Inmersos como estamos en una psiquiatrización y psicologización brutal de múltiples malestares vitales, en gran relación con una sociedad capitalista que nos aboca a la precariedad económica, la falta de acceso a la vivienda, la inseguridad ante el futuro y el desastre climático, asistimos con preocupación creciente a la epidemia de diagnósticos, buscados y recibidos, de neurodiversidades, autismos y TDAHs diversos, como recogimos en una entrada previa.
Hoy queríamos compartir un artículo muy reciente publicado en The British Journal of Psychiatry titulado "Una crítica a la "epidemia" del TDAH en adultos", escrito por Derek Summerfield, psiquiatra
Dejamos a continuación la traducción al castellano y el enlace y captura de pantalla del artículo original.
Una crítica a la «epidemia» del «TDAH en adultos
Derek Summerfield, Instituto de Psiquiatría, Psicología y Neurociencia, King's College de Londres, Reino Unido.
© El(los) autor(es), 2026. Publicado por Cambridge University Press en nombre del Royal College of Psychiatrists.
Palabras clave
Trastornos por déficit de atención con hiperactividad; epidemiología; servicios de salud mental; fenomenología; salud mental basada en la evidencia.
Hace diez años nadie hablaba del «TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) en adultos»; sin embargo, Cortese et al. escriben como si su estatus —entendido como una entidad preexistente, una categoría psiquiátrica autónoma y diferenciable de otras— estuviera ya académicamente consolidado, de modo que solo restaría investigar cuestiones como su prevalencia a nivel internacional. Afirman que, «cuando se aplican de forma coherente los criterios diagnósticos estandarizados para el TDAH, las tasas de prevalencia suelen ser uniformes entre distintos países». Esto incurre directamente en el error epistemológico que el psiquiatra cultural Arthur Kleinman denominó «falacia de categoría»: la suposición de que, dado que ciertos fenómenos pueden detectarse en diversos lugares, significan lo mismo en todos ellos. Por otra parte, los «criterios diagnósticos estandarizados para el TDAH» no son específicos de este trastorno, sino que pueden contribuir a otros diagnósticos —ansiedad, depresión, trastorno bipolar, trastornos de la personalidad, etc.— o, tal vez con mayor frecuencia, reflejar simplemente rasgos de carácter preexistentes que predisponen al estrés. Asimismo, existen notables variaciones regionales y locales en las tasas de diagnóstico, lo que probablemente refleje diferencias en las actitudes de los clínicos y en los factores propios de los servicios de salud. Además, el impulso hacia el diagnóstico se retroalimenta a sí mismo, ya que los beneficios percibidos en la atención y la concentración derivan de las propiedades estimulantes de las anfetaminas y son independientes de un diagnóstico de TDAH. Debemos recordar que los fundamentos epistemológicos de la psiquiatría son frágiles: la mayoría de las categorías psiquiátricas no son enfermedades validadas biológicamente, sino meros conjuntos de síntomas que denominamos «síndromes» —un hecho que, por lo general, no se le recuerda al público—. No se ha descubierto ninguna base biológica para la «neurodiversidad», ni para la afirmación —presente en el sitio web del Servicio Nacional de Salud (NHS)— de que, en el caso del TDAH, «el cerebro funciona de manera diferente».
Cortese et al. pasan por alto la medicalización de la vida cotidiana, que se ha convertido en un rasgo característico de la sociedad moderna. Los diagnósticos sindrómicos, basados en listas de verificación autoadministradas, son especialmente susceptibles al contagio social y a las modas; tal como observamos en el caso del TDAH, que se ha extendido de forma espectacular desde la población infantil hasta la adulta. Una vez que algo se declara real, se vuelve real en sus consecuencias. La epidemia que debemos considerar no es la del TDAH, sino la de la prescripción para el TDAH, lo que equivale a decir: anfetaminas. Se ofrecen honorarios sustanciosos a psiquiatras para realizar evaluaciones puntuales de pacientes en los que el diagnóstico de TDAH ha sido, en la práctica, encargado de antemano; el proceso continúa con la prescripción de anfetaminas y la derivación a un Servicio Nacional de Salud (NHS) ya desbordado. El TDAH se ha convertido en una industria multimillonaria que resulta atractiva para el capital privado, ya que ofrece un modelo de negocio de gran volumen, bajo riesgo y elevados márgenes de beneficio.
Tal como están las cosas, la base de evidencia para el tratamiento del TDAH no es alentadora. Castells et al. realizaron búsquedas en CENTRAL, MEDLINE, Embase, PsycINFO, otras diez bases de datos y dos registros de ensayos clínicos.
Calificaron estos estudios como de «calidad baja o muy baja». Asimismo, señalaron tasas de mortalidad atribuidas a las anfetaminas prescritas.
La revisión general («umbrella review») realizada por Gosling et al. señaló que «no se hallaron pruebas de alta certeza a largo plazo para ninguna intervención». En un metaanálisis, Ostinelli et al. descubrieron que los medicamentos para el TDAH no tenían efecto alguno en los resultados a largo plazo, como la calidad de vida. Sin embargo, las tasas de prescripción están alcanzando niveles asombrosos. Las anfetaminas tienen una larga historia como sustancias objeto de uso indebido, asociadas incluso a complicaciones psiquiátricas graves y al deterioro social. ¿Qué será de este grupo de personas que consumen anfetaminas dentro de 10 años?
En una intervención reveladora, el profesor Allen Frances, presidente del grupo de trabajo del DSM-IV, expresó su pesar por el papel que desempeñó en la medicalización de problemas humanos cotidianos, lo que ha derivado en el sobrediagnóstico y el sobretratamiento de personas que, aunque preocupadas por su salud, no padecen una enfermedad real (los llamados «sanos preocupados»). Como ejemplos, citó lo que denominó «falsas epidemias», impulsadas por su inclusión en el DSM-IV: el TDAH, el autismo y el trastorno bipolar infantil. En su obra fundamental sobre la industria sanitaria, "La némesis médica" (1975), Ivan Illich concluyó que, cuanto más se medicalizan nuestras vidas, más enfermos nos sentimos. La aparente reticencia de la psiquiatría a hablar más abiertamente sobre las limitaciones de sus pretensiones de conocimiento podría estar contribuyendo a agravar y prolongar la sobremedicalización, con los costes asociados que señaló Allen Frances.
Referencias
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