lunes, 3 de enero de 2011

De la existencia como búsqueda: Pasos en Rayuela

Ya que no padecemos síndrome post-vacacional, nos volvemos al tajo sin más dilación. Y para ello, queremos rescatar un escrito nuestro (pretencioso, eso es verdad) acerca de la inolvidable novela de Cortázar. Antes de tener nuestro propio blog, que tan contentos nos tiene y tanto trabajo nos da, los compañeros de Saltando los muros y Desde el manicomio tuvieron la amabilidad de enlazar este texto y comentarlo. Se trata de una visión de la obra de Cortázar y su posible relación con la psicoterapia. Rayuela es, en nuestra opinión, eterna. Sobre la psicoterapia, ya hablaremos en alguna otra entrada...

Y a continuación, nuestro ensayo:

            Julio Cortázar, escritor argentino nacido en 1914 y afincado en París desde 1951, publicó en 1963 Rayuela. Cortázar murió en 1984 pero, por supuesto y como no podía ser de otra manera, su obra le sobrevivió. Estamos ante una novela peculiar, difícilmente clasificable, difícilmente abarcable, ajena pero a la vez extrañamente familiar. Me propongo en este trabajo realizar un recorrido sin afán de sistematización por el tablero de Rayuela, un recorrido desde el punto de vista existencial por los personajes, las situaciones, los comentarios... Un análisis de la obra y sus relaciones posibles con la psicoterapia, que no es otra cosa que una comparación entre la narración que se construye según es leída, y según por quién es leída, y la construcción de narraciones según van siendo habladas y escuchadas, y según quiénes se hablan y se escuchan.
            Rayuela comienza con un llamado “tablero de dirección”, que marca ya desde el principio toda una declaración de intenciones: “A su manera este libro es muchos libros [...]”. Cortázar ofrece dos posibilidades de lectura: dos órdenes predeterminados de capítulos que llevan a dos libros muy similares aunque en realidad, como dice el autor, Rayuela es muchos libros, tantos como lectores, tantos como momentos de cada lector, tantos como personajes, capítulos, conversaciones, acciones e inacciones... Se plantea desde el comienzo la necesidad de la elección. Hay que optar por una de las dos posibilidades de lectura o, incluso, quebrar las reglas y remitirse al azar, pero en cualquier caso hay que decidir y, lo que es peor, la decisión debe ser tomada sin conocimiento previo, sin saber qué deparará, sin saber el destino que aguarda tras ella... Decisiones así son las que hay que tomar en la vida, las que marcan, para bien o para mal, la vida. Y este libro no es, probablemente, otra cosa que una metáfora en la que cada uno encuentra fragmentos de su propia vida. Nos sitúa ante la necesidad de elegir una acción determinada, lo cual conlleva no escoger la otra, al menos en un momento dado. Cada acción llevada a cabo provoca mil acciones que no se hicieron realidad. El universo humano construido sobre una falta inevitable, erigido sobre un deseo inalcanzable. En palabras de Cortázar: “[...] Hacer. Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer tiempo, la acción en todas sus barajas. Pero detrás de toda acción había una protesta, porque todo hacer significaba salir de para llegar a, o mover algo para que estuviera aquí y no allí, o entrar en esa casa en vez de no entrar o entrar en la de al lado, es decir que en todo acto había la admisión de una carencia, de algo no hecho todavía y que era posible hacer, la protesta tácita frente a la continua evidencia de la falta, de la merma, de la parvedad del presente. Creer que la acción podía colmar, o que la suma de las acciones podía realmente equivaler a una vida digna de este nombre, era una ilusión de moralista. Valía más renunciar, porque la renuncia a la acción era la protesta misma y no su máscara. Oliveira encendió otro cigarrillo, y su mínimo hacer lo obligó a sonreírse irónicamente y a tomarse el pelo en el acto mismo”.
            Se escoge una opción de lectura o, como en mi caso, una y a continuación la otra, y el libro resulta ser el mismo pero sólo si el lector y su momento son el mismo. En cualquier caso, se ha escogido y hay que asumir la responsabilidad de la elección y sus consecuencias. En el libro como en la vida. Pero, por suerte y ya que la memoria es frágil y existe el olvido, es posible re-visar y re-hablar las elecciones, los hechos, las emociones, es posible re-construir y co-construir lo vivido, re-pensar la realidad. Es posible, en fin, la psicoterapia.
            Mi intención es llevar a cabo este análisis a través de un cierto resumen de la novela, que considero necesario para la comprensión de las ideas que intentaré transmitir, aunque dudo de la conveniencia plena de esta opción (otra vez las opciones). Y dudo porque temo que ningún resumen hará justicia a Rayuela y, además, sólo soy capaz de resumir el libro que yo he leído... ¿Cómo poder contar lo que es, lo que sería, Rayuela para otro?. El único camino para tener una idea, aunque sólo sea vaga, sobre de qué habla Rayuela es leerla o, en cierto sentido, recorrerla.
            No obstante y a pesar de lo dicho, debo atreverme con unos comentarios acerca de lo que acontece en la novela, de los hechos y palabras que la forman, para poder desarrollar mi análisis de la misma. Siempre, por supuesto, sin dejar de recordar que hablo sobre lo que es Rayuela para mí, sobre mi particular camino a través de los trazos de Rayuela. Posiblemente no haya otra forma de hablar acerca de Rayuela, o tal vez acerca de cualquier cosa.
            La obra tiene dos partes diferenciadas. La primera se titula, de forma sugerente, “Del lado de allá”, y su acción transcurre en París, probablemente en algún momento hacia el inicio de los años 60 del pasado siglo. La segunda transcurre temporalmente a continuación de la primera y se titula, buscando cierta simetría que sólo es aparente, “Del lado de acá”. Acá para Cortazar, aunque vivió 33 años en París, era por supuesto Argentina. Uno de los personajes de la primera parte dice, sin que entendamos lo que dice, tal vez sin que lo entienda él mismo, que París es una enorme metáfora. Mi idea, como ya esbocé antes, es que Rayuela es, en sí, una metáfora de la vida. Y opino así, aunque tal vez sin llegar a entenderlo tampoco, porque la novela comienza como la vida: en mitad de todo, o tal vez en medio de ninguna parte, la acción está ya iniciada sin saber de dónde viene o a dónde va, los personajes aparecen sin anunciarse ni ser presentados, todo parece tener un cierto sentido que desconocemos..., o preferimos pensar que lo tiene mientras nos afanamos en buscarlo, sin saber si descubrimos o inventamos. Y se incorpora uno a la historia como a la vida, con todos los argumentos ya empezados. Rayuela como metáfora de la vida o, tal vez, de la realidad, que se va construyendo según es contada y re-contada. Y en ella, un hombre, Horacio Oliveira, argentino en París, pareciendo buscar a una mujer que, de momento, sólo responde al nombre de la Maga. Y la voz de Horacio nos habla desde un tiempo futuro. Busca a la Maga como la buscó en el pasado, pero sabiendo que esta vez no la encontrará, temiendo que nunca volverá a encontrarla. Los primeros capítulos sobre todo y tal vez toda la primera parte están escritos desde un tiempo posterior, desde algún momento (tal vez ya del lado de acá), comentando sucesos pasados, hechos muertos, narrando una de las posibles historias que da cuenta de lo que fue. Y Horacio nos retrotrae a tiempos previos, al inicio de su relación con la Maga que, aunque se llamase Lucía, sólo era en realidad la Maga. Nos cuenta cómo se citaban en un barrio a alguna hora, pero sin concretar un sitio... cómo se buscaban, bajo el temor de no encontrarse, bajo la amenaza de sí hacerlo. Y la sombra del destino planea sobre las palabras de Horacio, de un destino ya escrito, de un tiempo futuro desde el que se recuerda el pasado y de un tiempo pasado en el que ya parece vislumbrarse el futuro. Como dice el mismo Horacio Oliveira: “Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente”. Esta forma de ver y contar la temporalidad en Rayuela me trae recuerdos de otra obra muy posterior. A mediados de los años 80 el guionista de comics británico Alan Moore publica la que posiblemente sea su obra magna y sin duda uno de los hitos del comic de superhéroes y del llamado noveno arte en general: Watchmen. Uno de los detalles geniales de esta historia es un personaje instalado, o tal vez atrapado, en una vivencia de la temporalidad que podríamos llamar, si es posible ponerle un nombre, de presente continuo. Vive a la vez todos los momentos de su vida de forma simultánea, está aún en su pasado viviendo todo lo que ya ocurrió, mientras que a la vez está ya en su futuro viviendo todo lo que ha de ocurrir. Sólo su presente se le escapa en cierta manera, no puede prestarle su plena atención como hacemos los demás, porque vive a la vez en todos sus tiempos y, lo que es más importante, su presente porta una marca siniestra, la de no poder ser generador de futuro porque el futuro ya está ocurriendo. Algo parecido ocurre en Rayuela, al menos del lado de allá: la historia que nos cuenta Horacio Oliveira, entre otros, parece avanzar en varios tiempos a la vez y no tardamos mucho en descubrir que el amor inicial entre Horacio y la Maga ya está condenado desde el mismo momento de nacer o tal vez desde antes, como lo está la misma vida, y vuelta a la metáfora.
            Van apareciendo otros personajes, algunos apenas apuntados. Amigos o tal vez sólo compañeros en un tiempo y un espacio dados, interesados en la literatura, la música, la pintura, la vida bohemia, el alcohol y algunas otras cosas, tomadas todas ellas en diferente proporción según cada uno y según cada encuentro de todos. Forman un grupo pintoresco que probablemente no sea un grupo en absoluto, aunque se hacen llamar, con cierta burla y escasa pompa, sin que sepamos si con sentido, “El Club de la Serpiente”. Son sin duda fruto de un siglo extraño, germinado en una ciudad mágica. Se reúnen como amigos, para hablar de arte, de filosofía, de literatura, palabras y más palabras escuchando música, bebiendo alcohol... Aparentando que intentan impresionarse unos a otros con sus aguzados ingenios, en realidad sólo buscan convencerse a sí mismos de su inteligencia y brillantez, para que ese convencimiento logre sostener un poco más sus ínfulas de superioridad hacia un mundo, una cultura y una sociedad de quienes se saben hijos pero a los que desprecian. Ínfulas de superioridad que necesitan para no caer, para sobrevivir, para poder leer a Sartre cuando dice: “el hombre es un fracaso, un dios imposible, una pasión inútil”, sin tener que preocuparse de las consecuencias de la frase, sin tener que ocuparse de la conducta a que dichas consecuencias abocan. La Maga es, tal vez como todos, como todos ellos y todos nosotros, una figura extraña. En esas distinguidas reuniones de filósofos borrachos, músicos fracasados y eruditos sin oficio, ella parece ser la única que, según nos cuenta Oliveira, es capaz de acercarse a la esencia de las cosas sin ni siquiera saber que lo hace (acaso no haya otra forma), la única que parece en contacto con la esencia de la vida, la única que vive la vida en lugar de pensarla. Mientras tanto, Oliveira, como él mismo sabe, y sufre, es incapaz de llegar, limitándose a intentar complacerse en mil vericuetos intelectuales para mantener a flote un narcisismo que ya apenas le defiende del vacío... O de la náusea, como diría el ilustre francés. En ese libro de Sartre, un hombre se enfrenta al vacío y al sinsentido de la existencia, conoce el absurdo y reacciona ante él con inevitable pavor. Rayuela no es una obra menos existencialista que La náusea, pero Oliveira se enfrenta al absurdo de la existencia (de su propia existencia, los demás absurdos son sólo figuras retóricas) sin miedo ni alegría, con un cierto hastío preñado de cinismo. Ortega dijo que el esfuerzo inútil conduce a la melancolía, y Oliveira ya no quiere esforzarse, aunque no sabemos si lo hizo alguna vez. No quiere ser un melancólico y huye hacia la nada por el camino del cinismo... Pero, ¿qué es un cínico salvo un melancólico en movimiento? Incluso aunque ese movimiento, esa huída, como temía Saint-Exupery, nunca haya llevado a nadie a ningún sitio. “Sólo viviendo absurdamente se podría romper alguna vez este absurdo infinito” se repite Oliveira, aunque parece que ni él mismo sabe para qué esa rotura, o qué después. En palabras de Shakespeare, difícilmente superables, y que posiblemente hubiera firmado el mismo Horacio, aunque no sin algún comentario adicional o nota al pie, “la vida es el relato de un idiota, todo ruido y furia, que nada significa”. Y Oliveira también estaría de acuerdo en afirmar que, al fin y al cabo, todo esto no son más que palabras y palabras... Palabras que sólo aparentemente quieren desentrañar el misterio y llegar a la esencia, ver más allá, superar el absurdo, conocer la vida. Sólo aparentemente porque muchas veces las palabras son en realidad sólo un refugio para asegurarse de que uno no va más allá, una trampa para quedarse de este lado de la ventana, una pátina de lenguaje colocada encima del mundo, un nombre colocado encima de cada cosa, para domarla, para que deje de dar miedo, para contener lo siniestro del lado de lo Real (con mayúscula, al estilo de otro francés oscuro). 
            Y Oliveira sigue atrapado en un destino del que realmente él es el único autor. Se aleja de La Maga sin saber muy bien por qué, sin querer marcharse pero sin querer evitarlo... Tal vez sólo para, al perderla, sentir que no quería perderla...  Tal vez sólo para sentir. Horacio sabe que está cayendo pero, en la caída, siente el aire en la cara y desearía cerrar los ojos y soñar que vuela... pero no puede. El absurdo se apodera de él y de la novela... los pensamientos divagan, los actos fluyen... Un paseo surrealista bajo la lluvia acompañando a una vieja artista a casa... Asociaciones de ideas, listas de palabras escritas con “h” inicial que no les corresponde, siempre muda, tal vez callando algo, tal vez el mensaje que Oliveira busca o que teme encontrar... Una reunión dadaísta de los miembros del Club en casa de la Maga, que ya no es la de Oliveira... con la presencia de la muerte extendiéndose de forma angustiosa a través de páginas que parecen, que se hacen, infinitas, con el bebé de la Maga quieto para siempre en su cuna mientras palabras y palabras que, esta vez, ya no distraen a nadie, ocupan la escena... Y lo siniestro acechante, inevitable, terrible... Hasta que el destino sobradamente señalado se ha de cumplir y se cumple. Y se apaga la Ciudad de la Luz. La Maga desaparece y sólo entonces Oliveira, que no quiere volver a verla, no puede evitar volver a verla, en cada mujer que se aleja y en cada mujer que se acerca... Y llega la soledad, pero la de verdad, la no buscada... los amigos le abandonan de la forma que tienen los amigos para abandonar: demostrándote que en realidad nunca estuvieron ahí, lo que te destroza el presente y el pasado a la vez... Cambio en la narración de la propia vida y cambio en la seguridad que se le suponía al mundo, en el que la tierra ya no parece firme bajo los pies... Es divertido cuestionarse la existencia de la realidad fumando un cigarrillo con un camarada, pero es peligroso hacerlo solo... Oliveira vaga por sus últimas horas en París, habiendo abandonado a la Maga, habiendo sido abandonado por todos, con una mendiga borracha, casi delirando en busca, siempre en busca, de paraísos perdidos, quién sabe dónde, quién sabe cuándo... Y en ese paseo sin rumbo ni guía por el Sena, del brazo de la clocharde, borracho, hundido y profundamente solo, parecen oírse los últimos ecos de una canción que Joaquín Sabina había de escribir cuarenta años después, tal vez sin pensar en absoluto en Horacio Oliveira, o tal vez sin dejar de pensar en la presencia de Horacio Oliveira en cada hombre: “Bajo los puentes del Sena / de los que pierden el norte / se duerme sin pasaporte / y está mal visto llorar...”.
            Y Oliveira vuelve a la Argentina. Aparece un viejo amigo, Traveler, tan semejante y tan distinto a él. Aparece su mujer, Talita, tan distinta y tan semejante a la Maga. El triángulo está formado y de él no forma parte la mujer que acompaña a Oliveira, antigua amante que nada significa en la historia, que nada le aporta a él excepto, probablemente, hacerle más presente la falta de la Maga, hurgar en la herida que no cierra, una cierta suerte de autocastigo, que no expiación, por haberse permitido perder a la Maga, por haber querido perder a la Maga. Las conversaciones de Oliveira, Traveler y Talita siguen queriendo burlarse de un mundo que las ignora, pero no dejan de conseguirlo en cierta manera y esa ignorancia no les preocupa. Pero los conversadores siguen sintiéndose cerca de algo que saben nunca alcanzarán. Horacio, especialmente, desearía ser ajeno a un mundo que desprecia. Pero no lo consigue. No es el extranjero que descubrió Camus, indiferente a cuanto le rodeaba, sin tener ni buscar sentido en su vida ni en su muerte. No es un forastero en tierra extraña como soñó Heinlein, poseedor de otra cultura, otra naturaleza, otro poder... poseedor de un sentido propio, sin miedo ni necesidad de ocultar su miedo, sin necesidad de búsqueda. Horacio no es ellos, no puede ser ellos, aunque le gustaría. Desde algún lado había dejado dicho: “Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas”. Búsqueda de sentido, tal vez de existencia... Búsqueda que se sabe ya inútil. Como afirmó Francis Ponge: “No se puede salir del árbol por los medios del árbol”. Quizás no pueda encontrarse una finalidad para la vida desde la vida. Quizás habrá que buscar otros medios.
            Y la irrealidad, o lo Real como diría otra vez Lacan, asoma de nuevo... Otra escena terrible y absurda, con la muerte adivinándose de fondo, como destino, sin necesidad, justificación ni sentido (¿acaso puede llegar la muerte de alguna otra manera?). Oliveira inicia un juego loco, poniendo un tablón entre su ventana y la de sus amigos y pidiendo a Talita que le acerque mate... La acción avanza lenta y sosegada, pero pendiente abajo... La vida de Talita, con un hombre esperándola en cada ventana, en juego. La muerte de Talita, balanceándose sobre un abismo tan real como metafórico, en juego. Y en este juego no hay victoria posible, con el calor sintiéndose de forma opresiva a través de las páginas abiertas del libro... Y Oliveira que no quiere a Talita, pero que alucina a la Maga en ella, sabiendo que alucina... Y Traveler que teme perder a Talita, perder a Horacio o perderse él... Y Talita, en medio de dos hombres a los que sabe dos gigantes, con pies de barro, sin saber qué querer... Pero la escena termina con un suspiro de alivio escapando de mis labios, con Talita volviendo a salvo con Traveler, con Horacio solo... La muerte pospone sus encuentros.
            Nuestros tres personajes, atrapados en un triángulo que no desean pero del que no pueden escapar, trabajan primero en un circo, luego en un manicomio. El simbolismo se nos hace casi salvaje de tan obvio. La novela, del lado de acá, se desliza desde una relativa atmósfera de humor amargo, de payasos tristes, de comedia con aires de melodrama, hacia otra dominada, de nuevo, por lo siniestro, por locos patéticos, en el sentido más digno de ambas palabras, por la tragedia que se cierne, pareciendo a la vez absurda e inevitable. Se sale del circo para entrar en el manicomio, de la misma forma que se sale de la infancia para ser adulto, de la misma forma que terminan el juego y la risa y hay que empezar a ser responsable de las propias elecciones (otra vez la elección y la duda) y de sus consecuencias, de la misma forma que la rutina, el tedio y el hastío te comen la vida, si te resignas a no escapar... Pero Oliveira no se resigna. Como cantó Andrés Calamaro, compatriota de Cortázar: “La vida es una cárcel con las puertas abiertas...”. De repente y sin aviso previo, Oliveira parece cansarse de jugar en el borde de las cosas y se decide a dar el paso... La locura que lo rodea en el manicomio, en el mundo, lo invade, se encierra en un cuarto, se parapeta como un niño, se asoma a la ventana, se plantea, tras el paso, el salto... Buscar, siempre buscar, otros medios para salir del árbol, para llegar al fin, tal vez para dejar de buscar... Abajo, un tablero de rayuela pintado en el suelo, después de recorrer en la sombra toda la obra. Junto a él, los pacientes y el personal, los locos y los cuerdos, vestidos de forma diferente para crear la ilusión de que hay una frontera que limita la locura... una muestra, en fin, del mundo. Y Horacio que tras cruzar aquélla, quiere salirse de éste. Destacando entre ese improvisado público, Talita y Traveler, viendo en primera línea a Oliveira escoger (siempre escoger) entre la vida y la muerte. Sartre afirmó que la angustia era saber que estás al borde de un abismo y que nada te impide saltar si lo deseas. Oliveira está al borde pero, al asomarse, la angustia ha quedado ya atrás. También nos dejó dicho el francés que el peligro de subir a un sitio alto no era caerse sino tirarse, pero Oliveira ya no teme peligros, ya no tiene miedos, sólo asume su condena a la libertad... Pareciera que se ha cansado de ser un hombre atrapado en un mundo del que no consigue ser ajeno. Pareciera que se ha cansado de buscarse en cosas y casos de los que se sabe ausente. Nietzsche, por su parte, escribió que si se mira al abismo, el abismo devuelve la mirada, pero cuando Oliveira mira abajo, las miradas que encuentra son las de sus amigos, temiendo por él, sufriendo por él... Y le intentan convencer para que regrese de la locura, para que emprenda el viaje más difícil, para que no ceda a la atracción del vacío, para que se quede con ellos. Intentan sostenerlo, en el momento más difícil. Y el final se puede considerar ambiguo, aunque tal vez no pueda considerarse un final. Todo termina como empezó, bruscamente, dejando mil interrogantes en el aire. Como termina la vida, sin cerrar la mayoría de sus argumentos. Pero cada uno, cada lector, tal vez cada personaje, debe elegir (de nuevo, y otra vez, la elección) interpretar qué ha ocurrido, quedarse con un mensaje. El mío es que finalmente Oliveira no se tiró, salió de la habitación, se recuperó y siguió con su vida probablemente sin cambiar mucho, tal vez sin cambiar nada. Y no se tiró porque no estaba solo, porque en el momento de mirar al vacío, hubo personas que le apoyaron, que le sujetaron, que le trajeron de vuelta. Al terminar París, del lado de allá, los amigos le abandonan, se va solo... En Argentina, del lado de acá, los amigos están ahí, incluso en el momento definitivo. Creo que esto marca la diferencia, creo que el encuentro con el semejante, el comprobar que la soledad no es absoluta, puede llegar a salvar a una persona de la rendición definitiva. Aquí entra en juego la psicoterapia, con su papel de encuentro humano entre dos personas que, aunque no se produzca en una situación de igualdad entre ellos, no por eso deja de tener ese papel de encuentro. La relación que se establece es una cuerda entre seres distintos, una cuerda capaz, si es fuerte, de sostener y de recoger, tal vez de salvar a alguien del abismo, tal vez no. Y con la psicoterapia, la narración. El hecho de que uno puede llegar a darse cuenta de que no está solo, puede aprender a ver que hay fuera algún otro, algún tú, para el que uno significa una diferencia, a mejor, en el mundo. Y saber narrarse la propia historia incorporando a estos otros puede también significar una diferencia para uno mismo.
            Y sin duda nada tendrá que ver Rayuela con lo escrito cuando sea otro quien encamine sus pasos sobre ella... Y sin duda nada tendrá que ver Rayuela con lo escrito si yo reencamino mis pasos sobre ella... Hombres distintos leen historias distintas en la misma historia, pero el mismo hombre lee historias distintas en la misma historia en tiempos distintos... Las narraciones son modificadas, la realidad se construye y reconstruye, el pasado, afortunadamente, siempre puede cambiar... para bien o para mal. Confiemos, al menos, en tener algún otro con quien contar, a quien contar en nuestra historia y que nos cuente en la suya.

Bibliografía:
- “Rayuela”. Julio Cortázar. Editorial Alfaguara. 2003.
- “La náusea”. Jean-Paul Sartre. Alianza Editorial. 1990.
- “El extranjero”. Albert Camus. Círculo de Lectores. 2001.
- “Forastero en tierra extraña”. Robert A. Heinlein. Plaza & Janés. 1997.
- “Watchmen”. Alan Moore y Dave Gibbons. Norma Editorial. 2001.
- “El saber delirante”. Fernando Colina. Editorial Síntesis. 2001.
- “Media verónica” en “Alta suciedad”. Andrés Calamaro. 1997.
- “Cuando me hablan del destino” en “Dímelo en la calle”. Joaquín Sabina. 2002.
- “Fauna y flora”. Francis Ponge. 1942.


jueves, 16 de diciembre de 2010

Síndrome pre-vacacional

Nos vamos de vacaciones (creemos que merecidas y si no, nos vamos igual). Volveremos en un par de semanas, ya en el 2011 (que suena del todo a futuro, y sigue sin haber coches voladores, quién nos lo iba a decir...). Bueno, el caso es que no queremos despedirnos, aunque sea por poco tiempo, sin incluir un profundo y exhaustivo estudio acerca de la naturaleza (o cultura) de la enfermedad mental, de su existencia como ente substancial o de su creación como constructo social. En el siguiente enlace (es cierto que puede que con un lenguaje en exceso técnico y abusando de terminología propia de la filosofía especulativa) podrán contemplar dicho estudio. A nosotros nos ha parecido absolutamente impresionante.


sábado, 11 de diciembre de 2010

El arte del psicoanálisis

En el más que interesante blog de Jony Benítez (Cosas que tu psiquiatra nunca te dijo, qué título fabuloso) leímos y comentamos hace algunas semanas una entrada que pedía discusión y propuestas acerca del psicoanálisis. Retomando el comentario que allí hicimos, diremos que nuestra relación con el psicoanálisis es un tanto ambigua. Nos ha interesado mucho, lo hemos estudiado algo y lo hemos experimentado, como pacientes, un poco. Como decía Freud (porque para hablar de psicoanálisis es imprescindible citar al Padre) nos encontramos a la vez con un método, una teoría y una técnica psicoterapéutica. Y creemos que es importante señalar a qué aspecto nos estamos refiriendo cuando hablamos de psicoanálisis.

La teoría psicoanalítica, freudiana primero, luego completada / modificada / distorsionada por distintas corrientes (donde destaca, al menos en nuestro entorno, el psicoanálisis lacaniano) nos parece sumamente interesante. Una construcción teórica impresionante, de gran brillantez, pero que creemos adolece de ciertos problemas. Como señalan Luque y Villagrán en su imprescindible libro Psicopatología descriptiva: nuevas tendencias, la teoría psicoanalítica no puede considerarse científica porque, siguiendo las tesis de Popper, no es falsable. Es decir, no se puede señalar un experimento en el que alguno de sus resultados posibles contradiga y demuestre falsa la teoría. La teoría de la gravitación es científica porque es falsable, es decir, si el peso que tira Galileo desde la Torre de Pisa en vez de caer se quedara flotando, la teoría de la gravitación se derrumbaría. El psicoanálisis, por el contrario, atribuiría el resultado a alguna resistencia inconsciente del peso. El psicoanálisis es capaz de interpretar cualquier resultado (y su opuesto) dentro de sus propios parámetros, tendiendo además a tratar al mismo nivel epistemológico los hechos y las interpretaciones de los hechos, lo que lleva, creemos que puede decirse así, a edificar castillos (teóricos) en el aire.

De todas maneras, que no cumpla los parámetros de la ciencia positiva, no significa que no sea una teoría interesante o útil. Tampoco la antropología o la sociología son ciencias positivas (posiblemente tampoco la psicología cuando deja de observar ratas y se dedica a sujetos humanos). La teoría psicoanalítica no es predictiva (como debe ser la ciencia), sino postdictiva. No predice nada pero lo explica todo. Y esto no es un vicio, sino una virtud. A pesar de que originalmente el psicoanálisis surge dentro de una filosofía objetivista, valorado desde una constructivista más acorde con los parámetros filosóficos asociados a la posmodernidad, se convierte en algo tremendamente útil para aportar narraciones posibles acerca del malestar del paciente, que pueden resultar potencialmente útiles en el alivio de dicho malestar (o tal vez no).

Como método de interpretación, su valor heurístico es, también en nuestra opinión, incalculable. Sus interpretaciones (no entendidas en términos de verdad/falsedad sino, en los parámetros posmodernos a que antes hacíamos referencia, de utilidad/inutilidad) pueden ser de gran valor para entender distintos fenómenos, para aportar posibles narraciones, posibles historias, acerca de cuestiones muy diversas, que van desde el malestar de un sujeto, al mensaje de una obra de arte, al desarrollo de una civilización o los entresijos de un sistema sociocultural... Es gracioso oír a algún profesional del gremio comentar enfáticamete acerca de la muerte del psicoanálisis, mientras que éste es una herramiento de primer orden en gran parte de las llamadas ciencias sociales (con las que limita la psiquiatría tanto como con la neurología, tan querida a muchos de nuestros coetáneos). Citando a Mark Twain, el psicoanálisis podría decir: al parecer, las noticias sobre mi muerte fueron un tanto exageradas...

Y, en tercer lugar, el psicoanálisis es una técnica psicoterapéutica. Una técnica que ha tenido enormes y variadas evoluciones, hasta llegar a impregnar muy distintos tipos de psicoterapias: expresivas, de apoyo, breves, etc., etc. Pero querríamos detenernos en el modelo clásico: el psicoanálisis ortodoxo, tal como lo concibió Freud, lo modificó ligeramente Lacan y se lleva a cabo hoy en día en diferentes ámbitos privados. Creemos en su utilidad para el autoconocimiento (faltaría más que en años hablando de ti, de ti y de ti, no se conociera uno más), con la duda de si es una terapia sólo para narcisistas o si uno se vuelve narcisista durante su desarrollo. Pero no tenemos mucha fe acerca de su eficacia (aunque es cierto que en este momento de nuestra vida profesional, tampoco tenemos muy clara la eficacia de la psicoterapia en general, no en cada caso individual donde seguro que algo aporta, sino en su razón de ser como parche social, como plantea, o así lo hemos entendido nosotros, Guillermo Rendueles en una muy interesante entrevista). 

Jay Haley, en su histórico libro (que cualquier profesional debería conocer) titulado Las tácticas de poder de Jesucristo, dedicaba un capítulo al arte del psicoanálisis, y nos ha parecido siempre muy revelador (irónico e incisivo, pero revelador). Pasamos a resumirlo a continuación:

Haley afirma que, en cualquier relación humana, cada persona está constantemente maniobrando para colocarse en posición superior respecto a la otra persona de la relación, para estar por encima. Esta "posición superior" no se refiere necesariamente al nivel social, económico o intelectual, sino que es un término relativo que se define y redefine continuamente a lo largo del proceso de una relación.

El psicoanálisis es un proceso psicológico dinámico que involucra a un paciente y un psicoanalista. Durante dicho proceso, el paciente aparentemente asume que el psicoanalista está por encima, pero intenta desesperadamente colocarlo por debajo, mientras el psicoanalista, por su parte, insiste en que el paciente permanezca por debajo para, supuestamente, ayudarle a que aprenda a colocarse por encima. El encuadre de la terapia psicoanalítica consigue que la posición superior del analista sea prácticamente invencible: es el paciente el que acude voluntariamente en busca de ayuda y, además, paga por ello. Pero, a lo largo de la terapia, los pacientes pueden llegar a ser muy hábiles desarrollando ingeniosas jugadas para colocarse por encima.

La posición detrás del diván del analista hace que todo lo dicho por él adquiera una importancia exagerada, ya que el paciente no tiene forma de determinar los efectos que produce en él. El arma del silencio pertenece a las jugadas de desamparo o "negarse a presentar batalla": el analista no devuelve los golpes del paciente, que sólo sentirá culpa por haber golpeado, junto a la incómoda sospecha de que el desamparo está calculado. A menudo un paciente descubre la efectividad de la jugada del silencio y prueba a utilizarlo, intento que termina de inmediato cuando se da cuenta de que está pagando una gran suma de dinero por estar callado sobre un diván. Existen también maniobras del analista dirigidas a provocar dudas en el paciente, que le llevan a la posición por debajo. Estas maniobras se basan en respuestas tan sencillas como "¿ajá?" o "me pregunto si realmente siente eso...". La duda se vincula con "la jugada del inconsciente", que es la manera más efectiva de hacer sentir inseguro al paciente. El analista le señala que operan en él procesos inconscientes y que se engaña si piensa que realmente sabe lo que dice. Cuando el paciente acepta esa idea, sólo puede confiar en que el analista le "ayude a descubrir" lo que realmente quiere decir, quedando en la posición por debajo.

El analista señala la importancia de la asociación libre y los sueños, lo que deja de nuevo al paciente en la posición inferior ya que no es posible maniobrar para estar por encima cuando se asocia libremente o se cuentan sueños, ya que inevitablemente aparecen los comentarios más absurdos. Todos los intentos de poner por debajo al analista se interpretan como resistencias al tratamiento: si éste fracasa, la culpa la tiene el paciente. Cuando el paciente comienza a ser crítico con el analista y amenaza con un enfrentamiento abierto, entran en acción otras jugadas, como concentrarse en su pasado. Inmediatamente, se dedicarán a examinar la infancia del paciente, sinque éste se haya dado cuenta de que el tema ya ha cambiado.

Una de las limitaciones de las jugadas psicoanalíticas aparece con los pacientes psicóticos. Éstos no van voluntariamente, no se interesan por el dinero, no aceptan el diván y la estructura de la situación analítica puede llegar a irritarlos. Cuando las jugadas analíticas se usan en su contra, es posible que el psicótico destroce el consultorio y patee al psicoanalista en los genitales (esto se llama "incapacidad para establecer la transferencia"). Las jugadas psicóticas de este tipo incomodan al analista corriente, que suele evitar a estos pacientes.

Esta habilidad de los psicoanalistas en el estar-por-encima trae aparejados extraordinarios problemas cuando los analistas compiten entre sí en las reuniones de sus asociaciones. En ninguna otra reunión de personas se exhiben formas tan complicadas de obtener superioridad. La mayor parte de la lucha se desenvuelve en un nivel más bien personal, pero el contenido manifiesto revela intentos repetidos para demostrar quién estuvo más cerca de Freud y lo puede citar con más frecuencia, y quién puede confundir a mayor cantidad de gente con su atrevida extensión de la terminología freudiana.

Las jugadas del analista y del paciente aparecen de forma determinada durante el curso de un tratamiento típico, aunque los casos individuales varían según las maniobras usadas por cada paciente (llamadas "síntomas" por el analista cuando son jugadas que ninguna persona sensata utilizaría). El paciente comienza su análisis pidiendo ayuda (posición por debajo) y de inmediato intenta colocar por debajo al analista demostrándole su admiración. Cuando el paciente se encuentra colocado continuamente por debajo se muestra malicioso, insultante y amenaza con dejar el análisis. El analista permanece en silencio o reacciona de forma impasible e impersonal. Al ver frustrada su agresión, el paciente se da por vencido y vuelve al analista el control de la situación. El análisis va oscilando entre los elogios y los desafíos al analista y el paciente va mejorando en la aplicación de sus jugadas. Aun así, si el analista conoce su trabajo puede obtener una posición ventajosa a lo largo de muchos años. Por último, ocurre algo sorprendente: el paciente intenta colocarse por encima una vez más y el analista lo coloca por debajo, pero esta vez no le importa. Ya no le interesa quién de los dos controla la situación, es decir, está curado. El analista entonces lo despide, anticipándose a que el paciente anuncie que se retira. Y así se lleva a cabo el difícil arte del psicoanálisis.

Y hasta aquí el resumen del texto de Haley. De todas maneras, cuando se ataca al psicoanálisis desde otras orientaciones psicoterapéuticas, recuerda uno vagamente unas palabras de Javier Krahe refiriéndose al catolicismo, que podríamos parafrasear así: Hombre, no cree uno en el psicoanálisis, que es la religión verdadera, como para creer en una de las falsas.

Y como decía el mismo Haley, en otro capítulo del mismo libro, al respecto del farmacologicismo que dominaba con puño de hierro (y sin guante de seda) unos años después de escribir el trabajo que hemos resumido (y hasta nuestros días): ahora echo de menos a aquellos psicoanalistas, que por lo menos escuchaban a sus pacientes...


lunes, 6 de diciembre de 2010

PROLONG(ando patentes y al carajo el gasto sanitario)

En línea con alguna entrada previa en la que pedimos ayuda para aclarar nuestros interrogantes acerca de usos peculiares de psicofármacos (zonisamida, en aquella ocasión), queremos hoy plantear nuevas dudas que nos acechan en torno a otro fármaco perteneciente a nuestro seguro y eficaz arsenal terapéutico: el seroquel, de AstraZeneca (hoy en día, seroquel prolong, por supuesto).

Nuestra historia arranca hace ya tiempo, allá sobre el año 2000 aproximadamente, cuando se nos empezó a presentar el tercer antipsicótico atípico de la Era Moderna (por aquel entonces, el sertindol había fallecido de problemas cardíacos, aunque nos dicen algunas fuentes que recientemente se le ha visto convertido en zombi y logrando una creciente facturación...). Pues bien, cuando nos fue presentado el seroquel (quetiapina como principio activo) el laboratorio colaboró en nuestra formación con unos estudios científicos que hablaban de dosis que oscilaban entre los 350 y los 750 mg/d (citamos de memoria). Empezamos a prescribirlo (éramos más crédulos por aquel entonces) y aquello no tiraba ni pa`trás... Al poco, los vistadores médicos nos aclararon el problema: había que llegar a dosis mucho mayores, de 1200 o 1500 mg/d, e incluso te contaban casos de profesionales que superaban los 2000 mg/d (no es que se lo tomaran ellos, aclaramos, sino que le recetaban a sus pacientes dosis cercanas al triple de lo que indicaba la ficha técnica).

El caso es que, al menos en nuestro entorno y hasta donde conocemos, el fármaco nunca triunfó. No decimos que no sea eficaz como los demás, pero nuestra impresión es que es más lento, que hay que subir mucho la dosis, que provoca sedación e hipotensión con cierta frecuencia... Vamos, que no vemos motivos claros para usarlo por delante de otros, como por ejemplo risperidona que además es más barato... Aunque sí reseñamos una excepción: nos ha parecido una opción útil en pacientes con enfermedad de Parkinson, ya que provoca muy pocos efectos secundarios extrapiramidales.

Y, con el andar del tiempo, fuimos viendo no sin cierto estupor cómo se iba recetando el seroquel como hipnótico o ansiolítico en pacientes no psicóticos. Ignoramos completamente qué tipo de estudio puede recomendar tal uso. Comprendemos que ante casos de insomnio o ansiedad intensa puede estar indicado emplear un neuroléptico por su mayor poder tranquilizador frente a una benzodiacepina, pero disponiendo de fármacos conocidos hace décadas y muy baratos tales como sinogan (levomepromazina) o largactil (clorpromazina), ¿cuál puede ser la razón para usar un fármaco mucho más caro, mucho menos estudiado y, al menos en nuestra opinión, menos eficaz que los anteriores para dichas indicaciones y no mejor tolerado que ellos? A ver si alguien nos lo explica, que por más vueltas que le damos no terminamos de verlo...

También ha triunfado su uso en pacientes con demencia para el control de la agitación. Curiosamente, una Revisión Cochrane de 2008 sobre el uso de antipsicóticos atípicos en demencia encuentra que risperidona y olanzapina son eficaces para la agresividad y sólo risperidona para los síntomas psicóticos, pero que ambos se relacionan con mayor riesgo de accidentes cerebrovasculares. Del resto de atípicos, no hay datos suficientes para recomendarlos. La citada revisión también hace referencia a un metaanálisis que encuentra aumento de la mortalidad asociado al uso de antipsicóticos atípicos en pacientes con demencia. ¿En base a qué información está extendiéndose su uso en esta indicación? (De verdad que no lo sabemos, si alguien nos la hace llegar estaríamos sumamente agradecidos, como de costumbre). Y no decimos, porque parece que tampoco hay estudios que así lo afirmen, que los antipsicóticos clásicos estén exentos de problemas en este grupo de pacientes pero, si no son mejores los atípicos y además son más caros, ¿por qué usarlos?. Porque el criterio para usar quetiapina no puede ser que se tolera muy bien a corto plazo si su eficacia no está clara y su seguridad a largo plazo tampoco porque, ya puestos, se tolera mejor el agua y además es gratis y más segura...

No queremos terminar nuestra exposición sobre el seroquel sin hacer referencia al acuerdo extrajudicial al que llegó AstraZeneca para pagar 198 millones de dólares por 17.500 demandas presentadas por personas que sufrieron diabetes durante el tratamiento con seroquel, sin que la empresa hubiera advertido debidamente de tal riesgo. Hay todavía 8.500 demandas pendientes de juicio. De todas maneras, para quien se preocupe por el futuro de la industria farmacéutica tal y como la conocemos, un dato que les tranquilizará: las ventas totales de seroquel en 2009 ascendieron a 4.900 milones de dólares.

Como ven, claros y oscuros en lo referente al seroquel (en nuestra opinión, más bien tirando a oscuro, oscuro...) pero recientemente caduca la patente y pensamos: bueno, al menos ahora con la aparición de las presentaciones genéricas, será más barato costear los tratamientos. Y entonces asistimos al advenimiento del seroquel prolong.

Como su propio nombre indica, se trata de prolong-ar la patente para aumentar el beneficio... ¡Ah, no! ¿En qué estaríamos pensando?... Se trata, queríamos decir, de que la liberación es más prolongada y basta con administrarlo una vez al día. Evidentemente, se trata de una posología más cómoda, aunque creemos que la cuestión estriba en si dicha comodidad justifica el aumento de precio cargo a las arcas públicas, en tiempos además de bonanza económica como los que disfrutamos no se sabe hasta cuándo... Quetiapina genérica vale unos 120 euros mensuales a dosis de 800 mg/d por paciente, mientras que el seroquel prolong (quetiapina de liberación prolongada), unos 170 euros.

Y el caso es que entendemos que en pacientes que van a cumplir bien el tratamiento con el prolong y no las dos o tres dosis diarias del otro, estaría plenamente justificado el tratamiento (si es que previamente estuviera justificado el uso de quetiapina en vez de otro antipsicótico). Pero no comprendemos por qué se prescribe para pacientes que son buenos cumplidores, o para pacientes que viven en centros residenciales donde se les da la medicación, o para pacientes que llevan otros tratamientos que sí toman dos o tres veces al día...

Y hemos visto casos pintorescos (costosos para el sistema sanitario, pero pintorescos) de recetar el seroquel prolong en dos tomas diarias o incluso en tres... Y casos surrealistas (costosos para el sistema sanitario, pero surrealistas) de prescribir el seroquel prolong como hipnótico. Independientemente del escaso sentido de usar para el insomnio un fármaco sedante cuyo efecto dura 24 horas, no entendemos por qué no emplear fármacos como sinogán, por ejemplo, en caso de que un hipnótico benzodiacepínico no sea suficiente o no esté indicado... Y lo mismo podríamos decir de su uso como ansiolítico...

En fin, no queremos cansar (más). Resulta que nuestras dudas acerca de la pertinencia de la prescripción del seroquel prolong para algo más que para engrosar las arcas de AstraZeneca y tener contento al representante del asunto (Honolulú debe ser tan bonito...) no son sólo nuestras. El Servicio de Salud del Gobierno de Baleares en un Informe de Evaluación de Medicamento dice textualmente: no supone ningún avance terapéutico.

Bueno, esto es todo por hoy. Nos vamos a comprar uniformes de camuflaje porque, entre cómo llevamos nosotros el gasto sanitario y cómo lleva el Gobierno el déficit público, nos da que nos militarizan de un momento a otro.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Esperanza, afectos, recuperación... Nikosia

En el blog de Esther y César, Saltando Muros, encontramos una gran entrada sobre el reciente XV Curso Anual de Esquizofrenia organizado en Madrid por el Dr. González de Chávez. Queremos resaltar unas palabras de dicha entrada, que aprovechamos para nuestro título: elementos que se repitieron sin cesar en prácticamente todas las ponencias: esperanza-expectativas-integración-afectos-vínculos-recuperación-autoestima-apego-seguridad, etc...

Creemos que merece la pena leerla y que está muy en la línea de nuestro pensamiento, como intentamos reflejar en una entrada previa sobre Radio Nikosia. Volviendo de nuevo a hablar de este proyecto, queremos seguir resaltando nuestra admiración por el mismo y por los protagonistas que lo pusieron en marcha y lo han mantenido después a lo largo de los años. Sin duda merece la pena escucharles, leerles y respetar sus palabras, tal vez más autorizadas que otras a hablar de la locura, porque han estado allí...

Aunque posiblemente no somos nosotros los adecuados para decirlo. Nosotros somos profesionales de la salud mental y el hecho de que recomendemos y admiremos el proyecto de Radio Nikosia tememos que suene a una especie de aprobación, desde una posición de autoridad, sobre lo que hacen una serie de personas diagnosticadas. Nada más lejos de nuestra intención. Por ello, pensamos que lo mejor es que vosotros mismos les oigáis y leáis... para llegar a respetarlos y tal vez admirarlos por lo que han conseguido a pesar de todas las dificultades.

Su página oficial: http://radionikosia.org/

Sus programas de radio: http://nikosia.contrabanda.org/


Y tras recoger las voces que hablan desde la locura, queremos también reseñar un trabajo que nos ha impresionado profundamente y nos ha brindado una gran comprensión de diferentes hechos y de personas diferentes. Se trata de la Tesis Doctoral de Martín Correa-Urquiza, antropólogo y participante en la experiencia de Radio Nikosia desde sus orígenes, titulada: Radio Nikosia: La rebelión de los saberes profanos (otras prácticas, otros territorios para la locura). Creemos que su lectura es, hoy por hoy y tal como andan la psiquiatría y la salud mental, sencillamente imprescindible. Para comprender y para hacer.

Reconocemos que es larga (de hecho, muy larga) pero probablemente se tarda menos en leerla que en coger un avión, largarse a algún lugar remoto a comer manjares más o menos exóticos e intentar no dormirse en alguna educativa presentación de un fármaco absolutamente novedoso y revolucionario (al menos, mientras dure la patente).

Bueno,  vosotros mismos...

domingo, 28 de noviembre de 2010

Hermenéutica de la psicosis

En esta entrada vamos a detenernos en las reflexiones de un autor como Fernando Colina, cuya obra nos parece del mayor interés y recomendamos encarecidamente. La reflexión a la que nos referimos se detiene en el estudio hermenéutico de las psicosis, el cual, dada la tiranía actual del modelo positivista, nos proporciona un soplo de aire fresco para encontrarnos con la psicosis y los psicóticos. Colina es autor de un artículo titulado Actualidad hermenéutica de las psicosis, publicado en 2002 en la revista Frenia. A continuación, transcribimos un amplio resumen del mismo, citando principalmente sus palabras de forma literal ya que, evidentemente, no seríamos capaces de mejorarlas en absoluto. Sí señalaremos nosotros en negrita algunas líneas que queremos resaltar.

Colina empieza señalando que el adjetivo hermenéutico es útil para reclamar la tradicional inspiración que la teoría psiquiátrica ha encontrado siempre en los conocimientos de las ciencias humanas. Fuente tradicional de nuestra disciplina que el cientifismo galopante de las últimas décadas ha neutralizado o disfrazado de mil maneras. Desde sus orígenes, a comienzos del siglo XIX, la psiquiatría ha estado presidida por la confrontación de dos corrientes matrices, la que se inclina por un marco psíquico o espiritual y la que lo hace por un modelo médico, más material y biologicista. Ambas han compartido un mismo escenario y permitido que una u otra adquiriera mayor o menor auge, según épocas y lugares, sin llegar a desplazar nunca del todo a su contraria. El psiquiatra, de hecho, ha sido siempre un hombre dividido, obligado a una doble instrucción, médica y humanista. En esa larga carrera que luchó primero por la inclusión y luego por el mantenimiento de la psiquiatría en el ámbito de las ciencias médicas, ha habido momentos de mayor predominio de corrientes espiritualistas o materialistas, pero nunca, ni siquiera durante el gran giro organicista de 1850, se había llegado a un dominio excluyente tan espinoso y opresivo como el actual. La psiquiatría, que siempre se había arriesgado en múltiples terrenos humanísticos (éticos, filosóficos, estéticos, históricos, literarios o lingüísticos) con los que perfilaba su curiosa identidad dentro de la Medicina, se ha vuelto, tras su último vuelco biológico, intransigente y aislacionista.

Colina continúa diciendo que es notorio que las nociones de un estudio humanista de las psicosis no pueden seguir obteniendo su alimento principal de la fenomenología, ya fuese ésta simplemente descriptiva o más bien estructural y genética, como corresponde al sesgo existencialista. La hermenéutica, en cambio, representa en la cadena filosófica contemporánea la prolongación de la fenomenología y el existencialismo. La hermenéutica, junto con el marxismo y la filosofía analítica, constituyen las tres corrientes principales de la filosofía del siglo XX, cada una de las cuales ha influido de un modo distinto en la práctica psiquiátrica. La corriente marxista en la crítica social e ideológica, la filosofía analítica en la rama pragmatista y conductual, mientras que la hermenéutica se ha erigido en el caudal humanista de la psiquiatría. Los conocimientos que desde las ciencias humanas vuelcan su atención en las psicosis sólo pueden discurrir cercanos a la habilitación del sujeto, por lo que las ramas del lenguaje, la historia y el deseo, sus tres extremidades vitales, se han convertido en los ingredientes principales de la hermenéutica que vienen reclamando insistentemente la atención de la psiquiatría. Es oportuno reconocer que la obra de Freud ha conmocionado de tal modo el examen de los procesos mentales concurrentes en las psicosis, que no hay modo de eludir su influencia si no es restringiendo a la contra nuestros conceptos en el interior de la óptica biologicista.  Como dice Colina, en Freud se concentran, como en ningún otro autor, los temas hermenéuticos que han venido nutriendo nuestro estudio. Desde el psicoanálisis, la perspectiva hermenéutica ha fecundado el conocimiento de la psicopatología del psicótico.

El psicoanálisis es la puerta principal por la que la hermenéutica ha entrado en el dominio de las enfermedades mentales. Foucault, pese a sus reservas ante el psicoanálisis, defendió que la disciplina freudiana constituía el puente principal entre las ciencias positivas y las humanas. Sin embargo, el psicoanálisis, por su concepción psicológica y por su método, no agota la penetración de la hermenéutica en la psiquiatría. El reto hermenéutico del presente nos obliga a enfrentarnos al paradigma biológico de la enfermedad pero también nos fuerza a intentar desprendernos algo de la excesiva dependencia del psicoanálisis, en especial cuando se torna categórico y proclive a la interpretación terca e intimidatoria aunque, como el mismo Colina dice, este amago de polarización resulta seguramente bastante injusto con la disciplina freudiana, pues el psicoanálisis se ha convertido hoy en la reserva más eximia de la psicopatología y en el lugar donde la psiquiatría habrá de volver a buscar sus fuentes cuando despierte de su letargo fisiológico. Pero dentro de la hermenéutica, el psicoanálisis, por su ambición, su desafío y su poderío interpretativo, representa el riesgo de psicologismo que nos amenaza desde dentro de la propia familia. Podría pensarse que bajo este riesgo psicologista es necesario introducir también a la misma altura todas las formas de cognitivismo y ciencias conductuales pero, en realidad, éstas se integran decididamente en el paradigma positivo por lo que no constituyen un motivo de preocupación interna como sucede con el psicoanálisis. Por el sujeto conductual, debe admitirse, no corre verdadera sangre. Las ciencias de la conducta pueden servir para la educación o rehabilitación del psicótico, pero no para la clínica en sentido estricto, que tensa su presencia comprensiva y terapéutica entre las ciencias del deseo y de la palabra, tal y como las propone y ofrece el psicoanálisis. El reto de la hermenéutica en el ámbito psiquiátrico descansa en su articulación con el psicoanálisis, en el esfuerzo por asimilarlo e integrarlo sin renunciar por ello a traspasarlo o sobrepasarlo cuando fuera posible o conveniente.

La psiquiatría nació reivindicando su pertenencia a las ciencias médicas. Acuciada por el temor de los psiquiatras a constituir una clase inferior de médicos, postuló rígidamente el origen orgánico de las alienaciones e hizo valer desde el principio su competencia pericial para identificar los males y certificar su autenticidad. Así, forzó desde el principio el protagonismo de los aspectos legales de la profesión, sobre los que intentó promocionarse. Más tarde, cuando la importancia jurídica de sus informes perdió magnitud, ya había ganado capacidad para adaptarse al modelo médico, aunque no sin tropezar con continuas dificultades que impedían asimilar llanamente las enfermedades mentales a la patología tradicional. Obstáculos que, en apariencia, parecen haber desaparecido en la actualidad, cuando vivimos un idilio de la psiquiatría con la Medicina de una intensidad casi desconocida. Aunque a cambio de estos amores, inducidos por intereses personales (identidad, resistencias subjetivas, pereza intelectual), sociales (prestigio, reconocimiento, ideología) o materiales (ganancias, presión comercial), la psiquiatría se ha quedado sin espacio para respirar. El positivismo, el pragmatismo, el empirismo y el naturalismo la asfixian y sojuzgan. Una psiquiatría sólo biológica es como un hierro de madera que sostiene sin solidez, amputa la interpretación y nos obliga, sin justificación suficiente, a la falacia de naturalizar más los fenómenos anormales que los normales, como si la tristeza y la pereza, la pena y la desgana, ganaran rango fisiológico por el hecho de transformarse en depresión e inhibición, esto es, en mucha tristeza y mucha pereza, en mucha pena y mucha desgana.

Sentado este marco, Colina afirma que la hermenéutica es el conjunto de saberes interpretativos que nos inducen a estudiar las patologías mentales sin segregar al sujeto, evitando que nos olvidemos de él y, lo que sería aún peor, que olvidemos ese olvido. La patología mental es inseparable de los problemas del sujeto, y su estudio exige analogías, regularidades y legalidades que no corresponden enteramente al modelo de las científicas, lo que nos faculta para no intentar guiarnos sólo por el ideal de las ciencias naturales. A sabiendas, además, de que alguien vendrá enseguida a decirnos que la distinción entre ciencias positivas y humanas está superada, pero sin indicarnos cuál es el sentido de la superación. No debe olvidarse que la actitud perturbadora y dogmática que ya Jaspers denunció como “mitología cerebral”, permanece activa en la grandilocuente “década del cerebro” o bajo los nuevos aires de la “mitología genética”. Esta observación no supone negar los avances de las neurociencias, pero se opone frontalmente a que una neurología conjetural anule la práctica clínica a la espera de un futuro prometedor. Lo peligroso de la mitología cerebral reside en que su expectativa de hallazgos, en general lejana, suspenda la interpretación psicopatológica excusándose en la tranquilidad de su verosimilitud y en la inminencia de una hipotética promesa. La hermenéutica se rebela contra esa pasividad en la espera, permitiéndose la libertad de dejar en suspenso la hipótesis biológica, como algo clínicamente prescindible, allí donde no esté aún demostrada, intentando de este modo oponer la virtud de su modestia a la arrogancia prometeica de la ciencia.

Hechas estas consideraciones, es el momento de volver al concepto de psicosis para poder apreciar cuáles son las condiciones racionales, previas a cualquier consideración psicopatológica, que la hermenéutica nos puede proponer. Desde el comienzo de la historia del término, que ya hemos comentado someramente en líneas previas, estaban en juego de forma explícita o implícita, cuatro preguntas constitutivas del concepto: cuál es la identidad de los síntomas, cuál es su causa, cuántas psicosis hay y cómo se diferencian de las neurosis. Y, con el tiempo, las preguntas no han variado. Como psicosis seguimos entendiendo unas alteraciones psíquicas graves y profundas, casi irreversibles, que no sabemos diferenciar bien del genérico y antiguo término de locura. Tampoco sabemos juzgarlas exactamente como enfermedades a semejanza de las orgánicas, pues entre las más reconocidas hay inquietantes semejanzas y transiciones, sin que además conozcamos tampoco su soporte orgánico ni si tal soporte es de rango causal o no. Se examinan diferencialmente las psicosis con las neurosis porque éstas parecen mucho más alejadas de la categoría de enfermedad y, en principio, más fácilmente comprensibles. De modo que quedan abiertos para Colina cuatro espacios de relación: el de la psicosis y la locura, el de la psicosis y la enfermedad, el de la psicosis consigo misma en cuanto a su multiplicidad o singularidad y el de la psicosis con la neurosis.

El primer escenario agrupa todos los problemas que las psicosis sugieren sobre su relación con la melancolía antigua, que es casi lo mismo que referirnos a la relación que mantienen con la idea genérica de locura. La primitiva concepción médico-filosófica de la locura se fue debilitando bajo el paradigma de la alienación mental, a partir de Pinel, donde el alienado, antiguo insensato, ya era un enfermo aunque se podría decir que aún sin enfermedad, pero la perspectiva no languidece del todo hasta que triunfa la ideología nosológica de J.-P.Falret. No obstante, la desaparición completa del vínculo es imposible de conceder, pues persisten en nosotros toda una serie de comportamientos irracionales que no son fácilmente reducibles al criterio de enfermedad y que sin embargo se entrelazan inseparablemente con ella bajo las formas del error, la sinrazón y la incontinencia. Existe el fanatismo, el furor, la fe, las creencias dogmáticas, la severidad desmedida, las vacilaciones circunstanciales de la realidad, la obediencia ciega, la fatuidad, incluso la vanidad del dolor. La razón y la sinrazón no se excluyen sino que se entrelazan de forma indisociable. Siempre necesitaremos volver a ventilar la psicosis en el seno de la locura antigua, devolviéndonos de este modo como propugnaba Foucault, una saludable mirada al pasado que obtiene inmediatas repercusiones actuales. Basta ponerse a pensar históricamente, es decir, pensar reconociendo a cada época su propia perfección y su modo de psicotizarse, para reencontrarnos en el presente con la resonancia de las lejanas enfermedades del alma y las añejas modulaciones de la enajenación, puestas así a salvo mediante la memoria y el estudio del embargo positivista.

Por otro lado, las psicosis reclaman siempre una decisión con respecto a su hipotética causalidad orgánica. No hay estudio posible de las psicosis que no tenga que abordar la importancia, causal o no, de su soporte biológico, y analizar siempre los síntomas incluyendo esta perspectiva problemática. Sin embargo, el causalismo es en cierto sentido un corsé que colapsa el pensamiento psiquiátrico, pues elude la circunstancia de que junto a la causalidad somática existan al menos otras tres categorías que deberían ser tenidas en cuenta: la de génesis, que interroga sobre la germinación familiar de la psicosis; la del motivo, desde donde observamos las influencias sociales e históricas en su aparición; la del origen, que nos remite a ese lugar sin lenguaje ni deseo, a esa cosa en sí, que forja la psicosis desde la muda desintegración de las pulsiones. Causa, génesis, motivo y origen se doblan y superponen de continuo en un flujo que es imposible encauzar o someter a una sola dirección, como el paradigma hegemónico pretende. La psicosis, al fin y al cabo, es la catástrofe del sujeto surgida de una combinación, en proporciones desconocidas, de constreñimiento biológico, embotamiento familiar, presión socio-histórica y bruta muerte pulsional.

Siguiendo con los cuatro puntos planteados por el autor previamente, viene el momento de trazar las fronteras interiores que separan unas psicosis de otras o bien establecer el principio unitario que las aglutina. Buena parte de los estudios psicopatológicos se han centrado en esta tarea inacabable, que tan pronto separa psicosis racionales de humorales, subdivide las racionales en esquizofrénicas y paranoicas, o permite un tránsito reversible de unas formas a otras en el interior de una unidad común que rompe con el modelo lógico de género y especie, pues pueden ser el uno y la otra al mismo tiempo. El torrente de estudios clasificatorios tiene en este apartado su alojamiento. De su importancia clínica no se puede dudar, pero también aquí se han producido hipertrofias que han desvirtuado la psicopatología. Pensemos si no en el énfasis identificador de la teoría psiquiátrica actual, más pendiente de cifrar el trastorno que de cualquier desciframiento psicopatológico, evocando curiosamente en su acentuación el tránsito de paradigma que se dio entre el interés de Pinel y Esquirol por el tratamiento y el de sus discípulos, como Falret, por la identificación. Como cita Colina, Buchez, a comienzos del siglo XIX, comentaba jocosamente que “los alienistas eran más o menos como los retóricos: cuando creen haber acabado sus estudios, los retóricos escriben una tragedia y los alienistas hacen una clasificación”.

Por otro lado, la psicopatología de las psicosis exige el estudio de los síntomas diferenciales con las neurosis. Bien sea mediante la estrategia de enumerar los síntomas y de segregar dentro de ellos los de carácter psicótico primario, o bien analizando las defensas, angustias o referencias al otro, no hay estudio posible sin esa mirada comparativa que constituye el núcleo de la psicopatología.

Comentados estos cuatro puntos que trazan una silueta básica de las psicosis, es el momento de volver al papel de la hermenéutica en este dominio, que se resume en dos aportaciones principales: la primera puede considerarse económica y consiste en el abono de conceptos, ideas y métodos que puedan enriquecer nuestro acervo teórico, aspirando a que la psiquiatría se nutra de las producciones de su tiempo; la otra, que es la que en este momento nos interesa, descansa en la tarea de examinar las condiciones previas que su perspectiva impone a cualquier estudio de la psicosis y reposa en el análisis de los principios teóricos que sirven de sostén a la psicopatología. Desde la primera aparición del término “hermenéutica” en el siglo XVII, designa la ciencia o el arte de la interpretación. Y el objeto de interpretación que la hermenéutica ofrece a la psiquiatría, en sustitución del de enfermedad, es lógicamente el del sujeto psicótico. En continuidad con la noción antigua de locura y, por lo tanto, con la tradición médico-filosófica, la hermenéutica nos rescata del círculo de la enfermedad, antepone lo biográfico a lo natural, y nos propone, bajo una visión más amplia, una atención a la mentalidad psicótica y a su esfuerzo de subjetivación. Se interesa por el lenguaje del psicótico y la lingüisticidad que le habita, por sus antecedentes históricos, por su papel en la sociedad ya sea como individuo o como grupo, por las estrategias de su deseo, la racionalidad que despliega y las sublimaciones de su espíritu, así como por las crisis que padece y su propio esfuerzo autocurativo ante ellas. Aspectos todos inseparables de la enfermedad pero que, por oposición al modelo estrictamente médico, no se atienen tanto al tratamiento lato cuanto al trato con que nos tratamos con el psicótico. Esta curiosidad por la mentalidad y este tratamiento común sería el primero de los registros propiamente hermenéuticos.

El segundo registro puede parecer menos convincente, pero entender al loco no consiste sólo en interpretarle con mayor o menor acierto para captar la significación de su discurso o sus actos. El alma de la hermenéutica reside, por encima de todo, en aceptar la posibilidad de que el otro pueda tener razón, aunque este otro sea un psicótico alienado. Este criterio amplía la aceptación del carácter meramente racional y razonador del loco a lo condición de razonable. No sólo racional, por lo tanto, cualidad que es difícil poner en duda (recordemos las locuras razonantes), sino justo y razonable razonador. Su acierto no se refiere sólo a la posibilidad de una agudeza penetrante que alimenta a menudo nuestros comentarios, sino a su tino y buena mano en el conocimiento de sí mismo, de su razón y sus circunstancias. Esquirol se quejaba “de que nadie ha aprendido a leer en el pensamiento de estos enfermos”, animándose y animándonos a leer en el alma de los psicóticos como si se tratase de un documento. Para la hermenéutica, la psicosis es un manuscrito cuyo original es siempre más verdadero que su interpretación. En cierto modo, no podemos entender al psicótico mejor que como lo hace él mismo. Para la hermenéutica, la psicosis más que una enfermedad es una experiencia límite, una embriaguez psicótica, una experiencia dionisíaca dotada en ocasiones de una belleza infernal. En la psicosis se experimenta una verdad que no se alcanza por otros caminos. Necesitamos estudiar el punto de vista del delirante y mantener cierta reverencia hermenéutica ante él. Actitud que no anula la perspectiva contraria, la opinión de que el psicótico, pese a su fama bien ganada de interpretador, incluso de intérprete constante de la realidad, mitad por desconfianza, mitad por necesidad de proveerse de sentido, resulta un intérprete muy poco hermenéutico. Se aleja de la hermenéutica en la medida en se desentiende de la finitud y contingencia de la interpretación, comportándose en su delirio como si hubiera dicho todo y se encontrara en posesión de un universo lingüístico completo. El principio hermenéutico de que entender es siempre entender de otra manera e incluso de un modo contrario, cae en descrédito ante el psicótico, que se aferra a un conocimiento inamovible del que no puede desembarazarse mínimamente, ajeno a la deseable corrección incesante de uno mismo. Como dijo Gadamer: “Mal hermeneuta es el que crea que puede quedarse con la última palabra”.

Desde esta perspectiva, nos corresponde no sólo entender al psicótico sino entendernos con él. La hermenéutica es la ciencia del diálogo y de las preguntas. En su consideración, el horizonte comprensivo del psicótico sólo puede ser dialógico, aunque la psicosis consista precisamente en una quiebra muy particular de la conversación a la que transforma en una lógica solitaria de proposiciones, mientras que su convicción, por otra parte, inhibe el preguntar e impide la posibilidad de que todo se vuelva cuestionable. Por este motivo, la locura no puede resultar extraña para la hermenéutica, máxime cuando en su propuesta específica de diálogo parte del supuesto de que siempre hay un malentendido constitutivo. De hecho, en sus estudios da más importancia a las preconcepciones que a las concepciones, a los prejuicios que a los juicios, a lo no dicho que a lo dicho. Según Gadamer: “los prejuicios del individuo son la realidad histórica de su ser en una medida mucho mayor que sus juicios”. De la misma manera, añadió que lo que está enunciado no es todo, pues “sólo lo no dicho convierte lo expresado en la palabra que puede alcanzarnos”. Este programa, sin embargo, no supone apostar por una mística del silencio o de lo inefable, sino subrayar que el estudio de los falsos acuerdos y los presupuestos falsos puede ser más importante para entendernos que descifrar los acuerdos verdaderos. De ahí la importancia que adquieren los desarrollos patológicos del pensar para el estudio del conocimiento, y la evidencia de que los presupuestos psicóticos no enunciados se encuentran en el fondo de toda comprensión.

Por último, la hermenéutica nos recuerda el origen moral de la psiquiatría y reclama la necesidad de mantener ese vínculo en paralelo con cualquier progreso de índole natural. La psicopatología es una ética. Es un estudio y una práctica de la responsabilidad. Y no sólo de la responsabilidad jurídica, tal y como acompañó e impulsó a la psiquiatría en sus orígenes, sino del cuidado y el conocimiento de sí que cada cual se debe a uno mismo. La psiquiatría es todavía una disciplina moral, como lo fue desde su nacimiento, además de ser una especialidad médica. Distanciarnos con este tono hermenéutico del modelo de enfermedad supone reintegrar a la psicosis en el seno de la cultura. Responde al propósito de devolver la experiencia psicótica al ámbito antiguo de la sinrazón y la locura. Intenta situar la psicosis en el mismo espíritu integrador que orientaba el alienismo médico-filosófico de Pinel, que se pretendía hipocrático, metódico, riguroso y observante pero no reduccionista. No hay que entender en ese retorno que se renuncie al canon psiquiátrico actual, ni que se busque resucitar el tratamiento moral o volver a aprehender al sujeto desde la teoría de las pasiones que los pioneros de la psiquiatría heredaron de la tradición hipocrática. La libertad se ha impuesto al aislamiento del tratamiento moral, como la palabra ha desplazado a la obediencia y el protagonismo de las estrategias del deseo a la contención, restricción y moderación pasionales. Lo que se pretende es airear los conceptos de la psiquiatría, liberarles del insípido ideal biologicista y volver a reanudar el tratamiento del loco por detrás de la enfermedad.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El revés del tapiz de la locura

El título de la entrada es muy hermoso, pero no es nuestro. Es el título de un documental que nos han hecho llegar nuestros amigos Raúl y Almudena, de El rincón de las palabras, sobre Radio Nikosia. Es fácil decir que nos ha dejado impresionados pero, aunque sea fácil, es la verdad.
Como he dicho en varias ocasiones, llevo ya años trabajando en psiquiatría. Gran parte de ese tiempo con pacientes psicóticos, tanto en unidades de agudos como en urgencias psiquiátricas. Tantos años, tantos días, tantos pacientes con los que he hablado... Y creo  que, hasta ahora, me faltaba algo. Sabía mucho de historia de la esquizofrenia, de clínica, de tratamientos farmacológicos, psicoterapéuticos, psicoeducativos... Y tenía bien claro (herencia de abordajes psicoanalíticos probablemente mal entendidos) que era necesario mantener la distancia. No implicarse emocionalmente. No mostrarse demasiado cercano. Una discreta cortesía. Vaya montón de mierda.
Y varias veces algunos pacientes me comentaron sobre dicha frialdad (¿cómo no?), pero todo era racionalizable y, en profesiones como las nuestras, siempre hay una teoría a mano para justificar casi cualquier acto (y el contrario). Como decía un amigo nuestro, la clave de la psiquiatría es tener un discurso y venderlo...
Y hace un par de años que, poco a poco, el trabajo empezó a ser cada vez más insatisfactorio. Todo parecía igual (porque a toda persona la trataba más o menos por igual). La práctica me aburría y la teoría casi... Pero en un trabajo como el mío, ¿a quién le sirve la teoría si uno no sabe hacer bien la práctica?. Siempre dije que una de las cosas que no me gusta de la medicina era la cosificación del paciente. Que trataban neumonías o diabetes o hipertensiones, pero no personas. Y presumía de que en mi especialidad no ocurría lo mismo. Pero un día te das cuenta de que la mayoría de  los psiquiatras (yo incluido) tratábamos esquizofrenias o trastornos bipolares o depresiones, pero tampoco personas...
Y todo, siempre, por el bien del paciente. Lo decimos y lo creemos, y muchas veces lo hacemos. Pero otras veces no. Otras veces caemos en el paternalismo, tratando al paciente como si fuera un niño o un tonto (y volverse o estar loco no significa ser un niño ni un tonto), o en el autoritarismo, o nos posicionamos del lado de la familia y no del lado del paciente (porque no siempre coinciden), o desempeñamos nuestra labor de control social (inherente a la disciplina aunque no nos guste) sin preocupación por la persona que tenemos delante.
Y un poco en eso está la clave. En la persona. Quien está delante es una persona. Y etiquetarla como esquizofrénica o psicótica o paciente psiquiátrico, con independencia de que tal diagnóstico indique acertadamente una enfermedad o, al menos, un conjunto de síntomas, supone establecer una división. Como decía Foucault, la sociedad separa a los anormales: los locos, los criminales, los enfermos... Y a los locos, en concreto, se les quita hasta la responsabilidad. Ya no son responsables ni imputables y ese falso proteccionismo le quita al sujeto humano precisamente aquello que lo define: la responsabilidad sobre sus actos que va indisolublemente unida al ejercicio de una libertad a la que no se puede renunciar...
Y todo ello no quita que se pueda ayudar a una persona que padece experiencias psicóticas, sean agudas o crónicas. Y esa ayuda puede llegar por muchas vías: acompañamiento, escucha, medicación, ingreso... Pero sin perder de vista que estamos ante una persona a la que le está ocurriendo algo, algo doloroso y terrible en ocasiones, no sólo ante un cuerpo con un sistema nervioso un tanto averiado que hay que remendar...
Foucault dice, cuando trata de alcanzar el punto en el que se separan la razón y la locura: "[ésa] es sin duda una región incómoda. Para recorrerla es preciso renunciar a la comodidad de las verdades concluyentes, y no dejarnos guiar jamás por lo que podamos saber de la locura. Ningún concepto de psicopatología, sobre todo, deberá desempeñar un papel organizador en nuestro juego retrospectivo. El gesto que reparte la locura es constitutivo y no así la ciencia que se establece una vez hecho el reparto. [Con la constitución de la locura como enfermedad mental, a finales del siglo XVIII, se establece] el lenguaje de la Psiquiatría, que es monólogo de la razón sobre la locura".
En el documental El revés del tapiz de la locura se hace referencia a este concepto. La psiquiatría es el monólogo de la razón sobre la locura. Y estamos aprendiendo que la locura tiene mucho que decir sobre sí misma.
Cuando empezamos a escribir este blog no nos paramos a pensar que estableceríamos contacto con gente diagnosticada de psicosis. Pero ocurrió. Conocimos a gente como Raúl y Almudena, como Etiquetada, como Joan García y otros...Y ellos hablan de la locura desde la autoridad que da el haber estado allí. Y lo hacen con más cordura de la que hemos escuchado a veces en algunos profesionales. Se nos criticará tal vez por estas palabras. Pero leer o escuchar a quien ha delirado contar cómo fue esa experiencia y cómo intenta sobrevivir a la misma nos parece más admirable (y, repetimos, más cuerdo) que andar de congreso en congreso confiando en que, algún día probablemente próximo, un grupo de investigadores armados de potentes aceleradores de neurones y estimuladores magnéticos transcraneales chupiguais nos enseñen por fin el polimorfismo genético que explica la psicosis (y, tal vez de paso, el del amor, la amistad o el deseo...)...
Queremos recomendar la lectura de tres entradas que nos han parecido especialmente impactantes. En el blog ¿Esquizoqué? leímos De la psicosis, en El rincón de las palabras leímos De tardes y caminos y, en ese mismo blog, Humanos, salud, derechos. Hemos aprendido mil veces más de ellos que si hubiéramos ido a todas las ponencias del último Congreso Nacional de Psiquiatría (y a los diez anteriores, que ya fuimos a alguno y sabemos de lo que hablamos).
Y, por último, volvemos al principio. El documental El revés del tapiz de la locura nos ha emocionado. Nos ha parecido imprescindible, sincero, directo, claro, sin paternalismos, miedos ni precauciones. Un grito de cordura para todos aquellos que nos dedicamos a la Salud Mental. Ellos son los protagonistas y lo han contado. Creemos necesarios más espacios donde sean ellos los protagonistas de la Psiquiatría, donde ellos sean nuestra mejor Psicopatología.
Nosotros ya no somos los mismos. Nosotros ya no volvemos atrás.