de resistirse a la mudanza en mujer en la medida en que esa “[...] solución de la eviración me parece la más indiscutiblemente acorde con la esencia más íntima del orden del Universo”. Después de un tiempo de comprobar la atenuación de la política destructiva de Dios, Schreber pudo cantar su triunfo: “Ha sido para mí una victoria, que por cierto no estuvo exenta de amargos sufrimientos y privaciones, el hecho de haber salido indemne de este combate desigual entre un hombre débil y solo, y el propio Dios, lo cual demuestra que el orden del Universo está de mi parte”. Esta variación sustancial en el cuadro clínico no pasó desapercibida a Freud, quien sentó las bases de una nueva concepción del delirio al definirlo esencialmente por su función; tal caracterización ha supuesto una de las más notorias divergencias de Freud y el psicoanálisis con la clínica psiquiátrica clásica, más acusadas aún respecto a la psiquiatría actual. Como dice Freud: “Y el paranoico lo reconstruye (el mundo), claro que más espléndidamente, pero al menos de tal suerte que pueda volver a vivir dentro de él. Lo edifica de nuevo mediante el trabajo de su delirio. Lo que nosotros consideramos la producción patológica, la formación delirante, es, en realidad, el intento de restablecimiento, la reconstrucción”.
            Al tiempo que se consolidaba esta mejoría sobrevenida a consecuencia del trabajo delirante, Schreber comenzó a preparar concienzuda y personalmente la apelación legal para salir del manicomio. Tras un arduo proceso, y en contra de la opinión de su médico, el Dr. Weber, consiguió abandonar Sonnenstein a finales de 1902. Se instaló provisionalmente en el domicilio de su madre en Leipzig y un año después se trasladó a Dresde junto a Sabine, su mujer, y Fridoline, una niña que su esposa había recogido del orfanato y que más tarde adoptarían. Vivieron juntos hasta finales de 1907, momento en el que se precipita la última crisis. En los años anteriores a ésta, Schreber no volvió a hablar de sus delirios, aunque las voces no lo abandonaron. El último ataque se produjo tras la muerte de su madre y el ataque de apoplejía de su esposa, siendo ya un hombre de sesenta y cinco años que había perdido su posición. Cuando murió su madre, Schreber presentó un insomnio “pasajero”; tras el ataque de su esposa, pasó algunas noches en vela, se mostraba intranquilo, temiendo una recaída, volvió a escuchar vigorosamente los “ruidos” y empeoró rápidamente. Schreber pidió nuevamente ser ingresado, pero no quiso ser tratado por Flechsig y fue llevado al asilo de Dösen. Después de la muerte de su madre, se había sumido hasta el agotamiento en abundantes cálculos relativos a los muchos legados familiares. En un testamente poco claro, había dejado tras su muerte quinientos marcos a cada una de las Asociaciones Schreber, que mantenían los ideales educativos del padre de Paul Schreber. Pero en dicho testamente sólo se mencionaba a las Sociedades que pertenecían a la Federación de Asociaciones Schreber de Leipzig, dirigida en aquellos días por Siegel. Aquellas otras sociedades que habían sido excluidas impugnaron la declaración de herederos y Siegel contraatacó virulentamente contra las Asociaciones usurpadoras, negando a sus adversarios el uso del nombre Schreber por considerar que no seguían el ideal educativo representado por dicho significante: procurar a las personas la salud, el bienestar y la felicidad mediante el cultivo del cuerpo y del espíritu. El empeño de Siegel radicó en establecer de manera tajante una separación entre “las asociaciones auténticas y las que usurpan ese nombre”. No satisfecho con su campaña de desprestigio, Siegel llevó esta disputa fratricida por la legitimidad del uso del nombre de su mentor tan lejos como le fue posible, apelando a la propia familia Schreber para que legitimara su posición. De igual modo, también las Asociaciones excluidas del legado protestaron ante los herederos. En esta envenenada atmósfera emanada de un litigio en el que se ventilaba la legitimidad del uso del nombre de su padre, Schreber se vio ineluctablemente conminado a intervenir. Era el único varón de los hermanos, doctor en Derecho y juez jubilado. Se vio obligado a redactar una declaración sobre la disputa, matizando ciertas noticias aparecidas en la prensa y desmintiendo su partidismo por algunas de las Asociaciones. Termina diciendo: “Es por ello por lo que elevo mi protesta contra la interpretación unilateral que se ha dado a mis declaraciones”.
            Menos de un mes después, ingresaba en la clínica de Dösen. Pasó allí los últimos tres años y medio de su vida, siendo visitado por su hija adoptiva y su esposa en apenas un par de ocasiones; él se negaba a que le vieran en el estado tan deplorable en que se encontraba. La historia clínica recoge referencias a una extremada inaccesibilidad; en alguna ocasión murmura “olor a cuerpo muerto, descomposición”; se ensucia con orina y heces, relacionando esto con sensaciones desagradables en el ano; como poco, diciendo que no tiene estómago y no puede digerir; acostado en la cama continuamente; de tiempo en tiempo escribe algo en su cuaderno de notas, completamente ilegible. Finalmente, la anotación del catorce de abril de 1910: “Muere con síntomas de disnea e insuficiencia cardiaca”. Entre las últimas letras que garabateó puede leerse subrayado “Unschuldig” (inocente), el mismo término con el que había plasmado su posición frente a la persecución al inicio de su delirio.
            Acercándonos a la teoría freudiana de la paranoia, es bien conocida la relación que establece en términos de causalidad entre ésta y la homosexualidad reprimida. En un primer período psicopatológico, Freud considera que la paranoia es una forma de defensa frente a una representación sexual inconciliable para el Yo, y que la estrategia de dicha defensa consiste en una proyección “hacia el mundo exterior del sumario de la causa que la representación misma establece”; en otros términos, la defensa específica de la paranoia consiste en la peculiar modalidad del retorno de lo reprimido desde el exterior. Tras una lectura minuciosa de la obra de Schreber, Freud despeja la identidad del perseguidor originario en la trama delirante, que no es otro que Flechsig, que es sustituido posteriormente por Dios. Freud plantea que la persona ahora odiada y temida a causa de su persecución es alguien que alguna vez fue amado y venerado, y que el delirio sirve sobre todo para justificar la transformación del sentimiento en el interior del enfermo. Tenemos aquí uno de los pilares de la tesis freudiana de la paranoia como defensa ante un empuje homosexual inconsciente; el otro pilar se halla en la noción de “narcisismo”. La transferencia con su médico queda situada en el origen de la formación del delirio posterior: “Un avance de libido homosexual fue entonces el ocasionamiento de esta afección; es probable que desde el comienzo su objeto fuera el médico Flechsig, y la vuelta contra esa moción libidinosa produjese el conflicto del cual se engendraron los fenómenos patológicos”. La paranoia se concibe como defensa contra una moción homosexual inconsciente y el rechazo a tal empuje homosexual se lleva a cabo, en este caso, al precio del delirio de transformación en mujer. Freud, por otra parte, desarrolla el concepto de narcisismo como estadio intermedio entre el autoerotismo y el amor objetal, lo que implica que para acceder el sujeto a un objeto de amor se toma previamente a sí mismo como objeto de amor, es decir, que se llega a la heterosexualidad pasando primeramente por una elección homosexual de objeto. Freud considera que el carácter paranoico reside en que para defenderse de una fantasía de deseo homosexual se reacciona con un delirio de persecución de esa clase.
            Como señala Álvarez, fueron Macalpine y Hunter los primeros en criticar abiertamente la tesis freudiana que atribuye un valor causal a la homosexualidad en la paranoia. Estos autores afirman: “El sesgo freudiano de la homosexualidad le había conducido a la interpretación de las angustias de castración de la enfermedad de Schreber, basadas más en ideas preconcebidas teóricas que en material real”. Para ellos, la psicosis de Schreber obedece definitivamente a la búsqueda de la procreación, pero una procreación asexualizada o delirante. Hay en la obra de Schreber un buen número de referencias articuladas a la idea delirante de transformación en mujer que conminan a considerar la procreación, la genealogía y el linaje en el lugar central del edificio delirante. Es la opinión de Álvarez que la certeza de mudanza en mujer y el tratamiento delirante de la procreación están tan íntimamente ensartados que tanto una como otro responden al mismo defecto, a la misma desorganización simbólica inductora causalmente de la psicosis. Ni la mudanza en mujer ni la procreación tienen por qué ser vinculados con la homosexualidad. Si hay un núcleo invariable a lo largo de la locura schreberiana es la problemática del goce: él es el objeto exclusivo del goce divino, el encargado de aportar a su Dios el goce que éste ha perdido. Si bien algunos paranoicos se figuran a través de la persecución homosexual ese goce del Otro, Schreber más bien lo entrevé a través de la mudanza en mujer (transexualismo). Macalpine y Hunter precisan: “La transformación en mujer no era la castración como castigo por los deseos homosexuales prohibidos, ni tampoco era el medio para lograr esos deseos. [...] Lejos de significar castración, es decir, esterilización, “desvirilización” quería decir transformación en mujer para ser fértil”.
            Siguiendo a Álvarez, una vez desmontado el artificio de la causalidad homosexual y una vez limitado el valor inusitado que algunos autores habían dado a la noción de proyección en la psicosis, pudo Lacan formular su hipótesis de una causalidad significante en la psicosis. La forclusion du Nom-du-Père (forclusión del Nombre-del-Padre) es precisamente la expresión concentrada de esa hipótesis que sitúa la causalidad de la psicosis en su relación con el significante; en ella se reúnen y articulan al mismo tiempo las dos indicaciones inconclusas de Freud: tanto el estatuto concreto de la función del padre en la psicosis, como el mecanismo específico que confecciona por completo la estructura y la lógica de la psicosis. La forclusión en sí misma es inaprehensible, transfenomenológica. Son los efectos clínicos concretos y detectables de este déficit o de esta ausencia del significante Nombre-del-Padre, capital en la arquitectura del orden simbólico por ser precisamente su “sostén” y por nombrar a la ley del deseo en tanto sexual, los que nos permiten establecer un diagnóstico estructural. Dichos efectos son tan instantáneos y tan abruptos como fácilmente reconocibles, pudiendo oscilar entre los fenómenos xenopáticos más mínimos o elementales y los más groseros o llamativos de la psicosis. El defecto simbólico de la forclusión es el agente primero que desorganiza o desanuda la estructura tripartita borromea, los tres registros de la experiencia humana que Lacan llamó lo Simbólico, lo Imaginario y lo Real. La forclusión induce así, en el desencadenamiento de la psicosis, una desorganización o “disolución imaginaria” caracterizada por lo que se ha dado en llamar la “regresión tópica al estadio del espejo” o, lo que es lo mismo pero en términos schreberianos, el “crepúsculo del mundo”. En el marco de esta disolución emergen los fenómenos de despersonalización, de transitivismo, de agresividad, es decir, el desmembramiento del esquema corporal que se extiende hasta la descomposición del conjunto del universo. Así mismo, en el registro Real, los efectos inmediatos de la forclusión se localizan en cualquiera de los posibles retornos o filtraciones de ese incesante real que, por no haber accedido jamás a la simbolización, se le presenta al sujeto en la forma de intromisiones xenopáticas, tanto en el plano del pensamiento como del cuerpo, o en cualquiera de las posibles experiencias de la certeza y de la inefabilidad. Todos estos fenómenos de disolución imaginaria y de presencia invasiva de lo Real tienen un correlato de manifestaciones propias del registro simbólico: en especial, trastornos del lenguaje (estribillos, frases interrumpidas, neologismos, etc.) o, como decía Clérambault, el “trastorno molecular del pensamiento elemental”, los trastornos relativos a la desorientación espacial y temporal, etc. Ese matema del Complejo de Edipo freudiano que es la metáfora paterna y los operadores que la componen (el Nombre-del-Padre, el deseo de la Madre, el Significado al sujeto, el Otro y el Falo) permitirán, mediante la función metafórica introducida en el lenguaje, la cristalización de la significación fálica y la inscripción definitiva del sujeto en el mundo del deseo, pues esa “significación fálica” es un grillete que tiene por función someter el deseo del hablante a la castración. Todo este proceso de la metáfora paterna, que de llevarse a término garantiza la confección de una estructura psíquica no psicótica, depende en gran medida del caso que hace la madre de la palabra del padre, de su autoridad, o dicho de otra manera, del lugar que ella reserva al Nombre-del-Padre en la promoción de la ley. De fracasar la metáfora paterna, es decir, de fracasar la simbolización del significante Nombre-del-Padre, el sujeto psicótico puede decidirse por restañar ese defecto orquestando una “metáfora delirante”; es ése precisamente uno de los recursos supletorios posibles, aunque no el único. Tal fue el laborioso camino elegido por Schreber en su particular calvario del empuje hacia la mudanza delirante en mujer, más concretamente en la mujer de Dios, con vistas a la procreación de una nueva raza de “hombres de espíritu Schreber”.
            Álvarez se pregunta en su más que brillante trabajo por los desencadenantes de las tres crisis psicóticas. Supone, y estamos de acuerdo con su pensamiento, que ninguna crisis psicótica se produce por casualidad sino por causalidad. Rastreando la fenomenología psicótica hasta el instante en el que se produjo la primera y definitiva discontinuidad de la experiencia, donde tiene lugar la intromisión de lo Real, se encuentra siempre una coyuntura estereotipada, un conjunto de elementos tan característicos como repetidos. La estructura psicótica consiste en una organización sólida y estable en la que coexisten y se articulan una serie de elementos constitutivos (Nombre-del-Padre, Deseo de la Madre, Falo, Deseo, Identificaciones, Síntomas, Pulsión y Goce, son algunos de ellos). Dichos elementos no tienen en sí mismos un valor intrínseco; por el contrario, su valor se define exclusivamente en función de las relaciones que cada uno de ellos guarda con el resto. Esta estructura asintomática o, al menos, carente de fenómenos ciertamente ostensibles, puede permanecer anudada y estable mientras no salte el resorte que reordenaría instantáneamente el conjunto de los elementos que la integran. Dado que la estructura psicótica tiene un defecto singular, bastaría que se apelara o que se hiciera comparecer a ese elemento que falta por definición y que es el responsable de su conformación genérica. En la crisis psicótica no se trataría ni de una amplificación ni de una reducción cuantitativa, sino de un reajuste tan radical, brusco y novedoso que el debutante en la psicosis queda generalmente sumido en un estado de perplejidad o de enigma de sentido. Es así como el sujeto se abisma en una nueva dimensión de la experiencia en la que no existen ni jamás existirán ya casualidades, sino que todo cuanto ocurra en su pequeño mundo estará perpetuamente sobredeterminado desde otro lugar y siempre en una trama de referencias que implacablemente le conciernen.
            El instante de la crisis es el instante del “llamado” a comparecer de ese significante del Nombre-del-Padre, ese significante precisamente deficitario, ausente, en la estructura psicótica: “Para que la psicosis se desencadene, es necesario que el Nombre-del-Padre, verworfen, recusado (forclos), es decir, sin haber llegado nunca al lugar del Otro, sea llamado allí en oposición simbólica al sujeto. Es la falta del Nombre-del-Padre en ese lugar la que, por el agujero que se abre en el significado, inicia la cascada de los retoques del significante de donde procede el desastre creciente de lo imaginario, hasta que se alcance el nivel en que significante y significado se estabilizan en la metáfora delirante”. Las circunstancias en las que se produce ese “llamado”, ese requerimiento de la presencia del significante Nombre-del-Padre, parecen poner de manifiesto siempre una coyuntura idéntica: inmerso el sujeto en una relación dual e imaginaria con un semejante apasionadamente amado u odiado, es sorprendido por la presentificación de un elemento ubicado en posición tercera respecto a esa relación dual. Este “llamado” es producido por un padre real, no en absoluto necesariamente por el padre del sujeto, por Un-padre. Aplicando este modelo aquí esbozado a las tres crisis de Schreber, encontramos que la primera sobrevino tras haber sido derrotado en la campaña electoral al Reichstag; la segunda, se precipitó tras recibir el nombramiento de Senatspräsident y asumir sus funciones; la tercera irrumpió en el marco de la disputa por la legalidad del uso del nombre del padre. Todas ellas vienen precedidas de una intensa actividad, que rematará a la postre con claros síntomas de agotamiento. En todas también se palpa un estado de tensión y rivalidad: en la primera, con Geiser, su contrincante en las elecciones, en la segunda, frente al Consejo de cinco jueces que debían ser sus subordinados, en la tercera, respecto a las asociaciones que se disputaban el nombre de su padre, especialmente contra Siegel. Tanto Geiser, como el Consejo y Siegel parecen haber servido de detonante (Un-père) en cada una de las tres crisis para efectuar ese “llamado” al significante deficitario Nombre-del-Padre. Las coyunturas en las que se precipitan dichas crisis contienen un elemento común que reclama la comparecencia de dicho significante. Bajo la forma de disputar un cargo político, o bien el ascenso a lo más alto de la jerarquía judicial, o bien del requerimiento directo para legitimar el nombre de su padre, en todas esas circunstancias Schreber experimentó ese “llamado” al Nombre-del-Padre para el que no hay más respuesta que “un puro y simple agujero”. La manifestación fenomenológica de este mecanismo intrapsíquico que es la forclusión indujo un desanudamiento de los tres registros, el defecto en el armazón simbólico del sujeto produjo un desmoronamiento del registro imaginario, a lo que se añadió, en el plano real, el desbocamiento de la pulsión y las manifestaciones xenopáticas.
            Por último, la cuestión del diagnóstico. Schreber ha sido considerado paranoico, esquizofrénico, parafrénico, psicótico maníaco-depresivo, ejemplo de psicosis única (con alteración primaria del humor, luego de la razón y acabando en un estado demencial) y otras visiones. El diagnóstico entraña, en este caso como en cualquiera y se quiera o no, una toma de posición ideológica y teórica. Como dice Álvarez, estas disparidades revelan las posiciones de salida en las que cada clínico se sitúa frente a la escucha de la locura: puede considerarse un defecto orgánico, con lo cual se aprecia deterioro donde otros ven responsabilidad y trabajo del sujeto mermado simbólicamente; puede contemplarse fraccionada en categorías clínicas independientes, o bien puede captarse en esa variedad distintas posiciones y respuestas intercambiables, decididas y conquistadas en su conjunto por quien padece y gestiona su locura; puede creerse en un determinismo etiológico y etiopatogénico del humor sobre la razón, del afecto sobre la representación, mientras que otros consideran que es un defecto originario de las representaciones el que determina mayoritariamente las afectaciones del humor. Junto a estas posiciones clínicas, hay dos vertientes epistemológicas: la primera, representada por el discurso psiquiátrico, aprehende y disuelve cada caso particular en el marco de un saber cuantitativo adquirido a través de numerosas observaciones; la segunda, representada por el psicoanálisis, se construye inversamente, elevando un caso concreto al estatuto de paradigma de una estructura clínica. Freud considera a Schreber un paranoico, centrando la esencia de su concepción de la paranoia en la entrega del sujeto a la edificación de un delirio que le procure una salida al cataclismo que supone la entrada en la psicosis, el restablecimiento delirante de la identidad atomizada y la creación de nuevos lazos que unan a ese sujeto con su Otro y con sus semejantes. Más allá de cuantos fenómenos esquizofrénicos y depresivos quieran resaltarse, Schreber es, desde tal punto de vista, un paranoico ejemplar.




lunes, 30 de mayo de 2011

Todos a la cárcel

El blog de Miguel Jara, periodismo comprometido e independiente donde lo haya, publicó recientemente una entrada en la que comentaba unas declaraciones de Jordi Faus, abogado y socio del bufete Faus & Moliner, el cual, según comenta Jara, defiende los intereses de distintas compañías farmacéuticas. Dichas declaraciones trataban sobre un reciente libro del propio Miguel Jara acerca de la industria farmacéutica y sus tácticas comerciales. No repetiremos nuestras ideas ya más que comentadas aquí sobre el tema (al menos, hoy no lo haremos), pero ha suscitado nuestra curiosidad un enlace recogido en dicha entrada a un boletín de información jurídica, titulado Cápsulas, y editado en 2001 por Faus & Moliner Abogados.

En dicho boletín se reseña una sentencia que nos ha llamado poderosamente la atención. En el entorno médico en general y psiquiátrico en particular es tal el grado de penetración de la industria farmacéutica en el desempeño diario del médico (encuentros con visitadores, obsequios menores, viajes a congresos, estudios patrocinados, charlas pagadas, formación diversa financiada, encuentros científicos en grandes restaurantes...),  que pensamos que realmente muchos compañeros no son conscientes (como no lo éramos nosotros antes) de las posibles repercusiones legales de algunas conductas. Vamos a transcribir textualmente el texto del boletín jurídico del mencionado bufete, creyéndolo muy, muy educativo. La negrita es nuestra y, como verán, no la ponemos al azar.

"En junio de 1999, la Audiencia Provincial de Madrid dictó sentencia condenando al administrador de un laboratorio, a un visitador y a un médico especialista, como autores de delitos de cohecho. La Sentencia consideró probado que la empresa, con el fin de aumentar las ventas de sus especialidades "decidió incentivar a numerosos facultativos para que recetasen los mismos, abonándoles los gastos de estancias en congresos médicos, así como diversas cantidades de dinero por hacer un seguimiento farmacológico de los productos". Además, la Sentencia declaró probado que el médico especialista procedió a extender numerosas recetas oficiales falsas en connivencia con el visitador médico del laboratorio. El administrador del laboratorio fue condenado como autor de un delito continuado de cohecho, y el visitador y el médico especialista fueron condenados como autores de un delito continuado de cohecho y como autores de un delito continuado de falsedad. Notificada dicha sentencia a las partes se interpuso recurso de casación. Comentamos a continuación el contenido de la Sentencia del Tribunal Supremo referido al recurso interpuesto por el administrador del laboratorio.

El Tribunal desestima el recurso presentado por el administrador del Laboratorio, destacando especialmente su rechazo a la pretensión del recurrente, que sostenía que los pagos se efectuaron como "remuneración de actividades de farmacovigilancia", y que "incentivar a los médicos para que receten los medicamentos de un determinado laboratorio, y no otros, constituye un acto lícito pues la función de cualquier empresario es fomentar las ventas de sus productos". El Tribunal Supremo contesta esta pretensión en los términos siguientes: Incentivar (en realidad sobornar) a los médicos para que receten prioritariamente unos determinados medicamentos distribuidos por un concreto laboratorio (...) no constituye una actividad lícita de promoción comercial, pues se encuentra expresamente prohibida por la Ley del Medicamento. Esta prohibición es perfectamente conocida por todos los profesionales del gremio y concretamente por los ejecutivos de los laboratorios farmacéuticos. (...) El artículo 7.2 de la Ley 25/1990, de 20 de diciembre, del Medicamento, dispone que queda expresamente prohibido el ofrecimiento directo o indirecto de cualquier tipo de incentivo, primas u obsequios, por parte de quien tenga intereses directos o indirectos en la producción, fabricación y comercialización de medicamentos a los profesionales sanitarios implicados en el ciclo de prescripción, dispensación y administración, o a sus parientes y personas de su convivencia.

La introducción de un incentivo económico por la prescripción de unos medicamentos determinados, distorsiona la función de la prescripción que debe estar esencialmente orientada por el interés del paciente y no por el del médico. Con estas prácticas ilegales se perjudica seriamente la salud de los pacientes, pues el abuso de medicamentos, cuyo empleo racional es beneficioso, puede originar problemas de salud graves. Se perjudica también la economía de los enfermos, pues, en igualdad de condiciones, el médico puede optar por la prescripción que personalmente le resulte más beneficiosa en función del "incentivo" económico que va a percibir, aun cuando sea innecesariamente más costosa. Se perjudica al Sistema Nacional de Salud, cuando éste sufraga el coste de los medicamentos, pues se fomenta la prescripción por factores ajenos a las necesidades clínicas. Y se perjudica, por último, la libre competencia y la transparencia del mercado, al emplearse métodos ilegales de comercialización, en detrimento de la calidad y el precio. En consecuencia el ofrecimiento directo e indirecto de incentivos, por parte del recurrente (...) constituye una conducta legalmente prohibida. Conducta que cuando se realiza en relación con profesionales privados da lugar a la infracción administrativa expresamente prevista en el art. 108 16 de la Ley del Medicamento. Pero cuando las dádivas o presentes se ofrecen o entregan a quienes en sentido jurídico-penal son funcionarios públicos, es decir a profesionales sanitarios integrados en el Servicio Nacional de Salud, constituyen un delito de cohecho, pues en este caso se vulneran adicionalmente los principios de imparcialidad y objetividad que deben presidir el desempeño de las funciones públicas. La alegación de que los pagos efectuados al facultativo lo fueron supuestamente como "remuneración de actividades de farmacovigilancia", no altera lo expresado, pues consta que estas cantidades se abonaban como incentivo "al objeto de aumentar las ventas de las especialidades que elaboraba tal Laboratorio", es decir que constituían incentivos "indirectos", expresamente prohibidos.

A esos efectos resulta irrelevante que se llegase o no a confeccionar algún supuesto trabajo de farmacovigilancia, pues (...) estas supuestas actividades no eran más que mera cobertura del pago destinado a incrementar la dispensación de los medicamentos del laboratorio. Ha de recordarse que la Sala sentenciadora razona en su fundamentación que el propio pagador de las dádivas reconoció expresamente que la cobertura de los supuestos estudios de farmacovigilancia era simplemente una forma más "elegante" de pagar a los médicos, es decir que constituía un método fraudulento para intentar eludir la expresa y contundente prohibición legal. Asimismo los dictámenes periciales acreditaron que dichos estudios o no se confeccionaban o bien eran pura apariencia, por lo que constituían "actividades encubiertas de inducción a la prescripción o incentivos prohibidos a los prescriptores", conclusión del dictamen pericial que la Sala asume como propia y que le sirve para fundamentar su convicción".

Los términos utilizados por el Tribunal son especialmente rigurosos y directos. Más adelante, en la Sentencia, el Tribunal señala que para condenar estas prácticas promocionales "no es necesario demostrar que se prescribieron medicamentos innecesarios o prescindiendo de otros más específicos o con incremento arbitrario del gasto, pues lo relevante es que la dádiva estaba específicamente dirigida a obtener un comportamiento injusto (incrementar las prescripciones por encima del número de las que se hubiesen producido sin ella)".

Hasta aquí, el texto del boletín jurídico de Faus & Moliner Abogados, que hemos transcrito en su totalidad, por juzgarlo de un interés indudable. Y como existe una Ley del Medicamento posterior a la mencionada en esta sentencia, de 2006, vamos a copiar un artículo de dicha ley que alude específicamente, no a los laboratorios o visitadores vendedores del producto, sino a los médicos prescriptores.

Ley 29/2006, de 26 de julio, de garantías y uso racional de los medicamentos y productos sanitarios, Titulo VIII Régimen sancionador, Capítulo II Infracciones y sanciones, Artículo 101, Infracciones, b) infracciones graves, 29ª:

"Aceptar, los profesionales sanitarios, con motivo de la prescripción, dispensación y administración de medicamentos y/o productos sanitarios con cargo al Sistema Nacional de Salud, o sus parientes y personas de su convivencia, cualquier tipo de incentivo, bonificaciones, descuentos prohibidos, primas u obsequios efectuados por quien tenga intereses directos o indirectos en la producción, fabricación y comercialización de medicamentos y productos sanitarios."

En fin, que al final va a resultar que la cuestión de la relación entre los clínicos prescriptores y la industria farmacéutica, en lo referente a obsequios e incentivos de diverso pelaje, ya no va a ser un problema de ética personal sino de legalidad vigente.

En cualquier caso, el título de la entrada es una broma.... hasta que un juez diga lo contrario, claro.



martes, 24 de mayo de 2011

Teoría de los ídolos (de ayer y de hoy)

Francis Bacon (1561-1626) fue un filósofo ingles que destacó por su preocupación acerca de la influencia de los descubrimientos científicos sobre la vida humana. Una idea atravesó toda su vida, que ahora probablemente nos pareciera obvia pero que, en su época, era una absoluta novedad: consistía en creer que el saber debía llevar sus resultados a la práctica, la ciencia debía ser aplicable a la industria, los hombres tenían el deber sagrado de organizarse para mejorar y transformar sus condiciones de vida. Bacon defendió la necesidad de un nuevo método científico, basado en inducciones estrictamente sujetas a la experiencia y deducciones controladas de forma experimental. Un método científico para una nueva ciencia, colaborativa, lejos de la especulación filosófica antigua y del pensamiento mágico. Un método científico que, aunque todavía muy necesitado de perfeccionamiento, había de señalar un camino a seguir.

Para Bacon, el avance científico requería como condición previa indispensable el liberarse de los ídolos o falsas nociones que ocupaban el intelecto humano. En su teoría de los ídolos, describe nuestro autor magistralmente distintos tipos de prejuicios humanos que dificultan, si no impiden, la adquisición de conocimiento, o bien lo enturbian, haciéndolo inútil para el progreso y bienestar humano. Vamos a continuación a recoger dicha teoría siquiendo literalmente el texto Historia del Pensamiento Filosófico y Científico tomo II, de Reale y Antiseri. Dejaremos en letra cursiva lo que corrasponda a  citas textuales de Bacon.

"Los ídolos y las nociones falsas que han invadido el intelecto humano, echando profundas raíces, no sólo bloquean la mente humana de un modo que dificulta el acceso a la verdad, sino que, aunque tal acceso pudiese producirse, continuarían perjudicándonos incluso durante el proceso de instauración de las ciencias, si los hombres, teniéndolo en cuenta, no se decidiesen a combatirlos con todo el denuedo posible. Por lo tanto, la primera función de la teoría de los ídolos consiste en hacer que los hombres tomen conciencia de aquellas nociones falsas que entorpecen su mente y que les impiden el camino hacia la verdad. En pocas palabras, descubrir dónde están los ídolos es el primer paso que hay que dar para poder desembarazarse de ellos. ¿Cuáles son estos ídolos? Bacon responde en estos términos a dicho interrogante: La mente humana se ve sitiada por cuatro géneros de ídolos. Con un objetivo didáctico, los denominaremos respectivamente ídolos de la tribu, ídolos de la cueva, ídolos del foro e ídolos del teatro. Sin ninguna duda, el medio más seguro para expulsar y mantener alejados los ídolos de la mente humana consiste en llenarla con axiomas y conceptos producidos a través del método correcto que es la verdadera inducción. Sin embargo, descubrir cuáles son los ídolos representa ya un gran beneficio.

1) Los ídolos de la tribu ("idola tribus") están fundamentados en la misma naturaleza humana [...]. El intelecto humano es como un espejo desigual con respecto a los rayos de las cosas; mezcla su propia naturaleza con la de las cosas, que deforma y transfigura. Por ejemplo, el intelecto humano por su estructura misma se ve empujado a suponer que en las cosas existe un mayor orden que el que poseen en realidad. El intelecto [...] se imagina paralelismos, correspondencias y relaciones que en realidad no existen [...]. Más aún: El intelecto humano, cuando encuentra una noción que lo satisface porque la considera verdadera o porque es convincente y agradable, lleva todo lo demás a legitimarla y a coincidir con ella. Y aunque sea mayor la fuerza o la cantidad de las instancias contrarias, se las menosprecia sin tenerlas en cuenta, o se las confunde a través de intenciones y se las rechaza, con perjuicio grave y dañoso, para mantener intacta la autoridad de sus primeras afirmaciones. En pocas palabras: el intelecto humano tiene el vicio que hoy calificaríamos como errónea tendencia verificacionista, opuesta a la adecuada actitud falsacionista, para la cual, si se quiere que haya progreso científico, hay que estar dispuestos a descartar una hipótesis, una conjetura o una teoría siempre que se hallen hechos contrarios a ella. Sin embargo, las perniciosas tendencias del intelecto no se limitan a suponer unas relaciones y un orden de los que carece este complejo mundo, sino que tampoco tienen en cuenta los casos contrarios. El intelecto se ve llevado asimismo a atribuir con superficialidad aquellas cualidades que posee una cosa que le ha impresionado con profundidad a otros objetos que, en cambio, no las poseen. En definitiva, el intelecto humano no sólo es luz intelectual, sino que padece el influjo de la voluntad y de los afectos, y esto hace que las ciencias sean como se quiera. Ello sucede porque el hombre cree que es verdad aquello que prefiere y rechaza las cosas difíciles debido a su poca paciencia para investigar; evita la realidad pura y simple, porque deprime sus esperanzas; substituye por supersticiones las supremas verdades de la naturaleza; la luz de la experiencia, por la soberbia y la vanagloria [...]; las paradojas las elimina, para ajustarse a la opinión del vulgo; y de modos muy numerosos y a menudo imperceptibles, el sentimiento penetra en el intelecto y lo corrompe. [...] El intelecto humano, por su propia naturaleza, tiende a las abstracciones, e imagina que es estable aquello que, en cambio, es mutable. Éstos son, por consiguiente, los ídolos de la tribu.

2) Los ídolos de la cueva ("idola specus") proceden del sujeto individual. Cada uno de nosotros, además de las aberraciones propias del género humano, posee una cueva o gruta particular, en la que se dispersa y se corrompe la luz de la naturaleza; esto sucede a causa de la propia e individual naturaleza de cada uno; a causa de su educación y de la conversación con los demás, o debido a los libros que lee o a la autoridad de aquéllos a quienes admira u honra; o a causa de la diversidad de las impresiones, según que éstas se encuentren con que el ánimo está ocupado por preconceptos, o bien se encuentra desocupado y tranquilo. El espíritu de los individuos es diverso y mudable, y resulta casi fortuito. Por ello, escribe Bacon, Heráclito no se equivocaba al afirmar "Los hombres van a buscar las ciencias en sus pequeños mundos, no en el mundo más grande, idéntico para todos". Los ídolos de la cueva, por lo tanto, tienen [...] su origen en la naturaleza específica del alma y del cuerpo del individuo, de la educación y de los hábitos de éste, o de otros azares fortuitos. Puede suceder, por ejemplo, que algunos se aficionen a sus especulaciones particulares porque se crean autores o descubridores de ellas, o porque hayan colocado en ellas todo su ingenio y se hallan acostumbrados a ellas. También es posible que, basándose en un trozo de saber construido por ellos, lleguen a extrapolarlo, proponiendo sistemas filosóficos completamente fantásticos [...]. De igual modo, los alquimistas construyeron una filosofía natural del todo fantástica, y de un alcance mínimo, porque se encuentra fundada en unos cuantos experimentos de laboratorio. Asimismo, hay otros que se ven dominados por la admiración hacia la antigüedad, y otros, por el amor y el atractivo de la novedad; escasos son los que se arriesgan a defender un camino intermedio, sin despreciar lo que haya de adecuado en la doctrina de los antiguos, sin condenar lo que los modernos hayan acertadamente descubierto.

3) Los ídolos del foro o del mercado ("idola fori"). Bacon escribe: También hay ídolos que dependen, por así decirlo, de un contacto o del recíproco contacto entre los integrantes del género humano: los llamamos ídolos del foro, refiriéndonos al comercio y a la relación entre los hombres. En realidad la vinculación entre los hombres tiene lugar a través del habla , pero los nombres se imponen a las cosas de acuerdo con la comprensión del vulgo, y esta deforme e inadecuada adjudicación de nombres es suficiente para conmocionar extraordinariamente el intelecto.  Para recuperar la relación natural entre el intelecto y las cosas, tampoco sirven todas aquellas definiciones y explicaciones que a menudo emplean los sabios para precaverse y defenderse en ciertos casos. En otras palabras, Bacon parece excluir lo que hoy llamamos "hipótesis ad hoc", hipótesis elaboradas e introducidas en las teorías en peligro, con el único propósito de salvarlas de la crítica y de la refutación. En cualquier caso, dice Bacon, las palabras ejercen una gran violencia al intelecto y perturban los razonamientos, arrastrando a los hombres a innumerables controversias y consideraciones vanas. En opinión de Bacon, los ídolos del foro son los más molestos de todos porque se insinúan ante el intelecto mediante el acuerdo de las palabras; pero también sucede que las palabras se retuercen y reflejan su fuerza sobre el intelecto, lo cual convierte en sofísticas e inactivas la filosofía y las ciencias. Los ídolos que penetran en el intelecto a través de las palabras son de dos clases: se trata de nombres de cosas inexistentes [...], o bien son nombres de cosas que existen, pero confusos e indeterminados, y abstraídos de manera impropia de las cosas.

4) Los ídolos del teatro ("idola theatri") entraron en el ánimo de los hombres por obra de las diversas doctrinas filosóficas y a causa de las pésimas reglas de demostración. Bacon les llama ídolos del teatro porque considera todos los sistemas filosóficos que han sido acogidos o elaborados como otras tantas fábulas aptas para ser representadas en un escenario y útiles para construir mundos de ficción y de teatro. No sólo hallamos fábulas en las filosofías actuales o en las sectas filosóficas antiguas , sino también en muchos principios y axiomas de las ciencias que fueron afirmados por tradición, fe ciega y descuido."

Hasta aquí el texto de Reale y Antiseri, que tan adecuadamente recoge las palabras y el pensamiento de Bacon. Sólo nos queda decir que, a lo largo de todo el escrito, nos ha parecido notar más que coincidencias entre los prejuicios a que se enfrentaba la naciente ciencia moderna en el siglo XVII y los que padece nuestra pobre psiquiatría del siglo XXI. O a lo mejor tales parecidos no son más que producto de nuestros propios ídolos...

También resaltar que Bacon vio el inicio de la era industrial, con un sistema capitalista todavía incipiente. En nuestra sociedad, con el capitalismo plenamente triunfante, tal vez nuestro filósofo habría pensado en añadir un quinto grupo de ídolos y llamarlo, por ejemplo, los ídolos del capital, como aquel conjunto de ideas, tópicos y lugares comunes no demostrados, pero capaces de ignorar pruebas contrarias, olvidar datos incómodos, proporcionar comodidad sin par mientras uno es sobornado de forma apenas disimulada... Todo ello con tal de que los fabricantes de dichos ídolos puedan aumentar sin fin su cuenta de resultados mientras nosotros, pobres mortales que seguimos adorándolos y ofreciéndoles nuestra ética en sacrificio, vemos cómo nos bajan la paga, despiden a nuestros compañeros, nos dejan menos tiempo para atender a nuestros cada vez más numerosos pacientes... Y, a pesar de todo ello, el déficit del estado para el que se supone trabajamos galopa, espoleado por nuestras recetas ciegas ante toda evidencia científica independiente, hacia el abismo...

Nosotros también estamos más que indignados. 

viernes, 13 de mayo de 2011

Déficit de atención (y sesgo de información)

El País es el diario no deportivo de mayor difusión en este país. En concreto y con datos de principios de 2011, alcanza más de medio millón de copias en la edición dominical, que incluye el suplemento titulado El País Semanal. No tenemos idea de cuántas personas concretas leen dicho suplemento pero, en cualquier caso, nos parece que deben ser muchas. Venga esto a colación de la importancia y repercusión que consideramos que tiene un reportaje como el que leímos el pasado domingo 8 de mayo en esta publicación, titulado Mi hijo no atiende. Nos proponemos comentarlo y opinar desde nuestro (limitado, por supuesto) conocimiento profesional del tema.

El artículo da por buenas las cifras calculadas por la asociación de padres ANSHDA, que hablan de 380.000 niños afectados en España, el 5% de la población escolar. Uno de cada veinte. Independientemente de que nos parezca una cifra alta, es evidente que nuestra mera opinión no tiene peso científico alguno. Sin embargo, nos preguntamos cuánto peso científico tiene la opinión de dicha asociación o cómo se ha calculado dicha cifra. Es sabido de los frecuentes conflictos de intereses que aparecen en asociaciones de familiares o afectados por patrocinios por parte de la industria farmacéutica, directamente interesada en la prescripción de fármacos para estos trastornos y, por lo tanto, beneficiada económicamente de cualquier aumento en la prevalencia de los mismos.

Ya el Servicio Canario de Salud en la página web del Servicio de Control y Uso Racional del Medicamento, muy recomendable, publicó un escrito denunciando dichos conflictos de intereses. En el caso de ANSHDA, hemos encontrado una publicación que recoge cómo un libro con testimonios de madres pertenecientes a esta asociación fue financiado por la farmacéutica Eli Lilly, fabricante de la atomoxetina, un fármaco indicado en TDAH. Por supuesto, no dudamos de la buena fe de los miembros de ésta u otras asociaciones. Pero creemos que es necesario revelar dichos conflictos de interés para que el lector del artículo tenga toda la información disponible.

Siguiendo con la lectura del reportaje, tras otro caso de niño hiperactivo (síntomas: “saltar en el sillón”, “se aceleraba como el Correcaminos”, “lucía más chichones que el Coyote”), llegamos a una afirmación que nos deja profundamente impresionados: "Las pruebas lo confirmaron: falta de control sobre sus impulsos, dificultad de mantener la concentración". Repetimos: "Las pruebas lo confirmaron". Y nos preguntamos qué pruebas serían ésas, tan confirmatorias.

El tratado Sinopsis de Psiquiatría, de Kaplan y Sadock, novena edición, página 1.224, describe el diagnóstico del TDAH como clínico, basado en la historia del paciente y la exploración psicopatológica, es decir, el examen del estado mental, y remite a los criterios diagnósticos del DSM-IV-TR. Ninguna mención a pruebas diagnósticas, salvo para descartar patologías asociadas.

El Tratado de Psiquiatría de Gelder, López-Ibor Jr. y Andreasen, primera edición, tomo tercero, página 2.083, dice textualmente “no existen pruebas de laboratorio que tengan suficiente sensibilidad diagnóstica y especificidad como para distinguir a los niños afectados por este trastorno de los no afectados, o de otros niños con otros síntomas”.

El Tratado de Psiquiatría de Vallejo Ruiloba y Leal Cercós, primera edición, tomo II, página 1.587, dice “El diagnóstico del trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) se establece, centrado en el cuadro clínico, cuando se dan suficientes síntomas de hiperactividad, déficit de atención e impulsividad, con repercusión significativa sobre las actividades y relaciones del niño, durante un período de tiempo prolongado.

Resumiendo: no hay pruebas que aseguren el diagnóstico. No hay determinaciones analíticas ni hallazgos radiológicos o de otro tipo que confirmen un diagnóstico de TDAH. Hay síntomas que un clínico más o menos experto busca, encuentra, interpreta y valora. A veces ayudado por escalas de cierta validez y fiabilidad, pero que tampoco son pruebas en el sentido que un análisis de glucemia prueba la existencia de una diabetes o una radiografía de tórax prueba la presencia de un neumotórax. No hay pruebas para diagnosticar el TDAH. Ojalá las hubiera, para que no se pudiera diagnosticar a quien no lo padeciera.

El artículo sigue con un comentario de la madre del niño diagnosticado: “sentí abatimiento, pero me reconfortó saber que no era culpa de cómo lo habíamos educado”. Creemos que esta opinión es una de las claves del sobrediagnóstico del TDAH. Por supuesto, de nada sirve culpabilizar a los padres de la conducta del niño. Pero, en nuestra opinión, hay muchos niños traviesos, inquietos, difíciles, que precisan más disciplina o una educación más estricta que, muchas veces, los padres, cargados de trabajos y obligaciones, no pueden proporcionar. Un constructo como el TDAH es una fabulosa oportunidad de desrresponsabilización para estos padres, que ellos no buscan pero que se les otorga junto al tratamiento farmacológico que se le da al niño. Sin embargo, ser responsable, por medio de la educación que uno puede dar, del comportamiento de nuestros hijos no es sólo arriesgarse a sentirse culpable por lo que no vaya bien, sino que supone la oportunidad de poder actuar para que las cosas vayan mejor. Y esa responsabilidad puede ser una herramienta muy poderosa.

El artículo sigue: “Y comenzó el tratamiento. Con medicación, guste o no”. La declaración de intenciones no puede ser más clara. No sólo el tratamiento farmacológico es la solución, sino que no cabe ni la posibilidad de cuestionarlo.

Y a continuación, la resolución del enigma de la causalidad del TDAH: “Lo que impide centrar la atención es un problema de transporte de la dopamina en el cerebro, un déficit en el lóbulo frontal, el del control ejecutivo”, explica Jose Antonio Portellano, profesor de psicobiología de la Universidad Complutense.

Lo que no explica el señor Portellano es la diferencia entre una certeza (por ejemplo: el VIH causa SIDA) y una hipótesis (por ejemplo: el problema en el transporte de dopamina causa TDAH). Y el caso es que las hipótesis lo son porque no han sido demostradas. Y además, como vimos antes, no existe ninguna prueba de uso en la clínica habitual que mida ese transporte de dopamina que (según esta hipótesis no demostrada) causaría el TDAH. Con lo cual, aunque se confirmara tal causalidad (cosa que no se ha hecho), todavía habría que proceder a encontrar una prueba diagnóstica (que no se emplea actualmente) para comprobar si un caso concreto efectivamente es un TDAH o no. Como dijimos antes, ojalá se encontrara la causa y la prueba diagnóstica, pero que ningún niño no afecto de TDAH fuera diagnosticado como tal.

Un poco más de bibliografía: Sinopsis de Psiquiatría de Kaplan-Sadock, página 1.223: “Se desconocen las causas del TDAH”. Luego recoge muchas hipótesis y factores relacionados. Pero una cosa son las correlaciones estadísticas y otra muy distinta la causalidad demostrada. Y creemos que es importante resaltar esa diferencia. Ya algo de ello señalamos en una entrada previa a propósito de un artículo publicado en The Lancet.

El Tratado de Psiquiatría de Gelder, López Ibor Jr. y Andreasen, en su página 2.084 dice: “Se trata de un trastorno etiológicamente heterogéneo causado por una variedad de factores biológicos, psicológicos y sociales que probablemente interactúan entre sí incrementando el riesgo. Presumiblemente, estos factores tienen sus efectos en el sustrato neurológico de la cognición […]”. Sin entrar a discutir la escasa impresión de certeza científica que transmiten adverbios como “probablemente” o “presumiblemente”, parece que tampoco el asunto etiológico es tan simple como nos cuenta el experto citado en el artículo de El País Semanal.

En el Tratado de Psiquiatría de Vallejo Ruiloba y Leal Cercós, página 1.589, se dice: “No se conoce la etiología del trastorno. Lo que parece difícilmente descartable es que en el trastorno por déficit de atención subyazca una disfunción neurológica”. Sin embargo, a nivel epistemológico, que algo sea “difícilmente descartable” no significa que esté “demostrado indudablemente”. Y, como decíamos antes, ojalá se consiga demostrar tal etiología lo antes posible para no diagnosticar a niños sanos como enfermos, a niños inquietos como hiperactivos. Aunque, dado que la etiología se busca en niños diagnosticados en base a los criterios clínicos actuales, probablemente sea difícil encontrar esa causa específica si los niños con TDAH están catalogados junto a los traviesos, inquietos, más listos o menos listos… Si existe una enfermedad cerebral propia de lo que se ha dado en llamar TDAH, para encontrarla es imprescindible no diagnosticar a cada niño movido, pesado o problemático de esa enfermedad porque, en semejante amalgama, no va a haber forma de que ningún hallazgo sea lo bastante relevante y reproducible para sacarnos de dudas.

Tras el hallazgo etiológico, el artículo se centra en el aspecto de la medicación. Cita como tratamiento el metilfenidato, un derivado anfetamínico empleado para este trastorno. Cita las palabras de los padres ante el efecto de la medicación: “X se pausó. Tardó la mitad en hacer los deberes”. Francamente llamativo, sin duda. Pero no debemos olvidar que el hecho de una anfetamina provoque un aumento de la capacidad de concentración y un mayor rendimiento no demuestra que el sujeto que la toma padezca un TDAH. Sin ir más lejos, en nuestro país durante los años 60 y principios de los 70 era habitual en las universidades el empleo de sustancias de ese tipo (entonces legales y fáciles de conseguir) para mejorar el rendimiento en las épocas de exámenes. El argumento de que el fármaco provoca una mejora académica, ergo el niño tenía el trastorno, es tramposo, ya que cualquier niño o adulto probablemente aumente su rendimiento y concentración con una sustancia que, precisamente, aumenta el rendimiento y la concentración.

También se emplea a veces, incluso por parte de profesionales, el argumento de que, si el fármaco mejora los resultados académicos, es bueno tomarlo aunque el diagnóstico de TDAH sea dudoso. Pero dicho argumento minusvalora peligrosamente la cuestión de los efectos secundarios de estas medicaciones. Cuestión a la que no se hace mención en todo el artículo de la revista.

En el American Journal of Psychiatry se publicó en 2009 un artículo que demostró una asociación entre el uso de fármacos psicoestimulantes empleados en TDAH y la muerte súbita en pacientes jóvenes. Se estimó en siete veces el aumento del riesgo con metilfenidato.

Otro estudio publicado en Pediatrics en 2009 encontró una asociación entre el uso de estos fármacos y la aparición de alucinaciones y otros síntomas psicóticos.

Un tercer trabajo publicado en el J Am Acad Child Adolesc Psychiatry en 2008 halló que el tratamiento con psicoestimulantes en la infancia se asocia con retrasos estadísticamente significativos en peso y altura. Dicho estudio no encontró evidencias significativas de que tales déficits se atenuasen con el tiempo.

Vamos, que si el fármaco hay que usarlo porque va a mejorar el estado de un niño que lo necesita, debe emplearse valorando bien riesgos y beneficios. Pero nos asusta pensar en la posibilidad (que creemos muy real) de que se esté medicando a muchos niños que no sólo no se benefician de ello sino que además pueden verse perjudicados.

Y somos conscientes de que El País Semanal no es una revista científica ni debe comportarse como tal, pero nos parece que la información que aporta sobre el TDAH es parcial y sesgada. Ni se conoce la etiología, ni la información de las asociaciones es necesariamente neutral y no influida por la industria farmacéutica, ni la medicación está exenta de efectos secundarios que es necesario valorar. Y precisamente por no ser una revista científica, sino estar dirigida al público general, creemos más peligrosa la imagen que se transmite a dicho público no previamente informado en el tema y que, tememos, puede quedarse con una idea sesgada tras la lectura del mismo.

Para acabar, dos apuntes más. Querríamos recomendar el blog que escribe el padre de un niño en su día diagnosticado de TDAH que creemos de enorme interés y envidiable lucidez sobre el tema. Y en lo referente a conflictos de intereses con la industria farmacéutica, no puede dejar de leerse la entrada de El rincón de Jano sobre la guía de práctica clínica para TDAH publicada por el Ministerio de Sanidad.

Evidentemente, nuestro humilde blog no tiene ni la milésima audiencia de la que goza, merecidamente por otra parte, El País Semanal. Así que mucho lamentamos que, catastrofistas como somos, el mal ya está hecho.



sábado, 30 de abril de 2011

Matemáticas

El Servicio Canario de Salud, para el que trabajamos, ha desarrollado desde hace ya unos años el Registro Acumulativo de Casos Psiquiátricos, como un sistema de información de la atención sanitaria en el campo de la salud mental. Hace unos días, solicitamos a los responsables de esta herramienta unos datos que hacía tiempo nos interesaban, y nos los facilitaron de forma rápida y eficiente, por lo que queremos hacer constar nuestro agradecimiento y resaltar la utilidad de este sistema para ver cómo desempeñamos nuestro trabajo en la práctica real y bajo qué condiciones, no siempre en coincidencia con lo que nuestras (más o menos vistosas) teorías prescriben.

Los datos que solicitamos eran muy sencillos:

  • Número de pacientes nuevos vistos en las Unidades de Salud Mental (USM) de la isla de Tenerife en 2010.
  • Número de pacientes dados de alta en esas USM durante ese período de tiempo.

Y, a continuación, un poco de matemáticas, que no todo va a ser literatura...

  • Las USM de Tenerife (isla con una población aproximada de 850.000 habitantes) vieron en el año 2010 como pacientes nuevos, incluyendo tanto adultos como infanto-juveniles, un total de 7746 personas.
  • Durante ese año 2010, las USM dieron de alta a un total de 3754 pacientes.
  • Con un cálculo no excesivamente complejo, llegamos a la conclusión de que la población atendida en las consultas públicas de salud mental comunitaria aumentó durante el año pasado en 3992 personas.


Es decir, que las USM de nuestro sistema público de salud que ya empezaron 2010 con una sobrecarga asistencial más que considerable, heredada de años anteriores, terminaron el año con un incremento neto de casi 4000 pacientes más que atender. Para que se hagan una idea, si no la tienen ya, en varias de estas USM las citas con psiquiatra se dan cada 2 ó 3 meses, si no más. Con psicólogo la frecuencia es algo mayor, pero muchas veces sobrepasa el mes. Un psiquiatra puede ver a un paciente 4 ó 5 veces al año, durante una media hora aproximadamente como mucho, con agendas que a veces tienen 12 pacientes diarios. Nosotros no trabajamos en estos momentos en USM, pero nos parece difícil ver a una persona 30 minutos cada 3 meses y ser capaces de recordar qué le pasa, como para plantearse poder hacer algo por ayudar, más allá de ajustar o añadir medicaciones, las cuales tardaremos a su vez 3 meses en evaluar tanto a nivel de eficacia como de efectos secundarios. Un psicólogo debe realizar una psicoterapia en sesiones con frecuencia mensual, cuando lo indicado, en casi todas las orientaciones terapéuticas, sería semanal como poco.

Pues bien, a este estado de cosas, añádanle 4000 pacientes más cada año... y así todos los años. Desconocemos la cantidad de pacientes recomendada que debe llevar un psiquiatra en una USM, pero diríamos que más allá de 500 sería demasiado, tomado como cifra aproximada. Mediante un nuevo cálculo, también sin gran complejidad, necesitaríamos 8 psiquiatras nuevos cada año (o mezcla de psiquiatras y psicólogos, para nuestra argumentación es indiferente y en absoluto pretendemos empuñar ninguna bandera en la vieja y aburrida guerra psiquiatras-psicólogos, que hemos presenciado siempre como no-combatientes). Teniendo en cuenta la situación económica del país y de la comunidad autónoma canaria, podemos darnos por contentos si no echan a ninguno de los que trabajamos ahora (y ya ni les digo si, además, no nos siguen bajando el sueldo).

Parece claro que la sobrecarga asistencial de las USM va a seguir aumentando sin freno y que la época de nuevas y abundantes contrataciones se ha acabado para bastante tiempo. Además, las personas vistan en consulta en las USM tienen muchas más posibilidades de acudir a las urgencias psiquiátricas o de ser ingresadas en las plantas de psiquiatría, con lo que la sobrecarga llega a más dispositivos de la red de salud mental. Todo ello en un contexto donde, desde diferentes asociaciones y por parte de diferentes profesionales, no para de insistirse en el diagnóstico precoz de cualquier malestar conceptualizado como enfermedad mental, recomendándose a la población ante cualquier manifestación de tristeza o ansiedad, acudir a su USM. No hace falta que insistamos aquí en nuestra crítica a la medicalización de lo que siempre fue sufrimiento vital, con el consiguiente colapso del sistema, consumo de recursos e iatrogenia que ello supone.

Ante nuestro problema matemático, si la demanda creciente no puede ser absorbida por un aumento paralelo de la oferta (de profesionales), sólo parece quedar una solución: reducir dicha demanda.

Y antes de que se nos acuse, como ya ha pasado alguna vez, de querer condenar a la gente a sufrir y de no querer atender al que sufre, querríamos hacer algunas precisiones.

Según datos obtenidos de compañeros en conversaciones informales, y por tanto no contrastados pero claramente coincidentes en distintos profesionales, lugares y momentos, aproximadamente las tres cuartas partes de la patología atendida en USM entra dentro categorías como: distimia, trastornos adaptativos, trastornos de personalidad, depresiones neuróticas, depresiones leves, etc. Es decir, no son pacientes psicóticos ni melancólicos, lo que llamamos actualmente, con poca gracia, trastornos mentales graves. Ya hay lugares en este país donde se están creando unidades de salud mental para atender exclusivamente episodios psicóticos. Y nos parece una iniciativa loable para atender este grupo de pacientes que tanto se puede beneficiar de una intervención adecuada, si no fuera porque precisamente para eso se crearon las USM, que ahora están colapsadas atendiendo, a grandes rasgos, lo que es el sufrimiento humano.

Y aclaramos nuestra posición: no nos gusta que la gente sufra. Y si alguien que está triste y angustiado porque ha quedado en el paro, porque su vida familiar es un infierno, porque se siente solo, etc., fuera a encontrarse mejor por venir a una USM a tomarse un (o dos o tres) antidepresivo(s) o a recibir una terapia a 30 minutos / mes, entonces estaríamos a favor de intentar mantener el actual estado de cosas. Pero creemos que no es así. Creemos que tratar como un enfermo a quien tiene un problema económico, o una vida difícil, o una personalidad problemática, lo que provoca es que se vean como enfermos, que la gente los trate como enfermos y que acaben comportándose como enfermos.

Creemos que es absurdo que una persona en paro y preocupada por cómo sacar adelante a su familia, vaya a la USM para que le mandemos una lista de fármacos cuyo coste mensual le resolvería gran parte de sus problemas, pero cuya efecto difícilmente conseguirá que se sienta bien antes de que vuelva a trabajar, por no hablar de los efectos secundarios que apareceran y de cómo el hecho de esperar a que la pastilla actúe no promoverá precisamente su esfuerzo para salir de su situación.

Creemos que es absurdo que una persona atrapada en una vida familiar difícil vaya a la USM para que le digamos que lo que pasa es que tiene mal la serotonina, que tiene que esperar a que el fármaco se la arregle y que no debe tomar decisiones hasta que esté bien... Cuando a lo mejor lo que necesita para estar bien es tomar alguna decisión.

Creemos que es absurdo que una persona inmersa en el duelo por un ser querido llegue a la USM para ser tratado como un enfermo con un montón de ansiolíticos para que duerma y no esté ansioso... Dificultando en vez de favoreciendo el trabajo de duelo que debe realizar.

En fin, son sólo algunos ejemplos para intentar transmitir lo que queremos decir. No sólo es que las consultas psiquíátricas y psicológicas no deban atender tanta gente como hacen porque no hay recursos. Es que, aunque los hubiera, pensamos que muchas veces esa actuación, aunque cargada de buena intención, es directamente iatrogénica. Hay pacientes que pueden beneficiarse y mucho de un seguimiento en Salud Mental. Por ejmplo, pacientes psicóticos que pueden desarrollar un punto de anclaje en la USM, de confianza, para incidir en su cuidado y con el enfoque puesto en su recuperación... Pero ello requiere poder verles con frecuencia, con disponibilidad para visitas fuera de hora, para atenciones en domicilio... Y eso requiere un tiempo del que ahora no se dispone porque hay otra demanda que atender.

Evidentemente, la influencia de la industria farmacéutica no es en absoluto ajena a todo esto. Profesionales con más que curiosos conflictos de intereses y patrocinios, así como asociaciones profesionales e incluso de familiares, insisten en diagnosticar la depresión enmascarada, el TDAH sin hiperactividad, las adicciones conductuales, etc., etc. Con lo que consiguen aumentar ampliamente la prescripción de sus moléculas super-selectivas-que-sirven-para-todo y super-seguras-pero-no-te-leas-la-ficha-técnica-o-verás-qué-susto. Y si el precio a pagar es hundir las USM, quemar a los profesionales y psiquiatrizar a toda la población, ¿a quién le importa? Y si creamos, porque en última instancia quien pone el diagnóstico y extiende la receta somos nosotros, enfermedad donde lo que hay es dolor, retiramos responsabilidades para luego pretender devolverlas, hacemos iatrogenia sin beneficio... ¿a quién le importa?

En definitiva, nuestra posición (para que luego no se diga que sólo señalamos problemas pero no aportamos soluciones) es que la demanda en las USM debe ser controlada, si queremos que esos dispositivos, que marcaron la reforma psiquiátrica, puedan seguir existiendo. No se va a poder contratar más personal para absorber dicha demanda (aunque ya hemos expuesto claramente nuestra postura de que tal opción, además de imposible, sería indeseable), por lo que sólo queda limitar la demanda. Eso, o la explosión del sistema: consultas psiquiátricas de 5 minutos cada 6 meses. Puede sonar exagerado, pero con las matemáticas de las que estamos hablando, igual llegamos en 10 años...

Concretando:

Se podría establecer un calendario cerrado de cuántos pacientes pueden verse y con qué frecuencia: por ejemplo, 8 pacientes por psiquiatra a ver cada 3 semanas (evidentemente, éstas cifras son sólo a título de ejemplo). Eso supone, a 5 días laborales por semana, 120 "huecos" en la agenda para pacientes. Y cuando llegue el 121, tendrá que esperar a que alguno de los otros sea dado de alta. Puede parecer feo, pero empezar a meter con calzador en la agenda a todo paciente que llega, provoca los 12 pacientes diarios vistos cada 3 meses. En las plantas de hospitalización, cuando no hay camas libres, a nadie se le ocurre meter camillas en los pasillos... Se espera a que alguien se pueda ir.

Y ya que hablamos de listas de espera, no queremos dejar de señalar una curiosidad: actualmente en los objetivos de algunas USM se prioriza ver pronto las primeras veces, las consultas nuevas. Con lo cual se puede luego presumir en la prensa por parte del responsable político de turno de que la lista de espera para consulta de psiquiatría o psicología es de 10 ó 15 días. Pero hay dos problemas: el primero, que luego el paciente no vuelve a ser visto hasta pasados 3 meses; el segundo, y no menos importante, que una cierta cantidad de pacientes que, según diversos estudios, mejorarían de su sufrimiento antes de acudir a la consulta si tuvieran un poco más de tiempo, son atendidos antes, con lo que ello conlleva de medicalización del malestar o de uso innecesario de fármacos. Pero en la rueda de prensa antes de las elecciones queda genial la reducción de las listas de espera.

La cuestión es, en nuestra opinión, que en las USM habría que tratar los casos de trastornos mentales graves y también aquellos otros que, sin serlo, pudieran beneficiarse, pero siempre proporcionando una atención adecuada. Si una persona en una situación difícil desarrolla un síndrome depresivo grave que puede beneficiarse de un abordaje psicoterapéutico o farmacológico, debe dársele. Pero debe dársele de forma adecuada: es decir, sesiones semanales o quincenales de psicoterapia, con medicación si se cree necesaria, con un seguimiento estrecho de posibles efectos secundarios. Pero no tiene sentido empezar a verla 30 minutos cada 3 meses, a lo mejor durante años. Y si no podemos proporcionar un tratamiento del primer tipo, entonces no debemos proporcionar el del segundo. Y lo curioso es que si dejamos de dar tratamientos de ese segundo tipo y no atendemos esos casos en esas condiciones, a lo mejor es cuando empezamos a tener tiempo para los tratamientos del primer tipo.

Imagínense que tuviéramos 10 dosis de una vacuna para una población de 100 personas. ¿Vacunamos a diez para que queden protegidos? ¿O diluimos la vacuna para dar algo a cada uno de los 100, pero que no va a proteger a ninguno? Creemos que el ejemplo, aunque pintoresco, puede ser pertinente. Aunque la pregunta es obvia: ¿quién decide a que 10?

Se nos ocurre, por poner un ejemplo, la posibilidad de ofertar tratamientos psicoterapéuticos breves a pacientes con trastornos adaptativos o depresiones reactivas o neuróticas. Y tras dicho tratamiento, proceder al alta. Incluso aunque no haya mejoría. Porque si no se da el alta, el paciente muchas veces se cronificará, en una espiral de psicofármacos e intervenciones, asumiendo cada vez más el rol de enfermo crónico, consumiendo recursos, no sólo económicos, sino también en disponibilidad de horas que no van a poder usadas para atender con más frecuencia a otra persona que tal vez sí se beneficiara de ello. Como decía un amigo nuestro, si vas al traumatólogo y, tras unas consultas, concluye que estás cojo, no sigue viéndote toda la vida. Sabemos que suena duro. Y que, en un mundo ideal, habría infinitos profesionales en las infinitas USM, y todos los tratamientos serían eficaces y seguros y todos los sufrimientos se curarían y todos seríamos felices. Pero miren el mundo en que vivimos y dígannos si creen que es así.

Porque si, como creemos, hay que restringir las entradas en las USM, habría que establecer criterios claros para ello. Y, evidentemente, no puede depender del criterio de un profesional o de una USM aislada, sino que debería llevarse a cabo todo un proceso de reflexión, entre profesionales y administarción y a nivel más bien nacional, para determinar estos criterios. Las ventajas, en nuestra opinión, de que un proceso asi llegara a desarrollarse serían considerables:

  • Mucha gente que realmente no se iba a beneficiar de un tratamiento en salud mental, e incluso podría llegar a ser perjudicada por el mismo, ya no entraría en las USM.
  • Mucha gente que sí se podría beneficiar de estos tratamientos, los podría recibir en USM sin la sobrecarga de las actuales, con mucha mayor eficacia de lo que ahora podemos brindar.
  • En la situación actual del país, el ahorro que esto supondría tampoco debe dejar de tenerse en cuenta. Sobre todo porque, si tal ahorro no se produce por vías como tratar sólo a quien lo necesita y se puede beneficiar de ello, junto al control del gasto farmacéutico, entonces tendrá que producirse cerrando plantas de hospitales, reduciendo personal y bajando sueldos (y esto no son hipótesis tremendistas porque, de hecho, ya se está produciendo).

Para terminar, vamos a citarnos a nosotros mismos (ya saben, del artículo que acaban de publicarnos y del que tan orgullosos estamos):

Creemos que otra Psiquiatría puede ser posible y, sin duda, que es necesaria. Una Psiquiatría que se dedique al estudio de su objeto (la mente, la conducta, la locura o como queramos llamarlo...) sin injerencias de intereses comerciales que sesguen nuestra información. Una Psiquiatría capaz de ponerse límites a sí misma y no pretender tratarlo todo, sabiendo que la normalidad, en la consulta psiquiátrica, muchas veces no mejora sino se cronifica, y que si tratas a alguien sano como un enfermo, lo más probable es que acabe viéndose, sintiéndose y comportándose como un enfermo. Una Psiquiatría que se centre, sobre todo, en el loco y el enfermo, en su sufrimiento, y deje a los cuerdos y sanos luchar por su felicidad sin falsos remedios.