sábado, 24 de septiembre de 2011

"pa`mí que este tío tiene que estar loco..."


Recientemente ha llegado a nuestras manos un texto firmado por Francesc Colom, Xaro Sánchez y Eduard Vieta, de título llamativo: ¿Es posible prevenir matanzas como la de Noruega?. Dicho texto hace referencia a los asesinatos múltiples llevados a cabo por Anders Breivik el pasado julio. Querríamos comentar nuestra opinión sobre algunas de sus afirmaciones.

Copiamos textualmente: "La literatura científica es sólida al respecto: padecer un trastorno psiquiátrico grave aumenta el riesgo de llevar a cabo crímenes violentos entre 2 y 13 veces". La verdad es que nos ha llamado poderosamente la atención, ya que la bibliografía habitualmente suele respaldar la opinión contraria, es decir, que los pacientes psicóticos protagonizan menos crímenes que el conjunto de la población. Nos preguntamos cuál es esa literatura científica sólida a la que aluden Colom, Sánchez y Vieta. Lo mismo se preguntó el Dr.Jordi Marfá, en una carta dirigida a los autores, quienes a su vez le respondieron indicándole la referencia en cuestión: Vinkers et al, Crim Behav Mental Health, 2011.

Vayamos por partes.

Nos parece curioso que se considere literatura científica sólida a una única referencia bibliográfica, citada además de una forma un tanto incompleta, sin número de volumen o páginas de la revista. De hecho, es la primera vez que no somos capaces de encontrar en internet ni siquiera una referencia a dicho artículo, no digamos ya el abstract o el texto completo. Que no se nos entienda mal: no dudamos de su existencia, pero tampoco parece que su impacto esté conmoviendo el estado científico de la cuestión (como debería ser al contradecir un conocimiento previo bastante arraigado).

Tal vez el problema radique en que trastornos mentales graves, término que usan los autores, a lo mejor no equivale a psicosis. Ellos no lo explicitan pero, tal vez, estén considerando como trastornos mentales graves posibles trastornos de personalidad como el antisocial, que se caracerizan por conductas problemáticas y violentas que ignoran las normas y leyes de una determinada sociedad. Dejando de lado el sentido o no (en nuestra opinión, más bien sinsentido) de considerar a semejante constructo una enfermedad, si dicho trastorno de personalidad se incluye en los llamados trastornos mentales graves, entonces sí es posible, por un lamentable argumento circular, que las personas con trastorno mental grave sean violentas (ya que previamente hemos catalogado a las personas violentas, por el hecho de serlo, como trastornos mentales). Una muestra del extraordinaria nivel de razonamiento y argumentación que está alcanzando nuestro en otro tiempo brillante discurso psiquiátrico.

Evidentemente, la alarma que semejante afirmación (tan sólidamente fundamentada como hemos visto) puede causar en una opinión pública horrorizada por la masacre de Noruega ayudará sin duda mucho en nuestra lucha contra el estigma del enfermo mental.

Sigamos con otro párrafo de Colom, Sánchez y Vieta: "Podríamos jugar a Perry Mason o a Dr House, y argumentar que Breivik padece un trastorno antisocial de la personalidad por su planificación, frialdad y aparente falta de arrepentimiento con la que actuó. O bien especular que padece un trastorno delirante crónico por el odio extremo hacia socialistas y musulmanes a los que Breivik culpaba de todos sus males. Puede que se trate de un trastorno de la personalidad narcisista al considerarse a sí mismo como “el monstruo más grande desde la Segunda Guerra Mundial”. O incluso de un enfermo con varios trastornos a la vez. Pero aunque es obvio para nosotros que adolece de una grave psicopatología, no sabemos cuál es. El Sr. Breivik no es nuestro paciente. Psicólogos y psiquiatras no somos adivinos ni aficionados a la mera especulación. Sólo científicos."

Nos deja sencillamente anonadados.

En primer lugar, los autores se lanzan a un diagnóstico diferencial más que completo: trastorno antisocial de la personalidad, trastorno delirante crónico, trastorno de la personalidad narcisista o, por supuesto, varios a la vez, no vayamos a olvidarnos de nuestra querida comorbilidad. Y la frase genial: "aunque es obvio para nosotros que adolece de una grave psicopatología, no sabemos cuál es". Y nos preguntamos, ¿cómo puede ser obvia una psicopatología que no se conoce?. Es decir, ¿puede ser obvio que el paciente tiene una serie de síntomas y no tener ni idea de cuáles son?. Es curioso y nos provoca un ligero, pero soportable, sentimiento de inferioridad, ya que nosotros necesitamos entrevistas de veinte minutos o media hora para hacernos una primera y provisional idea de la psicopatología que puede presentar una persona, mientras que los doctores Colom, Sánchez y Vieta sólo precisan leer un par de artículos en el periódico o ver un poco el telediario para poder afirmar que, obviamente, existe una grave psicopatología. Todo ello a miles de kilómetros del individuo en cuestión, con el que nunca han hablado. Y además, todavía nos dicen que "Psicólogos y psiquiatras no somos adivinos ni aficionados a la mera especulación. Sólo científicos". Pues menos mal, aunque eso de declarar como obvia la existencia de una grave psicopatología (aunque no se tenga ni idea de cuál), en una persona a la que no se ha entrevistado, no nos digan que no suena un poquito a especulación... Pero no. Somos científicos, ya saben, esa cosa de recoger datos de forma fiable, contrastarlos, realizar hipótesis y someterlas a experimentación... Vamos, algo así como oír en la radio la terrible noticia y soltar: "pa`mí que este tío tiene que estar loco...". Lo dicho: muy científico, sin duda.

O tal vez el razonamiento va por otro lado. Tal vez el acto de dar muerte a decenas de personas sea lo que defina a ese individuo como loco o enfermo mental. Lo que supondría que dicha conducta es en sí y necesariamente un síntoma de enfermedad mental. Pero este razonamiento plantea muchos interrogantes. Por ejemplo: si matar a muchas personas sin remordimiento te diagnostica como enfermo mental, ¿si las matas pero luego te remuerde la conciencia es que no eras un enfermo, o que lo eras y luego te has curado?; ¿si en vez de matar a muchas, matas a pocas significa que estas sano?, ¿cuántas son pocas y cuántas muchas?; ¿si sólo matas a una ya eres un enfermo?; si matar a muchas personas por una cuestión aparentemente ideológica o política significa que padeces una enfermedad mental, ¿todos los terroristas que en el mundo han sido son enfermos mentales necesitados de tratamiento?; ¿hay algún otro motivo para matar a muchas personas que no sea ideológico que tal vez no te diagnostique de enfermo mental?; si no eres tú el que mata a muchos, sino que sólo das la orden, ¿también eres un enfermo mental?, ¿lo eres si no lo haces ni lo ordenas, pero votas a quien lo ha ordenado?...

Creemos que el razonamiento acaba llevando al absurdo. La historia de la humanidad está llena de crímenes. Que algunos hayan sido cometidos por personas con psicosis (o lo que  sea eso del trastorno mental grave) es cierto. Como lo es que  muchos más han sido cometidos por gente respetable que obedecía órdenes de gente aún más respetable. Lo terrible de los campos de concentración era que los nazis no eran monstruos. Eran sólo hombres. El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor. Y muchas veces lo peor no ocurre porque un férreo sistema de control y seguridad lo impide, con penas severas a quien no respete el orden social, tanto en democracias como en dictaduras. Pero, ¿qué ocurre cuando ese orden social se desmorona?. Cuando los países se precipitan al caos, sin leyes ni guardianes de las leyes, como pasó en Ruanda, en Yugoslavia, en Vietnam, en Irak, en cualquier zona de guerra a lo largo de la Historia, entonces se suceden los asesinatos, las violaciones, los saqueos... ¿Tal vez de repente se descompensa la neurotransmisión de miles de cerebros a la vez?. Puede ser, pero creemos que es más plausible la explicación de que el hombre es capaz de hacer el bien o el mal. Pero no debemos olvidar que el bien y el mal son categorías éticas y no clínicas.

Considerar que hacer el mal equivale a enfermedad o hablar de, como dice el texto en otra frase impagable, "el cerebro malfuncionante del homicida en masa", supone tomar por enfermos a los asesinos que la historia ha visto y verá. Pero la consecuencia es, o debería ser, evidente: si los asesinatos se deben a que tu cerebro funciona mal, entonces tú no tienes ninguna responsabilidad en ellos. Nadie te acusaría por ser diabético si tu páncreas funciona mal o por ser miope si son tus ojos los que no rinden. Si tu cerebro funciona defectuosamente, tú eres un enfermo necesitado de tratamiento y no de castigo. Nos parece que las consecuencias a nivel de desrresponsabilización son, sencillamante, terribles. El asesino en masa es inocente. El violador podría ser inocente también, o el pederasta, o el maltratador... ¿Ésa es la sociedad que queremos?

Y no olvidemos otro detalle, no carente de cierta importancia: Aquí nadie explica, porque nadie sabe, cuál es exactamente ese funcionamiento erróneo del cerebro. Sí, ya sabemos que hay muchas hipótesis, datos, genes, neurotransmisores y receptores... Pero, y citamos textualmente: "no podemos señalar una lesión o una causa específicas para estas enfermedades". La cita es de Nancy Andreasen en su libro Un cerebro feliz, página 173. La frase empieza por "todavía" que, como no nos cansamos de repetir, nos parece un adverbio de tiempo más propio de profetas o adivinos que de científicos; y las enfermedades a que se refiere son, por supuesto, las enfermedades mentales. La autora parece, en principio, poco sospechosa de intereses antipsiquiátricos o veleidades psicoanalíticas.

Aunque, por comentarlo todo, considerar como enfermos mentales a todos los criminales sí tendría el efecto beneficioso de incrementar generosamente las cuentas de beneficios de nuestra altruista y generosa industria farmacéutica. Ello posibilitaría mantener el 30% de su presupuesto destinado a marketing como hasta ahora, sin incrementar el 15% que dedica a investigación, como hasta ahora, (si alguien está sinceramente preocupado por cómo el recorte de beneficios de las empresas farmacéuticas va a influir negativamente en la investigación, que deje de irse de cenas y viajes y pida que dediquen ese dinero a I+D y no a sobornar médicos). De todas maneras, no creo que eso tampoco ayudara la población griega afecta de cáncer, que se ha quedado sin suministro de medicinas (cosa que, de todas maneras, ocurre desde siempre en los países subdesarrollados).

De todas maneras, parte de todo este debate se va a acabar superando. Colom, Sánchez y Vieta afirman que el 40% de la población mundial padece algún trastorno mental (es decir, 2.400 millones de personas en el mundo requerirían asistencia psiquiátrica; 18,5 milones en España... ¿sólo a nosotros nos parece absurdamente ridículo o ridículamente absurdo?). Pero con el advenimeinto del DSM-V (y si no, del VI), creemos que ya se llegará a la conclusión de que el 100% de la población mundial tiene una (o varias, no olvidemos la comorbilidad) enfermedades mentales. Y con ello, se habrá cerrado para siempre el debate de si las personas con enfermedad mental son más violentas que las personas sanas mentalmente.

Porque ya no habrá nadie que pueda ser considerado sano mentalmente.


viernes, 16 de septiembre de 2011

Verdades y mentiras

En agosto hemos tenido el blog temporalmente cerrado para disfrutar de nuestras (muy satisfactorias) vacaciones. Durante dicho mes, se nos han ido acumulando distintas ideas y temas de los que queríamos escribir alguna entrada, cosa que nos proponíamos ir haciendo poco a poco a lo largo de las próximas semanas. Pero el caso, como nos ha ocurrido otras veces, es que algunas informaciones (y algunas desinformaciones) que hemos ido leyendo por ahí, nos han provocado cierta urgencia a dejar constancia de nuestra opinión (y algún que otro hecho incontrovertible, que también los hay). Así que vamos a intentar redactar una entrada que aborde todos los temas pendientes que creemos importantes.

En primer lugar, querríamos recomendar la lectura del libro Laboratorio de médicos, del periodista Miguel Jara, cuyo blog hemos citado con frecuencia. Se trata de un trabajo acerca de la interacción médico - visitador y la más que dudosa legalidad de muchas de las prácticas que se describen, en base a testimonios de varios visitadores, que vienen a reconocer abiertamente los sobornos que realizaban a muchos médicos para incrementar la prescripción de sus productos. Normalmente nada tan basto como te doy tanto dinero a cambio de que prescribas tantas cajas, sino algo mucho más sutil, como mira que regalo tan chulo te traigo, o toma el billete para el congreso en Pekín, o te invito a cenar a ese superrestaurante (que nunca podrías pagarte tú)... Prácticas cuya realidad es absolutamente obvia para cualquier profesional sanitario, por ser cotidianas y plenamente consentidas en nuestras consultas y hospitales públicos (plenamente consentidas por casi todos). Como hemos dicho muchas veces, nosotros también participamos en situaciones de esta índole, pero hace tiempo que nos hemos salido y no vean qué bien nos encontramos. Lo más curioso, es que casi siempre el médico cree firmemente que conserva su independencia a pesar de todo este manejo pero, en nuestra opinión, es cuando uno no acepta ningún obsequio, material, invitación ni nada de nada, cuando uno realmente es y se siente independiente de los intereses, económicos nada más no lo olvidemos, de estas empresas. Que un empleado público en el ejercicio de sus funciones reciba presentes de quien está interesado en influir sus decisiones parece feo cuando lo hace un concejal de urbanismo, pero a lo mejor no es más bonito si lo hace un médico, ¿no?. Luego comentaremos qué dice la legislación acerca de estas prácticas.

Pasando a otro tema, recientemente tuvimos conocimiento de una entrevista al Premio Nobel de Química de 2009, Thomas A. Steitz, en La Vanguardia. Reproducimos textualmente unas palabras del Dr. Steitz que nos parecen bastante interesantes (y absolutamente preocupantes): "Muchas de las grandes farmacéuticas han cerrado sus investigaciones sobre antibióticos porque curan a la gente y lo que estas empresas quieren es un fármaco que haya que tomar toda la vida. Puedo sonar cínico, pero las farmacéuticas no quieren que la gente se cure". Hace unos meses publicamos una entrada con unas declaraciones similares del Dr. Richard J. Roberts, también ganador del Premio Nobel. No pretendemos defender que, por tener el citado premio, sus palabras sean la verdad absoluta, pero desde luego algo más de autoridad que nosotros (y muchos de los que sostienen opiniones contrarias a las nuestras) probablemente tienen.

A finales de julio se publicó un artículo en el periódico El Día, uno de los más vendidos en Tenerife, en base a unas declaraciones del señor Levy Cabrera, portavoz del Sindicato de Médicos y miembro de la Junta Directiva del Colegio de Médicos de Santa Cruz de Tenerife. Vamos a recoger algunas perlas de dicho artículo.

El título ya es de por sí espectacular: "Rechazo generalizado de lo médicos canarios a recetar principios activos". Y el subtítulo no se queda atrás: "El Sindicato Médico recuerda que el principio activo puede diferenciarse de la marca original en un 20% de sus compuestos y que sólo se testan en un máximo de 24 personas para poder comercializarse, por lo que son contrarios a que se les obligue a prescribirlos. "Se antepone el ahorro económico a la salud", dicen". Y continúa el artículo citando entre comillas declaraciones del Dr. Cabrera: "La prueba de bioequivalencia admite hasta un 20% de margen de error respecto al original, además de que no les exige el ensayo clínico que demuestra su eficacia y seguridad, puesto que entienden que al ser muy parecido a un medicamento que ya ha pasado todos los controles no necesita ningún estudio terapéutico, pero lo cierto es que la cantidad de principio activo o la velocidad con la que se asimila puede ser variar (sic) hasta un 20% y eso es un riesgo".

Vayamos por partes:

  • Evidentemente, el título y subtítulo del artículo no son responsabilidad de los médicos entrevistados, pero sí del periodista que firma la publicación, G.Maestre. Nos gustaría saber en qué datos se basan para hablar de un "rechazo generalizado". A lo mejor han efectuado o tienen conocimiento de alguna encuesta o recogida de firmas o manifestación multitudinaria que haya dejado constancia de que dicho rechazo es generalizado. Porque si no, a lo mejor es una afirmación gratuita, no contrastada y con mero afán sensacionalista.

  • Sí parece responsabilidad del Dr. Cabrera las declaraciones que se le atribuyen entrecomilladas (o tal vez se trate de errores de transcripción del periodista, en cuyo caso recomendamos al Dr. Cabrera que exija una pronta rectificación). La cuestión del 20% de variación es, en el mejor de los casos, una desinformación y, en el peor, una mentira. Por supuesto, preferimos creer que el representante del Sindicato Médico en Tenerife y miembro de la Junta Directva del Colegio de Médicos en Santa Cruz de Tenerife no miente en absoluto, sino que no está bien informado en este tema (lo cual, sinceramente, no deja de ser también un tanto preocupante). Vamos a intentar, humildemente, mejorar ese nivel de información: Los estudios de bioequivalencia permiten una variabilidad límite de +/- 20% porque es la que asegura que la eficacia y seguridad del fármaco son las mismas del original. No varía la cantidad de principio activo en absoluto, como interesadamente ha querido hacer creer la industria farmacéutica durante años, parece que todavía con éxito. De hecho, cuando un  medicamento de marca desarrolla una nueva presentación (por ejemplo, de comprimidos a solución o a bucodispersable o a supositorio o a lo que sea...), no se llevan a cabo estudios de efectividad y seguridad repitiendo los originales, sino estudios de bioequivalencia, iguales a los de los genéricos, para que se compruebe su bioequivalencia (con la misma variación permitida de bioequivalencia del +/- 20% que asegura que eficacia y seguridad son idénticas). De todas maneras, como nosotros no tenemos especial autoridad, ni somos portavoces de nadie ni pertenecemos a junta directiva alguna, vamos a permitirnos dejar constancia de gente que explica esto mucho mejor. Verán que no son políticos desesperados por ahorrar como sea, sino profesionales sanitarios deseosos de llevar a cabo una practica clínica basada en lo mejor para el paciente sin despilfarro de recursos:

    • Boletín de uso racional del medicamento del Servicio Cántabro de la Salud: "En la práctica clínica los genéricos son intercambiables con las especialidades de referencia, no existiendo problemas por su sustitución". La autoría es de la Sociedad Española de Farmacéuticos de Atención Primaria.

    • Nota informativa farmacoterapéutica del Servicio Canario de Salud: "La calidad de los medicamentos genéricos no es cuestionable, ya que se someten a la misma normativa y controles de calidad de los principios activos y del proceso de fabricación que los medicamentos de referencia".


    • Boletín terapéutico extremeño, de la Oficina de evaluación de medicamentos del Servicio Extremeño de Salud: "En los ensayos aleatorizados con grupo control (ECA) y metaanálisis de ECA no se encuentran diferencias estadísticamente significativas en resultados clínicos entre los medicamentos de marca y sus genéricos".

    • Para acabar con las referencias al asunto de la confianza o no en los medicamentos genéricos, vamos a reproducir textualmente unas palabras que suscribimos plenamente, Luego les decimos quién es el autor, ya verán qué risa: "La libertad de prescripción se basa en la capacidad del médico de prescribir una determinada sustancia o su equivalente terapéutico, no en si debe tener un nombre comercial u otro. [...] La libertad de prescripción implica también tener en cuenta los aspectos económicos de las decisiones médicas. El médico no puede olvidar que los recursos con que se pagan las prescripciones pertenecen a toda la sociedad. Está por ello particularmente obligado a prescribir con racionalidad y buen sentido económico. Es deontológicamente inaceptable la prescripción de fármacos de precio más elevado cuando su eficacia sea idéntica a la de otros de costo inferior". Este texto pertenece a un documento de la Organización Médica Colegial, a cuya Junta Directiva en Santa Cruz de Tenerife al parecer pertenece el Sr. Cabrera.

  • Creemos más que demostrada la equivalencia entre genéricos y marcas, a la hora de que se generalice la prescripción por principio activo sin miedo alguno para la población. Porque aquí está lo que nos parece más grave de todo el artículo de El Día: con semejantes declaraciones y afirmaciones la gente, lógicamente, se va a asustar y va a pensar que su salud peligra por una política injustificada de ahorro, porque es lo que dice el artículo casi textualmente, basado en la opinión de profesionales con títulos importantes. Y, por si no lo saben, el efecto nocebo implica que cuando alguien cree que un remedio va a funcionar peor, lo más probable es que le funcione peor. Por ello, nos parecen de máxima gravedad esas aseveraciones falsas en un medio de comunicación de masas como es el periódico El Día, con bastante más audiencia que las correcciones que podemos intentar hacer en un humilde blog como el nuestro. El daño, y creemos que grave, ya está hecho.

  • Por acabar con este punto, sólo un último comentario. No dudamos en ningún momento de la honestidad del Dr. Cabrera, por lo que pensamos que sus declaraciones (tan contrarias a toda la evidencia que hemos desgranado en los párrafos previos), obedecen sin duda a equivocación y no a otra cosa. De todas maneras, ya hace tiempo que las distintas asociaciones médicas y editoriales de revistas internacionales de prestigio insisten en la necesidad de que cualquier médico, al participar en un estudio o defender determinados argumentos, revele de forma transparente sus posibles conflictos de interés con la industria farmacéutica, tan interesada económicamente en todo esto. Porque tener conflictos de interés con dichas empresas en absoluto presupone que uno mienta o se equivoque, pero los sesgos son tan frecuentes y a veces tan inconscientes... Para dar ejemplo, nosotros revelamos nuestros conflictos de interés con empresas farmacéuticas o de tecnologías sanitarias en el último año:

    • Obsequios menores de papelería: Ninguno.

    • Obsequios de tipo tecnológico o informático: Ninguno.

    • Material bibliográfico en forma de revistas o libros: Ninguno.

    • Comidas o cenas de trabajo: Ninguna.

    • Financiación para actividades formativas (cursos, congresos): Ninguno.

    • Otros: Ninguno.

Pensamos que sería bueno que los demás profesionales que opinan acerca de este tema (y otros relacionados) y por supuesto no sólo el Dr. Cabrera, revelaran también sus posibles conflictos de interés.

En fin, qué quieren que digamos, estamos un poco hartos y más que indignados ante episodios como éste. A veces parece que uno se da cabezazos contra un muro, pero hacemos lo que creemos correcto. Y nos da igual no poder ir de viaje pagado al extranjero o tener que pagarnos los Tratados de Psiquiatría que queramos tener. Pero entre tanta (desinformada) opinión, vamos a terminar con una cuestión que no puede estar de ninguna manera sujeta a opinión. Vamos a hablar de leyes. Ya lo hemos hecho alguna vez, pero es que el tema nos gusta y creemos tener alguna novedad al respecto.

La Ley 29/2006, de 26 de julio, de garantías y uso racional de los medicamentos y productos sanitarios, es la actualmente vigente en esta cuestión. Vamos al apartado de infracciones (artículo 101), concretamente a las graves (b, 29): "Aceptar, los profesionales sanitarios, con motivo de la prescripción, dispensación y administración de medicamentos y/o productos sanitarios con cargo al Sistema Nacional de Salud, o sus parientes y personas de su convivencia, cualquier tipo de incentivo, bonificaciones, descuentos prohibidos, primas u obsequios efectuados por quien tenga intereses directos o indirectos en la producción, fabricación y comercialización de medicamentos y productos sanitarios".

Esto es una ley de ámbito nacional y, como tal, de obligado cumplimiento. Además tiene esa cosa tan chunga de las leyes, que es que alegar desconocimiento de la misma no exime de tener que cumplirla y exponerse a las sanciones pertinentes si no se hace. Luego hablaremos de dichas sanciones, ya verán qué miedo. Pero antes, diremos que nos llama la atención que el código deontológico actualmente en vigor de Farmaindustria permite "obsequios de poco valor y relacionados con la práctica de la medicina y la farmacia", "se considerará que el obsequio es de poco valor cuando su precio de mercado no supere los diez euros". Evidentemente, obsequios de precio inferior a diez euros pueden considerarse insignificantes, pero se nos ocurren dos reflexiones: la primera, que o mucho nos equivocamos o esto del límite de los diez euros no se cumple muy frecuentemente; y la segunda, que nos parece muy atrevido por parte de Farmaindustria introducir en su código deontológico correcciones a una ley. Sin entrar en la pertinencia de si debería estar prohibido cualquier obsequio o sólo los de valor superior a diez euros, ¿quién es Farmaindustria como organismo privado para atreverse a contradecir lo que dice una ley aprobada democráticamente por el Parlamento como depositario de la soberanía nacional? Desde luego, a veces no sabría uno quién se cree con derecho de dar órdenes a quién.

Bueno, y como ya va siendo hora de acabar, vamos a un último punto importante. Siempre hemos creído que las leyes o las normas de cualquier tipo exigen un mecanismo disciplinario de sanción si no se respetan. De nada sirve una ley que marca una prohibición si su incumplimiento no se acompaña de un castigo. Si se puede incumplir por un beneficio y no hay sanción, lo más probable es que mucha gente (no toda, por otra parte), la incumpla. Veamos, pues, las sanciones por la falta grave que recoge el artículo 101; b); 29, de la ley del medicamento de 2006, que reseñamos antes:

El artículo 102 es el que habla de las sanciones, y dice: "Las infracciones en materia de medicamentos serán sancionadas con multa, de conformidad con lo establecido en el artículo 101 aplicando una graduación de mínimo, medio y máximo a cada nivel de infracción, en función de la negligencia e intencionalidad del sujeto infractor [...]":

    • Grado mínimo: de 30.001 a 60.000 euros.

    • Grado medio: de 60.001 a 78.000 euros.

    • Grado máximo: de 78.001 a 90.000 euros.

No dirán que no acojona un poco. Pero como no es nuestra intención andar sembrando el pánico, terminaremos con buenas noticias: estas faltas prescriben y queda uno libre de cualquier sanción. Como dice el artículo 104 de la ley, las infracciones graves (como de la que estamos hablando en relación a la aceptación de incentivos u obsequios), así como las correspondientes sanciones, prescriben a los dos años de cometidas. Así que, al que le interese, si uno no vuelve a aceptar nada ilegal (porque lo que contradice la ley es, por definición, ilegal), en dos años a partir de la última falta, queda libre de cualquier sanción.

Y además qué tranquilidad de conciencia, oigan.



viernes, 9 de septiembre de 2011

De vuelta a la trinchera (a la nuestra)

Después de las vacaciones, volvemos por donde solíamos. Aunque con retraso, queremos hacernos eco de la entrada de agosto del proyecto atención primaria 12 meses doce causas, en la que hemos (humildemente) colaborado. Adjuntamos el texto completo de la misma, pero recomendamos seguir el enlace a la publicación original, donde se puede ver, además de una viñeta genial de El Roto, una presentación de Javier Padilla y June Udaondo sobre el tema. También creemos muy recomendable el debate que se pudo leer en los comentarios posteriores. No pudimos participar en el mismo por falta de conexión, pero suscribimos las opiniones del (siempre grande) Javier Padilla.
Tampoco queremos pasar por alto la (esperada) noticia de que la plataforma No Gracias vuelve con renovadas fuerzas, como se puede ver en su nueva página web, de visita obligada:


Y, sin más preámbulo, el texto prometido:

La interacción entre la industria farmacéutica y los diferentes profesionales que forman el sistema sanitario (desde gestores hasta médicos y enfermeras -incluyendo estudiantes-) es algo que se ha instaurado en nuestra vida diaria con completa normalidad. En el caso que a nosotros nos atañe (el de los médicos), éstos han pasado a considerar a la industria farmacéutica no sólo como una investigadora y fabricante de medicamentos, sino incluso como un agente de formación sobre práctica clínica (no sólo medicamentos), girando esta relación entre los médicos y la industria en torno a un acto concreto: la visita médica. A pesar de que por ley el médico no está obligado a recibir a los representantes farmacéuticos, la amplia mayoría de éstos lo hace, ignorando, en gran medida, la influencia que esto tiene sobre su prescripción (aunque sí que reconozcan esta influencia en sus compañeros)(1).
En nuestra opinión, la relación entre la industria farmacéutica y los profesionales sanitarios tiene que estar regulada para poder responder con independencia (tanto clínica como formativa) a los intereses que rigen la acción de la industria, pudiendo ser estos intereses -económicos- muy dañinos para los pacientes, el sistema sanitario, nuestra práctica clínica y el desarrollo de la ciencia.
Los médicos que defienden la independencia del médico en sus relaciones con la industria no lo hacen motivados por un fundamentalismo ideológico, sino por el deseo de lograr una mejora en la calidad de la asistencia clínica y de la formación teórica, movidos por los resultados de los estudios que muestran que la influencia de la publicidad en la prescripción de los médicos es de mayor magnitud que la de los artículos científicos publicados en revistas médicas. (2)
Desde un punto de vista meramente operativo, la visita de los representantes a los médicos plantea tres problemas:
    1. Supone una merma en el tiempo que podría dedicarse a actividades de formación, investigación o docencia.
    2. El médico se hace eco de información sesgada (ocultación de estudios con resultados negativos, confección de escalas modificadas -y no veraces-, folletos publicitarios con afirmaciones erróneas -o fraudulentas-), promoviendo en los médicos una actitud pasiva frente a la búsqueda de información científica.
    3. La recepción de regalos por parte del médico puede suponer, según de qué se trate, una práctica en los límites de la legalidad según la Ley del Medicamento (a pesar de que Farmaindustria haya confeccionado un código autorregulador de buena conducta que en ocasiones no se ve cumplido).
La industria farmacéutica no es buena ni mala per se; es un motor del sistema sanitario y un eje imprescindible en lo que ha sido la mejora de la salud de la población en los últimos 50 años (aunque de menor impacto que el saneamiento de los espacios públicos o la generalización del acceso al agua potable, por ejemplo); por ello es esa vertiente investigadora la que debe ser potenciada (en la actualidad la inversión de las big-pharma en I+D es de un 15% frente al 40% dedicado a marketing), intentando evitar, regular y mantenerse independientes de las estrategias de ventas que puedan llevar a cabo para maximizar sus beneficios, tales como: (3)
    1. Promoción de enfermedades (disease mongering): mediante la medicalización de estados no patológicos (timidez, calvicie, menopausia) o tratando de bajar los umbrales diagnósticos y terapéuticos (por ejemplo, los objetivos de cifras tensionales o las cifras deseables de HbA1c en los pacientes diabéticos).
    2. Comercialización de fármacos “me too”: la generación de medicamentos que no suponen para la práctica  ningún aporte significativo -y cuya investigación cuesta a la industria farmacéutica un 30% menos que si se tratara de una molécula innovadora- es una de las estrategias de la industria farmacéutica para maximizar beneficios y eludir los vencimientos de las patentes.
    3. Dinamización de la adopción de innovaciones farmacológicas: mediante cursos de formación, contratación de líderes de opinión, impregnación de las guías de práctica clínica, financiación de  sociedades científicas y sociedades de pacientes…
Hoy en día, con el acceso a internet presente en la mayoría de nuestros domicilios y teléfonos móviles (aunque aún no en todas nuestras consultas), aludir a la necesidad de acceder a la formación que proporciona la industria farmacéutica para perpetuar la actual relación con la misma parece un argumento ciertamente pobre y superficial; multitud de iniciativas institucionales (CKS, NICE, Boletines de Información Terapéutica) y no institucionales (listas de correo electrónico, blogosfera sanitaria, seminarios independientes) han surgido ofreciendo a los profesionales sanitarios fuentes de información veraz, contrastable e independiente de intereses económicos.
Pero no sólo los médicos son objeto de relaciones con la industria farmacéutica que deberían ser reguladas; desde estudiantes hasta gestores de centros sanitarios y consejeros/ministros de sanidad mantienen relaciones que ponen en entredicho su independencia a la hora de la toma de decisiones. En el caso de los estudiantes, los estudios publicados muestran que un elevado porcentaje de los mismos han tenido algún contacto promocional con la industria farmacéutica, mostrándose más conscientes de la influencia que esto puede tener sobre su futura prescripción que los médicos ya licenciados; en el año 2006 JAMA (4) publicó un artículo en el que se realizaban algunas recomendaciones sobre las relaciones que las universidades debían tener con la industria farmacéutica en lo relativo a la formación de pregrado (aplicable tanto a estudiantes como a profesorado); en dicho artículo se decía lo siguiente:
“More stringent regulation is necessary, including the elimination or modification of common practices related to small gifts, pharmaceutical samples, continuing medical education, funds for physician travel, speakers bureaus, ghostwriting, and consulting and research contracts”
[“Es necesaria una regulación más estricta que incluya la modificación o eliminación de prácticas habituales relacionadas con pequeños obsequios, muestras de productos farmacéuticos, formación médica continuada, subvención de viajes, agendas de conferenciantes, publicación de artículos con firma fantasma, contratos de consultoría e investigación”]
La formación universitaria debe caracterizarse por la formación de un espíritu crítico que se aleje de los intereses empresariales y capacite a los futuros médicos para generar un entorno formativo con capacidad de crítica (incluyendo comprensión de información científica, uso racional del medicamento, habilidades comunicativas -in situ y en red-,…) que se pueda perpetuar durante sus años de ejercicio profesional, sin verse directa o indirectamente condicionados por aquellos agentes que puedan tener, en ocasiones, intereses muy diferentes a los de los estudiantes, médicos y/o pacientes.
En resumen, es necesario que la transparencia permeabilice nuestras relaciones con la industria farmacéutica; hay que transformar los espacios actualmente reservados a la “visita médica”  en tiempo para dedicar a la formación, docencia e investigación, fomentando, por encima de todo, una actitud crítica e independiente en nuestro trabajo diario. Cambiar la práctica clínica es una tarea difícil, y mejorar los hábitos de prescripción, un reto; pero aprender a hacer las cosas bien desde el principio, es algo que debería estar en nuestras manos.
En ocasiones la mejor forma de generar sinergias (palabra de moda) es dedicarse a lo que uno mejor sabe hacer: la industria farmacéutica a diseñar, fabricar y comercializar fármacos innovadores frente a los mayores problemas de salud de la población; los médicos a tratar de mejorar la salud de su población mediante una buena práctica clínica empática basada en una formación crítica e independiente.

jueves, 28 de julio de 2011

El delirio: una revisión conceptual

            Exponemos en esta entrada un trabajo que realizamos hace unos diez años sobre el concepto de delirio y su definición. Revisamos algunas fuentes bibliográficas y, sobre todo, el fundamental libro de Berrios y Fuentenebro titulado Delirio, así como el artículo esencial de Manfred Spitzer, publicado en 1990, On defining delusions. Sabemos que uno de nuestros (grandes) maestros lo hace circular desde hace tiempo entre residentes del Hospital Insular de Gran Canaria, lo que nos provoca a la vez emoción, orgullo y un punto de vergüenza. Va por él.

Introducción

            El delirio era para Jaspers el fenómeno central de la locura; para Henry Ey, el tema central de la psicopatología y la clínica psiquiátrica. Un concepto que tiende en ocasiones a menospreciarse por una supuesta escasa aplicación práctica, olvidando las palabras de Kurt Schneider: Los psiquiatras que piensan que los esfuerzos teóricos son inútiles están abandonando toda esperanza de lograr una psicopatología científica.

            En castellano, el Diccionario de la Real Academia Española lo define como desorden o perturbación de la razón o de la fantasía, originado de una enfermedad o una pasión violenta. El Diccionario de uso del español de María Moliner habla de un trastorno de la mente, propio de los estados febriles y tóxicos, en que hay intranquilidad, alucinaciones, hablar incoherente, etc. Estamos ante un concepto difuso, que se mantiene a lo largo del siglo XIX, con dos acepciones completamente diferentes para el mismo término: alteración selectiva del juicio en forma de síntoma aislado y trastorno de la conciencia como trastorno global del psiquismo.

            El vocablo viene de delirare, que significa salirse del surco, no arar derecho. Esta es la raíz para el italiano, español y portugués. Como explica magistralmente Berrios, nos encontramos con un único término para designar una alteración global de la experiencia perceptiva y la organización más o menos prolongada de las ideas delirantes. En alemán e ingles sí existen términos diferenciados (wahn/delir y delusion/delirium) que señalan las diferencias conceptuales.

            Por toda la historia semántica del término, éste, como indica Henry Ey, resulta equívoco, aplicándose en un primer momento a un trastorno global de la vida psíquica como sucede en los síndromes confusionales (delirium), donde se consideraría el concepto de "delirio - estado". Este sentido se supera, a finales del siglo XIX, por el que la psiquiatría clásica reservará al de "delirio - idea", aplicable a la duración (delirios crónicos), a adjetivar su contenido (persecución, erótico, grandeza, etc.), en síntesis, a diferenciar y delimitar la idea delirante frente a otros fenómenos psicopatológicos.

            Hoy en día y en nuestro entorno, se emplean habitualmente los conceptos de delirio para el trastorno del contenido del pensamiento (la idea delirante) y delirium para el proceso asimilable a los llamados síndromes confusionales. No obstante, destacados autores como Colodrón rechazan esta terminología y prefieren delusión (para la idea) y delirio (para el estado), lo que pone de manifiesto que la cuestión terminológica dista de estar resuelta.


Evolución general de las concepciones sobre el delirio

            Como introducción, son interesantes las reflexiones de Foucault (citado por Ruiz Ogara) cuando trata de alcanzar el punto en el que se separan la Razón y la Locura: [ésa] es sin duda una región incómoda. Para recorrerla es preciso renunciar a la comodidad de las verdades concluyentes, y no dejarnos guiar jamás por lo que podamos saber de la locura. Ningún concepto de psicopatología, sobre todo, deberá desempeñar un papel organizador en nuestro juego retrospectivo. El gesto que reparte la locura es constitutivo, y no así la ciencia que se establece una vez hecho el reparto. Foucault dice también que, con la constitución de la Locura como enfermedad mental, a finales del siglo XVIII, se establece el lenguaje de la Psiquiatría, que es monólogo de la razón sobre la locura.

            En el siglo XIX, en la psiquiatría francesa, dominada por la observación y el empirismo clínico, se describieron entidades como: "el delirio de persecución" (Lasegue y Legrand du Saulle), "los delirios crónicos de evolución sistemática" (Magnan y Serieux) y los "delirios de interpretación o locuras razonantes" (Serieux y Capgras), etc. En estas descripciones se prestaba mucha atención a la observación clínica y la atención a la temática delirante. La escuela francesa diferenció los delirios ligados a los trastornos de conciencia (onirismo, delirium) de los delirios de interpretación propios de la paranoia.

            Kraepelin diferenció la forma paranoide de la Demencia Precoz, la Parafrenia y la Paranoia en gran parte por la riqueza y/o coherencia de los componentes delirantes y las evoluciones de estos cuadros. Para él, los delirios sólo eran una muestra del déficit racional demencial.

            Para Bleuler, en la esquizofrenia el delirio es un síntoma accesorio, un fenómeno secundario. Para él, los síntomas fundamentales de la esquizofrenia se originarían en alteraciones somáticas y orgánicas, mientras que los síntomas accesorios (como los delirios) serían de origen psicológico.

            Como menciona Ruiz Ogara, Jaspers es la referencia obligada de los psicopatólogos posteriores (Gruhle, K. Schneider, Mayer - Gross y otros). Señaló como características de las ideas delirantes primarias ser juicios falsos, vividos con convicción extraordinaria, no influibles por la experiencia ni por argumentaciones críticas, destacando la imposibilidad de que sean reales sus contenidos. Estas características serían propias de las ideas delirantes primarias, mientras que las secundarias surgirían comprensiblemente de estados afectivos previos. En las ideas delirantes primarias habría una transformación radical de la significación de lo vivenciado, y no podrían ser comprensibles sino explicables, ya que surgen del proceso psicótico.

            Con Gaupp y Kretschmer se introduce en el campo de los delirios la cuestión de su relación con la personalidad y las situaciones desencadenantes.

            Freud, en el famoso "caso Schreber", abrió la vía para considerar el delirio paranoide como una defensa contra la homosexualidad latente. Aportaciones posteriores han completado esta primera interpretación del delirio como defensa, destacando aspectos como la proyección de contenidos primarios, la regresión, la identificación proyectiva, la escisión, etc. Benedetti afirma Ya que las mutuas relaciones entre el ego y los demás son tan precarias, tan poco convincentes, tan carentes de estructura, y no pasan de los inicios, la libido, que normalmente se distribuye por la red ampliamente ramificada de estas circunstancias sociales y se halla orientada hacia metas reales, ha de restablecer el contacto imprescindible con los otros mediante "cortocircuitos" (percepciones delirantes).

            Henry Ey dice El ensueño es al sueño [al dormir] como el delirio es al proceso generador de las psicosis y considera esta analogía como una pieza básica de la teoría organodinámica de las psicosis. Este modelo organodinámico, de inspiración neojacksoniana, separa la génesis de las psicosis de la explicación de la emergencia de los contenidos delirantes, que atribuye a los mecanismos descritos por el psicoanálisis. Y critica la perspectiva jasperiana: El sistema de errores que representa el desarrollo del delirio no depende de un deterioro del aparato lógico. Se trata más bien de la potencia ilusoria de los afectos fundamentales.

            La comprensión que nos aporta al conocimiento de los delirios la fenomenología analítico - existencial no se inscribe en un encuadre psicogenético análogo al psicoanalítico, sino que, aunque tiene en cuenta la biografía, atiende al nivel del dolor humano, de la angustia existencial. Binswanger señala que la Psicopatología y la Psiquiatría han abordado el problema del delirio de una manera, por así decirlo, demasiado periférica. Pero deja para el enfoque de la Psiquiatría clínica y la Psicopatología la búsqueda de las condiciones prácticas, biológicas, psicológicas y sociológicas indispensables para la eclosión delirante. Con lo cual, de una parte, enriquece considerablemente el análisis fenomenológico de los delirios, pero de otra no aborda ninguna cuestión básica etiopatogénica respecto a su formación.

            Las hipótesis más recientes que tratan de explicar los fenómenos delirantes a partir de déficit racionales, lógicos o cognitivos, suponen que los trastornos delirantes esquizofrénicos se basan en una deficiencia cognitiva, presentándose (Huber, por ejemplo) como trastornos en el procesamiento de la información apoyándose, más que en observaciones clínicas, en los resultados de pruebas de razonamiento y modelos neuropsicológicos del funcionamiento mental.


La definición del delirio

            Manfred Spitzer hace una brillante revisión de la problemática en torno a la definición psicopatológica del delirio en el artículo "On Definig Delusions", que expondremos a continuación.

Los delirios, como dice este autor, son una materia nuclear en el campo de la psiquiatría, pero su naturaleza es pobremente entendida. Se sabe poco de su etiología y su encuadre nosológico es problemático. Asimismo, su tratamiento tiene muchas áreas oscuras. Nos vamos a ocupar en sí del problema definitorio del concepto de delirio: qué es o a qué llamamos delirio. Sin un concepto claro, difícilmente progresaran los estudios sobre el tema.

La definición del DSM-IV y su problemática

            Falsa creencia basada en una inferencia incorrecta relativa a la realidad externa que es firmemente sostenida, a pesar de lo que casi todo el mundo cree y a pesar de cuanto constituye una prueba o evidencia incontrovertible y obvia de lo contrario. La creencia no está aceptada ordinariamente por otros miembros de la subcultura o cultura a la que pertenece el sujeto (por ejemplo, no es un artículo de fe religiosa). Cuando una creencia errónea implica un juicio de valor, sólo se considera idea delirante cuando el juicio es tan extremo que desafía toda credibilidad [...]". Esta definición presenta varios problemas:

·         Falsedad:

            La definición comienza afirmando que los delirios se caracterizan por su falsedad. Esto es cierto en muchos casos, pero en otros nos encontramos con fenómenos que queremos definir como delirantes en los que la cuestión verdad / falsedad es:

            - No aplicable, siendo el mejor ejemplo los delirios religiosos. Las creencias religiosas no son verdaderas ni falsas, al menos en un sentido científico de los términos. Spitzer rechaza lo que llama soluciones fáciles de dejar las creencias religiosas fuera del concepto de delirio o de considerar toda creencia religiosa como un delirio.

            - Aplicable, pero sin que puedan realmente refutarse las ideas de los pacientes, aunque quieran clasificarse como delirantes. Por ejemplo, pacientes que afirman ser seguidos por la CIA, o ser autores de determinados inventos... En estos casos, se hace el diagnóstico de delirio antes de que tengamos pruebas de que la idea es falsa o incluso sin que podamos probarlo nunca.

            - Aplicable, pero resultando que el contenido del delirio es cierto. Jaspers da el siguiente ejemplo: Un delirio de celos, por ejemplo, puede ser reconocido por típicas características sin necesidad de saber si la persona tiene motivos para sus celos o no. El delirio no deja de ser un delirio aunque la esposa del paciente sea de hecho infiel.

·         Inferencia incorrecta:

            Según la definición, los delirios están basados en inferencias incorrectas acerca de la realidad externa. Esta noción es problemática por una serie de hechos:

            - Si los pacientes delirantes hacen inferencias incorrectas, el fenómeno sería apropiadamente descrito como un trastorno formal del pensamiento, no del contenido del mismo.

            - La investigación no ha clarificado si las inferencias incorrectas de hecho juegan un papel principal (o alguno) en la formación de los delirios. Los esquizofrénicos cometen más errores en test de razonamiento lógico, pero no es cierto que los pacientes delirantes cometan más errores en cuanto a inferencias que los no delirantes. No hay deterioro de la inferencia que pueda atribuirse a esquizofrénicos, especialmente delirantes.

            - El hecho de que una teoría acerca de la etiología de los delirios sea parte de la definición es criticable, no sólo porque casi nada se sabe acerca de la génesis psicológica de los delirios sino también porque el DSM pretende describir psicopatología sin hacer referencia a teorías etiológicas psicológicas.

            Además, se podría argumentar que hacer inferencias incorrectas acerca de la realidad externa presupone la correcta aprehensión de tal realidad (sólo las inferencias serían equivocadas). Por lo que sabemos acerca de los síndromes delirantes, esto parece poco probable. No sólo por la presencia de alucinaciones o conciencia obnubilada; incluso en el caso del mero humor delirante, la realidad es, como dicen los pacientes: de alguna manera diferente.

·      Realidad externa.

            Esta afirmación, aunque válida, es inconsistente con lo que se dice acerca de los delirios en otras partes del DSM, especialmente acerca de la sintomatología de la esquizofrenia. El concepto de delirio se usa para describir fenómenos tales como la inserción de pensamiento o el robo de pensamiento, por ejemplo. Esto son experiencias subjetivas del paciente, no creencias y, además, no se refieren a la realidad externa.

·      Firmemente sostenidas.

            Este criterio entronca directamente con uno de los señalados por Jaspers, como certeza subjetiva. Posteriormente haremos referencia a ello.


            Las frases: “...lo que casi todo el mundo cree” y “a pesar de cuanto constituye una prueba o evidencia incontrovertible y obvia de lo contrario”, clarifican lo que significa falsedad, o bien por referencia al fracaso en encajar en alguna norma estadística (o algún acuerdo) o por negación de alguna evidencia empírica.

            Otra frase de la definición (“aceptada ordinariamente por otros miembros de la subcultura o cultura a la que pertenece el sujeto”), así como la referencia a los juicios de valor, son intentos de ser más específicos en la cuestión de la falsedad. Esta cuestión es muy importante en el DSM pero, por lo señalado, la falsedad no puede ser un hecho definitorio del delirio y, por ello, el énfasis dado a estas frases podría ser erróneo.

            Resumiendo en cuanto a la definición del DSM, se puede decir que el concepto es todo menos claro, descriptivo o libre de cualquier teoría. La falsedad del contenido es un problema clave en la definición. Más adelante, intentaremos prescindir del tema del contenido en el diagnóstico del delirio.

            Finalmente, se puede suscitar un punto crítico acerca de la asunción de que los delirios representan un subgrupo de creencias. Esta noción no añade nada a la definición del delirio, pero puede llevar a concepciones erróneas acerca de ello. Los pacientes raramente dicen “creo que...”, sino más bien “sé que...”. Es decir, los pacientes delirantes expresan convicción y certeza acerca de ciertas afirmaciones, más que admitir que estas afirmaciones pueden estar sujetas a discusión. Por supuesto, desde un punto de vista objetivo, ese conocimiento se reclama como meramente subjetivo. Sin embargo, este argumento sólo puede ser hecho después de haber clasificado una cierta afirmación como delirante.

            Desde el punto de vista subjetivo, los delirios no son creencias, y desde el punto de vista objetivo, la noción de que los delirios son alguna forma de creencias es verdad por definición, pero no tiene significado empírico, es decir, no reconstruye apropiadamente lo que ocurre en la clínica cuando se diagnostican los delirios (lo que realmente ocurre es que algunas ideas del paciente se consideran como no delirantes por ser “meramente” creencias). Como han señalado distintos autores, el delirio no es en sí una creencia, sino un saber.

Diagnóstico de delirios sin referencia al contenido. Kurt Schneider

·      El concepto de percepción delirante

            El intento más importante de prescindir de la cuestión del contenido (ya que la falsedad del contenido es a menudo difícil y a veces imposible de detectar) en el diagnóstico de los delirios consistió en la concepción de percepción delirante de Kurt Schneider como un síntoma de primer rango de la esquizofrenia.

            Jaspers postuló que toda experiencia primaria delirante es una experiencia de significado, y las ideas delirantes simples, de un sólo vínculo, no existen. El verbo significar tiene dos valencias, dos vínculos, en la forma de “algo (1) significa algo (2)”.

             Schneider, en cambio, afirma que existen ideas delirantes de un sólo vínculo (“algo es así”) e ideas delirantes de dos (“algo significa algo”). Las ideas delirantes de un vínculo (ocurrencias o intuiciones delirantes) son difíciles de detectar, a causa de que es necesario prestar atención a su contenido. Por el contrario, las percepciones delirantes tienen dos vínculos: el primero desde el que percibe al objeto percibido y el segundo desde el objeto percibido a la interpretación anormal. Por ello, las percepciones delirantes podrían ser diagnosticadas sin referirse a su contenido, sino por su forma específica.

            El hecho de que no se pueda distinguir la estructura básica de una ocurrencia delirante de cualquier otra ocurrencia es lo que hace tan difícil discriminar muchas esquizofrenias de desarrollos anormales de la personalidad y de reacciones psicóticas, siendo necesario tener en cuenta el cuadro completo. En cambio, la percepción delirante se convierte en síntoma de primer rango por su especificidad y la mayor facilidad de identificarla (por su forma conceptual, sus dos vínculos, prescindiendo del contenido). Schneider la define como el significado anormal atribuido a un percepto real sin causa entendible en términos racionales o emocionales.

·      Crítica al concepto de percepción delirante de Schneider.

            Para distinguir lo que Schneider llama percepción simbólica (una persona no psicótica ve un gato negro y piensa que eso significa mala suerte) de una percepción delirante (una persona psicótica ve un perro negro y piensa que eso significa el fin del mundo) es necesario confirmar que en esta última el significado está “más allá” de los significados habituales. Por tanto, hay que explicar los mismos criterios de comprensibilidad y referirse al contexto cultural y cuadro clínico concreto de la persona. No hay diferencias conceptuales entre las dos experiencias del ejemplo. Las percepciones delirantes no son ni “inequívocas en la forma” ni puede uno “ignorar su contenido”.

·      El significado de “percepción delirante” y el significado de “rango”.

            El término percepción delirante ha recibido diferentes significados por parte de diferentes autores, a pesar de lo cual hay un gran acuerdo en cuanto al fenómeno clínico descrito como percepción delirante, que se usa con gran fiabilidad. Hay muchos casos en los que es difícil afirmar si el delirio está presente o no, pero esto no sucede con el fenómeno que llamamos percepción delirante. El fenómeno delirante puede ser detectado fácilmente y sin ambigüedad si está “vinculado” a algún objeto observable por el paciente y el clínico. Spitzer considera que la simplicidad y no ambigüedad son hechos esenciales de algunos delirios y no de otros, y propone la existencia de un continuo en el que se sitúan los delirios en un rango que va de “muy dudoso, podría ser sólo ingenioso o una fantasía religiosa” a “ciertamente delirante”.

            Las percepciones delirantes han sido consideradas como de “rango” superior comparado con las ideas delirantes, y estarían en el continuo propuesto más cerca de lo “ciertamente delirante”, siendo más fáciles de detectar. Spitzer habla, pues, no de “primer rango” y “segundo rango” sino de un continuo de facilidad y certeza diagnóstica.

Karl Jaspers y más allá. Una nueva definición.

·      Los tres criterios del delirio.

            Casi todas las definiciones existentes de delirio se originan en Jaspers y su Psicopatología General, donde se propusieron tres criterios para el diagnóstico del delirio: certeza subjetiva, incorregibilidad e imposibilidad (falsedad) del contenido. Spitzer hace una serie de comentarios a estos criterios: muchos delirios son de hecho posibles, por lo que se ha cambiado imposibilidad por falsedad, aunque, aún así, el tercer criterio es problemático. Jaspers señaló que estos criterios eran sólo una mera aproximación para la clínica, y que no definían un delirio, pero sus sucesores los han usado muchas veces como criterios definitorios.

            Estos criterios no deben ser considerados como los del DSM, los tres criterios de Jaspers han sido usados como hechos característicos definitorios y todos tienen que estar presentes, no un número de ellos independientemente de cuáles sean.

·      Desde la certeza subjetiva y la incorregibilidad a una nueva definición.

            Los dos primeros hechos característicos de Jaspers incluyen un conjunto de afirmaciones que cualquier ser humano normal emplea. Estas afirmaciones son afirmaciones ciertas acerca de nosotros mismos, como, por ejemplo, “siento dolor”, “me siento bien” o “estoy pensando”..., que pueden ser pronunciadas por uno mismo con certeza subjetiva e incorregibilidad, y que no pueden ser cuestionadas razonablemente por nadie. Son afirmaciones acerca del aspecto interno de nosotros mismos y ninguna evidencia es mayor que la de experimentar un pensamiento, sensación o sentimiento, por lo que nadie puede convencernos de estar en un error. Es diferente referirse a uno mismo desde una perspectiva externa, como hablar del peso, altura, etc... (lo cual sí puede ser corregido por un observador externo si está equivocado). Es decir, los dos primeros hechos característicos de los delirios establecidos por Jaspers no son suficientes para definirlos.

            Sin embargo, los delirios son acerca de la realidad externa. El paciente delirante difiere de la persona mentalmente sana en que ésta tiene certeza subjetiva y no puede ser corregida cuando habla de su propio estado mental, de su interior, mientras que el delirante habla con certeza subjetiva e incorregibilidad acerca de hechos que no están dentro del campo de su espacio interno: cosas, eventos, otras personas, es decir, el mundo externo.

            Spitzer define los delirios basándose en esto como afirmaciones acerca de la realidad externa que son pronunciadas como afirmaciones acerca de un estado mental (espacio interno), por ejemplo, con certeza subjetiva e incorregibilidad para los otros.

            El clínico habitualmente no se preocupa tanto de la falsedad o no de las afirmaciones del paciente, sino que más bien considera el modo en que refiere esas afirmaciones o discute sus puntos de vista, y éste es el hecho que Spitzer quiere captar en su definición, más que la simple falsedad.

            Se podría, como habla el mismo Spitzer, criticar su definición porque al dejar en segundo plano el asunto de la falsedad, mucha gente podría tener delirios en el sentido que creen en afirmaciones ciertas con un grado de convicción (por ejemplo, con certeza e incorregibilidad) sin garantías claras. En respuesta a esta objeción, el autor afirma que todos tenemos y apoyamos afirmaciones sin evidencia adecuada. Sin embargo, podemos hablar acerca de nuestras creencias, dar razones, ser influidos por los demás o incluso cambiarlas. Los pacientes delirantes, por el contrario, no están abiertos a esta clase de diálogo.

            La definición no resuelve el problema de la distinción entre delirios religiosos y creencias colectivas religiosas o de otro contenido cultural, sin embargo, clarifica dos cosas: si alguien refiere tener ciertas experiencias religiosas, éstas, por definición, no son delirios. Es cuando la persona reclama que estas experiencias tienen validez intersubjetiva cuando es apropiado considerarlas como delirios. Por otra parte, en el caso de creencias “ciertas” compartidas culturalmente (por ejemplo, supersticiones) se determina por los miembros de la cultura si una creencia es delirante o no. No es la falsedad, sino la reclamación injustificada de validez intersubjetiva lo que convierte una creencia en delirante.

            Esta definición permite usar el término delirio en casos en que la afirmación se hace sin capacidad de discutirse o justificarse, incluso aunque sea cierta. El énfasis se sitúa en el modo en que una persona delirante habla, da razones o rechaza o fracasa en hacerlo, más que en la simple falsedad de la afirmación (como ejemplo sirve el mencionado por Jaspers del delirio de celos, que no por llegar a ser cierto deja de ser un delirio).

·      Los trastornos de la experiencia no son delirios.

            Si un paciente esquizofrénico, por ejemplo, dice experimentar que se le roban sus pensamientos, no está hablando acerca del mundo externo ni estamos en posición de poder decirle que está equivocado en cuanto a que está sintiendo esa experiencia, puesto que pertenece a su espacio interno. En la definición propuesta por Spitzer, los delirios se refieren a la realidad externa, por lo que experiencias de esta naturaleza no pueden ser etiquetadas como delirios, proponiéndose en cambio el término de trastornos de la experiencia (o del modo de experimentar).

            Son ejemplos frecuentes de trastornos de la experiencia: mis pensamientos no son pensados por mí; mis sentimientos no son sentidos por mí; esto se refiere directamente a mí; esto ocurre porque yo lo pienso; lo que experimento ha cambiado de algún modo, como si yo no fuera real, como si no sintiera las cosas como reales. Son los fenómenos de robo del pensamiento, sonorización, inserción, lectura, bloqueo, síndrome de influencia, etc.

            El DSM menciona estos cambios en la experiencia como “delirio de ser controlado”, “delirio de referencia”, es decir los considera como delirios en la definición de esquizofrenia, lo que es claramente inconsistente con la propia definición del DSM del delirio, donde especificaba que el delirio debe referirse a la realidad externa.

            La propia naturaleza del trastorno de la experiencia cambia de un modo o modos específicos según el trastorno en que se origina. En la esquizofrenia son típicos y muy frecuentes los mencionados antes mientras que, por ejemplo, en la depresión, aparecen otros diferentes tales como mi pensamiento está parado; mis sentimientos no valen nada, etc.

            Podemos llegar a entender el desarrollo de algunos delirios (afirmaciones acerca del mundo externo) como derivados de cambios en la experiencia de los pacientes. Ejemplos de ello podrían ser: yo no controlo mis pensamientos (experiencia de pérdida de control) luego alguien debe hacerlo luego alguien me persigue luego la CIA me persigue (delirio de persecución); todo está relacionado conmigo”(experiencia de referencia) luego este objeto significa tal cosa (percepción delirante). Spitzer, no obstante, no afirma que estas secuencias sean el único camino para desarrollar estos delirios.

·      Grados de certeza en los delirios.

            En la práctica queda claro que los delirios pueden mantenerse con varios grados de certeza distintos. A lo largo de un tratamiento neuroléptico, el delirio no desaparece de forma brusca, sino que lo va haciendo de forma paulatina. Posibles opciones serían reservar el término de delirio para aquéllos mantenidos con absoluta certeza, lo que parece poco útil para seguir la evolución del paciente. Otra posibilidad es seguir hablando de delirios sin que sea necesaria una certeza absoluta pero, en este caso, la definición de delirio, que descansa en el grado de certeza, se colapsa.

            Una solución a esto es tener en cuenta que un clínico puede referirse a un delirio como idéntico a otro, como el mismo, si ambos son mantenidos por el mismo paciente y tienen el mismo contenido, independientemente de que la certeza pueda ir cambiando a lo largo del tiempo. Una afirmación que es mantenida por un paciente sin absoluta convicción puede denominarse delirio si y sólo si esta afirmación ha sido mantenida con absoluta convicción antes. Podría hablarse, como propone Spitzer, de delirios en remisión, para indicar el grado disminuido de convicción.


Los delirios como actos de habla vacíos

            Germán Berrios plantea una teoría del delirio interesante. Afirma que desde el punto de vista estructural, se puede postular que los delirios no son creencias sino que pueden ser descritos como actos lingüísticos vacíos mimetizados en aquéllas. Aunque aparentan ser afirmaciones reales y portar información son, epistemológicamente, vacíos. Su llamado contenido sería muy parco en elementos informativos acerca del yo o del mundo de la persona que los emite. Aquél sería aleatorio y estaría más en relación con un retazo semántico, atrapado al azar, en el momento de la cristalización del delirio. Para Berrios, esto se haría evidente por la redundancia de ciertos temas, que cambian históricamente, y que son fragmentos semánticos que por su pregnancia personal o social tienen una alta frecuencia y posibilidad para ser atrapados. La información más plausible que podrían proveer los delirios está en relación con el locus neurobiológico de origen. No obstante, y teniendo en cuenta el ruido psicosocial en el que están subsumidos hasta su formalización, habría que dudar de su potencialidad informativa.

            La afirmación de que los delirios son actos de habla vacíos no tiene por objetivo el negar que los delirios tienen contenidos. Los criterios en los que se sustenta esta afirmación son:

            - Los delirios son actos de habla en el sentido técnico de estar siempre insertados en los intercambios comunicativos.

            - En el momento en que están totalmente formados, cristalizados y construidos en un enunciado los delirios resultan vaciados de toda información referente a la señal neurobiológica que los provocó en un principio.

            - La evidencia de que los contenidos de los delirios pueden tener relación con códigos biográficos personales, aunque pudiera ser muy deseable, no está suficientemente fundada empíricamente como podría haberse pensado.

            - Esos contenidos podrían resultar ser de características estereotipadas y carentes de interés en el sentido de que no tienen relación con la biografía del sujeto y es posible que en su origen intervenga un código cultural general o un proceso aleatorio que captura un fragmento semántico en el momento de la formación del delirio, pero que no expresa ningún rasgo de personalidad ni una localización cerebral.

            Es muy interesante el libro de Berrios y Fuentenebro titulado Delirio, en el cual se hace una revisión histórica del tema, un estudio de los estados predelirantes y de la relación entre lenguaje y delirio, así como una metateoría del delirio, donde plantea el concepto del acto lingüístico vacío.


Bibliografía

·         Siptzer, M.: On Defining Delusions. Comprehensive Psychiatry Vol. 31, No. 5 (Septiembre/Octubre), 1990: pp 377-397.

·         Berrios, G., Fuentenebro, F.: Delirio. Historia, clínica, metateoría. Editorial Trotta (1996).

·         Ruiz Ogara, C., Barcia Salorio, D.: Psicopatología de los Delirios (1998).

·         Asociación Psiquiátrica Americana: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, 4ª edición (DSM-IV). Masson (1995).

·         Colodrón, A.: Las esquizofrenias. Síndrome de Kraepelin-Bleuler (2ª edición). Siglo Veintiuno de España Editores S.A. (1990).


     Como conclusión, sólo decir que cuando hicimos este trabajo aún no conocíamos el imprescindible libro de Fernando Colina titulado El saber delirante que es, en nuestra opinión, absolutamente fundamental para abordar la cuestión del delirio.